Historia y memoria en Angelópoulos, por Carlos Bonfil, en La Tempestad

En La mirada de Ulises (1995), un director de cine de origen griego, escuetamente llamado A, regresa luego de tres décadas de ausencia a su país natal, para asistir a una retrospectiva de su obra. La visita pronto se vuelve el pretexto para explorar la historia política reciente del territorio balcánico e indagar sobre los rollos extra­viados de la primera película filmada en Grecia. Un Theo Angelópoulos (Atenas, 1935) intrigado por lo que sobrevive de su propio pasado sentimental y político en una región sacudida por los conflictos y divisiones territoriales, preguntándose qué papel puede aún desempeñar un cine políticamente comprometido. Muy atrás ha quedado el fresco histórico de la pri­mera trilogía del cineasta, esa radiografía de la Grecia de los coroneles que desem­boca en una crítica ácida del conformismo burgués, aval de dictaduras: Los días del 36 (1972), El viaje de los comediantes (1975), Los cazadores (1977). La nueva indagación es más personal; el nuevo viaje de Ulises habría de tener como destino final el inte­rior del hombre.
Luego de abordar el tema de la muerte en una cinta notable de 1998, La eterni­dad y un día, Angelópoulos acomete una trilogía nueva, claramente introspectiva, que inicia con El prado en llanto (2004), épica sentimental sobre el exilio donde la protagonista, Eleni, una huérfana de guerra adoptada por una familia griega perseguida por el ejército bolchevique, se enamora años después de Alexis, el hijo de sus protectores, sólo para ser acosada por Spyros, el padre de la familia. La huída de la pareja, el asedio paterno, el refugio entre una banda de músicos, todo lo captura el cineasta en largos planos secuencia. Es una nueva lectura de la his­toria griega reciente, con los añadidos, a ratos grandilocuentes, del melodrama y la digresión mitológica. Un cine de poesía cuya preocupación esencial es, de nueva cuenta, la reflexión sobre el tiempo y los desplazamientos, y la manera en la que el devenir histórico incide, de modo dramá­tico, en la experiencia personal.

En El polvo del tiempo (I skoni tou hronou), segunda entrega de este tríptico de la memoria, el narrador es un cineasta, lla­mado una vez más A e interpretado por Willem Dafoe, y lo que cuenta es una histo­ria de amor desventurado, la de sus padres separados por la guerra. Eleni (Irene Jacob), una refugiada griega en Tashkent, es deportada a Siberia mientras su marido, Spyros (Michel Piccoli), con mejor suerte, logra emigrar a tiempo a Estados Unidos. Poco después de la muerte de Stalin, Eleni conoce en el gulag soviético al judío alemán Jacob Levy (Bruno Ganz), a la vez cómplice y nuevo compañero sentimental. 50 años después el destino reúne a los tres perso­najes, ya ancianos, quienes despiertan con asombro casi infantil a la realidad descon­certante de la caída del Muro de Berlín, a una Europa comunitaria y a los tiempos de la globalización. Angelópoulos narra la historia de Eleni y sus dos amores, y tam­bién la confusión existencial del cineasta A, con su dolorosa inspección del pasado familiar y la constatación de que Eleni, su hija adolescente, no puede librarse de una obsesiva tentación de suicidio.

El polvo del tiempo apuesta por una narra­ción a la vez temeraria y desconcertante. Busca dislocar la continuidad espacio-temporal y restablecer en la pantalla el flujo desordenado de la memoria; para ello confunde atmósferas y sensaciones, al punto de colocar en un plano maestro, en el interior de un bar, tres épocas distintas en un solo tiempo, o de confundir los rostros de Eleni, joven y anciana, amalga­mando de paso el perfil psicológico al de la nieta que lleva el mismo nombre. Ya no es el cine contemplativo, el cine-poesía de los años anteriores, ni los largos pla­nos secuencia ni el lirismo desbordado. Hoy el relato fílmico de Angelópoulos explora con movimientos rápidos y una edición más caprichosa las proyecciones discontinuas del recuerdo, lo inapresable del tiempo, vuelto polvo y perdido en la niebla o entre los copos de nieve al final de la película: un flujo de la conciencia que es modelo para armar a disposición de espectadores entregados y pacientes. Una apuesta arriesgada con momentos, cada vez más aislados, de dominio visual indiscutible.

La Mirada de Ulises

Esta reseña se publicó originalmente en La Tempestad 66, mayo-junio de 2009.

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