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Archivos Mensuales: agosto 2013

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1, 2, 3 y 4
En estas cuatro huellas no caben mis zapatos.
Si en estas cuatro huellas no caben mis zapatos,
¿de quién son estas cuatro huellas?
¿De un tiburón,
de un elefante recién nacido o de un pato?
¿De una pulga o de una codorniz?
(Pi, pi, pi.)
¡Georginaaaaaaaaaa!
¿Donde estás?
¡Que no te oigo Georgina!
¿Que pensarán de mi los bigotes de tu papa?
(Papaaaaaaaa.)
¡Georginaaaaaaaaaaa!
¿Estás o no estás?
Abeto, ¿donde está?
Alisio, ¿donde está?
Pinsapo, ¿donde está?
¿Georgina paso por aquí?
(Pi, pi, pi, pi)
Ha pasado a la una comiendo yervas.
Cucu,
el cuervo la iba engañando con una flor de resada.
Cuacua,
la lechuza, con una rata muerta.
¡Señores, perdonadme, pero me urge llorar!
(Gua, gua, gua)
¡Georgina!
Ahora que te faltaba un solo cuerno
para doctorarte en la verdaderamente útil carrera de ciclista
y adquirir una gorra de cartero.
(Cri, cri, cri, cri)
Hasta los grillos se apiadan de mí
y me acompaña en mi dolor la garrapata.
Compadecete del smoking que te busca y te llora entre aguaceros
y del sombrero hongo que tiernamente
te presiente de mata en mata.
¡Georginaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
(Maaaaaa).
¿Eres una dulce niña o una verdadera vaca?
Mi corazón siempre me dijo que eras una verdadera vaca.
Tu papa, que eras una dulce niña.
Mi corazón, que eras una verdadera vaca.
Una dulce niña.
Una verdadera vaca.
Una niña
Una vaca.
¿Una niña o una vaca?
O ¿una niña y una vaca?
Yo nunca supe nada.
Adios, Georgina.
(¡Pum!)

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De Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (Rafael Alberti, 1929)

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En 1928, entre viejos retales de tul, cartón, y trapos recogidos de las basuras, Picasso cosió a un lienzo una camisa sucia, con aguja e hilo; ¿será el mismo con el que Jean-Luc Godard, en King Lear, con un gorro de joker en la cabeza, de bufón, cosió dos trozos de película como dos retales, igual que yo ensayo mis dos frases en esta especie de ROM, de cosa…, aquí, bajo la bombilla? Es una cosa rara, el montaje: uno tiene físicamente entre sus dedos el pasado, el presente y el futuro. Es decir, se vuelve a coser o a bordar el tiempo. Y en esa película hablada en inglés, o en el shakespeare más bien (y en fráncés al mismo tiempo o alternativamente), ambas lenguas se mezclan, se solapan, se evitan. Van juntas un rato, como músicas, y hay también una caja de zapatos con un agujero en cada uno de los dos extremos con una vela dentro: ¿quizá la que contuvo el zapato cuya foto tengo en mi pared? Esa caja es el aparato de proyección que Baudelaire imaginó y que el bufón reinventa aquí. Como dijo una frívola en el estreno de Parade (vestuario y decorados de Picasso precisamente): “¡Si hubiera sabido que esto era tan tonto habría traído a los niños!” Bien visto, querida señora, bien visto: la collage attitude es también un juego de idiotas. A uno no se le va a ocurrir pegar un trozo de papel, tres cuerdas de guitarra y un recorte de periódico sobre un lienzo, ni interrumpir la acción de una película en mitad de la historia, un amor trágico entre Marianne Renoir y Ferdinand Pierrot, sólo para dejar hablar a idiotas pueblerinos, simples figurantes marginales que por un momento se convierte en primeros actores. “¡Qué imaginación!” ¡No, no! Eso no. O en todo caso no como usted  se cree, señora,  pues –y es de nuevo Baudelaire quien habla– “la imaginación no es la fantasía. Es una facultad casi divina que percibe las relaciones íntimas y secretas entre las cosas, las correspondencias y las analogías”. Un cierto montaje, en suma… Esas tres viejas cuerdas de guitarra, esas pobres frases idiotas, como la melodía popular o la frase de jazz en un fragmento sacro de Stravinsky, eso es la collage attitude. Lo imprevisto y fuera de lugar… las letras de la parte de atrás… la parte de atrás de una página a la que se le acaba de dar la vuelta…: el inmigrante, en resumen. Aquel a quien no se le esperaba, el extranjero, ¡el Otro! Es decir: no hay nada que lo sea todo o… como decía aquel, “¡no sólo eso!” Una agudeza. Del mismo modo que toda la estética de principio a fin, y no solamente el travelling, es una cuestión moral, también sucede lo inverso: una posición moral sólo es válida si se puede mantener en el universo de las formas.  Y así es como veo yo, por mi parte, una relación entre los collages o las citas de la películas de su época romántica, de los años Karina, y el puente de Sarajevo: aquella estética contenía esta moral. Estaba en el mismo espíritu y en la misma agudeza. El collage es también un modo de borrarse, de devolver su gracia a las cosas, de satisfacer la súplica de Kafka: “Entre tú y el mundo, elige el mundo”. ¿Y quién en este mundo de hoy, este “oasis de horrores en un desierto de tedio”, habrá estado a la escucha del mundo manteniendo semejante atención a las formas? CÓMO ME GUSTARÍAS, ¡OH NOCHE!, SIN ESTRELLAS CUYOS FULGORES ME HABLAN EN UNA LENGUA QUE CONOZCO. ¡YA QUE BUSCO EL VACÍO, LA DESNUDEZ, LO OSCURO! Todo empezó como un renacimiento y va a acabar en un solar yermo. Porque la collage attitude es también el arte que baja los brazos ante la realidad… ¡No! No se somete más que para decir claramente que la realidad podría ser arte… pero de todos modos… bueno, es la historia del arte moderno: Miró al final quemó y agujereó sus telas, calcinó su arte… “La destrucción fue su Beatriz”. Como si buscara otra cosa que se le escapaba, indecible, por esos agujeros, al otro lado de la tela, del lado de la noche… EL VACÍO, LA DESNUDEZ… Sí, eso es: después de la tela, del vacío y de la desnudez… ¿viene el otro lado de la tela? SIN ESTRELLAS CUYOS FULGORES ME HABLAN EN UNA LENGUA QUE CONOZCO: libre de la tiranía del rostro humano de los actores, esas estrellas con sus manías, sus tics, su lenguaje aprendido, su ego invasor, él, Godard, está completamente solo, como antaño Jean Painlevé en su laboratorio, con su caballito de mar, en la compañía serena de los objetos, de las palabras y a veces de algún modelo, una silueta pasajera, viva o desaparecida… En resumen: nada más que formas, colores, su música… Movimiento.  Le vemos dar vueltas en el aire de la tarde… filmar el tiempo… el tiempo nada más…  Nunca ha dejado de hacerlo… Mensaje LXXIX recibido, ¡5 de 5!

En el encuadre de la ventana se ha evaporado el espectro familiar de la chica con el traje de pescadora y los ojos de alga. En mi escritorio, giro la hoja cuarenta y cinco grados a lo largo: es una pantalla de cinemascope en blanco. Aquí allí hoy ayer derecha izquierda todo está en el mismo plano. Las dos frases que se me habían ocurrido, lo que voy a hacer es poner en presente el verbo que estaba en pasado, y el punto lo convertiré en coma. Y que las dos frases sean una sola. A veces las comas, si se colocan a contratiempo, provocan una interrupción suave, una curva en la frase, como una ligera síncopa en la música, y pueden asociar suavemente como a menudo sucede en dos planos o dos secuencias de Jean-Luc Godard, que pese a estar claramente separadas quedan encadenadas por la intervención de la música, que hace que se encabalguen ligeramente, una misma superposición del comentario en las dos revela una relación secreta, transparente, musical… separadas y unidas, como debería pasar en todas las relaciones.

“Hola… ¿Antoine? Ya está, tengo los 9000 espacios. El retrato… no lo sé. De todos modos, ya sabes: uno acaba por hacer siempre su propio retrato. Por otro lado, verás, verás. Hay un scoop para tu revista: Baudelaire inventó la proyección de cine en 1855.

-Ah, ¿sí? Bueno, quería preguntarte: y tu novela, ¿avanza?

-¡Con lentitud! Pero precisamente desde tu llamada he avanzado un poco: he cambiado una frase.”

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Traducción: Manuel Asín

13rue

Yo trabajaba solo y de noche, pues, en este especie de ROM… en esta cosa, esta fantasía tozuda, y tenía allí bajo los ojos, a la luz de la lámpara de oficina, esas dos frases: una era el presente, ocurría cerca de Roma, en Via Appia, en un parque; la otra era el pasado, lo que suele llamar un recuerdo, un bar de noche en la Quinta Avenida, el One Fifth se llamaba. Y cómo unir las dos frases, el pasado y el presente, ese es el problema en todo, uno se pasa incluso la vida en ello y así el futuro se pone a la cola. Levanto los ojos de la página y miro de nuevo en dirección al parque de la antigua embajada rusa, a través de la pantalla negra de mi ventana. PORQUE LAS TINIEBLAS SON ELLAS MISMAS LOS LIENZOS DONDE VIVEN, BROTANDO DE MIS OJOS POR MILLARES, LOS SERES DESAPARECIDOS DE MIRADA FAMILIAR: Charles Baudelaire imaginó en 1855 la proyección de imágenes animadas sobre una pantalla, moving pictures de actores desaparecidos proyectados en la noche. E igual que el agente secreto de Alphaville encriptando su informe secreto, confinó su invención al interior del poema LXXIX, “Obsesión”. Este se convertiría un siglo después en el título de una película de cine negro con Barbara Stanwyck, venenosa y fatal, y finalmente en un perfume de Calvin Klein, porque estas cosas siempre terminan volatilizándose. Está pues el cinematógrafo en los versos y en la música imaginada, el cinematógrafo de la UFA quizá, los estudios alemanes de Babelsberg, la pantalla demoníaca. El de Godard también, porque desde un fondo oscuro es desde donde aflora la fantasía musical, el espíritu danzante de la chica danesa con blusa marinera… Sobre este lienzo tenebroso, veo ahora frente a mí su rostro de ojos de algas… En él aflora una inquietud y tres, cuatro lágrimas… Y miro abajo hacia mi página… Las dos frases a la luz de la lámpara, que intento unir, se juegan en la junturas, lo sé bien, una unión un poco desunida… Ahí donde se puede pasar, como quien no quiere la cosa, de un cuento de Andersen a Dreyer, de un parque en Roma a la noche de Manhattan.

Miro las paredes. A la izquierda el hueso de tobillo visto con rayos X ceñido de de una tobillera de Van Cleef & Arpels, obsesión erótica y macabra; a la derecha las cuatro palas fantasmales de la carrocería del helicóptero, dibujando una cruz deformada en el flash luminoso de la explosión… Estas dos imágenes las colgué instintivamente, sin saber bien por qué, a ambos lados de mi escritorio… Esos huesos nacarados sobre fondo negro, y luego la cruz… ¿Era la Historia y un fragmento de mi historia? ¿O era la misma historia, una historia de sombra que comprendo mal pero que intento, con rodeos inciertos, tratar de transcribir sobre la página iluminada por la lámpara? Miro las tijeras, el pegamento de barra: escribo a mano… Tutto fatto a mano… no tengo procesador de texto, ni siquiera la vieja Hermes 2000 portátil… En vez de volver a copiar recorto con tijeras trozos de texto a veces muy distintos, que uno con otros para establecer una suerte de continuidad… ¿Cómo se corta un traje? La famosa metáfora de Proust. No pretendo ir tan lejos, ¡no voy a ponerme ahora de ese lado!  Pero me ha llegado a ocurrir, como la otra noche, que en mi odio de escribir siguiendo mi pensamiento, había trazado frases, en azul, en negro, en rojo, alrededor de la página, en círculo, y había cortado todo eso a continuación, después de haber pautado el papel, después de tener frente a mí una hoja manuscrita con la forma exacta de una camiseta de tirantes para muñeca Barbie… un “Marcel”, eso es. ¡No está mal, ya que no me había salido un vestido! Enseguida sopesé utilizar hojas A3 para, si por ventura un “Marcel” volvía a surgir entre mis tijeras, poder regalárselo a una adolescente canija de busto débil, ella no tendría más que pegárselo con dos trozos de celo, en topless o con la espalda al aire, con el ombligo al aire… ¡Mi manuscrito! Y caminar de este modo por las calles, lo que sería una difusión como cualquier otra, Sodis o NMPP**… Me maravilla que algunos (escasos) modistas, cineastas, logren un movimiento, una composición y contrastes, en pocos tijeretazos tras los cuales se siente el frío corte del cirujano pero también un pensamiento, una emoción. Es eso lo que da a una película su ritmo, su movimiento, su música, y sobre todo las aproximaciones debidas a un cierto azar; y me digo: “¿por qué no una escritura?” Sí, por qué no. Se debería poder escribir con un par de tijeras y con un pegamento de barra, sin lapicero siquiera, sólo con lo que han escrito los otros.

**Dijéramos Machado o Logintegral [N. de la T.]

(Continuará)

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“Diga… Sí, qué hay, Antoine… ¿Seis, siete hojas?… ¿Para el 27 de junio?” Mientras escucho a de Baecque, sentado en mi escritorio en el que me disponía a escribir, echo una ojeada distraída a la pared de la derecha: una foto recortada hace tiempo en Libération: dos sombras en silueta en la noche agujereada por un brillo blanco contra el que se perfilan las palas de un helicóptero: el helipuerto de Arafat, en Gaza, bombardeado.

“¿9.000 espacios aproximadamente… un retrato de Jean-Luc Godard…?”

En la pared de la izquierda otra foto que tengo pinchada, una página arrancada de Vogue: un pie arqueado, la suave ondulación de la curva en el zapato de tacón, los huesos vistos con rayos X…

“Un retrato… Bueno, lo intento”.

Cuelgo el Motorola, los ojos ahora bajos sobre los montones de A4 en desorden, algunos cortados en dos, otros en cuatro, grapados, y el stick de pegamento UHU, las tijeras, rotuladores negro y rosa N50 y también un Pilot V5…

“un retrato en 9.000 espacios…”

Levanté la vista, miré frente a mí al otro lado de la ventana, estaba oscuro, la masa en sombra de los árboles del parque se fundía en la noche y la ventana era una pantalla negra… LAS TINIEBLAS SON ELLAS MISMAS LIENZOS, dice Baudelaire, en “Obsesión”, ¡y sobre este lienzo yo vi la puerta de Oriente! Pasajes, tránsito, tráfico… Así es cómo empezó todo…

Llegó de repente y con gracia y al mismo tiempo todo estaba ya allí, se diría que al azar, tres, quizá cuatro planos: Belmondo en Marsella, quai de Rive-Neuve, el puerto, el romanticismo, la aventura; el sombrero de fieltro, la gafas ahumadas, el cigarrillo, el pulgar repasando el labio, la serie B americana; y además, como en un collage pop, la contraportada –furtiva– de France Soir o de Paris-Flirt, ya no lo recuerdo, enmascarando el rostro: la pin-up enmarcada por historietas: “13, rue de l’Espoir”, “Chéri Bibi”, “Juliette de mi corazón”, y enmarcada por los grandes titulares con noticias del mundo entintadas en un negro profundo, y el robo del coche, los dos cables de la dinamo conectados, macho-hembra, negativo-positivo, la atracción, la chispa. Aquello duraba 20, 30 segundos… y era la ligereza más increíble, el movimiento mismo, el tiempo filmado. El niño que juega a los dados, el patinete de niño con el que Godard había hecho como en un documental su travelling, el mismo, pienso, que veinticinco años antes había hecho Pagnol sobre Fernandel en Marsella, mirando la ciudad abajo desde la Gare Saint-Charles, era en Angèle, y en mi cabeza, por gracia de un travelling tembloroso que captaba la inquietud de un rostro y también la vida alrededor, los Champs-Elysées se convertían en la prolongación del Boulevard d’Athènes y los veinticinco años un sólo segundo. Aquello ocurría en el momento preciso, yo era de Marsella y allí yo empezaba a mantener relaciones nebulosas con la sociedad. Salí del cine Phocéac, o Cinévog, ya no me acuerdo, las cosas del exterior me parecieron a su vez más fantasmales y me sentía más fuerte porque el mundo y su pesadez me parecieron de repente falsos frente a esas pocas imágenes amateur tan ligeras y de una torpeza llena de gracia, un renacimiento, el comienzo otra vez, la época de las barracas. Aliviado, bajé hacia el puerto, con las manos en los bolsillos, a comprarme unas Ray-Ban y la última edición de France-Soir, la desplegué ante mí, vi la continuación de la historieta de “13, rue de l’Espoir” y con el gauloise entre los dientes, lentamente, me pasé el pulgar sobre el labio inferior: imité a Belmondo que imitaba a Bogart; eso se llama transmisión y, en arte, cita. Estaba yo solo, miraba a lo lejos:  el fuerte de Saint-Nicolas, el fuerte Saint-Jean, y era un poco eso, el cine: un modo de ser, una proyección, el arte y la realidad en transparencia. Como si otra vez estuviéramos en los inicios… ¡Lumière! El asombro antes las imágenes y, de ese modo, ante el mundo… Esa impresión de un pequeño vacío entre el actor y el decorado, como cuando entre el tejido y la piel de repente hay una separación, por el movimiento del cuerpo, una liberación de aire y del aire del tiempo alrededor. Se acabó el corsé del guión, se acabó la frase bella y almidonada del teatro, ese anacronismo, esa impostura. Era en otra prenda encontrada también un poco por azar, en la que estaba pensando: verano otra vez… una mañana bonita, junto al mar, hace mucho tiempo. Aquel uniforme de pescador que una modista utilizaba como símbolo evocador de “pobreza”, de encanto, de novedad. Y por la gracia de ese vestido de tela para pescadores que se había deslizado de los hombros de las chicas jóvenes para volver a aparecer en el cuerpo desenvuelto y musical de Anna… Transmisión… La estética de las cosas baratas, como un patinete de niño para el travelling… Apenas nada… Todo un mundo.

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Raros han sido los artistas que han viajado hasta Saint-André de Valborgne para dar su último adiós a Bernardette Lafont. Jean-Pierre Mocky no se ha abstenido de decir lo que pensaba: “¡El cine debería estar aquí!”

Con más de 130 largometrajes, casi medio centenar de películas para la televisión y una docena de obras de teatro, Bernardette Lafont era una actriz de talento con una carrera prolífica. Muy diferentes realizadores la dirigieron, ha dado la réplica a miles de actores y este verano todavía debía rodar en Noirmoutier Les vacances du Petit Nicolas.

Sin embargo ayer en Saint-André de Valborgne, en los Cévennes, fueron pocos los representantes de la familia del cine que vinieron a rendirle un último homenaje. Sólo Lucien Jean-Baptiste, el realizador de La première étoile, los actores Marianne Denicourt, Lionel Astier y el cineasta Jean-Pierre Mocky, venido de las proximidades -es el invitado del festival “Un realizador en la ciudad” que tiene lugar hasta mañana en Nîmes- han hecho el desplazamiento. Eso es todo. Una ausencia que no ha dejado de golpear al realizador de Pactole.

“Tan poca gente para su entierro… es asqueroso”, se ha rebelado Jean-Pierre Mocky en las columnas de Midi-Libre. “Aunque Bernardette fuera alguien solitario e independiente, el cine debería estar aquí. Sin embargo ni siquiera ha venido el equipo de su último éxito, Paulette. Cuando se piensa en la multitud del entierro de Brialy, sin hablar del de Raimu… Definitivamente, no hay que morirse en julio.”

ImagenTraducción: Manuel Asín

Con agradecimiento a Norberto Molina.

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