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L' Apollonide de Bertrand Bonello en Intermedio DVD

Fin de la cuenta atrás. Faltan pocas horas para que arranque la segunda edición del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona. En pocas palabras: la mejor oportunidad del año –concentrada en diez atribulados días- de ver cine de toda clase y condición en la ciudad condal.

Algunas de estas películas quizás se acaben estrenando (recuérdese el año pasado el boca a boca que hubo con propuestas tan dispares y estimulantes como Pequeñas mentiras sin importancia, El extraño caso de Angélica, Le père de mes enfants o El hombre de al lado). Pero la mayoría –no lo dudéis- se perderán para siempre en el frágil imaginario colectivo de un par de pases… y no, no pienso acabar la frase con el “como lágrimas en la lluvia”. Hortera lo justo.

Si os parece inverosímil que lo sublime caiga igualmente en el olvido, basta con recordaros que nuestras favoritas del D’A 2011 (la laberíntica Bibliotèque Pascal, la turbadora How I ended this summer, el western reinterpretado de Kelly ReichardtMeek’s cutoff, sí- o ese apresurado abandono de la adolescencia mistificado en Julien) no tuvieron la menor oportunidad en salas del circuito comercial.

En época de líneas rojas, de numantismos, autoexclusiones y barricadas ideológicas (mentales, mayormente), la programación del D’A 2012 es un canto a la tolerancia y el espíritu de integración. Integración, digo, de una audiencia cinematográfica definitivamente atomizada, disgregada e infiel: porque aquí cada cuál es hijo de su padre y no hay patrón que valga. ¿Solución? Menú a la carta.

Hay platos para un regimiento y café para todos, repartido en generosas tazas. Siempre habrá espacio para el descontento, por supuesto. El fullero podrá decir que qué pinta Profesor Lazhar en todo esto. El amante del cine asiático maldecirá a la distribuidora –business is business- que nos escamoteó a Sion Sono y su Himizu. El temeroso de la autoría desatada pondrá kilómetros de distancia con una sección que parece un aviso para caminantes (Absolut risc). Incluso habrá algún tocacojones que se preguntará quienes son Herzog o Hansen-Love para repetir. Ahora en serio: la oferta es tan variada, que satisfará por igual al pescador de curiosidades, al amante de un cine más embelesado, al degustador de rarezas genialoides… al poeta, al diletante, al paseante, y a ti y a mí, cansados de repasar una cartelera que sólo da razones para quedarse en casa viendo series de televisión.

Si los japoneses aseguran que hay un manga para cada persona, los programadores del D’A aplican la misma premisa en su selección anual: no hay espectador que se haya quedado sin al menos una película apta para su paladar. La versión en celuloide y para adultos de ‘cap nen sense joguina’. ¿Aún así no sabéis con qué quedaros? ¿La bici, el monopatín o el patinete? Basta con rebuscar un poco, no mucho. ¿Os ayudamos?

Guía de campo para vagos, ‘poseros’ y despistados

Casi medio centenar de propuestas repartidas entre las dos sedes del festival. Por un lado, la dupla de salas que aporta el cine Aribau Club (sí, el que está en la Gran Vía 565… a tres minutos andando desde plaza Universitat) y la novísima sede de la Filmoteca. Agrupadas todas ellas en torno a cinco secciones con intención, dejando de banda las inevitables sesiones de inauguración y clausura, así como un par de pases especiales. A saber:

Direccions. Once cintas con voluntad representativa, selección egregia que aspira a ‘the very best’ visto (y no necesariamente premiado) en esta ‘festivalia’ globalizada. La oportunidad de sentirse como uno de esos críticos ojerosos saltando de sala en sala en el mismísimo Cannes, mirando con rencor la acreditación de sus colegas mientras degluten un croissant que les ha costado 8 euros. Ya lo decía Judy Garland: como en casa no se está en ningún sitio.

Talents. Otras once historias con algo en común: el bagaje de sus autores no supera el par de filmes. Y es que la veteranía es un grado… o no. El D’A realiza su inversión a medio plazo, unos futuribles con los que poder sacar pecho de aquí a unos años (“yo descubrí a menganito”, esa frase-manifiesto que todos hemos querido soltar alguna vez).

Retrospectiva Claire Denis. Oportunidad única de ver –en condiciones- todos los largometrajes de otra de esas directoras francesas consideradas imprescindibles… e ignoradas vilmente por la distribución patria. Tras sumergirnos el año pasado en los universos silentes y barrocos de Guy Maddin, toca conocer un cine de contacto, de roce, goce, sospecha, felicidad líquida… y rock and roll.

Absolut risc. Seis propuestas para osados, para espectadores desprejuiciados que no le tienen miedo a nada. ¿Cine difícil, paranoias de las buenas? El off D’A se da cita acá, así que átense los machos. En comparación, hasta El árbol de la vida les parecerá cine facilón, lineal y sobreexplicado.

Autoría catalana. Y cinco cintas más producidas aquí mismo a lo largo del año pasado. Accidentados rodajes de westerns, propuestas museísticas que se convierten en película o conversaciones alrededor de una sociedad en retirada.

Todo ello a seis euros por barba blandiendo, por ejemplo, el carnet de bibliotecas, estudiante, parado o jubilado. Hay abonos para cinco sesiones por 25 euros, así que si os va compartir, incluso os puede salir por cinco euros. Las pelis de la Denis se verán en la Filmoteca entre el 3 y el 17 de mayo (4 pavos, la mitad presentando los carnets habituales). Vamos, que no hay excusa.

¿Nos metemos ahora con las películas?

Dime qué te gusta y te diré qué ver: quince propuestas, quince desvíos

Para estetas, voyeurs y onanistas en general: L’apollonide, de Bertrand Bonello. Sentíos como el bueno de Toulouse-Lautrec vagando por las sifilíticas estancias de un lupanar. Pero no os relajéis mucho, porque aquí no hay ninguna Catherine Deneuve ociosa y casquivana a lo Belle de tour. Jornaleras del sexo a tiempo completo. Así que la sonrisa de delectación lo mismo se troca en asco hacia ellos y conmiseración por ellas. Un único pase: el domingo 29 de abril a las 20h.

Para animalistas concienciados: Bestiaire, de Denis Côté. Todos tenemos más o menos claro que los zoológicos no son precisamente un paraíso para los animales, por muy bien que estén atendidos. Este director canadiense se fue al Parc Safari de Québec, planto la cámara y esperó a que las miradas tristes y los andares en círculo de esta ronda de presos le dieran la razón. Dos oportunidades: el lunes 30 de abril a las 18h o el domingo 6 de mayo a las 22:30h, cerrando festival.

Para amantes del musical y los gorgoritos en francés: Les bien-aimés, de Christophe Honoré. Prepárense para el síndrome Jacques Demy. On connaït la chanson? Seguro que alguna os suena… y aquí si que sale la Deneuve, mira tú por dónde. Dos sesiones pasa salir trinando y subirse a la primera farola que veáis (¡cuidado! Ahora son capaces de confundir felicidad con vandalismo): el domingo 29 de abril a las 17:30h o el sábado 5 de mayo a las 20h.

Para los agraviados de antes, para los indignados de ahora: El estudiante, de Santiago Mitre. ¿Os cuestionáis el sistema? ¿Dudáis todavía más de quién entra en política asegurando que va a cambiarlo todo? Sin necesidad de asamblea ni votación a mano alzada te digo que esta es tu película, compañero. Dos convocatorias: miércoles 2 de mayo a las 20h o domingo 6 de mayo a las 18h.

Para quienes reniegan de las superproducciones: Donoma, de Djinn Carrénard. Ya está bien de despotricar. Sí, se puede. Se puede hacer una película con lo que cuesta un vuelo low cost. ¿Cómo? Apelando a constantes universales, de esas que nunca fallan: un buen guión y unos actores entregados. Atrápala el martes 1 de mayo a las 16h o el día siguiente a las 18h.

Para los amantes del mal rollo crónico: L, de Babis Makridis. No sabemos qué les ha cogido últimamente a los griegos. Ignoramos si la culpa fue del FMI, la música de Mikis Theodorakis o los anuncios de yogures. Pero desde Canino, cuando uno entra a ver una ‘peli’ del país heleno sabe que saldrá cuestionándose la salud mental del director… y la propia. Dos días para visitar este manicomio: el domingo 29 de abril a las 22:30h o el martes 1 de mayo a las 20:15h.

Para los que creen en el amor impúber: Puzzled love, de VVAA. Ays, los veinte, quién los pillase… imaginaos una película rodada a 26 manos (sin exagerar) y que aún así parezca salida de una sola cabeza. Fresca, desenfadada, divertida y sentida. ¡Fuera prejuicios! Si queréis pasar un buen rato (que sí, que se puede ser autor y no estar deprimido), tenéis una oportunidad el miércoles 2 de mayo a las 20:30h.

Para los incondicionales del fantastique: Trouble every day, de Claire Denis. Media docena larga serían las posibles recomendaciones de la retrospectiva de este año. Nos quedamos con la muy sitgera Trouble every day, una incursión perversa en el París de los necesitados de cariño y… sangre. La podréis ver en la Filmoteca de Catalunya el sábado 5 de mayo a las 19h.

¿Harto de ver películas sobre psicokillers sofisticados? Pues déjate caer por Snowtown, de Justin Kurzel. Rozando los usos y costumbres del divino marqués de Sade, descubriréis cómo se las gastaban un grupo salvaje de catetos australianos. Con una cerveza en la mano y convencidos de estar haciendo justicia. Más chungo que una cita con el dentista. Abstenerse almas sensibles (francamente impactante). Dos sesiones de tortura: el sábado 28 de abril a las 22:30h y el jueves 3 de mayo a las 22:00h.

Para los que siempre andan con la cantinela de que ya no se hace cine como el de antes: The deep blue sea, de Terence Davies. Y ojo, porque la propuesta del veterano director inglés es de las más estimulantes de este D’A 2012: pasión, decepción y angustia en el mejor triángulo amoroso de la temporada. Dos días para sufrir junto a la oscarizable Rachel Weisz: el sábado 28 de abril a las 20h y el siguiente sábado 5 de mayo a las 22:30h.

Para los que hacen de la propia existencia su mejor película: Walk away Renee, de Jonathan Caouette. Muy recomendable visionar previamente la magnífica Tarnation (2003), prólogo a este reencuentro con la madre… y la terrible enfermedad. Si creéis que la vida os ha tratado mal, esperad a ver la odisea vital del castigadísimo Caouette. Cita con Renee el domingo 29 de abril a las 20:30h y a la misma hora el martes 1 de mayo.

Para los que veneran a los grandes: Life without principle, de Johnnie To. Hasta en sus películas más funcionales el director de Hong Kong nos regala algún momento memorable. En esta ocasión vuelve con una cuestión de principios, uno de sus temas favoritos. Dos pases: el lunes 30 de abril a las 22:00h y al día siguiente a las 18:30h.

Para los que todavía defienden la pena de muerte: Into the abyss, de Werner Herzog. Conciso, directo, a veces incluso un poquito sensacionalista. El último documental de Herzog es una batería de razones en contra del homicidio despachado por el Estado, por muy a sangre fría que se cometieran los crímenes juzgados. Dos días para adentrarse en ese corredor sin retorno: el viernes 4 de mayo a las 20h o al día siguiente a las 18h.

Para los auténticamente radicales: Diamond flash, de Carlos Vermut. Si esto no os parece diferente, es que estáis muertos. Siete metros por debajo del underground se sitúa la propuesta de Vermut, dibujante de cómics y azote de espectadores acomodaticios. Que Billy Wilder os pille confesados el viernes 4 de mayo a las 22:15h.

Para los que necesitan un director de culto en sus vidas: Once upon a time in Anatolia, de Nuri Bilge Ceylan. Nuri es un director turco que trata con especial mimo la fotografía de sus películas. Sólo por Kasaba, Lejano y Tres monos se merecería un ciclo en cualquier Filmoteca decente. Ahora nos llega su particular Stalker, viaje a ninguna parte en dos actos. Los billetes para este periplo: el sábado 28 de abril a las 22h o el domingo 6 de mayo a las 17h.

Consejo final. Dejaos de lecturas en diagonal hechas por otros y escoged cualquiera de los 49 títulos atendiendo a vuestras propias corazonadas. Más que nada porque hay pocos placeres comparables a acertar (o equivocarse) uno mismo. Cine de autor, audiencia de autor.

Diez días para tratar de compaginar la vida (“¿saldré a tiempo para llegar a la de las siete?”) y la pasión cinematográfica. Qué poético. No, quizás lo nuestro sea simple y llanamente hacer el friki, tío. Tanto da: a disfrutar y recomendar a discreción. Haced doblete o triplete, aunque eso implique mal cenar en la cafetería de la esquina. Recuerda: no somos lo que comemos, sino lo que vemos (así que mejor no veas lo que te han vendido como un bikini). “Y termina rápido, que empieza a haber cola… cochina ciudad… ¿de dónde salen todos estos? ¡¿No estrenaban hoy ‘Los vengadores’?!

L' Apollonide de Bertrand Bonello en Intermedio DVD

Tiresia - Bertrand Bonello

En un cierto sentido, el campo de batalla ha sido traspasado al fuero interno del hombre. Es ahí donde tendrá que vérselas con una parte de las tensiones y pasiones que se exteriorizaban antes en el cuerpo a cuerpo en el que los hombres se enfrentaban directamente. Las pulsiones, las emociones apasionadas que ya no se manifiestan en la lucha entre los hombres, se dirigen a menudo al interior del individuo, contra la parte «vigilada» de su Yo. Esta lucha a medias automática del hombre consigo mismo no conoce aún una salida dichosa”.

Norbert Elias, El proceso de civilización

Mientras no se tenga un conocimiento personal de la guerra no se podrá apreciar dónde residen las dificultades que encierra.

Karl von Clausewitz, De la guerra

En un texto dedicado a la figura de Eugène Green a propósito de la retrospectiva ofrecida en el marco del 48º Festival Internacional de Cine de Gijón, deseaba, tomando como pretexto la presencia de Bertrand Bonello en una de las grandes escenas de Le pont de arts (2004), que su filmografía formara parte de la programación de su 49ª edición. Partiendo de la peculiar obra de Green, pretendía sugerir una línea imaginaria que lograra articular una cierta tendencia del cine francés contemporáneo profundamente preocupada por el destino de aquellos que habitan su tiempo y del fracaso político que los gobierna. Inexorablemente, después de Bertrand Bonello, esta línea debería conducirnos hasta el cine de Nicolas Klotz (1).

El gran interés de estas filmografías, cada una con sus singularidades, viene dado por un gesto que regatea la actualidad informativa y las diferentes crisis que animan la realidad social, orientándose hacia una materia política que marca, de manera aún más determinante, nuestro presente y que procede de los destinos sentimentales explorados por la generación post-mayo del 68. Estas películas nos mostraron las consecuencias más terribles de la traición a su creencia firme en una política del amor y la cicatriz interior que trasformó sus vidas en una carga pesada, inasumible. Su estética de la derrota nos ayudó a apreciar sutilmente la sensualidad de un rostro, la fragilidad de un sentimiento o la importancia de amar. Y a amar. Por eso amamos a Jean Eustache o a Philippe Garrel. Sin embargo, pese a la admirable preocupación de estos directores por aquello sensible que encierra el presente, en sus filmes este adopta la forma de una herida con la que nada puede hacerse, excepto tomarla como ejemplo. Al recoger un pasado indeleble para proyectarlo hacia un futuro en el que se fija cierta esperanza, el presente queda, irremediablemente, desatendido entre medias: “This time tomorrow”.

Vivir en tiempos sin alegría es también nuestra culpa” (o una manera de, pese a todo, recuperar el propio destino desde la responsabilidad de ese presente, en cierta medida, subcontratado). Una frase que inaugura el manifiesto político que Joseph ha redactado junto a sus compañeros de clase en Le pornographe (2001). Enfrente se encuentra su padre, Jacques (Jean-Pierre Léaud), un director de cine porno que bien podría ser la prolongación del personaje interpretado por Lou Castel en El nacimiento del amor (La naissance de l’amour, Philippe Garrel, 1993) (2). Llevaban casi dos décadas sin verse. Jacques le abandonó cuando apenas tenía cinco años, al mismo tiempo que dejó de filmar para dedicarse a pensar y a vivir del trabajo de su segunda mujer. Ahora quiere retomar todo aquello que quedó inconcluso: una película, la familia que no se atrevió a formar. Toda tentativa terminará en fracaso. Sin embargo, Joseph entiende perfectamente a su padre: su subjetividad diluida, la distancia insalvable que lo separa de esa realidad con la que pretende relacionarse, la desgana endémica que le asola -y que para el resto de mortales pasa desapercibida- impidiéndole vivir esa cotidianeidad. Entiende, pero quiere intentarlo de nuevo: volver a amar, a apasionarse, a retomar el destino político de la generación a la que pertenece. Sin críticas ni confrontación, porque en el gesto que lo anima tampoco aparece esa intención. “Cuando estrené esa película en Francia hubo mucha gente, especialmente personas de alrededor de 60 años, que reaccionaron de manera bastante violenta, que la vieron como una película anti-68, y no es cierto. Es una cuestión legítima decir: «Bueno, fue formidable, pero nosotros, a continuación… ¿Qué pasa con nosotros?»” (3).

Se acabó el diálogo con el pasado, las consignas, los eslóganes de otra época. No se volverá a pronunciar la palabra revolución, ni aquellas que no puedan llegar a sustanciarse en lo real. Joseph y sus amigos renuncian a articular su capacidad de habla. Cual Bartlebys modernos, “preferirían no hacerlo” porque no les hace falta decir nada más. Para ellos se inaugura el tiempo del malestar donde la fuerza de una comunidad se inscribe en otro orden, dentro de un estado emocional -lleno de latencias, deseos, anhelos, pasiones e inquietudes- que será sensible, en todas partes, a aquellos que son familiares a él. En todas las partes de un cuerpo que clama por una nueva mirada alejada de las mutilaciones artísticas y culturares que han intentado silenciarle, incluida la pornografía –hoy en día, una de sus formas más sofisticadas- que, como sabemos, recurre a la fragmentación erógena para lograr sus objetivos. En Le pornographe, cuando Jacques, el director protagonista, quiere descomponer en innumerables planos detalle el cuerpo de sus actores, Bonello opta por sostener el plano fijo. Mira atentamente el combate sexual en su totalidad, el movimiento en su conjunto, intentando escuchar los ecos de un pensamiento que, ahora, siente.

Todo pasa por el cuerpo y el dolor”, admite Bonello a propósito de Tiresia (2003), actualización del mito griego sobre el cuerpo de un transexual brasileño que ejerce la prostitución en el Bosque de Boulogne. Una noche Tiresia es secuestrada y encerrada en un sótano por un hombre que ha quedado deslumbrado por su belleza. Pese a su deseo infinito, no puede tocarla. Solamente es capaz de mirar ensimismado hacia un cuerpo femenino que, a falta de las hormonas necesarias para mantener su forma, deviene masculino. De nuevo el cuerpo vuelve a ser protagonista. Porque el cine de Bonello es un cine del cuerpo. Pero a diferencia del de Claire Denis, por ejemplo, este cuerpo no debe entenderse como carne, sino como un cuerpo que la significa y la amortaja. Una construcción performativa donde se entretejen todos los discursos, palabras e imágenes que conforman las ficciones que han tratado de representarlo, nombrarlo, pensarlo. Un cuerpo que ya no se diferencia de lo orgánico y no se ubica más allá de la epidermis.

El cuerpo de Tiresia actúa como bisagra entre las dos partes en que se divide la película: de un sótano oscuro y claustrofóbico a una luminosa campiña donde se topará con un cura celoso de su don de predecir el futuro (don que le es otorgado después de que su secuestrador, impotente ante la evidencia de lo inaprensible, la deje ciega clavándole unas tijeras en los ojos). Opuestas y semejantes. Dos palabras claves para entender el cine de Bonello. Porque su cine se cimenta sobre juegos de pares que obedecen fielmente a esta norma y cuyo paradigma bien podría ser la doble concepción interpretativa que nutre las imágenes de este film: a Tiresia le dan vida dos actores diferentes (Clara Chouveaux y Thiago Telesque) mientras que al secuestrador y guía espiritual solamente uno (Laurent Lucas). Una duplicidad como la que sostiene el cortometraje Cindy: The Doll Is Mine (2005), donde Asia Argento se desdobla para dar vida a las dos protagonistas, tanto a la fotógrafa como a la modelo (4).

En la escena de Le pont de arts evocada al principio de este texto, Bonello asistía a una representación teatral de origen japonés conocida como . De todas las peculiaridades de este drama musical anacrónico, destaca la regla que rige el comportamiento de los actores: un papel no pertenece a un actor, sino que un actor pertenece a un papel. Pues bien, en esa concepción interpretativa que gobierna Tiresia y Cindy: The Doll Is Mine, el carácter mimético alcanza su paradoja en el momento en que la imitación es llevada al extremo. Justo ahí queda vulnerada, exponiendo la crisis de toda forma de identificación y quebrando todo principio de alteridad. “Lo original es vulgar, por su pasado / La ilusión no es real. La copia es perfecta”, porque tanto copia como original bailan ahora dentro de un umbral de indiscernibilidad donde ya no se puede esclarecer cual es cual, constituyéndose ambas como copias certificadas de su contrario. Entre la dicotomía de cuerpos solo cabe avance, fluctuación, actualización. El cuerpo se expande, conquista cuerpos, habita en ellos, deshace su identidad convirtiéndolos en su mismo devenir. De esta manera, cuerpo a cuerpo evolucionan, mutando simultáneamente.

Al igual que sucede con la imagen pornográfica, ese cuerpo y su devenir no supondrían problema alguno si no trataran de expropiar las pasiones de la parte orgánica a la que se acoplan, apaciguándola, embargándola, en cierto sentido, de su propia materialidad. De esta manera se presenta Bertrand (Mathieu Amalric) en De la guerre (2008). De nuevo nos encontramos con un director de cine atravesando una crisis de identidad. Sabe que ama a su compañera sentimental pero no puede entender dónde ha ido parar su deseo por ella. Mientras vagabundea buscando localizaciones para su nueva película en una funeraria, queda atrapado de forma fortuita dentro de un ataúd en el que pasará toda una noche. La experiencia de haber vivido una ceguera temporal le conducirá hasta una organización conocida como El Reino, con centro de operaciones en una casa situada en medio de un bosque (5). Su actividad consiste en impartir una especie de instrucción militar a todos los miembros que, voluntariamente, forman parte de ella a partir de De la Guerre. Este libro, del que la película toma el nombre, fue escrito entre 1816 y 1830 por Karl von Clausewitz. Bonello lo define como “un libro de estrategia, de hecho, de filosofía, un libro que cuenta cómo desplazarse en el mundo frente a los demás” (6).

No existe mejor motivo que la guerra para hablar de las pasiones que agitan a un individuo. Porque, como en el amor, todos los terremotos emocionales, todos los acontecimientos afectivos, empujan a los cuerpos hacia su límite, hacia el pliegue donde se doblan sobre sí mismos. El miedo, la furia, la ira, la soledad, la venganza, hacen posible que la presencia especular de cada cuerpo se vuelva palpable revelando la dimensión de su realidad. “I am what I am”, como en aquel famoso anuncio: mi vida es la relación que mantengo con mi forma vida. El otro soy yo mismo. Los demás cuerpos quedan excluidos de la regla. De mi regla. Que también es la tuya. Ambas opuestas y semejantes. Entonces, ¿quién puede eludir el combate, la batalla, la guerra, la revuelta? ¿Quién puede resistirse a acudir al bosque, a la oscuridad, a una sala de cine para encontrar la manera de provocar una oscilación continua hacia el sentimiento de uno mismo?
Gilles Deleuze asociaba el cambio de estatuto producido entre la imagen-movimiento y la imagen-tiempo a una disolución total de los personajes en una serie de “actitudes del cuerpo, posturas corporales, y un gestus que las enlaza como límite” (7). Pero esta esencialidad es también la posibilidad de una epifanía. Como la que acontece en una de las escenas más emotivas de De la guerre. Todo el “ejército” que compone El Reino es conducido hasta el bosque que rodea la casa para celebrar un anárquico ritual donde todo estalla: los cuerpos tiemblan, palpitan, se acaloran, destruyen sus máscaras. Se convierten, a partir de sus propios gestos, en una fuerza que propicia su regreso desde la ausencia del mundo en que se hallaban recluidos junto con cada una de las penurias de sus inclinaciones. La guerra ha sido declarada. Los cuerpos, que antes yacían derrumbados, se recomponen, se elevan y comienzan a caminar juntos, eludiendo los vicios de toda comunidad. Han logrado fundar una nueva voluntad común desde su singularidad.

Hoy el placer tiene que ganarse como en una guerra”. La frase bien podría resumir la preocupación esencial del cine de Bonello ya esbozada en su primer largometraje, Quelque chose d’organique (1998), con un acabado formal un tanto surrealista que podría dar la impresión de cierta inmadurez o de no haber logrado definir todavía las constantes que animan su obra y que hemos ido trenzando a lo largo de este texto. Aquí tenemos a Paul y Marguerite, una pareja que atraviesa cierta crisis. Él quiere llevar el concepto de responsabilidad a su máxima expresión. Trabaja en un zoo, tiene un hijo -fruto de una relación anterior- que padece una enfermedad crónica, y un padre al que debe cuidar. Ella pasa largas horas en casa sin hacer nada. El amor por su chico le basta para vivir. A pesar de sus diferencias en la manera de afrontar la vida, todo va bien hasta que la relación se quiebra cuando ella siente que ha dejado de quererlo con las “moléculas del cuerpo”. Cuando el cerebro ha comenzado a mandar sobre lo orgánico.

Dicho de esta manera, el argumento suena bastante cursi. Pero en el camino del placer que ella emprenderá por diferentes locales nocturnos, buscando a algún hombre que pueda satisfacer su palpitación corporal, aparece la pieza que nos falta para completar esta mirada sobre el cine de Bonello. En una de las mejores escenas del filme, Marguerite entra en un bar y se sienta, sin mediar palabra, en la misma mesa en la que unos hombres beben distraídamente. En la siguiente escena la vemos a cuatro patas en medio de un callejón nevado. Uno de esos hombres se la folla mientras los demás se masturban mirándoles. En este juego, donde parece que Marguerite busca el reencuentro con su cuerpo a través de cierta animalidad, la gelidez petrificada en su rostro revela que su verdadero placer, su goce, lo obtiene de aquellos que los miran atentamente. Es ahí donde queda roto el vínculo de la alteridad mimética que expone el cine de Bonello: cuando se desea la mirada del otro sobre un objeto más que el objeto mismo, realmente se está neutralizando y prescindiendo del otro. Esta es, exactamente, la manera en que el cortocircuito materialmente afectivo pone en marcha la difícil relación cuerpo a cuerpo.

Todos lo cuerpos arrastran un desgarro, una herida original, una marca como la que encarna el rostro de Madeleine en L’apollonide (Souvenirs de la maison close, 2011). Las imágenes se inventaron para entablar una negociación con ellas, aliviándolas, curándolas o disimulándolas. La guerra que se libra en el cine de Bonello no trata de destruir ese cuerpo de imágenes con el que nos confundimos para consolarnos, ese doble ridículo al que cantaba Jeanne Balibar en cierta película de Pedro Costa. Parte de él, asume que ya no se puede dar marcha atrás en la construcción de la subjetividad de un individuo y lo orienta hacia esa herida íntima e inconfesable para volverla a desgarrar y posibilitar el brote de todos los flujos que quedaron reprimidos. Su cine trabaja la relación singular con esa huella indeleble y dolorosa teniendo en cuenta que, en su invisibilidad descarnada, se puede llegar a encontrar una nueva potencia creadora y fundadora, un nuevo medio para que el mundo se vuelva a hacer cognoscible y, sobre todo, vivible. Es decir: muestra lo que debe ser una vida sensible (8).

Punto y aparte

Por su carácter documental, en su sentido más estricto, Ingrid Caven, musique et voix (2006) se aparta formalmente de la línea trazada por la filmografía de Bonello. El cineasta se coloca con su cámara doméstica a una distancia prudencial del escenario por donde se mueve la que fuera musa, actriz y mujer de Fassbinder y, ahora, diva de la canción alemana que, en cierto sentido, ha recogido la herencia de Marlene Dietritch. Desde su pequeño territorio trata de descomponer la escena, como evoca el título del filme, en música y voz. Por un lado los instrumentistas. Por el otro Ingrid Caven. Su show es tremendamente intenso: no para de moverse, circulando vivamente por el escenario o gesticulando cuando logra detenerse. Toma obras esenciales de cualquier época y género – en las que caben Kurt Weill, los Beatles, Erik Satie o Schönberg – y las va proyectando cuidadosamente. Cada nota musical, cada palabra, tiene su réplica en una parte de su cuerpo. Porque Ingrid, ante todo, se expresa con su cuerpo. Y su voz, repleta de numerosos y sugerentes matices, recoge al mismo tiempo cada uno de los ecos de sus propios temblores, gestos e indecisiones para proyectarlos nuevamente, como si se tratara de un circuito cerrado.

Justo al final de su metraje comprendemos que este trabajo guarda perfectamente la esencia de este músico que decidió ser cineasta. La importancia narrativa que concede a las bandas sonoras es evidente a lo largo de su filmografía, alcanzando quizás su máxima expresión en la utilización de la figura de Bob Dylan en De la Guerre. Además, en muchas de sus películas se puede apreciar su labor como compositor que comenzó a desarrollar en tierras canadienses. La música tiene tanta importancia en el cine de Bonello que merece un estudio aparte y en profundidad que trataré de ir elaborando de aquí a unos meses. En él espero llegar a incluir My New Picture (2007), proyecto multidisciplinar que hubiera puesto la guinda a la retrospectiva de su obra programada durante el 49 FICXixón y que, partiendo de la música registrada en un CD, ha ido expandiéndose en distintos soportes como la fotografía, Internet, una video-instalación, y un cortometraje en el que confluye todo el proceso de expansión.

L' Apollonide - Bertrand Bonello

Notas:

(1) Aprovecho ya para pedir el ciclo correspondiente para la edición del 50 aniversario. Todavía quedan por descubrir las otras dos películas que componen la trilogía sobre los tiempos modernos, Paria (2000) y La blessure (2004). Así como trabajos como La nuit Bengali (1988) y sus documentales sobre músicos indios.

(2) Al que curiosamente consuela y da apoyo un amigo también interpretado por Jean-Pierre Léaud.

(3) Complejidad apasionante. Entrevista con Bertrand Bonello. Fernando Ganzo. Revista Lumière. Nº1.

(4) La fotógrafa pretende captar una serie de sentimientos de su modelo, pero no sabe cómo animarla para que su cuerpo produzca algún tipo emoción ante su cámara de fotos. En un momento determinado, las dos comienzan a llorar desconsoladamente. La cámara de Bonello intenta, sin éxito, encontrar aquello que ha desencadenado la situación. ¿No hay manera de saberlo? No: no hay manera de decirlo.

(5) De nuevo un bosque con toda su dimensión simbólica de lugar fronterizo entre dos mundos. En Le pornographe habitaba la imagen superviviente (una mujer que corría desnuda perseguida por unos “lobos”) de la película inconclusa de Jacques. En Tiresia se erigía como el punto de donde arrancaban cada una de las dos partes en que aparece dividido el filme.

(6) Ibid 3.

(7) La imagen-tiempo. Estudios sobre cine 2. Gilles Deleuze. Paidos. 1987.

(8) Término acuñado por diferentes filósofos de nuestro tiempo que pretende definir un nuevo tipo de lógica de la sensación. En esencia se trata de superar la obsesión contemporánea que equipara la mente con lo intelectual, y que fija la procedencia de lo intelectual en una actitud de conocimiento. Y no, esto no tiene nada que ver con la inteligencia emocional.

· Artículo original de Ricardo Adalia Martín en Revista de Cine Transit

Nota: La película de Bertrand BonelloL’ Apollonide” está en distribución en España por parte de Intermedio. Hasta el momento no se ha conseguido llegar a acuerdo con ningún exhibidor para que sea proyectada en España en salas comerciales. Seguimos intentándolo.

Según parece, Luis Buñuel, en aquel viaje a Cadaqués en el que le acompañaron los matrimonios Magritte y Eluard, intentó desde el primer momento persuadir a Salvador Dalí de no sucumbir bajo los encantos de Gala, a la que ambos veían por primera vez. No le parecía trigo limpio. «Nunca te fíes de una mujer cuyas piernas no se unen en las caderas» (como dice un gran amigo que es también gran pintor, y como tal capaz de las descripciones más perifrásticas y de las más directas, con las piernas «como un click de playmobil»). Siempre he querido creer que las hoy denostadas teorías antropométricas o fisonomistas, según las cuales nuestros rasgos determinan nuestras aptitudes y actitudes, no nacieron tras rigurosas observaciones del rostro de los criminales a cargo de la policía, sino del escrutinio obsesivo realizado por hombres y mujeres sobre el ser anhelado, intentando imaginar cómo sería el alma que animaba desde dentro ese cuerpo deseado. Eran tiempos marcados por la espera; al fin y al cabo, quizá no sea casualidad que, según esas esperas se iban acortando con el paso de las generaciones, tales teorías pasaran definitivamente de moda.

L’Apollonide es una casa de citas en la cual transcurre la última película de Bertrand Bonello, concretamente en el periodo que marca el cambio del siglo XIX al XX. Allí, esa espera no existe, esa forma de mirar es otra. Se hace comercio, se escoge y se desatan los vicios. En las noches de L’Apollonide el tiempo se condensa como el aire en un fumadero de opio.

Serge Bozon (que además de cineasta es profesor de lógica en la universidad), encuentra en Tiresia al mayor representante de una línea del cine francés de los últimos años, que él define como la «cronenbergolynchiana». Es la vía de las sustancias, la sangre, las vísceras, las tripas, lo inconsciente, lo reprimido, los cuerpos bizarros y la carne en transformación. Desde el principio, esta nueva película de Bonello es eso, pero es mucho más. La desnudez de las actrices se revela desde la primera imagen. Ni hablar de que, como sucede a menudo, ese deseo del relato por quitar la ropa a sus personajes femeninos quede temporalmente reprimido, pero nunca insatisfecho (fenómeno en el cual Léa Seydoux, inevitablemente involucrada, está cambiando por sí misma algo en lo que supone ver el cuerpo de una mujer en el cine). Las prostitutas se visten, recargan sus cuerpos de detalles que vienen a recargar los ya de por sí detallados decorados, en una sobresaturación pictórica deslumbrante. Llegan los hombres y los encuentros en las habitaciones y, sí, llega la sangre, las vísceras, el dolor y los sueños repletos de flujos, pero con la diferencia de que, el flujo que más importa, es el del tiempo del relato.

Los gestos, los diálogos que presenciamos, vuelven. Regresamos a momentos precedentes de esos encuentros, los completamos y los revivimos en un presente abigarrado. Incluso la pantalla se divide, hasta tal punto pasan cosas dignas de verse en ese lugar. La intensidad nos desborda. Incluso la sangre, la de la violenta agresión de un cliente, sirve para recargar aún más los encuentros posteriores. Como esa lección vital que los buenos amaestradores enseñan a sus perros antes que ninguna otra cosa: no hay que fiarse de la mano del hombre.

Tras esa explosión, cambiamos de siglo, y por fin, vemos la luz del día, aunque siempre atrapados en esa casa clausurada. Llega, por fin, la linealidad, los inicios: el de una prostituta de 15 años que quiere ingresar en el equipo, y el de un hombre novato que llega con intención de hacer comercio. Llegan, pues, las primeras miradas: la niña había incluso enviado una carta describiéndose acompañada de un retrato. El hombre las observa para escoger: labios, piel, pechos… hermoso lenguaje del que en realidad sólo él sabe lo que espera oír.

El día, pues, no es más ese momento de indefinible espera que precede a ese momento misteriosamente privilegiado: el de la llegada de los hombres, el del gong que arranca cada solemne capítulo de esa larga saga de intimidades atroces que es una noche de burdel. Todo empieza en un salón donde se habla, se ríe y se fuma, donde adivinamos el olor a champagne derramado y perfumes contaminados por el humo de los puros. Son dandys, hombres adinerados de peculiares rasgos que llegan con pocas cosas de fuera, pero raras: su dinero y sus vicios, incluso una pantera, cuya presencia extraña menos entre esas cuatro paredes que la de los hijos de la Madame (Noémie Lvovski). Observan, tocan y hablan a las mujeres de una forma que terminaría mutando por completo y que sólo creo haber visto en esta película. Vienen y se van. Vienen y se van; como la regla.

Bonello evita en esas relaciones todo tipo de carga melodramática o sentimental (nada parecido a eso subraya ni el maltrato, ni la posibilidad de enamorarse o de salir de allí). Todo nos llega gracias al tiempo de la película, a esa flotante y repulsiva condensación. L’Apollonide es una película donde nos ahogamos, nos falta el aire y la claridad, donde la luz ni siquiera llega a cubrir todas las paredes, casi como si Werner Schroeter estuviera rodando otra película en ese mismo decorado al mismo tiempo. De toda esa sobrecarga salimos exhaustos, destrozados bajo un sentimiento difícil de definir. En L’Apollonide se trata de algo que no se qué es: es mucho peor que el amor, pero no es tan triste. Es una vida muy puta, la de las putas.

Es único, pues, ese gusto por la escritura que manifiesta Bonello, y al mismo tiempo es el que le convierte en un gran cineasta: el relato trabaja el tiempo de forma salvaje, y sin embargo se alía con esa forma tan plástica, tan trabajada y tan carnal en la que aflora la sangre; las frases son corrientes, parecen ajenas a cualquier literatura, y sin embargo esconden rimas, ritmos y cadencias preciosísimas que materializan una pluma oculta gracias a la textura de la dicción del actor (como los monólogos de Jacques Nolot –en forma de carta– y Pierre Léon); los personajes no exhortan sus anhelos ni parecen tener algo que preceda al tiempo de la película, y sin embargo hasta el último de ellos ha sido perfectamente descrito con dos o tres detalles. Léa (Adèle Haenel), la más deseada, la más carnal y la más hermética, anestesiada de todo dolor en ese lugar donde la única palabra tabú es el amor, aquella que, para dejar claro a un cliente que no quiere que vuelva a verla, le envía un sobre con pelo del coño; Julie, la sonriente y despreocupada, pero poseída por todo aquello que niega y que siente; Clothilde (Céline Sallette), la de hermoso aire fantasmal, podrido, la de más edad, abstraída siempre tras esas bocanadas de opio que apaciguan sus celos, la única con un pasado (sus deudas) y la única que sabemos estará encerrada allí siempre pase lo que pase, a la que no hay enfermedad posible que la saque de allí aún los pies por delante (no es casualidad que sea ella la protagonista de la magnífica coda de la película); y, sobre todo, Madeleine (Alice Barnol), la judía, el rostro de un tiempo indescriptible, cinematográfico, el rostro destrozado por creer en sus sueños. Todo actor, incluso el más fugaz figurante, da la sensación de sentirse el más importante allí. Cada rostro existe, alimentado por el amor del director latiendo en cada plano.

El final de la película es un siniestro fin de partida, donde Madeleine nos recuerda que nunca hay ojos sin rostro, pero tampoco hay cuerpo sin sentimiento. Hemos estado en L’Apollonide, sumergidos por esos lentísimos travellings en ese ambiente de sentimientos indescriptibles. Cómo saldremos de él es otra cosa.

Las películas de Bertrand Bonello son siempre películas suicidas, poseen una atracción hacia la autodestrucción que las convierte en experiencias desiguales. Fascinantes y equívocas, reconocemos nuestras rarezas en sus imperfecciones. Aquí, por primera vez, todo encaja, incluso esa voluntad suicida. Parece una película dotada de un equilibrio capaz de albergarlo todo, como si ese tiempo condensado, ese espacio cerrado, fuera el lugar que inspirase a Bonello la elección del ingrediente perfecto para cada momento: la música, sea soul, ópera o electrónica, mucho menos presente en la película de lo que luego lo es en nuestro recuerdo, o incluso esa preciosa partida de campo en la parte central de la película, de cuerpos desnudos entre árboles, el sol, y el río. Como en aquel teatro del nô de Eugène Green, en L’Apollonide llegan a convivir los cuerpos y las voces de Léon, Nolot, Ivovski, el propio Bonello, Beauvois o incluso Pascale Ferran (voz de la autora de un estudio cuya conclusión es que las prostitutas tienen un cráneo más pequeño que el resto de las mujeres, signo de su imbecilidad). Es por todo ello que, tras ver L’Apollonide, sentimos la alegría por ver tal encuentro, pero sobre todo sentimos miedo. Al salir de la sala, necesitamos recuperar un cobijo, como si nosotros también hubiéramos perdido esa terrible y dolorosa protección de las maisons closes, y nos encontrásemos igual que sus antiguas inquilinas, vagando por este mundo, el actual, donde ya no se percibe la oscuridad. Pues no puede haberla allá donde ya no hay luz.

L’Apollonide de Bertrand Bonello en Intermedio DVD

L’ Apollonide” de Bertrand Bonello es la nueva película en distribución de Intermedio DVD que se está intentando llevar a los cines.  Más información en: https://intermediodvd.wordpress.com/2011/11/30/l-apollonide-de-bertrand-bonello-nueva-pelicula-en-distribucion-de-intermedio-dvd/

El artículo original de Fernando Ganzo en Lumière dentro de su crónica de Cannes 2011 http://www.elumiere.net/exclusivo_web/cannes11/cannes11_06.php

Como os hemos adelantado en nuestro canal en Facebook, una de las películas que subyugaron a la crítica en el pasado Festival de Cannes, L’ Apollonide, del director francés Bertrand Bonello, es el nuevo film que tiene en distribución Intermedio DVD. Intermedio ha comprado los derechos de esta cinta francesa con la intención de estrenarla en los cines y llevarla posteriormente al DVD. Por ahora la película ya ha podido verse en España, con gran éxito, en el Festival de Cine de Gijón, que ha dedicado uno de sus ciclos a Bonello, y en la filmoteca de Santander. Además hoy 30 de Noviembre estará en Santiago, el 8 de Diciembre en Valencia y el 14 de Diciembre en el Centro Galego de Artes da Imaxe, CGAI, en Corunha. Esperamos que próximamente podamos facilitaros más fechas.

A  continuación os dejamos con dos vídeos que hemos elegido descartando el trailer oficial de la película ya que no da una idea de la belleza y sensibilidad de la cinta. El primero es un fotomontaje en blanco y negro del film, que es, en realidad, en color, pero que en el vídeo adquiere otros matices. El segundo es apenas un minuto y medio de la rueda de prensa de Bonello y sus actrices en Cannes. Deseamos que muy pronto podáis ver esta película en los cines, hasta entonces disfrutarlos !

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