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Archivo de la etiqueta: Marguerite Duras

El cine es y debería ser una aventura: que no se sepa del todo, cuando se hace, dónde se va a llegar, en qué orillas atracaremos, qué paisajes vamos a descubrir. Por eso he colocado a la cabeza películas que arriesgan sin precaución esta aventura. Suelen ser películas no tenidas en cuenta, despreciadas u odiadas. Lo cual no tiene ninguna importancia. En segundo lugar he puesto películas redondas, perfectas, que hablan más en primera persona y que se basan en cierta singularidad de la visión, aunque sea amplia, de su autor. En tercer lugar he juntado películas que se parecen a las primeras: mismo espíritu de aventura, misma experimentación feliz; me siento menos constantemente cerca de ellas, pero las visito a menudo en la memoria.

1)         Femmes femmes, Paul Vecchiali

Leçons d’histoire, Straub/Huillet

Out I : Spectre, Jacques Rivette

Quatre nuits d’un rêveur, Robert Bresson

Salo, Pier Paolo Pasolini

2)         El inocente, Luchino Visconti

Numéro deux, Jean-Luc Godard

Trafic, Jacques Tati

3)         Amor de perdición, Manoel de Oliveira

Muerte de un corredor de apuestas chino, John Cassavetes

Deux fois, Jackie Raynal

Les intrigues de Sylvia Cousky,  Adolfo Arrieta,

Two-lane blacktop, Monte Hellman

Petit à petit l’oiseau fait son bonnet (version fleuve), Jean Rouch

Des journées entières dans les arbres, Marguerite Duras

Vidéo 50, Robert Wilson

Nota de Luis E. Parés: Veo que en la encuesta de Cahiers y en esta de Biette, se repite la película ‘Deux fois’, eso sí, sólo firmada por Jackie Raynal. Pero la verdad es que esa peli está compuesta por dos episodios, uno de los cuales lo dirigió Francisco Viader, catalán de origen, actor y compañero de farras de Jacinto Esteva.

En Cahiers du Cinéma, nº 308, febrero 1980. Traducción de Manuel Pelaez. (Resultado de la encuesta aquí.)

Robert Bresson, Marguerite Duras, Straub/Huillet, Jacques Rivette, Jean Rouch y Jean-Luc Godard en Tienda Intermedio DVD.

 

No merece la pena ir a Calcuta, a Melbourne o a Vancouver, todo está en las Yvelines, en Neauphle. Todo está en todas partes. Todo está en Trouville. No merece la pena ir a buscar lo que ya está aquí. Donde se está siempre hay lugares que buscan películas, basta con verlos.

Se piensa a veces que unos exteriores van a ayudar a la película. Entonces uno se va a buscar esos exteriores y no los encuentra nunca. Hay que ir a localizar sin ninguna idea, sin nada. Hay que dejar venir los exteriores a uno. Por ejemplo: no tenía idea de la imagen que debía haber bajo el joven ahorcado de Auschwitz. Es al pasar frente a la hilera de álamos de la Mauldre cuando pienso: será esto. O bien son imágenes vistas sin proyecto de película, que vuelven. Como Le Poudreux, el puerto de madera africana en el canal de la Seine y la estación abandonada del viejo puerto de Honfleur.

Un lugar donde ya he rodado me hace querer volver. Ruedo en lugares en los que ya he rodado. Los grandes cielos alemanes de Aurelia Steiner, los de las lluvias fecundas, son los de Le Camion sobre la escritura y el sueño- aquí están en plano fijo. Estos campos estaban ahí, la diferencia era su color, negros por la labranza de octubre en Aurelia y en Le Camion cubiertos de ese plumón verde de enero. La diferencia era también la luz. Fuerte en Aurelia, lechosa en Le Camion. Sueño con eso, volver a rodar en lugares en los que ya he rodado. En el palacio Rptschild y en el parque, que siguen habitados  por la mendiga, por las caminatas del Vice-consul, por la travesía de las canchas de tenis desiertas. En mi casa. En los grandes descampados de Auchan, los de la errancia de la mujer en Le Camion, allí donde se detiene al anochecer. Son para mí lugares que engendran cine porque en ellos se ha hecho cine. En París también quiero rodar, en esas grandes avenidas coloniales de Les mains négatives, esos zocos de Ménilmontant, ese Mékong, hacia el este, por Bercy. Asia hasta confundirse, sé dónde está en París, antes de Renault, después de los álamos de la isla Saint-Germain, las acumulaciones de lianas, esa jungla que bordea el Siam, antes del faro y de la linterna de los muertos.

 

 

Marguerite Duras en Les yeux verts. Cahiers du cinéma, 1980/ 1996.

Marguerite Duras en Tienda Intermedio DVD. 

 

 

Películas más importantes de los años setenta según los Cahiers du Cinéma

(nº 308, febrero 1980)

1. Número dos(Jean-Luc Godard & Anne-Marie Miéville, 1975)
2. Milestones (Robert Kramer & John Douglas, 1975)
3. Tristana (Luis Buñuel, 1970)
4. Carretera asfaltada en dos direcciones (Monte Hellman, 1971)
No envejeceremos juntos (Maurice Pialat, 1972)
6. Des journées entières dans les arbres (Marguerite Duras, 1976)
7. Salò o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975)
8. Profesión: Reporter (Michelangelo Antonioni, 1975)
9. Hitler, una película de Alemania (Hans-Jürgen Syberberg, 1977)
10. Deux fois (Jackie Raynal, 1968)
….Dodeskaden  (Akira Kurosawa, 1970)
12. Aquí y en otro lugar(Jean-Luc Godard/Jean-Pierre Gorin/Anne-Marie Miéville, 1976)
13. El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas (Paul Newman, 1972)
14. Femmes femmes (Paul Vecchiali, 1974)
15. Trafic(Jacques Tati, 1971)
16. Film About a Woman Who… (Yvonne Rainer, 1974)
17. Anatomia de una relación (Luc Moullet & Antonietta Pizzorno, 1976)
….De la nube a la resistencia (Jean-Marie Straub & Danièle Huillet, 1979)
19. Lecciones de historia (Jean-Marie Straub & Danièle Huillet, 1972)
….Out 1: Spectre (Jacques Rivette, 1974)
….Cuatro noches de un soñador (Robert Bresson, 1971)
22. Amarcord (Federico Fellini, 1973)
….La Mamá y la Puta (Jean Eustache, 1973)
24. Ese oscuro objeto de deseo (Luis Buñuel, 1977)
….Hindered (Stephen Dwoskin, 1974)
26. Parade (Jacques Tati, 1974)
27. La última mujer (Marco Ferreri, 1976)
28. Nacionalidad Inmigrante (Sidney Sokhona, 1975)
29. El asesinato de un corredor de apuestas chino (John Cassavetes, 1976)
30.El mercader de las cuatro estaciones (Rainer Werner Fassbinder, 1971)
….Le théâtre des matières (Jean-Claude Biette, 1977)
32. “Six fois deux/Sur et sous la communication” (Jean-Luc Godard & Anne-Marie Miéville, 1976)
33. En el curso del tiempo (Wim Wenders, 1976)
34. El inocente (Luchino Visconti, 1976)
35. Avanti… Amantes à Italiana (Billy Wilder, 1972)
….Maridos (John Cassavetes, 1970)
37. Introducción a ‘Música de acompañamiento para una escena de cine‘ de Arnold Schoenberg (Jean-Marie Straub & Danièle Huillet, 1973)

38. Eugénie de Franval (Louis Skorecki, 1974)

39. Nathalie Granger (Marguerite Duras, 1972)
40. Amor de perdición(Manoel de Oliveira, 1979)
….Cabaret (Bob Fosse, 1972)
….Las intrigas de Sylvia Couski (Adolfo Arrieta, 1974)
….Poco a poco (Jean Rouch, 1970)
….Video 50 (Robert Wilson, 1978)
45. Chromaticité I (Patrice Kirchhofer, 1977)
….Coatti (Stavros Tornes, 1977)
….Déjeuner du matin (Patrick Bokanowski, 1974)
….Yo, tú, él, ella (Chantal Akerman, 1976)
49. Muerte en Venecia(Luchino Visconti, 1971)
50. El hombre de mármol (Andrzej Wajda, 1977)
….La marquesa de O(Eric Rohmer, 1976)
52. Perceval, el galo (Eric Rohmer, 1978)
53. Malas calles (Martin Scorsese, 1973)
….El Diablo, probablemente (Robert Bresson, 1977)
55. Ludwig – Réquiem para un rey virgen (Hans-Jürgen Syberberg, 1972)
56. Moisés y Aarón (Jean-Marie Straub & Danièle Huillet, 1975)
57. Shonen (Nagisa Ôshima, 1969)
….New York, New York (Martin Scorsese, 1977)
59. India Song (Marguerite Duras, 1975)
60. El imperio de los sentidos (Nagisa Ôshima, 1976)
….Confidencias (Luchino Visconti, 1974)
62. La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977)
63. La hipótesis del cuadro robado (Raoul Ruiz, 1979)
….La región central (Michael Snow, 1971)
65. Alicia ya no vive aquí (Martin Scorsese, 1974)
….Fortini/Perro  (Jean-Marie Straub & Danièle Huillet, 1976)
67 Las aventuras de Pinocho (Luigi Comencini, 1972)
….Sinai Field Mission (Frederick Wiseman, 1978)
69. Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)
70. Alice en las ciudades (Wim Wenders, 1974)
….Lancelot  (Robert Bresson, 1974)
72. Mr. Klein (Joseph Losey, 1976)

 


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El joven Serge con su sombrero negro, Marguerite Duras

Cada noche, mientras duraba Roland-Garros, nos telefoneábamos Serge Daney y yo. Era él el que llamaba. Nunca me dio su número de teléfono. Hablábamos mucho de tenís, inmesamente, duraba horas, debió de durar cien horas y nada de lo que dijimos se ha salvado. Nunca pensamos que pudiese dar para un artículo, por ejemplo. Estábamos enteramente en el placer de hablarnos, él y yo. Sentíamos la misma locura por el tenis, la misma pasión por la vida. Empezábamos por Borg y terminábamos por lo que era Borg, en sí, y respecto a nosotros. Lo que era, en toda su belleza, esa creencia en Borg que era de la misma naturaleza, igual de agotadora, que una creencia en una escritura Borg, en una música Borg, una filosofía corporal, muda. Daney hablaba. Incluso cuando creía callar, hablaba. Cuando yo escribía él hablaba. Yo le respondía. Y desde mi respuesta él volvía a comenzar. Hablábamos pues, a fin de cuentas, el mismo vocabulario, y nuestra profunda amistad era de la misma naturaleza, muy cercana al amor, al amor en la amistad. Por ese amor refractado en Borg, lloré el otro día cuando, discretamente, la noticia de su muerte recorrió la ciudad, como anunciada por él, Daney con su sombrero negro y su larga delgadez de adolescente de siglos pasados.

Hay otro recuerdo entre él y yo. Un día pasó, llegó a mi casa y me dijo: esta vez no hablaré y serás tú la que hables, voy a interrogarte. Lo intentamos. Al cabo de dos horas se levantó, tenía lágrimas en los ojos y me dijo: soy yo el que ha hablado todo el rato y tú no me has detenido . Nos dimos un beso. Reí. Reí. Y nos volvimos a besar, por última vez.

 

Secreto, Manoel de Oliveira

Serge Daney fue de aquellos que se consagraron al cine con cuerpo y alma. No  era tan solo su pasión, que hacía de él uno de los más grandes amantes del cine;no eran tan solo su cultura y su conocimiento afilado tanto de las películas antiguas como de las modernas que se han hecho y se hacen en todo el mundo; no eran tan solo su inteligencia y su fineza penetrante para apreciar las obras y la personalidad de los directores; no eran tan solo su espíritu ecléctico, enciclopédico y abierto, al cine del Norte como al del Sur, al de Occidente como al de Oriente; sino más allá de todo eso, ya admirable en sí, se distinguía por un poder de invención capaz de arrancar de una película, e incluso de un único plano, el secreto más oculto e inesperado, como soprendiendo al cine en el interior del cine, tal y como este inventa a partir de la vida otra vida, sin que nunca sus pies dejen de tocar el suelo.

Adiós, querido Serge, hasta pronto.

Porto, 19 de junio de 1992.

 

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Cahiers du cinéma, número especial Serge Daney, julio-agosto de 1992.

Si los ojos viesen como ve la fotografía de Boubat, ¿podrían soportarlo? Pienso en ciertas fotografías de niños. De niños que descubren de pronto que los fotografían, divididos entre el temor, la maravilla, la sorpresa inicial del “¿por qué nosotros y no otros?”, “por qué nosotros y no otra cosa?” Pienso también en ciertos paisajes de países extranjeros, de cosechas, de niñas de primera comunion, y en una gran cantidad de instantes cuyo sentido es imposible determinar, título — de instantes arrancados al curso de días precisamente iguales a los otros, al curso de vidas, iguales también- de instantes de luz, fulgor de una felicidad inexplicable, imposible de nombrar, tan fugitiva como el viento — de pasajes misteriosos en ciertos lugares, a ciertas horas, en paisajes desiertos o en el momento crucial de crepúsculos, soplo destructivo del amor. La fotografía de Boubat — en particular las de mujeres — opera siempre en un campo que sobrepasa el de su representación. Mientras testimonia de un rostro, de lo más irremplazable de su identidad, testimonia al mismo tiempo de la fragilidad de esta y de su condición mortal. De lo que no es reemplazable y sin embargo se pierde en una morfología universal. Cuando Boubat capta la singularidad ineluctable de un rostro parecería que fuese siempre en el momento mismo en que menos se lo espera, aquel en que el rostro abandona su identidad para perderse en lo que existe al mismo tiempo que él, cerca o lejos de él, en otro lugar o al lado, o perdido, o muerto. Édouard Boubat me dijo un día que la fotografía tenía un misterio que le era propio. Decía también que la fotografía tenía una verdad que no estaba emparentada con nada, no con el cine, ni con la escritura, ni con la pintura. Pero que todo esto lo tenían que descubrir los otros, no los fotógrafos. Lo que creo comprender aquí es que toda fotografía, de una manera o de otra, la de uno. Que no hay fotografía que no testimonie de uno.

Marguerite Duras en Les yeux verts. Cahiers du cinéma, 1980/ 1996.

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En 1975 Marguerite Duras presentaba India Song en Cannes. En esa ocasión la entrevistaban, para el programa ‘Après-midi de France Culture‘,  Paula Jacques y Claire Clouzot. Traducción del fragmento donde habla del festival como lugar problemático:

Estoy en Cannes desde hace tres días. ¡No he visto ni una sola película! No consigo integrarme. No sé dónde meterme en Cannes. Es un problema, no hay muchos bares. Las habitaciones están lejos. Los cines están llenos. Hay muy pocos restaurantes baratos. Hay que comer muy deprisa en los restaurantes baratos, porque hay otros clientes esperando. No es un lugar público Cannes. Es un lugar muy diferente de aquellos en los que vivimos normalmente. Aquí la mayoría de la gente está desplazada. La gente que hace un determinado trayecto, aquí, delante nuestro, se les puede ver de lejos en la Croisette y, llegados a cierto punto, dan la vuelta y vuelven. Hacia el norte, hacia el sur, de la misma manera. Esa especie de trayecto mecánico completamente artificial que finalmente es bastante triste. ¡En el césped suceden cosas maravillosas entre los perros en este momento! Esto… Sí, decía que es sorprendente esta especie de cantidad, de población, aquí, en estos momentos, en la Côte d’Azur. Hago el trayecto varias veces al día entre Antibes y Cannes… ¿Cuántos estamos aquí? ¿Somos cinco millones de habitantes, no? Es como la autopista del oeste el sábado. No hay ninguna inserción posible en esta especie de cuerpo artificial de, de cien mil habitantes, que dura quince días El dinero está aquí en este momento. París está aquí y esa especie de… de población marginal femenina que espera como antes, como si las cosas todavía fueran como antes, como hace veinte años, quince, diez… Que esperan a ser vistas, a ser reconocidas. Eso es duro. La mujer funcional, sí. Completamente. La sensación de hacer señales con la mano, a la orilla, a cualquier precio. Rodarían cualquier cosa.

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Marguerite Duras : Son todos personajes trágicos, excepto la mendiga, que está más allá de lo trágico porque no sabe nada. Voy a hablarle de la mendiga durante el rodaje. Ella no existía, habíamos grabado una cinta, la estudiante laosiana la había grabado en la televisión y todos los actores y el equipo necesitaban oír a esta chica hablando en laosiano. La poníamos a menudo. Ella se convirtió en tabú. Cuando hablaba, cantaba o desafinaba, todo el mundo callaba. La protagonista de India song alrededor de la cual, puedo decir, todo giraba, era la mendiga. ¡Dese cuenta, qué destino!

Dominique Noguez : Es verdad que en India song usted logra muy bien sugerir constantemente la idea del pasado. Todos los teóricos del cine dicen que el cine tiene una aptitud para representar espontáneamente el presente. Desde el principio, el espectador percibe la imagen como presente. Pero en India song hay unos hechos que, al contrario, nos llevan, en cierto modo, al pasado.

Marguerite Duras : ¡Reconstruir el pasado! ¡Odio eso! Es lo que siempre he evitado.

Dominique Noguez : ¿Y el hecho de desincronizar las voces?

Marguerite Duras : Lo hice en ese sentido. Para evitar la colusión entre el pasado y el presente, eso que odio del cine comercial. He utilizado incluso el término “despoblación del actor”. Creo que hay una despoblación general en India song, que es magnífica. Nadie está ahí. Ahí donde los he puesto. Hay algo de “irse”, siempre, en todos. Es una dimensión importante de la película. Es muy diferente de esas películas donde la gente es. Hace grandes esfuerzos para estar presente. En cambio, aquí, son los actores los que crean el presente. Están presentes sólo en ellos mismos. Y es una presencia relajada, distraida, lejana. Como en la muerte, podemos suponer. Casi como una mala actriz, puedo llegar hasta eso. Como lo haría una mala actriz, aunque talentosa, con una papel que alguien le hubiera obligado a hacer. No se lo dije a Delphine Seyrig, pero es bastante inteligente para poder haberlo entendido. Estoy segura.

Fragmentos de La couleur des mots, extraídos del especial India Song a cargo de Emilio Tobeiro en Tijeretazos

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Un verdadero encuentro como éste, entre un cineasta y Beethoven, es algo excepcional. Sucedió, sin embargo, otra vez, en un espíritu muy diferente.En esta ocasión hablaré menos del Ser que del Tiempo. En el más proustiano de los filmes rodados hasta el momento, India Song, Marguerite Duras introdujo, en medio de los compases de baile que evocaban los años anteriores a la guerra en la embajada de Calcuta, y compuestos para esa circunstacia por el músico Carlos de Alessio, la decimocuarta de las Variaciones sobre un tema de Diabelli. ¿Se trata de una música para cine o de una música dentro del cine? No se distingue claramente, en una obra donde no sólo se trastoca la cronología, sino que los personajes dialogan sin despegar los labios, a cien leguas de la verosimilitud cinematográfica ordinaria.

Lo único real es un piano de cola, negro, admirable, plantado en medio del salón, piano cerrado, piano que sin duda pertenece al presente y cuya presencia resucita las músicas que en él se tocaron, aunque la oposición que hago entre ayer y hoy introduzca una distinción demasiado marcada en la buscada nebulosidad de la película. La autora no se contentó con los tangos y los slows que le proporcionaba el compositor, ni con una lejana música india que da a las vistas tomadas cerca del Bosque de Bolonia una atmósfera exótica muy eficaz. Y , precisamente, la música de Beethoven se utiliza como música ambiental, bastante lejana también, de forma que podría pensarse que la de cualquier músico romántico hubiera servido igual: Chopin, Liszt, Schumann, Rachmaninov, Scriabin.

Pero, en esta búsqueda del tiempo perdido, querer expresar, fuera de la evocación de los bailes, la nostalgia de los años pasados, hubiera supuesto el mismo contrasentido que el de Jacques Coppeau cuando alababa en Proust el “encanto del recuerdo”. A lo que respondió el autor:  “El recuerdo al que doy importancia no es en absoluto lo que se entiende generalmente por ese nombre. La actitud de un diletante que se contenta dejándose encantar por el recuerdo de las cosas en la contraria a la mía”. Del mismo modo que Proust no nos cuenta la evocación de un placer pasado, sino el placer de la evocación del pasado como tal, somos invitados, más allá del encanto anticuado de esos salones, esas balaustradas, ese parque, esos bailes, a confrontarnos con el espectro del Tiempo, impasible, pero activo, monolítico, pero polimorfo, retirado en las profundidades del yo, pero provisto de una existencia objetiva, en sí y para sí. Y para acceder a lo que es a la vez una pura entidad y ardiente realidad, había que pasar obligatoriamente por Beethoven, desde el momento en que un piano se encontraba ahí, reclamando su parte.

Quiero añadir que, si en Godard la imagen y la música sólo se comunican en el más alto nivel de la generalidad del ser como tal, a esta función esencial se añade aquí otra que da lugar a la Stimmung, es decir, al papel pintado. Mientras en Prénom Carmen estaba por encima de los decorados, los gestos, las palabras, la música de Beethoven se tiñe ahora un poco del tono propio de la película y, al mismo tiempo que expresa el tiempo en su generalidad evoca también, detrás de los gritos de los animales exóticos que la atraviesan, el calor de las noches tropicales. Pero esta evocación, no sé por qué tipo de alquimia, nos hace todavía más sensibles a la pura fuga del tiempo. Mientras que en Godard la combinación del film y de la música expresaba su básica incomunicabilidad, aquí una y otro se trasnmiten sus poderes, en beneficio y no en detrimento mutuo. ¿Qué beneficio, se dirá, puede sacar Beethoven? Ninguno, desde luego, salvo el de convencernos, si no lo estábamos todavía por completo, de que su pureza de diamante le resguarda de toda mancha y le hace espejo de nuestros pensamientos más sencillos, nuestros impulsos más elementales. La grandeza de Beethoven consiste en poder desempeñar, también en ciertos momentos, por la sencillez, le neutralidad de su temática, su carácter repetitivo y obstinado, el papel de los gondoleros de Venecia.

Tales ocasiones son raras. Para esta ósmosis entre el film y la música era preciso el concurso de circunstancias que se encuentran aquí reunidas por el tema, el decorado, el espíritu de la narración. Sorprende que la autora no haya tenido consciencia de su extrema singularidad. ¡Qué fallo ocurrírsele más tarde en Le Camion, film de pura reflexión sobre la realización cinematográfica, es decir, privado de todo “clima”, recurrir para sus conexiones a otros pasajes de Diabelli! Mejor hubieran resultado, si de conservar el piano se trataba, algunas escalas de Czerny o alguna obrita del famoso Diabelli, que concibió el tema de las variaciones de Beethoven.

 

Fragmento de Ensayo sobre la noción de profundidad en la música, de Mozart en Beethoven, de Eric Rohmer, publicado por Ediciones Ardora, traducción de Loreto Casado.

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Nadja en Paris - Eric Rohmer en Intermedio DVD

Eric Rohmer (Carlos F. Heredero & Antonio Santamarina, 2010) – Cátedra

La obra del cineasta francés Eric Rohmer fue objeto de un preciso análisis en 1991 por parte de Carlos F. Heredero y Antonio Santamarina, integrado en la colección Signo e Imagen de la editorial Cátedra. Dos décadas más tarde, sus autores abordan una necesaria revisión de aquel libro, una actualización que comenzó a gestarse antes del fallecimiento del director en 2010, una vez que las condiciones físicas de uno de los miembros más veteranos de la Nouvelle Vague indicaban que su obra estaba cerrada, tras finalizar en 2007 la que sería su última película El romance de Astrea y Celadón.

Este nuevo volumen [1] fue presentado en la Filmoteca Española en Madrid el pasado abril. Tanto Heredero como Santamarina comentaron los motivos que les han conducido a abordar de nuevo este texto, y lo que es más significativo, señalaron su convicción de que el cine de Rohmer sigue generando un especial interés. Tras la breve introducción se proyectó El rayo verde (1986), uno de los filmes más prestigiosos del cineasta, galardonado con el León de Oro en el Festival de Venecia. Tal y como indican los autores, la reedición de este libro aborda la sistematización y reordenación del conjunto de la trayectoria del director bajo la perspectiva de una obra finalizada. El anterior volumen concluía con el análisis de la primera entrega de Los cuentos de las cuatro estaciones, Cuento de primavera (1990), y ahora incorpora los trabajos que la que siguieron: Cuento de invierno (1992), El árbol, el alcalde y la mediateca (1993), Las citas de París (1995), Cuento de verano (1996), Cuento de otoño (1998), La inglesa y el duque (2001), Triple agente (2004) y la ya citada El romance de Astrea y Celadón. Durante este tiempo ha sido posible completar bibliografía y filmografía, e incluso, gracias a la cada vez más activa ayuda de Internet, descubrir o aclarar algunos detalles de la biografía del director -en ocasiones confusos debido al hermetismo con el que protegió su vida privada y sus sucesivas manifestaciones contradictorias al respecto-. El libro aparece, además, con la privilegiada circunstancia de que sus autores pudieron entrevistar a lo largo de este tiempo dos veces al propio Rohmer.

De esta forma, se presenta la obra definitiva de un director cuyas propuestas, a pesar del paso de los años, se mantienen jóvenes. En palabras de Carlos F. Herederosigue diciendo muchas cosas de la actualidad y conserva la radicalidad en su planteamiento. En su vejez, Rohmer era joven”. Sus autores aseguran que siempre tuvo espectadores en nuestro país, y así lo demuestra una sala con aforo completo en la Filmoteca para descubrir o revisar El rayo verde, una cinta rodada con muy pocos medios, con el equipo imprescindible -apenas cuatro personas- y los intérpretes. Rohmer, convertido en todo un “guerrillero”, contó con la inspiración de los actores en los diálogos para construir el conmovedor relato de un verano marcado por la soledad y el desamor de una protagonista muy rohmeriana, en una cinta que sigue rezumando frescura.

Tal y como también reconocen sus autores, este libro puede ayudar a conseguir algo que a veces resulta complicado: “Cogerle el truco a Rohmer”. Una experiencia por la que, imagino, muchos hemos pasado ante unos filmes que en unas ocasiones pueden entusiasmar, y en otras llegar a irritar o confundir con sus interminables diálogos y las reacciones con frecuencia inesperadas de sus personajes. Sin embargo, al mismo tiempo invitan a emprender una vivencia personal frente a la pantalla, en la que poder aprehender el etéreo encanto de sus imágenes o descubrir los casi invisibles significados que las recorren.

El punto de partida de la reedición de este libro desde la perspectiva de una obra cerrada tiene una especial relevancia respecto a un director que estructuró su filmografía en sucesivas series programadas, interrelacionadas por distintos vínculos, acusados en algunas ocasiones, casi imperceptibles en otras. En este sentido, el estudio de Heredero y Santamarina resulta sumamente útil para comprender las claves de una carrera tan fecunda como cargada de intenciones, que no abandona la voluntad de experimentación, infatigable ante el paso del tiempo y los cambios de la sociedad. Los primeros apartados desarrollan el imprescindible marco general de la obra rohmeriana. Comienzan con el repaso a sus años de formación y actividad crítica, en especial en Cahiers de cinéma hasta 1963, año en el que abandona el puesto de redactor jefe. Continúa con el análisis de las convicciones que intentó poner en práctica hasta sus últimas consecuencias, partiendo de la teoría de la objetividad cinematográfica, al hilo de los análisis del crítico francés André Bazin, para concluir con un revelador recorrido por las claves de su estilo.

A la hora de enfrentarse y comprender la obra de Rohmer, resulta imprescindible descubrir los hilos conductores de sus célebres series, estructuradas mediante sutiles variaciones sobre un mismo punto de partida, un sentido polifónico que aportan sus sucesivas entregas. De esta forma, el estudio proporciona el sentido global de un discurso ininterrumpido, en el que sus distintas piezas crean un todo armónico, a lo largo del caudal de sus películas. A partir de su primer largometraje El signe du lion (1959), divide la filmografía en 5 grandes apartados: Seis cuentos morales, Comedias y proverbios, Cuentos de las cuatro estaciones, Intermedios “fuera de serie” y Entre la Historia y la Literatura. Cada uno de los filmes que componen las series es objeto de un profundo análisis, siguiendo un mismo esquema. Los tres primeros ciclos, sin duda, son los que han logrado una mayor difusión y reconocimiento, y representan la esencia del espíritu legado por Rohmer en la pantalla.

Los Seis cuentos morales –La boulangère de Monceau (1962), La carrière de Suzanne (1963), La coleccionista (1966), Mi noche con Maud (1969), La rodilla de Clara (1970) y El amor después del mediodía (1972)- parten de unos relatos escritos con anterioridad por el propio Rohmer -pueden encontrarse publicados por la editorial Anagrama– y siguen un mismo esquema: el narrador busca o está comprometido con la mujer-1, encuentra o se siente atraído por la mujer-2, y finalmente regresa de manera definitiva con la mujer-1. Si se ha conocido esta premisa argumental con posterioridad al visionado de alguna de estas películas, resulta curioso comprobar cómo efectivamente la siguen. Inspirados en el teatro del siglo XIX, tal y como explican sus autores, no son llamados “morales” por razones éticas, sino estéticas. Es decir “no se trata de transmitir mensajes ni ofrecer moralejas, sino de narrar historias casi totalmente desprovistas de acción y dentro de las cuales la acción que verdaderamente interesa al cineasta transcurre más dentro de la cabeza del narrador” [2]. Los temas giran una y otra vez en sus extensos diálogos en torno a cuestiones como “la filosofía, la moral, la religión, la belleza, el arte, la fidelidad, la tentación, el complejo de culpa, el azar y la libertad de elección” [3].

El éxito de La coleccionista afianza la posición de Rohmer para realizar sus siguientes películas, en especial dos de sus trabajos más reconocidos, Mi noche con Maud y La rodilla de Clara. En la primera, Jean-Louis Trintignant forma parte de un espléndido triángulo con la “mujer-1”, Marie-Christine Barrault, y la “mujer-2”, Françoise Fabian, en el que tal vez sea su obra más depurada. Más tarde, se trasladó a Suiza para que Jean-Claude Brialy diese vida al cerebral protagonista de La rodilla de Clara, acompañado, en todos estos filmes, por el director de fotografía Néstor Almendros.

Las denominadas Comedias y proverbios –La mujer del aviador (1980), La buena boda (1981), Pauline en la playa (1982), Las noches de la luna llena (1984), El rayo verde (1986), El amigo de mi amiga (1987)- parten de una inspiración en el teatro del siglo XVIII, una referencia que “no persigue la afectación de la teatralidad, sino parece rastrear la estructura profunda del hecho teatral en la dinámica de la vida” [4]. Los protagonistas de estos filmes suelen ser jóvenes veinteañeros de la Francia de los años ochenta, más apasionados y menos escépticos que los personajes de los Cuentos morales, atrapados por “su casi ilimitada capacidad para engañarse o ‘ponerse en escena’ a ellos mismos” [5], para los que el obstáculo de encontrar la felicidad ya no es la moral sino la dificultad de encontrar una correspondencia en el ser amado. Entre estos personajes se encuentran algunos de los más complejos y personales de los construidos por Rohmer, como la decidida Sabine –Béatrice Romand– de La buena boda, Louisie de Las noches de la luna llena -la actriz Pascale Ogier, fallecida poco después de finalizar el rodaje- y la dubitativa Delphine –Marie Rivière– de El rayo verde.

Con los Cuentos de las cuatro estaciones –Cuento de primavera (1990), Cuento de invierno (1992), Cuento de verano (1996) y Cuento de otoño (1998)- el cineasta retoma algunos temas de los Cuentos morales, manteniendo la idea de que el azar debe desempeñar un papel determinante en el devenir de sus personajes. Establece, además, unas curiosas similitudes con los largometrajes de sus anteriores series que transcurrían en las mismas estaciones, y como es habitual rueda en las mismas fechas y lugares en los que transcurre la acción, y también se estrenan en las mismas fechas.

Estos han sido los filmes más seguidos, y los que más adictos rohmerianos han generado en el último tramo de su carrera, en especial las dudas amorosas de los jóvenes que deambulaban por las playas de la Bretaña en Cuento de verano, y el reencuentro de dos de sus actrices veteranas, Béatrice Romand y Marie Rivière, en la estupenda Cuento de otoño.

El Cine como la verdad revelada

Al margen del detallado estudio de estas tres series, que permanecen como las obras más reconocibles de su autor, el libro se ocupa de sus peculiares adaptaciones de algunas obras literarias -otra de las piezas clave de su filmografía-, y de una serie de trabajos que los autores denominan Intermedios “fuera de serie”. El libro emprende además la ardua tarea de sumergirse en las claves creativas del autor. Parte de una idea que impregna el conjunto de su trayectoria, el privilegio del Cine de reproducir la realidad, un realismo que Rohmer entiende como un medio de acceder a la verdad y la belleza. Esta búsqueda de la verdad y belleza empujan a Rohmer a seguir un proceso de depuración en el que se atreve con proyectos más arriesgados conforme avanza en veteranía, con experiencias tan radicales, y a la vez tan atractivas para el propio creador y los espectadores, como la de El rayo verde.

Al hilo de su evolución en este proceso, el libro expone sus peculiarísimos métodos y planteamientos de trabajo, que además de resultar sorprendentes ayudan a entender el resultado de sus propuestas. Entre otros, su obsesión por el tiempo y los escenarios, la premisa de rodar en la estación y lugares exactos donde se desarrolla la acción atendiendo especialmente a las condiciones meteorológicas. Los prolongados ensayos con los actores, íntimas conversaciones con los intérpretes sobre sus sentimientos y vivencias personales que, con frecuencia, se incorporan más tarde al guión. Estos exhaustivos periodos de preparación al rodaje se materializan en la espontaneidad y naturalidad en la filmación, en busca de la toma única -o cuantas menos sea posible-, rodando las secuencias de una forma tan próxima a su resultado final que reduce al máximo el trabajo de montaje. Este resumen, necesariamente incompleto y acelerado, tiene sus detalladas y reveladoras explicaciones en los análisis de Heredero y Santamarina.

Rohmer permanece como uno de los principales exponentes de la Nouvelle Vague -era llamado “el gran Momo” entre sus compañeros de Cahiers de Cinéma, algunos de los jóvenes turcos como Truffaut, Godard o Chabrol, por su amplia preparación intelectual y su alta estatura-, promotor de buena parte de las ideas que se postularon desde esta revista, algunas de las cuales se esforzó incansablemente por llevar a la práctica a lo largo de su carrera. Una de las principales, la libertad que concede el rodar con un equipo reducido a lo imprescindible. Una independencia económica, y como consecuencia creativa, que mantuvo, con sus respectivos apuros, durante el conjunto de su carrera. Rohmer siguió explorando por sus propios caminos las primeras máximas de la Nouvelle Vague de romper con el cine académico francés de los años cincuenta, a través de la aproximación a la realidad mediante rodajes en escenarios reales, aligerando medios y equipos, con una parte del proceso creativo abierto a la implicación de los actores y a la inmediata realidad y circunstancias que les rodeaban. De esta forma, los integrantes de la Nouvelle Vague retoman algunos de los postulados de Roberto Rossellini -considerado uno de los “padres” espirituales de este movimiento, junto a Jean Renoir-, en especial esta convicción en los rodajes de bajo presupuesto como medio de preservar la independencia creativa.

Tal y como es ampliamente conocido, para Rossellini fue en un principio una simple necesidad, la falta de estudios, decorados y la destrucción en la Italia de la posguerra lo lanza a la calle a rodar, con negativos de distinta procedencia, incluso caducados, Roma, ciudad abierta 1945. La denominada Trilogía de la liberación de RosselliniRoma, ciudad abierta (1945), Paisà (1946) y Alemania, año cero (1947)- y el conjunto del Neorrealismo ejercerá una influencia decisiva, una década más tarde, en el inicio de la Nouvelle Vague y el resto de los Nuevos Cines Europeos. Sin embargo, más allá de esta innegable repercusión, es el proceso de paulatina introspección en sus personajes, que Rossellini inicia a partir de Stromboli en 1950, el que puede rastrearse en el cine de Rohmer y en parte de sus compañeros. Obras como Stromboli, Europa 51 (1952) y Te querré siempre (1954) están consideradas como uno de los puntos de partida de la modernidad cinematográfica. El Neorrealismo puede entenderse como una posición moral frente a la realidad, y el paso de Rossellini hacia el progresivo análisis de la individualidad en estos largometrajes protagonizados por la que era entonces su esposa Ingrid Bergman -que incorporan, por tanto, un elemento extraño, ajeno al entorno, con consecuencias enormemente interesantes-, significa un cambio clave en la postura del realizador frente a la realidad. Tal y como indica el crítico y ensayista francés Alain Bergalá por primera vez el Cine en su modernidad se da cuenta de que no está condenado a traducir una verdad exterior, sino que puede ser instrumento de revelación o de captura de una verdad que él debe sacar a la luz [6]. Esta es la idea que Rohmer perseguirá a lo largo de su trayectoria, el hecho de revelar la verdad en sus filmes -junto a la belleza, como señalan Heredero y Santamarina-.

Tal y como también asegura Alain Bergalá, ese momento del viraje final, cuando todo bascula para el personaje rosselliniano en una fracción de segundo, recuerda poderosamente al desengaño final de los personajes principales de los Cuentos morales. Considera que Rohmer, junto a otros realizadores como Rivette, Garrel, Duras o Wenders, cree que la verdad ha de llegar a revelarse en cierto momento a través de los medios cinematográficos, y que describe no tanto el momento sino la espera. Mientras, otros cineastas optan por el método de la verdad perseguida, “extraída” del propio intérprete durante el rodaje -el mismo Rossellini inaugura el doble método de la verdad revelada, en Te querré siempre, y la verdad perseguida, en La paura (1954)-. La película se ofrece al espectador invitándole al “milagro” de la revelación de la verdad, y para este espectador la experiencia de su travesía por el film ha de ser necesariamente solitaria. Rohmer se aplica en conseguir esta experiencia en sus distintas películas. Los prolongados preparativos, su obsesivo interés por el tiempo y el espacio o la intimidad con los intérpretes, todo ello está dirigido a lograr que el espectador, en cierto momento, sienta que un pedazo de vida, unos sentimientos reales con los que puede sentirse identificado, ha quedado atrapado en la cinta, plasmado en la pantalla. Construye unos vínculos subterráneos, imprevisibles, que llegan a establecerse entre sus personajes y el espectador. Por ello es posible, varias décadas más tarde, seguir haciendo nuestras las dudas de los personajes de los Cuentos morales, los sinsabores y estrategias amorosas de los protagonistas de las Comedias y proverbios o la capacidad de anteponer la imaginación a la realidad de aquellos que vivían los Cuentos de las cuatro estaciones.

Notas:

1.HEREDERO, Carlos F. & SANTAMARINA, Antonio, Eric Rohmer. Madrid, Cátedra, 2010 (ver la ficha en la editorial).
2. Ibíd. Pág. 116.
3. Ibíd. Pág. 116.
4. Ibíd. Pág. 167.
5. Ivi.
6. En un ensayo realizado en abril de 1984 y que aparece publicado en Roberto Rossellini. El cine revelado. Barcelona, Paidós, 2000.

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En una conversación que mantuvieron para la televisión francesa en 1987, Jean-Luc Godard le confesaba a Marguerite Duras: “Ahora empiezo a llegar al final y me siento un poco solo”. La soledad de Godard no es sólo la del intelectual que se aísla en una apartada villa suiza con su compañera, ni la del ermitaño que ha desarrollado una alergia a la vida social, a la prensa y los reconocimientos, ni la del artista insobornable de convicciones culturales y políticas alejadas del pensamiento único. “Si me llevo mal con los terrestres es probablemente porque formo parte de los extraterrestres”, dijo en cierta ocasión. La soledad de Godard es, en todo caso, la de su pantagruélica obra, que forma todo un continente en sí misma -casi doscientas películas entre largometrajes, cortos, televisión, vídeo-arte, publicidad, clips, cine-ensayo, diarios filmados, etc.-, de formas y relieves ferozmente intransferibles, una obra totalmente al margen de las inercias y exigencias de producción de la industria. Como dijo Rossellini de Chaplin: “Es la obra de un hombre libre”.

Son muchos los rostros bajo los que se ha disfrazado la leyenda de Godard a lo largo de los ochenta años que cumple hoy. Decir Godard es decir Cine, en mayúsculas. Tanto como decir Picasso es invocar el Arte del siglo XX. Seis décadas detrás de la cámara recorridas por un cineasta en perpetua revolución con el arte y consigo mismo. En los cincuenta, el Godard crítico de los nacientes Cahiers; en los sesenta, el cineasta de la Nouvelle Vague -su etapa más exitosa y reconocible, la que va de las obras maestras Al final de la escapada (1960) a Pierrot le fou (1965), pasando por Vivir su vida (1962) y El desprecio (1963)-; en los setenta, el Godard militante que surge bajo el agitado frenesí comunista del 68; en los ochenta, el videoartista de la televisión; en los noventa, el sabio ensayista y deconstructor de la imagen -con su ‘opus magna’, las Histoire(s) du cinéma (19881998), ocho partes donde cabe todo el cine y todo el siglo XX-, y en la primera década del tercer milenio, el filósofo y genio visionario que traza el camino de la explosión digital. Mito viviente del siglo del cine, Jean-Luc Godard es el cineasta que ha dedicado su vida a devolverle al cine aquello que le arrebataron los “canallas” del capitalismo -como se refiere a ellos en Film Socialisme (2010), ¿su última película?-: su función como instrumento de pensamiento, y no como exclusiva herramienta mercantil.

Hereje y filósofo

Es producto entonces de la ingenuidad o de la ignorancia llevarse a sorpresa porque este año Godard haya cometido semejantes “herejías” como dejar plantados a los dos grandes bastiones del cine mundial: el Festival de Cannes -“porque sólo hubieran hablado de mí y no de la película”, dijo a la publicación suiza NZZ-, y la Academia de Hollywood. Su carácter polemista y arrogante le ha seguido como una sombra durante toda su vida. El impulso del forajido, del outsider creativo, forma parte de su ADN.

Desde Weekend (1967), adaptación casi conceptual de un relato de Julio Cortázar, abandonó la literalidad cinematográfica para sumirse en el ensayo fílmico y renacer de nuevo como un filósofo de la imagen. De ahí que su nombre, durante prácticamente tres décadas, haya seguido asociado a sus obras de juventud para el común de los mortales. Pero en todos estos años, aunque las pantallas españolas por lo general hayan ignorado su existencia, Godard ha entregado una obra dinámica y obsesiva, en perpetua relación con la deriva del cine y los tiempos. Sus películas respiran el aire de cada época que las ha alumbrado: Todo va bien (1972), Que se salve quien pueda (la vida) (1979), Yo te saludo, María (1983), King Lear (1987), Helas pour moi (1993), Notre musique (2004)…

El año que declina ha sido especialmente profuso en “acontecimientos Godard”. Aparte del ruido mediático que han generado sus sonadas ausencias, 2010 ha traído consigo el estreno de su último trabajo, Film Socialisme; pero también la publicación de la controvertida biografía escrita por Antoine de Baecque (que desató un debate sobre el supuesto y legendario antisemitismo de Godard), y en España acaba de editar Intermedio el cofre Jean-Luc Godard. Ensayos, que incluye en cuatro DVD ocho ensayos cinematográficos: de Le Gai savoir (1968) a su autorretrato JLG/JLG (1995), pasando por obras tan importantes como Número deux (1975), Scenario du film Passion (1982) o la deliciosa Meeting Woody Allen (1986), donde el genio neoyorquino responde atemorizado a las preguntas de Godard en un encuentro que tuvieron en Nueva York. No menos valioso es el libro que acompaña a esta edición de lujo, Jean-Luc Godard. Pensar las imágenes (Núria Aidelman y Gonzalo de Lucas), pues se trata de una compilación de entrevistas, conversaciones y presentaciones que recoge las ideas del cineasta franco-suizo -maestro de los aforismos- a lo largo de medio siglo. En sus palabras tanto como en sus películas palpita el vértigo de la aventura del pensamiento, complejo y contradictorio, pero siempre apasionante: “Si alguien me ha entendido -dice un personaje en Notre musique-, es que no he sido claro”.

Pantalla socialista

Godard es una isla y su faro. A pesar de la distancia que mantiene respecto a las formas de cine que practican sus colegas, su figura emerge como la gran autoridad moral del cine contemporáneo, con la estatura de un gurú o un profeta que debe alumbrar el camino de las imágenes futuras. Todas las películas parecen envejecer varios años cuando Godard estrena un nuevo filme. Ya ocurrió con Elogio del amor (2001), donde volcó sus ideas sobre el potencial estético de la imagen digital, y el tiempo dirá si ocurrirá lo mismo con Film Socialisme, que es tanto una declaración política, una meditación sobre la historia de Europa y el debacle económico, como un collage estético sobre el reciclaje de las imágenes en la era YouTube. De gran belleza estética, en su primera ficción realizada enteramente en vídeo, pareciera que Godard haya empleado todo formato imaginable para glosar el “socialismo” en la pantalla, de la alta a la baja gama, del HD a las descargas de Internet o las imágenes grabadas con móvil.

El filme se estructura como una sonata en tres movimientos. El primero es un crucero por el Mediterráneo donde se hablan varios idiomas (como en Una película hablada de Oliveira) y donde deambulan personajes como una cantante americana (Patti Smith) o un filósofo francés (Alain Bidou); el segundo se sitúa en una casita y una gasolinera en Francia, donde un niño invidente protagoniza una escena extrañamente bella y perturbadora junto a su madre; y el tercero transita, recurriendo en buena medida al archivo de los horrores del siglo XX, por el itinerario del transatlántico, empezando en Egipto, pasando por Grecia y terminando en Barcelona. “España es un país donde no faltan en este momento oportunidades para morir”, escribe sobre negro, para que la pantalla se abra en abismo a los toros, a Velázquez, al fútbol, a Don Quijote, la Guerra Civil y Hemingway… una visión de nuestra cultura sorprendentemente estandarizada (incluso folclórica), pero que juega su papel decisivo en este viaje ominoso y enigmático a la decadencia de la civilización, y que termina con un gigante, implacable “No Comment”. La parálisis de acción frente a una película que glosa el fracaso humanista con la distancia y la lucidez de un poeta cansado. Desde su lejanía y aislamiento, Godard ha dejado de contemplar el Reino de la Posmodernidad que un día fue suyo y rumia el cine de nuestro tiempo como un rey sabio y olvidado, desterrado en la soledad de su castillo. Su patria es el Cine.

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· Artículo original de Carlos Reviriego en “El Cultural”.

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