Salinger por Louis Skorecki

 

Vuelvo de Lisboa, donde he mostrado mis películas en la cinemateca ante una veintena de espectadores muy atentos… gracias a Luis Miguel Oliveira y a sus dos colaboradoras… en ese mismo momento moría JD Salinger… estoy triste… no encuentro las palabras… Lo que más he leído y releído en mi vida son las aventuras de la familia Glass… Franny y Zooey, Nueve cuentos, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, Seymour, una introducción… como leía y releía a Raymond Chandler hace tiempo… y como nunca he dejado de releer Lolita en inglés… los niños Glass hacen radio-realidad, los padres Glass eran héroes de vodevil, como los Black minstrels, como Emmett Miller, como Charlie Chaplin en Londres, también, el mismo Chaplin que le robará al joven Salinger la mujer de su vida, la bella Oona O’Neil (JD Salinger insultará más tarde, a golpe de cartas rabiosas, al “viejo hombre repugnante” que le había robado la novia, la demasiado joven Oona…) … es el fin de un mundo, un mundo de imágenes y de palabras, de palabras habladas, rimadas y de nuevo habladas.

 

Hablar el mundo, Salinger, lo hacía mejor que nadie, en la lengua más ordinariamente poética, más recogida, más parlanchina, que pueda ser. Hacía en inglés, en americano más bien, lo que el ruso Nabokov hacía en el mismo momento con su bricolaje de fragmentos de angloamericano universitario, lo que Céline hacía también por su cuenta, con un lado más negro pero en el fondo igual de luminoso… con ese ordinario poético de la lengua americana Salinger hizo enigmas, fragmentos rimados, koans… se conoce el ruido de dos manos que aplauden, pero no importa saber lo que es el sonido de una mano, una sola… lo más importante es imaginar a la niña pequeña que mueve los labios en la oscuridad sin que un solo sonido salga de su boca, repitiendo hasta el infinito una sola y misma frase, un mantra infantil para extraterrestre urbano… el lector acabará por creer que esa plegaria, hecha de palabras silenciosas, les permite, a ella, a él, flotar por encima del suelo y oír volar a los peces, los peces plátano, los peces gato… e incluso los peces rata.

 

Uno guarda a Salinger para sí mismo, no se habla nunca de él, ni a los editores, ni a los amigos… en realidad cada lector de Salinger cree que no hay nadie más lo lea, piensa ser el único… sus lectores se cuentan uno a uno, con los dedos de una mano, sin que se sepa, sin que ellos sepan nada, así hasta llegar a  millones de lectores únicos, sumándose sin nunca tocarse… No hablé de Salinger más que una vez, en un rincón perdido de Bretaña, hace treinta años, con dos amigos que tenía entonces, Pierre Trividic y Pascale Ferran y me maravillé en voz alta, por primera y última vez en mi vida, de ese pequeño milagro: dos otras personas, dos seres humanos, compartían mi amor, un amor oblicuo y frontal a la vez, por los niños obstinados y los jóvenes adultos de JD Salinger… sólo nos faltó recitar fragmentos de frases en voz alta, a pleno sol, en el viento… años más tarde, al ver su primera película, Petits arrangements avec les morts, supe que Pascale Ferran –y Pierre Trividic que acababa de escribir el guión y los diálogos- estarían entre los únicos que habrían abordado frontalmente, con toda la seriedad de la infancia, el universo terco de los relatos de Salinger

 

Unas últimas palabras, quizás las últimas. La religión budista no tiene más que una importancia maníaca, repetitiva, decorativa, en los textos de Salinger. Es apenas un ritual como cualquier otro. Los hay más tontos. Y sin embargo pasé de esos ejercicios zen más pintorescos que inmateriales a los que se libran los personajes, Franny sobre todo, si mal no recuerdo, a la lectura de verdaderos cuentos zen (en inglés también, no había nada en francés) con el mismo amateurismo entusiasta que mostraban sus personajes. Los rituales me interesaban decididamente más que las religiones mismas, pasé del budismo zen a los cuentos jasídicos (Martin Buber, Rabbi Nachman…e incluso Elie Wiesel), luego a los delirios filosóficos abstractos de los sufís (Ibn’Arabi sobre todo) y finalmente, in extremis, a las maravillas de erudición cristiana de un jurista judío demasiado desconocido, Jacob Taubes, cuyo único libro (era un profesor, un orador), Théologie politique de Paul, se convirtió en mi libro de cabecera, a pesar de una especie de hermetismo lacaniano que me seduce más que me repele. De los rituales religiosos pasé en cierto momento a los escritos de Leroi-Gourhan sobre la prehistoria (sobre todo su pequeño libro rojo sobre la religión de los hombres prehistóricos) pero ahí ya no estoy seguro de que haya una relación con Salinger. Aunque…

 
Post scriptum. Esa familia Glass, esa palabra, ¿qué dibuja? Decir primero que la celebridad de Salinger se construyó sobre un malentendido pre-Glass, sobre Catcher in the rye, sobre las palabrotas poéticas pero convencionales de Holden Caufield. Nunca me ha gustado de verdad ese libro… demasiado americano, demasiado convencional, demasiado suavemente inesperado, rebelde, hablado/hablado/hablado… con los Glass es diferente: ¿de donde vienen? ¿A dónde van? Sus palabras son ligeras, casi inmateriales, con una pura musicalidad de lengua hablada, fuera del realismo, fuera del teatro, fuera del cine, fuera de todo- la misma inmaterialidad musical que la del extranjero Nabokov en Lolita, aquel que escucha con un oído distraído, extranjero, a los estudiantes, las chiquillas, las ninfetas…y las mariposas.

 

Si JD Salinger cantase, cantaría sin esfuerso (menos es mejor) como Bobby Troup, el rey del minimalismo… o mejor aún, como Sinatra,… dos versiones de Misty (Bobby Troup, después de My Funny Valentine, y Sinatra, toma inédita sacada de Sinatra and Strings)

 

 

 

 

 

Original en Club Skorecki.

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