Adelanto “Amistad, el último toque Lubitsch” de Samson Raphaelson

Lubitsch autograph

Hoy, 30 de noviembre de 2012, se cumplen 65 años del fallecimiento en Hollywood de Ernst Lubitsch. Por aquel entonces se publicó un elogio fúnebre del guionista Samson Raphaelson, que había escrito con él ocho de sus películas. Un elogio que tenía una historia rocambolesca, que sólo se conocería en 1981, cuando Raphaelson escribiera Amistad, libro que en breve publicaremos. Una historia sobre la amistad entre dos hombres que durante años trabajaron juntos sin llegar a saber nunca si eran eran realmente amigos y cuya relación alcanzaría un punto culminante, extraño, embarazoso, y finalmente digno del “toque Lubitsch“, en torno a un pequeño texto, ese elogio fúnebre, escrito, oculto, descubierto, revisado por Lubitsch en vida y que a continuación reproducimos: 

Lubitsch amaba las ideas más que nada en este mundo, excepto su hija Nicola. No importaba qué tipo de ideas. Podía apasionarse lo mismo por el monólogo final de un personaje en el guión en curso, por los méritos relativos de Horowitz y de Heifetz, por la estética de la pintura moderna o por saber si era o no el momento oportuno para comprar una propiedad. Y su pasión era, por lo general, mucho más fuerte que la de cualquiera a su alrededor, con lo cual siempre acababa siendo la figura dominante en un grupo. Pero nunca conocí, ni siquiera en esta tierra de egoístas, a nadie que no se iluminara al disfrutar de su compañía. Este placer no lo causaban su brillantez ni su rectitud —distaba de ser infalible y su ingenio, siendo humano, tenía sus momentos flacos— sino la pureza y la alegría infantil de su larga historia de amor con las ideas.

Una idea le importaba más que, por ejemplo, en qué punto se encontraba el tenedor camino de su boca. Este director, que tenía un ojo infalible para el estilo, desde lo más superficial de las ropas y los modales hasta la más profunda y sutil entonación de un corazón aristocrático, tendía, en su vida diaria, a ponerse el pantalón y la chaqueta más a mano sin importarle si desentonaban, era capaz de gritar como un rey o como un campesino (pero en ningún caso como un caballero) e iba por la vida sin detenerse en matices ni exquisiteces, con esa torpeza que es el pasaporte de un hombre honesto. No tenía tiempo que perder con los buenos modales y, sin embargo, su gracia era incontestable y todos la reconocían, desde el chico de los recados hasta el magnate, el mecánico o el artista. De hecho, Garbo sonrió en su presencia, y también lo hicieron Sinclair Lewis y Thomas Mann. Nació con el don afortunado de desvelar su persona al momento y a cualquiera.

Como artista era sofisticado, como hombre era casi ingenuo. El artista era astuto, el hombre sencillo. El artista era económico, preciso, exacto; el hombre nunca encontraba sus gafas de leer, sus cigarros o sus manuscritos y la mitad de las veces ni siquiera recordaba su propio número de teléfono.

Por muy grande que lleguen a considerarlo los historiadores del cine, era aún más grande como persona.

Era genuinamente modesto. Nunca buscó la fama ni le importaron los premios. Era incapaz de practicar el arte de la publicidad personal. No se le podía herir criticando su trabajo. Y, de alguna manera, nunca ofendía a sus colaboradores con su franqueza inocente. Una vez que te había escogido, era porque creía en ti. Así que te podía decir: «¡Qué mal!», y al mismo tiempo sentías que eras apreciado y que esperaba mucho de tus virtudes secretas. Siendo un gran actor, era incapaz de fingir en sus relaciones con los demás. No tenía una actitud para los poderosos y otra para los humildes, un estilo para el salón y otro para el bar. Estaba tan libre de pretensiones y de segundas intenciones como se supone que lo están los niños y esto lo hacía infinitamente variado y encantador.

Lamento no haber sido capaz de decirle alguna de estas cosas mientras estaba vivo.

Liubitsch w. SR

Amistad, el último toque Lubitsch, de Samson Raphaelson, ya disponible en librerías. 

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