Jean-Pierre Gorin, respuesta a una pregunta de Jane de Almeida sobre Glauber Rocha (2006)

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(…) Glauber, Glauber, Glauber. Siempre en la encrucijada. Él apareció en mi vida en París, unos pocos meses después de haber visto Terra em Transe unas treinta veces seguidas en un período de unos diez días. Nos presentó Raphäel Sorin, el editor de Houellebecq, quien estaría vinculado a Vent d’Est . Hubo una inmediata conexión, traducida en infinitos paseos por París y en un desaliñado curso de quince días sobre tropicalismo. Un año después de este encuentro, Glauber llegó una noche, se sentó a nuestra mesa y comenzó de pronto a recoger los cabos sueltos de nuestra última conversación como si acabáramos de despedirnos la noche anterior. Recuerdo que le presenté a Godard, aunque puedo equivocarme, porque tal vez se habían encontrado antes en algún festival. Me percaté de la idea de ofrecerle a Glauber una participación cuando comenzamos a hablar sobre la idea de ofrecer señales sobre las encrucijadas del cine. La atmósfera se caracterizaba por el aflojamiento de las costuras de cada concepto. Era como si todo pudiera ser lanzado sobre una mesa para que fuera reexaminado otra vez. Todos los estilos visuales y sonoros estaban siendo cuestionados en el mundo entero. En cierto sentido, todos estábamos en la encrucijada; me refiero a aquellos de nosotros para los cuales un filme estaba en estrecha relación con las convulsiones del mundo en el cual vivíamos. La cuestión no era si el camino era verdadero o no, la cuestión era el tipo de diálogo que intentábamos establecer con la realidad a partir de todos estos cuestionamientos que se estaban suscitando. Nadie podía simplemente soñar con adoptar algún método específico de experimentación, puesto que tales experimentaciones refractaban la especificidad de la experiencia. Por eso la obra de los cineastas del Cinema Novo fue tan importante, en tanto estaban determinados a que sus filmes fueran absolutamente brasileños, y se dedicaban a mostrar lo específico, y nos forzaban a interrogarnos sobre nosotros mismos y nos lanzaban como espectadores en dimensiones que aún no habían sido predeterminadas. La aparición de Glauber en Viento del Este es tanto un homenaje al Cinema Novo como un fragmento afectuoso de teatro naïf que indica el modo en que los filmes realizados en Brasil nos forzaban a recolocar nuestras ideas en nuestro espacio y nuestra época, bien lejos de los caminos ya trazados por Hollywood, por la nueva ola o por la etapa de congelamiento de la Guerra Fría. (…)

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