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Lunes, 27 de agosto

Postal de vacaciones de Rivette.

Leo el Tome II de Genet, Notre-Dame des fleurs que me gusta mucho, más que en la primera lectura.

He hecho que el ayudante de los guardias creyera que mi ambición es entrar en la policía. Dice que seguramente tengo ya la formación necesaria.

Martes, 28 de agosto

Había decidido no escribir más a Liliane pero he cedido, le he escrito evitando quejarme de su silencio.

Jueves, 30 de agosto

Estoy ya cansado de llevar este diario, pero sigo. Carta de Bazin, inquieto de no tener noticias mías. Le he respondido de modo grosero que ya no se ocupa de mí. Lamento desde ya este mal humor completamente injusto.

He recuperado El niño criminal. He leído Pompas fúnebres de un tirón y la primera lectura me ha decepcionado. Sin embargo, me ha gustado mucho la obra de teatro de T. S. Eliot Muerte en la catedral. Tengo los ojos cansados. Ya no estoy detenido sino acuartelado: tendré visitas el domingo.

(…)

Domingo, 2 de septiembre

Desgraciadamente Liliane ha venido a verme a la vez que Rivette y Malandry que no han dejado de hablar de películas y de cruzar nombres, fechas y títulos. No se dan cuenta de que yo estoy lejos de todo eso y que el cine me interesa cada vez menos.

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Traducción: Manuel Asín

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Château Elysée

En 1906 los actores Elinor Kershaw y Thomas Harper Ince se conocen trabajando en un espectáculo de Broadway, For Love’s Sweet Sake (Por el dulce bien del amor). Un año más tarde se casan.

La carrera de Thomas, actor e hijo de actores, pero también socorrista, empresario teatral de poco éxito, bailarín y lo que haga falta para sobrevivir, es una sucesión de éxitos a medias y de fracasos completos. Tiene poco presente y menos futuro. Por suerte Elinor le consigue trabajo en la Biograph. La escritura de la vida. Una empresa de un tipo nuevo. Más tarde se las llamará «productoras cinematográficas». Allí Thomas consigue, por lo menos, ganarse la vida.

En 1910, gracias a un antiguo empleado de una de sus frustradas compañías teatrales, Thomas cambia de productora. Entra en la Indepedent Motion Picture. Un paso importante. Al poco tiempo dirige algunas escenas de una película abandonada por su director. De ahí a una película completa no hay más que un paso, que Thomas no tarda en dar. (La mayoría de las películas, no lo olvidemos, duraban entonces unos quince minutos.)

Como son tiempos de guerra en el mundo del cine, la guerra de las patentes, le envían durante un tiempo a rodar a Cuba, para trabajar lejos del temible ejército de Edison. Allí, y donde sea, las películas dirigidas por Thomas se suceden y con ellas llega la ambición. Thomas aspira a más. Quizás a rodar películas más largas y más espectaculares. Quizás a ganar más dinero.

En cualquier caso, en septiembre de 1911 Thomas vuelve a actuar. Le prestan un buen traje y un anillo con diamante y se presenta en las oficinas de Charles O. Baumann, de la New York Motion Picture. Intenta parecer un director de éxito.

El disfraz funciona: a los pocos días Thomas, su mujer, su actriz principal y su cameraman cogen el tren rumbo al Oeste, hacia California.

Llegado este momento, todo se acelera, o se hace desmedido. Thomas dirige primero pequeños westerns que monta en la cocina con la ayuda de su mujer. En 1912 ya ha ganado dinero suficiente como para comprar un rancho en las colinas de Santa Mónica. Allí funda su propio estudio. Se llamará Inceville. En él viven una tribu india y la troupe de un antiguo show del salvaje oeste. (Son tiempos en los que todavía recorre el mundo Buffalo Bill con su espectáculo del viejo Oeste. El cine empieza apenas a tomar su relevo en la construcción del mito.)

Cuanto más dinero, más películas. Thomas no puede dirigirlas todas, tiene que delegar. Entonces aparece la que quizás sea su verdadera vocación. Será productor. Se ocupará de varias películas al mismo tiempo. Surge una herramienta nueva: el guión. El guión como forma de controlar los gastos. Se acabó el inventarse las películas sobre la marcha.

Thomas Ince planificará sus películas sobre el papel y establecerá una jerarquía que será el antecedente de los grandes estudios del Hollywood clásico. Entre los actores y directores que pasan por Inceville se encuentra Francis Ford; entre los chicos para todo, un hermano pequeño de Francis, John.

Unos años más tarde Thomas vende Inceville, y se traslada a Culver City. Se asocia con Griffith y Mack Sennet en la Triangle, luego con Zukor en la Paramount, luego funda otro estudio independiente…

Haría falta un volumen entero para seguirle la pista. Abreviemos. Vayamos al drama. Vayamos al escándalo silenciado.

En noviembre de 1924, Thomas Ince se une a una excursión en el yate del magnate de la prensa William Randolph Hearst. A los pocos días, Thomas es enterrado. Sin autopsia.

¿Qué ha pasado?

Hay varias versiones.

Una indigestión.

Un ataque al corazón.

Una bala que Hearst destina a Chaplin, amante de su amante Marion Davis, y que por algún azar acaba en el cuerpo de Thomas.

Unos dicen que muere a las pocas horas; otros, a los pocos días; otros, a las pocas semanas…

La prensa apenas se atreve a comentar los rumores. La policía no investiga. Grande es el poder de Hearst.

¿Y Elinor? Sin apuros. ¿Herencia de Ince? ¿Hearst le abre una cuenta para comprar su silencio? Venga de donde venga el dinero, el caso es que en 1927 Elinor lanza la construcción del Chateau Elysée, un palacio a la manera del siglo XVII normando, pero en el siglo XX y bajo el sol de California. Será un hotel. El hotel del cine. De la cara soleada y triunfante del cine. Abre sus puertas en 1929. Su historia es la historia del lujo y el glamour, la de las fiestas y las estrellas. Todos, en algún momento, se alojan allí.

En 1943 Elinor Ince vende el hotel.

En 1951 se convierte en una residencia para actores jubilados.

En 1953 el escritor de ciencia-ficción L. Ron Hubbard funda la Iglesia de la Cienciología en New Jersey.

En 1954 algunos de sus seguidores crean una rama de la Iglesia de la Cienciología en California.

En 1971 muere Elinor.

En 1973 la Iglesia de la Cienciología compra el Chateau Elysée.

Lo convierte en uno de sus doce Centros Internacionales para Celebridades.

Sin duda, Hollywood había cambiado mucho desde que, sesenta años antes, Thomas y Elinor habían llegado allí gracias a un anillo prestado.

 

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Fragmento de “Glosario innecesario”, de Pablo García Canga, incluido en Amistad, el último toque Lubitsch, de Samson Raphaelson.

Amistad Estampa

 

“Me gustó lo que escribiste, Sam, de verdad que me gustó. Lo aprecié mucho». Lo decía un hombre que una y otra vez, a lo largo de los años, cuando acababa de leer una escena con la que yo me había deslomado, comentaba: «Sí claro, está bien. Pero bien no es suficiente, ya lo sabes. Para nosotros tiene que ser genial». Y esto le había «gustado», lo había «apreciado». Era siniestro. Era irónico. Este hombre me odiaba.”

 

Samson Raphaelson había escrito con Ernst Lubitsch ocho películas, sin embargo nunca había tenido la sensación de conocerlo realmente. ¿Eran amigos o tan sólo colegas de trabajo? No habría podido decirlo.

Hasta un día de 1943. Lubitsch sufrió un ataque al corazón y todo Hollywood creyó que había muerto. Conmocionado, Raphaelson dictó a su secretaria un elogio fúnebre. Y entonces surgieron todas las palabras que nunca le había dicho en vida. Sí, lo apreciaba. Sí, eran amigos.

Pero Lubitsch no había muerto. El manuscrito quedó oculto en un cajón.

Pasaron los años, las películas, las ocasiones de decir lo que nunca se habían dicho. Todo volvió a la normalidad. Pero cierta tarde de 1947 (habían terminado un guión, nunca volverían a verse), Lubtisch se dirigió a Raphaelson de modo más íntimo de los habitual. “Por cierto, Sam, he oído que escribiste algo hace unos años cuando estuve enfermo…Samson Raphaelson se quedó de una pieza. Empezaba la hora más extraña y embarazosa de su vida.

 

Samson Raphaelson: Escritor y guionista norteamericano nacido en Nueva York en 1896. En 1927 su obra de teatro El cantor de Jazz se convierte en la primera película sonora. En 1930 escribe su primer guión para Ernst Lubitsch, con quién volverá a trabajar en ocho ocasiones (entre otras Un ladrón en la alcoba,El bazar de las sorpresas El cielo puede esperar). También escribe Sospecha para Alfred Hitchcock. Profesor de escritura teatral y cinematográfica en las universidades de Illinois y de Columbia. Fallece en 1983 en Nueva York. 

 

94 páginas. Precio 9,95€

Ya disponible en librerías, Amazon…

 


Lubitsch autograph

Hoy, 30 de noviembre de 2012, se cumplen 65 años del fallecimiento en Hollywood de Ernst Lubitsch. Por aquel entonces se publicó un elogio fúnebre del guionista Samson Raphaelson, que había escrito con él ocho de sus películas. Un elogio que tenía una historia rocambolesca, que sólo se conocería en 1981, cuando Raphaelson escribiera Amistad, libro que en breve publicaremos. Una historia sobre la amistad entre dos hombres que durante años trabajaron juntos sin llegar a saber nunca si eran eran realmente amigos y cuya relación alcanzaría un punto culminante, extraño, embarazoso, y finalmente digno del “toque Lubitsch“, en torno a un pequeño texto, ese elogio fúnebre, escrito, oculto, descubierto, revisado por Lubitsch en vida y que a continuación reproducimos: 

Lubitsch amaba las ideas más que nada en este mundo, excepto su hija Nicola. No importaba qué tipo de ideas. Podía apasionarse lo mismo por el monólogo final de un personaje en el guión en curso, por los méritos relativos de Horowitz y de Heifetz, por la estética de la pintura moderna o por saber si era o no el momento oportuno para comprar una propiedad. Y su pasión era, por lo general, mucho más fuerte que la de cualquiera a su alrededor, con lo cual siempre acababa siendo la figura dominante en un grupo. Pero nunca conocí, ni siquiera en esta tierra de egoístas, a nadie que no se iluminara al disfrutar de su compañía. Este placer no lo causaban su brillantez ni su rectitud —distaba de ser infalible y su ingenio, siendo humano, tenía sus momentos flacos— sino la pureza y la alegría infantil de su larga historia de amor con las ideas.

Una idea le importaba más que, por ejemplo, en qué punto se encontraba el tenedor camino de su boca. Este director, que tenía un ojo infalible para el estilo, desde lo más superficial de las ropas y los modales hasta la más profunda y sutil entonación de un corazón aristocrático, tendía, en su vida diaria, a ponerse el pantalón y la chaqueta más a mano sin importarle si desentonaban, era capaz de gritar como un rey o como un campesino (pero en ningún caso como un caballero) e iba por la vida sin detenerse en matices ni exquisiteces, con esa torpeza que es el pasaporte de un hombre honesto. No tenía tiempo que perder con los buenos modales y, sin embargo, su gracia era incontestable y todos la reconocían, desde el chico de los recados hasta el magnate, el mecánico o el artista. De hecho, Garbo sonrió en su presencia, y también lo hicieron Sinclair Lewis y Thomas Mann. Nació con el don afortunado de desvelar su persona al momento y a cualquiera.

Como artista era sofisticado, como hombre era casi ingenuo. El artista era astuto, el hombre sencillo. El artista era económico, preciso, exacto; el hombre nunca encontraba sus gafas de leer, sus cigarros o sus manuscritos y la mitad de las veces ni siquiera recordaba su propio número de teléfono.

Por muy grande que lleguen a considerarlo los historiadores del cine, era aún más grande como persona.

Era genuinamente modesto. Nunca buscó la fama ni le importaron los premios. Era incapaz de practicar el arte de la publicidad personal. No se le podía herir criticando su trabajo. Y, de alguna manera, nunca ofendía a sus colaboradores con su franqueza inocente. Una vez que te había escogido, era porque creía en ti. Así que te podía decir: «¡Qué mal!», y al mismo tiempo sentías que eras apreciado y que esperaba mucho de tus virtudes secretas. Siendo un gran actor, era incapaz de fingir en sus relaciones con los demás. No tenía una actitud para los poderosos y otra para los humildes, un estilo para el salón y otro para el bar. Estaba tan libre de pretensiones y de segundas intenciones como se supone que lo están los niños y esto lo hacía infinitamente variado y encantador.

Lamento no haber sido capaz de decirle alguna de estas cosas mientras estaba vivo.

Liubitsch w. SR

Amistad, el último toque Lubitsch, de Samson Raphaelson, ya disponible en librerías. 

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Michelet. Michelet y más Michelet, hasta las lágrimas…

Marguerite Duras

 

Sprenger dice (antes de 1500): “Hay que decir la herejía de las brujas y no de los brujos: éstos son poca cosa”. Y otro, en tiempos de Luis XIII: “Por un brujo, diez mil brujas”.

‘La naturaleza las hace brujas…” Es el genio propio de la mujer y de su temperamento. La mujer nace hada. Por el retorno regular de la exaltación, es sibila .Por el amor, maga. Por su finura, su malicia (con frecuencia fantástica y bienhechora) es bruja y echa suertes, o por lo menos engaña, adormece las enfermedades.

Todo pueblo primitivo tiene el mismo comienzo: lo vemos por los Viajes. El hombre caza y combate. La mujer se ingenia, imagina: engendra sueños y dioses. Cierto día es vidente: tiene las alas infinitas del deseo y del ensueño. Para contar mejor el tiempo, observa el cielo. Pero la tierra no está por ello menos en su corazón. Con los ojos bajos sobre las flores enamoradas, ella misma joven y flor, la mujer traba con las flores un conocimiento personal. Es mujer y les pide que curen a los que ella ama.

¡Sencillo y conmovedor principio de las religiones y de las ciencias! Más adelante todo se dividirá, se verá empezar al hombre especial, juglar, astrólogo o profeta, nigromante, sacerdote, médico. Pero, al principio, la mujer es todo.

Una religión viva y fuerte como el paganismo griego, empieza en la sibila y termina en la bruja. La primera, hermosa virgen, a plena luz lo acunó, le dio el encanto y la aureola. Más tarde, decaído, enfermo, en medio de las tinieblas de la Edad Media, delas landas y de los bosques, fue escondido por la bruja; su piedad intrépida lo alimentó, lo hizo vivir todavía. Así, para las religiones, la mujer es madre, tierna cuidadora y nodriza fiel. Los dioses son como los hombres: nacen y mueren en su seno.

 

¡Cuánto le cuesta esta fidelidad! ¡Reinas magas de Persia maravillosa Circe! Sublime Sibila, ¡ay! ¿Que ha sido de vosotras? Y ¡qué bárbara transformación!  Aquella que, en el trono de Oriente, enseño las virtudes de las plantas y el viaje de las estrellas, aquella que, junto al trípode de Delfos brillaba con el dios de la luz y daba los oráculos a un mundo de rodillas…. Es la misma que mil años después, es cazada como un animal salvaje, perseguida en las encrucijadas, execrada, despedazada, lapidada, sentada sobre carbones ardientes.

El clero no encuentra bastantes hogueras, el pueblo bastantes injurias, el niño bastantes piedras para lanzar contra la infortunada. El poeta (también niño) le lanza otra piedra, la más cruel para una mujer. Supone, gratuitamente, que ella es siempre vieja y fea. Ante la palabra ‘bruja’ surgen las horribles viejas de Macbeth. Pero sus crueles procesos nos enseñan lo contrario. Muchas perecieron, precisamente, por ser jóvenes y bellas.

La sibila predecía el destino. Y la bruja lo realizaba. Esta es la grande, la verdadera diferencia. Ella evoca, conjura, opera sobre el destino. No es la Casandra antigua, que veía tan bien el porvenir, lo lamentaba, lo esperaba. La bruja crea este porvenir. Más que Circe, más que Medea, ella lleva en la mano la varita del milagro natural para ayudar a la hermana naturaleza. En ella se ven ya los rasgos del moderno Prometeo. En ella comienza la industria, ante todo la industria soberana que cura, rehace al hombre. A la inversa de la sibila, que parecía mirar hacia la aurora, ella mira hacia el poniente; pero justamente este crepúsculo sombrío da, mucho antes que la aurora (como sucede en los picos de los Alpes), un alba anticipada del día.

El sacerdote presiente bien que el peligro, la enemiga, la rivalidad temible está en aquella a quien finge despreciar, en la sacerdotisa de la naturaleza. De los antiguos dioses, ella ha concebido dioses. Frente al Satanás del pasado, se ve que ella da a luz un Satanás del porvenir.

Durante mil años el único médico del pueblo fue la bruja. Los emperadores, los reyes, los papas, los más ricos barones tenían algunos doctores de Salerno, moros o judíos, pero las masas de todo Estado, podemos decir todo el mundo, no consultaban más que a la Saga, o comadrona. Si no curaba, la injuriaban y la llamaban bruja. Pero generalmente, por un respeto mezclado de temor, se la nombraba Dama buena, o Bella dama (bella donna), el mismo nombre que se daba a las hadas.

Y sucedió con ella lo mismo que ocurrió con su planta favorita, la belladona, y otros venenos saludables que ella empleaba y que fueron el antídoto de los grandes flagelos de la Edad Media. El niño, el transeúnte ignorante maldecían aquellas sombrías flores antes de conocerlas. Los aterraban con sus dudosos colores. El hombre retrocede, se aleja. Y son, sin embargo, las consoladoras (soláneas) que, discretamenteadministradas, han adormecido y con frecuencia curado tantos males.

Se las encuentra en los lugares más siniestros, aislados, de mala fama, entre los tugurios, entre los escombros. En esto se parecen una vez más a la mujer que las utiliza. ¿Dónde podía vivir si no en las landas salvajes la desdichada tan perseguida; la maldita, la proscrita, la envenenadora que curaba, que salvaba? ¿Dónde podía vivir la novia del diablo y del mal encarnado, que tanto bien hizo, según el decir del gran médico del Renacimiento? Cuando en Basilea, 1527, Paracelso quemó toda la medicina, declaró no saber nada fuera de lo que había aprendido de las brujas.

Esto merecería una recompensa. Y las brujas la tuvieron. Se les pagó con torturas, con hogueras. Se descubrieron suplicios especiales, se inventaron dolores para ellas. Se las juzgaba en masa, se las condenaba por una palabra. Nunca hubo tanta prodigalidad de vidas humanas. Sin hablar de España, tierra clásica de hogueras, en que el moro y el judío no dejan jamás de acompañar a la bruja, se quemaron siete mil en Traveris, no sé cuántas en Tolosa: en tres meses, quinientas en Ginebra (1513), ochocientas en Wurtzburg, casi en una horneada; mil quinientas en Bamberg (dos pequeños obispados). El mismo Fernando 11, el mojigato, el cruel emperador de la Guerra de los Treinta Años, se vio obligado a vigilar a sus buenos obispos: había peligro de que quemaran a todos sus súbditos. En la lista de Wurtzburg he encontrado un brujo de once años, que iba a la escuela; una bruja de quince. En Bayona dos de diecisiete, condenadamente bonitas.

Prestemos atención a que en ciertas épocas, por el sólo nombre de bruja, el odio mata a quien quiere. Las envidias de las mujeres, la concupiscencia de los hombres se apoderan de esta arma tan cómoda. ¿Esta es rica?… Bruja. ¿Aquella es bonita? Bruja. Vemos así a la Murgui, pequeña mendiga que, marca con esta piedra en la frente, para la muerte, a una gran dama muy hermosa, la castellana de Lancinena.

Las acusadas, si pueden, prevén la tortura y se matan. Remmv el excelente juez de Lorena, que quemó ochocientas, triunfa en medio de este terror. “Mi justicia es tan buena – dijo -, que dieciséis brujas arrestadas el otro día no pudieron esperar y se estrangularon.”

(…)

 

 

 

Jules Michelet, La bruja, Akal.

Marguerite Duras en Tienda Intermedio DVD. 

 

Vuelvo de Lisboa, donde he mostrado mis películas en la cinemateca ante una veintena de espectadores muy atentos… gracias a Luis Miguel Oliveira y a sus dos colaboradoras… en ese mismo momento moría JD Salinger… estoy triste… no encuentro las palabras… Lo que más he leído y releído en mi vida son las aventuras de la familia Glass… Franny y Zooey, Nueve cuentos, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, Seymour, una introducción… como leía y releía a Raymond Chandler hace tiempo… y como nunca he dejado de releer Lolita en inglés… los niños Glass hacen radio-realidad, los padres Glass eran héroes de vodevil, como los Black minstrels, como Emmett Miller, como Charlie Chaplin en Londres, también, el mismo Chaplin que le robará al joven Salinger la mujer de su vida, la bella Oona O’Neil (JD Salinger insultará más tarde, a golpe de cartas rabiosas, al “viejo hombre repugnante” que le había robado la novia, la demasiado joven Oona…) … es el fin de un mundo, un mundo de imágenes y de palabras, de palabras habladas, rimadas y de nuevo habladas.

 

Hablar el mundo, Salinger, lo hacía mejor que nadie, en la lengua más ordinariamente poética, más recogida, más parlanchina, que pueda ser. Hacía en inglés, en americano más bien, lo que el ruso Nabokov hacía en el mismo momento con su bricolaje de fragmentos de angloamericano universitario, lo que Céline hacía también por su cuenta, con un lado más negro pero en el fondo igual de luminoso… con ese ordinario poético de la lengua americana Salinger hizo enigmas, fragmentos rimados, koans… se conoce el ruido de dos manos que aplauden, pero no importa saber lo que es el sonido de una mano, una sola… lo más importante es imaginar a la niña pequeña que mueve los labios en la oscuridad sin que un solo sonido salga de su boca, repitiendo hasta el infinito una sola y misma frase, un mantra infantil para extraterrestre urbano… el lector acabará por creer que esa plegaria, hecha de palabras silenciosas, les permite, a ella, a él, flotar por encima del suelo y oír volar a los peces, los peces plátano, los peces gato… e incluso los peces rata.

 

Uno guarda a Salinger para sí mismo, no se habla nunca de él, ni a los editores, ni a los amigos… en realidad cada lector de Salinger cree que no hay nadie más lo lea, piensa ser el único… sus lectores se cuentan uno a uno, con los dedos de una mano, sin que se sepa, sin que ellos sepan nada, así hasta llegar a  millones de lectores únicos, sumándose sin nunca tocarse… No hablé de Salinger más que una vez, en un rincón perdido de Bretaña, hace treinta años, con dos amigos que tenía entonces, Pierre Trividic y Pascale Ferran y me maravillé en voz alta, por primera y última vez en mi vida, de ese pequeño milagro: dos otras personas, dos seres humanos, compartían mi amor, un amor oblicuo y frontal a la vez, por los niños obstinados y los jóvenes adultos de JD Salinger… sólo nos faltó recitar fragmentos de frases en voz alta, a pleno sol, en el viento… años más tarde, al ver su primera película, Petits arrangements avec les morts, supe que Pascale Ferran –y Pierre Trividic que acababa de escribir el guión y los diálogos- estarían entre los únicos que habrían abordado frontalmente, con toda la seriedad de la infancia, el universo terco de los relatos de Salinger

 

Unas últimas palabras, quizás las últimas. La religión budista no tiene más que una importancia maníaca, repetitiva, decorativa, en los textos de Salinger. Es apenas un ritual como cualquier otro. Los hay más tontos. Y sin embargo pasé de esos ejercicios zen más pintorescos que inmateriales a los que se libran los personajes, Franny sobre todo, si mal no recuerdo, a la lectura de verdaderos cuentos zen (en inglés también, no había nada en francés) con el mismo amateurismo entusiasta que mostraban sus personajes. Los rituales me interesaban decididamente más que las religiones mismas, pasé del budismo zen a los cuentos jasídicos (Martin Buber, Rabbi Nachman…e incluso Elie Wiesel), luego a los delirios filosóficos abstractos de los sufís (Ibn’Arabi sobre todo) y finalmente, in extremis, a las maravillas de erudición cristiana de un jurista judío demasiado desconocido, Jacob Taubes, cuyo único libro (era un profesor, un orador), Théologie politique de Paul, se convirtió en mi libro de cabecera, a pesar de una especie de hermetismo lacaniano que me seduce más que me repele. De los rituales religiosos pasé en cierto momento a los escritos de Leroi-Gourhan sobre la prehistoria (sobre todo su pequeño libro rojo sobre la religión de los hombres prehistóricos) pero ahí ya no estoy seguro de que haya una relación con Salinger. Aunque…

 
Post scriptum. Esa familia Glass, esa palabra, ¿qué dibuja? Decir primero que la celebridad de Salinger se construyó sobre un malentendido pre-Glass, sobre Catcher in the rye, sobre las palabrotas poéticas pero convencionales de Holden Caufield. Nunca me ha gustado de verdad ese libro… demasiado americano, demasiado convencional, demasiado suavemente inesperado, rebelde, hablado/hablado/hablado… con los Glass es diferente: ¿de donde vienen? ¿A dónde van? Sus palabras son ligeras, casi inmateriales, con una pura musicalidad de lengua hablada, fuera del realismo, fuera del teatro, fuera del cine, fuera de todo- la misma inmaterialidad musical que la del extranjero Nabokov en Lolita, aquel que escucha con un oído distraído, extranjero, a los estudiantes, las chiquillas, las ninfetas…y las mariposas.

 

Si JD Salinger cantase, cantaría sin esfuerso (menos es mejor) como Bobby Troup, el rey del minimalismo… o mejor aún, como Sinatra,… dos versiones de Misty (Bobby Troup, después de My Funny Valentine, y Sinatra, toma inédita sacada de Sinatra and Strings)

 

 

 

 

 

Original en Club Skorecki.

Isla Correyero

Todos nosotros que debutamos
en la vida con una tara irremediable,
que deseábamos tanto y habíamos
obtenido tan poco, que con tan
buenas intenciones, tan mal
acabamos…Todos nosotros.

Jim Thompson

Todos nosotros.
Los que nacimos rechazando la política y las leyes.
Los orgullosos.
Los que sabíamos que extraían de nuestra percepción la libertad.

Todos nosotros.
Que crecimos en pueblos y en ciudades aún azules.
Que fuimos incalculables niños instintivos y lunáticos.

Todos nosotros.
Viajeros.
Los que atravesamos la oscuridad del sexo y la habitamos.
Los buscadores de belleza.
Los que probamos las exóticas sustancias y vivimos en el cine y en la noche.

Todos nosotros.
Generación, tribu, conjunto de perdedores que imaginamos que la ruina era el más alto honor.

Todos nosotros.
Los desterrados ahora de aquel grupo.
Los olvidados, los oscuros, los ausentes.
Los abandonados y los destruidos.

Todos nosotros.
Los que ya no soñamos. Los que somos compradores de todo.
Los arrasados por el dinero y por las guerras.

Los que ahora somos impenetrables asesinos blancos.

Los que contemplamos la luna desde el cielo.

Isla Correyero, 1993. Crímenes.

Isla Correyero

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