Los lugares inalcanzables: Sokurov vuelve a los museos.

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Imagen de Francofonia, la nueva película de Sokurov, rodada en el Louvre.


Mis orígenes son muy modestos, por eso el Louvre, el Hermitage, el Prado, el British Museum siempre me han parecido lugares inalcanzables. La primera vez que entré en el Hermitage tendría unos 27 años. Siempre he tenido conciencia de que era muy tarde, siempre he querido recuperar ese retraso. No me considero un autor de obras de arte completas, sino más bien un alumno a quien sólo un pintor, un compositor, un escritor, pueden enseñarle algo. Y ese es precisamente el mundo del museo. El cine no me ha enseñado nada, para mí no significa nada desde el punto de vista de los fundamentos de la cultura artística. Sin embargo Zola, el Louvre, el Hermitage, Tolstoi, Rachmaninov, estos son por así decirlo mis verdaderos maestros.  De modo que cuando surgió la posibilidad de trabajar con el Louvre estuve enseguida de acuerdo. Comprendí que era una vuelta a mi sueño de hacer un ciclo de películas artísticas con el Hermitage, el Louvre, el Prado, el British Museum.

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Estaría bien separar el arte de la historia, pero es imposible. Los personajes forman parte de la historia y forman parte de la vida. Para mí no son figuras formales, simbólicas: están vivos. Creo en la existencia de los fantasmas.

Sería maravilloso poder crear obras sin mirar en torno nuestro. Si esto se pudiera hacer de la misma forma que en la poesía, por ejemplo; cuando no miramos entorno nuestro para saber de dónde surge. Desgraciadamente en el cine estamos atados de pies y manos. Me gustaría liberarme del marco de la historia, pero no lo he conseguido por el momento. Me gustaría ser un poco más pillo. El arte es un espacio muy pesado. Su peso es increíble, uno no puede estar cargándolo siempre sobre los hombros. Hay que preparar sin cesar pausas para uno mismo, una especie de escapadas.

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Claro está que el cine tiene mucho que ver con la pintura. Es lo que tiene de más profundo. Es, por así decir, la fuente de la que el cine saca todo. Pero todavía toma más prestado a la escultura. En ese sentido, trabajo con un actor como con una vida esculpida o con una escultura viviente. Esto es así porque el cine no existe como arte. Sólo existe nuestra aspiración a la pintura y nuestro amor por ella, por la escultura, por la música, por la literatura. Y el grado en el que amamos todo ello corresponde al grado de contenido artístico que logramos en el cine.

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En general, la introducción de una persona viva o de un actor en el medio del museo, donde todo permanece estático, es una opción arriesgada para el director. Y estoy muy preocupado por esta decisión. Va a haber mucha acción en el museo, mucha expresión plástica dada por el movimiento. Los personajes van a estar muy vivos en el museo. Para el espectador, esto es insólito. ¿Quién soy yo para que mis personajes entren en relación con la Gioconda y con los grandes pintores? ¿Quiénes son ellos, los actores, para tener derecho a actuar así? Bueno, pues eso es lo que hay que mostrar con la película: que por supuesto que existe ese derecho. Es un trabajo que todavía debemos hacer.

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La relación entre el documental y la ficción me recuerda a la mezcla del color y el agua en la acuarela. Lo esencial de mi pensamiento sobre este asunto es que el material llamado “documental” que deberemos utilizar en esta película es también una mirada artística sobre sucesos vividos por personas. El operador ha colocado la cámara, ha creado una composición, ha filmado cuando le ha parecido. Es decir, que al final tenemos una película completamente subjetiva sobre sucesos que han ocurrido como en la realidad. Ya no se trata de una imagen documental. La imagen documental quizá sólo existe en el momento en que se filma la muerte de una persona, sólo cuando en el encuadre aparece un hombre que está a punto de morir. Todo lo demás son métodos artísticos.

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La elección de las obras que aparecerán en la película ha sido realizada de modo muy subjetivo, sin apoyarnos en especialistas, guiados por una cierta inclinación íntima. Del mismo modo que en el cine, en la elección de un tema musical me oriento por un sentimiento personal, hay aquí algo que me atrae en tanto que persona. Y a partir de él hago mis elecciones, porque en el Louvre echaría humo por la cabeza antes de poder hacer una elección objetiva. En el Louvre no hay nada que se pueda pasar por alto, y lo mismo pasa en el Prado y en el Hermitage. Pero hay algo como el corazón que nos va hablando en voz baja, de un modo u otro. A fin de cuentas todo ello es una acción muy subjetiva, y podría por supuesto someterse a una intensa crítica.

Tal vez me he apoyado en los signos de una gran civilización que aprecio, a la que me siento próximo y que tiene todo mi reconocimiento en tanto que persona. Y estos signos de la civilización europea, que me han salvado y que me salvan como individuo, como persona, son los que trato de mostrar en la película. Si un día a lo largo de nuestra vida se produjera –¡Dios no lo quiera!– el fin del mundo, yo lo que más echaría de menos serían las noches de verano y el que la civilización europea sucumbiera para siempre.

(trozos de una entrevista realizada por Olivier Père el 17 de octubre para el making of de Francofonia, próxima película de Alexander Sokurov en el Museo del Louvre de París)

Traducción: Manuel Asín

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