La vida en el cielo (Josep Quetglas, Ara, sábado 6 de julio de 2013)

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Ahora os diré cómo será cuando vayáis al cielo. Seguimos siendo como aquí, pero no pesamos nada, flotamos sin dar brazadas y nos movemos sin caminar, como las ibicencas cuando bailan. Todo son nubes, no hay nada más, ya lo dijo Gagarin. Las nubes no son blancas, no son vapor de agua en suspensión sino una materia más sutil: sombra, luz tintada. Porque están hechas de cine, de todas las películas que ha habido, desde aquella barquita penando contra las olas por entrar en el puerto de La Ciotat, hasta Tahere atravesando el olivar. En el cielo viviremos entre películas.

Y no son como aquí abajo, una imagen plana contra una pantalla. En el cielo la imagen tiene el volumen de la nube, está toda llena. No me preguntéis cómo lo hacen. Podéis entrar dentro, como hacía Buster; podéis alargar la mano y coger una de las galletas que Inger ha puesto a enfriar sobre la mesa donde pronto la auscultará la comadrona. ¡Qué buenas! O podéis ir a meter la nariz entre el grupo de gente, Campagne-Première con Boulevard Raspail, que rodea a un hombre herido de muerte. “¿Qué quiere decir dégueulasse?”, pregunta ella.

Diréis que no es verdad, que en el cielo no puede haber cine porque en el cielo el tiempo no pasa, y el cine son imágenes en movimiento, tiempo. Es que no es así. En el cielo, las películas quedan todas enteras dentro de un instante, que es eterno. Lo entenderéis si recordáis cómo Augustinus nos enseñaba el modo en que habla Dios. Dios no está dentro del tiempo, es demasiado grande: empezó antes y seguirá cuando el tiempo se acabe; por lo tanto, cuando habla no dice una palabra detrás de la otra: todo lo pronuncia en una única exhalación; todo lo que ha dicho, todo lo que dice, todo lo que dirá, lo dice Dios ahora, siempre, eternamente, como en un único y eterno vómito: así habla Dios. Y así mismo pasan, sin pasar, las películas en el cielo, instantáneas y eternas.

A mí me encontraréis en babia mirando cómo se columpia Henriette. No concibo otra vida en el cielo más que viendo y viviendo dentro de Partie de campagne. Un grupo de amigos la hizo en París, en el año 36. Jean Renoir dirigía y hacía de cocinero y patrón (“le patron”, llamaban a Renoir los cineastas franceses). Marguerite, su mujer, montaba la película y salía haciendo de criada; Alain, hijo de Renoir con Catherine Hessling, más tarde profesor de literatura medieval en Berkeley, hacía de niño que pescaba, con la cabeza rapada; Henri Cartier-Bresson y Georges Bataille, vestidos de seminaristas, se hacían reprender por mirar cómo se columpiaba Sylvia Bataille haciendo de Henriette, ya separada de su marido Georges Bataille y todavía no casada con Jacques Lacan; un jovencito milanés, Luchino Visconti, ayudaba a Renoir a elegir los vestidos; Claude Renoir, sobrino de Jean, se estrenaba en la cámara: más tarde filmaría a Picasso pintando…

Era la misma banda que acababa de hacer La vie est à nous, como parte de la propaganda electoral del Partido Comunista francés.

Como todas las grandes obras de arte, Partie de campagne es una condensación. Pero ahora no os puedo decir mucho más, porque aquí abajo las palabras sí que ocupan tiempo y espacio. Este otoño se publica una biografía de Sylvia Bataille, escrita por la también actriz Angie David y editada por Léo Scheer. Id ahí para conocer la vida de Sylvie Maklès. Y si os impacientáis y no podéis esperar a ir al cielo, tenéis un DVD editado por Notro Films, con los 40 minutos que dura en este mundo sublunar Partie de campagne, y 86 minutos más de escenas descartadas en el montaje.

Pero, no os lo puedo ocultar: hay cielo, pero también hay infierno, que muestra su maldad precisamente en aquello que el cielo siempre ha sabido superar, el tiempo. En la plaquita de pizarra escrita en tiza que identifica cada corte filmado, para facilitar el montaje, sale la fecha de cada sesión. Podéis sentir cómo el tiempo avanza, día tras día, y nadie lo detiene. 25, 27, 30 de junio, 1, 2, 3, 7, 8, 9, 16, 17, 18 de julio de 1936. Mientras Henriette y Henri se besan en medio del río, y Henriette ríe y llora, entre nosotros comenzaba el infierno, aquel tiempo que hizo escribir a Bernanos que en Mallorca no se puede ir a caminar por el campo sin tener que sacudirse los zapatos a cada paso, porque las mandíbulas de los muertos mal enterrados muerden la suela.

Siguen diseminadas 2.318 víctimas del fascismo –1.162 de las cuales identificadas– por las 47 fosas en 26 pueblos, más Palma, que tiene localizadas las Associació Memòria de Mallorca en esta pequeña isla, donde no hubo guerra pero sí exterminio. A ninguna de las familias se le ha permitido recuperar los restos.

Benjamin nos enseñó el fondo de barbarie que acompaña siempre todo hecho cultural. Ninguna de las humanísimas obras hechas a lo largo del tiempo y que han llegado hasta nosotros viene nunca completamente sola. Cada una nos habla también, a veces explícitamente, a menudo por su mutismo, del terror y la violencia que acompañaron el tiempo de su nacimiento, que han decidido su camino hasta nosotros, y que hemos de saber ver en transparencia.

Traducción del mallorquín: Manuel Asín

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     De izda. a dcha: Visconti, Cartier-Bresson, Bataille, Becker. 

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