JLG, relaciones secretas, 2 (Jean-Jacques Schuhl, Libération, 12 de julio de 2006)

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Yo trabajaba solo y de noche, pues, en este especie de ROM… en esta cosa, esta fantasía tozuda, y tenía allí bajo los ojos, a la luz de la lámpara de oficina, esas dos frases: una era el presente, ocurría cerca de Roma, en Via Appia, en un parque; la otra era el pasado, lo que suele llamar un recuerdo, un bar de noche en la Quinta Avenida, el One Fifth se llamaba. Y cómo unir las dos frases, el pasado y el presente, ese es el problema en todo, uno se pasa incluso la vida en ello y así el futuro se pone a la cola. Levanto los ojos de la página y miro de nuevo en dirección al parque de la antigua embajada rusa, a través de la pantalla negra de mi ventana. PORQUE LAS TINIEBLAS SON ELLAS MISMAS LOS LIENZOS DONDE VIVEN, BROTANDO DE MIS OJOS POR MILLARES, LOS SERES DESAPARECIDOS DE MIRADA FAMILIAR: Charles Baudelaire imaginó en 1855 la proyección de imágenes animadas sobre una pantalla, moving pictures de actores desaparecidos proyectados en la noche. E igual que el agente secreto de Alphaville encriptando su informe secreto, confinó su invención al interior del poema LXXIX, “Obsesión”. Este se convertiría un siglo después en el título de una película de cine negro con Barbara Stanwyck, venenosa y fatal, y finalmente en un perfume de Calvin Klein, porque estas cosas siempre terminan volatilizándose. Está pues el cinematógrafo en los versos y en la música imaginada, el cinematógrafo de la UFA quizá, los estudios alemanes de Babelsberg, la pantalla demoníaca. El de Godard también, porque desde un fondo oscuro es desde donde aflora la fantasía musical, el espíritu danzante de la chica danesa con blusa marinera… Sobre este lienzo tenebroso, veo ahora frente a mí su rostro de ojos de algas… En él aflora una inquietud y tres, cuatro lágrimas… Y miro abajo hacia mi página… Las dos frases a la luz de la lámpara, que intento unir, se juegan en la junturas, lo sé bien, una unión un poco desunida… Ahí donde se puede pasar, como quien no quiere la cosa, de un cuento de Andersen a Dreyer, de un parque en Roma a la noche de Manhattan.

Miro las paredes. A la izquierda el hueso de tobillo visto con rayos X ceñido de de una tobillera de Van Cleef & Arpels, obsesión erótica y macabra; a la derecha las cuatro palas fantasmales de la carrocería del helicóptero, dibujando una cruz deformada en el flash luminoso de la explosión… Estas dos imágenes las colgué instintivamente, sin saber bien por qué, a ambos lados de mi escritorio… Esos huesos nacarados sobre fondo negro, y luego la cruz… ¿Era la Historia y un fragmento de mi historia? ¿O era la misma historia, una historia de sombra que comprendo mal pero que intento, con rodeos inciertos, tratar de transcribir sobre la página iluminada por la lámpara? Miro las tijeras, el pegamento de barra: escribo a mano… Tutto fatto a mano… no tengo procesador de texto, ni siquiera la vieja Hermes 2000 portátil… En vez de volver a copiar recorto con tijeras trozos de texto a veces muy distintos, que uno con otros para establecer una suerte de continuidad… ¿Cómo se corta un traje? La famosa metáfora de Proust. No pretendo ir tan lejos, ¡no voy a ponerme ahora de ese lado!  Pero me ha llegado a ocurrir, como la otra noche, que en mi odio de escribir siguiendo mi pensamiento, había trazado frases, en azul, en negro, en rojo, alrededor de la página, en círculo, y había cortado todo eso a continuación, después de haber pautado el papel, después de tener frente a mí una hoja manuscrita con la forma exacta de una camiseta de tirantes para muñeca Barbie… un “Marcel”, eso es. ¡No está mal, ya que no me había salido un vestido! Enseguida sopesé utilizar hojas A3 para, si por ventura un “Marcel” volvía a surgir entre mis tijeras, poder regalárselo a una adolescente canija de busto débil, ella no tendría más que pegárselo con dos trozos de celo, en topless o con la espalda al aire, con el ombligo al aire… ¡Mi manuscrito! Y caminar de este modo por las calles, lo que sería una difusión como cualquier otra, Sodis o NMPP**… Me maravilla que algunos (escasos) modistas, cineastas, logren un movimiento, una composición y contrastes, en pocos tijeretazos tras los cuales se siente el frío corte del cirujano pero también un pensamiento, una emoción. Es eso lo que da a una película su ritmo, su movimiento, su música, y sobre todo las aproximaciones debidas a un cierto azar; y me digo: “¿por qué no una escritura?” Sí, por qué no. Se debería poder escribir con un par de tijeras y con un pegamento de barra, sin lapicero siquiera, sólo con lo que han escrito los otros.

**Dijéramos Machado o Logintegral [N. de la T.]

(Continuará)

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