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Pere Portabella

El lenguaje cinematográfico ha sido y es el caballo de batalla de Pere Portabella. “Todas las demás artes del XIX al XX –pintura, música, arquitectura…– han restaurado su lenguaje adecuándolo a los momentos históricos, menos el cine, porque debido a su gran éxito con la audiencia no le hacía falta. Siendo este el arte más tardío en nacer, ha sido el que más rápidamente ha envejecido. A excepción de Dreyer o Pasolini, pocos más han intentado romper con el anquilosamiento aristotélico del tiempo”, expone el veterano productor, director, guionista, artista y político, a quien la Academia de Cine Catalán ha reconocido con el Gaudí de Honor.

Todos los premios que vienen del sector los siento muy cálidos porque el cine es un trabajo de equipo. El Gaudí de Honor es muy importante y entrañable porque es a toda mi trayectoria”, dice el artista catalán que en febrero recogió el galardón “por su riesgo explorando el lenguaje cinematográfico y por su gran prestigio y reconocimiento internacional”.

Entiende que el lenguaje es la manera de implicar a alguien en una obra, sea una película, un cuadro o un libro. “Todo depende de cómo lo expliques. Nadie es inocente, ni ingenuo, ni está fuera del mundo. La exigencia del lenguaje es una opción personal”, indica el que es dueño de una obra que se ha expuesto en museos de arte contemporáneo de medio mundo, desde el MACBA de Barcelona al Georges Pompidou de París o el MOMA de Nueva York, donde ha sido el segundo cineasta español protagonista de una retrospectiva –el primero fue Buñuel, a quien produjo Viridiana–.

Más de cinco décadas en activo en el mundo del cine ­–en el que empezó como productor –, acreditan a Portabella (Barcelona, 1929), que ha firmado creaciones alejadas de las estructuras convencionales. “Mi recorrido en el cine no ha ido por la autopista, sino por carreteras secundarias de doble dirección, sin paradas… El lenguaje del cine es el único que se ha instalado en la fórmula clásica de planteamiento, desarrollo y final, también llamada la herramienta perfecta. Y como ésta tiene audiencia, pues se ha hecho fuerte y se mantiene. Pero hay un sector de realizadores que hemos intentado un lenguaje más allá de esta norma que hace que el espectador se sienta cómodo y no cometa crímenes pasionales o haga la revolución después de ver una película”.

El silencio antes de Bach, historia sobre la música de Johann Sebastian Bach que se vio en la Mostra de Venecia y se llevó el Premio Especial del Jurado del Festival de Gijón, es el último largometraje de este “artesano” que agradece “que de mis películas se haya salido la gente del cine. Si utilizas la receta clásica se quedan porque saben que no está ocurriendo lo que les están contando, que eso les pasa a otros”.

Ahora, la situación de crisis global ha hecho posible una tecnología, una manera de compra-venta. “El acceso al saber del cine se ha democratizado, con una cámara captas imágenes que puedes ver en un ordenador con una calidad excelente, y solo sales a rodar”.

Vinculado a la Escuela de Barcelona, entre cuyos miembros se encuentran José María Nunes, Ricardo Bofill, Vicente Aranda y Gonzalo Suárez, “amigos con los que mantengo una buena relación”, Portabella impulsó desde su productora emblemáticos títulos de nuestro cine como Viridiana, Los golfos y El cochecito. “Viridiana fue mi éxito cinematográfico más grande y el que acabó conmigo como productor. El filme ganó la Palma de Oro y me costó la expulsión como productor de los organismos oficiales de la época”.

Trabajó con Francesco Rossi –“me ocupaba de los diálogos”–, empezó a pensar en las ópticas “cuando todos se fijaban en los encuadres”, colaboró con numerosos artistas, entre otros con Joan Miró y Joan Brossa y firmó cortos y largometrajes. “Me formé en foros abiertos. Hablábamos y discutíamos de pintura, escultura, arquitectura, literatura… Nunca he separado el cine del arte”.

Acepta de buen grado el término de inclasificable, pero no comulga con el estigma de experimental. “Me parece una estupidez. Lo que hago es utilizar códigos y narrativas distintas”, señala Portabella, que disfruta del cine de género y está interesado en los planteamientos de sus colegas José Luis Guerín y Jaime Rosales.

Reivindicado por su vanguardismo y su compromiso político, siempre vinculado a la izquierda, Pere Portabella, que lleva tiempo trabajando en un proyecto con el Reina Sofía, vuelve al principio. “No hay límites en el lenguaje. El cine tiene en sus genes la capacidad de imitación, lo cual es formidable ya que se puede adaptar a las necesidades de quienes lo manejan”.

El silencio antes de Bach

· Entrevista original de Chusa L. Monjas en la Academia de Cine

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A estas alturas ya todos conoceréis que Isaki Lacuesta ha publicado en internet una serie de escritos que amplían su artículo en La Vanguardia del sábado 5 de noviembre de refutación a S. Pamiés a propósito de la polémica surgida en torno a Carlos Boyero y la película de Lacuesta que comenzó en el mismo instante de su proyección en el festival de San Sebastián, como denunció Miquel Barceló.

Extraemos del largo texto esta parte titulada “Diccionario de tópicos“. Podéis consultar todos los escritos referentes a este episodio y las nuevas actualizaciones del blog de Isaki Lacuesta en http://lacriticaespectacular.blogspot.com

– “ESTOS LO QUE QUIEREN ES HACERNOS SENTIR IDIOTAS”:

Una coartada [la experimentalidad y la ambición artística en el cine”] que (…) ha servido para que unos cuantos impostores y caraduras nos hagan sentir más idiotas de lo que somos en realidad” (Sergi Pàmies, La Vanguardia)

Nadie tan vanidoso como aquél que piensa que un autor se ha molestado en hacer una obra entera solo para tomarle el pelo. Eso opina uno de los personajes de “El síndrome de albatros”, de Gonzalo Suárez, y yo le secundo.

¿Le sucederá lo mismo a Pàmies (reconocido futbolero) cuando ve jugar al ajedrez, saltos de esquí o balomano? ¿También pensará que se calzan los esquís y lanzan por los aires solo para que se sienta idiota?

En “El arte de la novela”, Milan Kundera definió la palabra “misomuso”: “No tener sentido para el arte no es grave. Se puede no leer a Proust, no escuchar a Schubert y vivir en paz. Pero el misomuso no vive en paz. Se siente humillado por la existencia de una cosa que lo sobrepasa, y la odia”. Según Kundera, la consecuencia es “la misomusia democrática: el mercado en tanto que juez supremo del valor estético”.

¿Los usuarios del AVE a Madrid se creerán con derecho a criticar la existencia de la línea del cercanías a Puigcerdà porque son “cuatro tarados” que no aceptan las costumbres de la mayoría y, encima, sus vías las pagamos entre todos?

Poco poquito nos falta para llegar a eso. Al fin y al cabo, escuchamos argumentos parecidos sobre el cine cada día, y ya nos parecen normales hasta a nosotros.

– “LOS PRIVILEGIADOS DEL CINE”.

El peligro es que personas inteligentes participen de una ceremonia de la confusión que quiere preservar los privilegios de una jerarquía que difícilmente puede demostrarse de modo objetivo”. (Sergi Pàmies, La Vanguardia)

En el artículo de Pàmies, la personalidad de los privilegiados y cuáles son sus privilegios cae en el terreno de lo ambiguo. ¿A quién alude? ¿A los cineastas experimentales? ¿Los críticos que los defienden? ¿Las películas artísticas que, según él, merecen el aplauso general?

En cualquier caso, Pàmies solo cita tres nombres: Carlos Boyero, Terrence Malick y yo. Así que, por si acaso, y puesto que llueve sobre mojado, aclaremos lo siguiente: mi sueldo, como el de todos los técnicos y productores que han trabajado conmigo, es del dominio público. Pueden encontrarlo en el ICAA. De paso, quien tenga curiosidad, podrá verificar que la mayor parte de la financiación de “Los pasos dobles” no proviene de subvenciones (que las hay, en un porcentaje minoritario), sino de fondos privados: en concreto, de las productoras Tusitala PC y Bord Cadre, así como de la inversión particular de un filántropo suizo que aprecia mis películas.

A partir de aquí, si los privilegios son de cualquier otra naturaleza, estaré encantado de darles mi dirección para que me los manden cuanto antes. De momento no han llegado. Por cierto: ¿no sería hermoso que algún periodista pusiera en contexto las subvenciones que recibe el cine comparándolas con las de otros sectores? En especial, con el total de dinero que reciben del Estado, de modo directo e indirecto, los mismos diarios que se llenan la boca llamando chupópteros a los del cine.

¿Quiénes son entonces los privilegiados?

Volvamos a Kundera: “La propaganda oficial en los países comunistas empezó a fustigar el elitismo y los elitistas al mismo tiempo. Con estos términos no designaba a los directores de empresa, a los deportistas célebres o políticos, sino exclusivamente a la elite cultural, a filósofos, escritores, profesores, historiadores, hombres de cine y teatro. Sincronismo asombroso. [El uso de la palabra] deja suponer que en toda Europa la elite cultural está cediendo su lugar a otras elites. Allá, la elite del aparato policial. Aquí, a la elite del aparato de los medios de comunicación. A estas nuevas elites nadie las acusará de elitismo” (1986).

Isaki Lacuesta - Los pasos dobles

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