Ínfima bitácora (Chantal Akerman: una estética de lo insignificante), por David Oubiña (II)

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(viene de aquí)

II

    Tradicionalmente la actividad del espectador ha sido moldeada sobre la presunción de que algo sucederá en la pantalla: la irrupción periódica de sucesos significativos (eso que los manuales de guión denominan plot points) empuja la trama hacia delante, articulando los elementos dramáticos en un desarrollo que permanentemente renueva su interés. En los films de Akerman, en cambio, el intervalo de la espera es una meseta yerma, prolongada de manera indefinida. Así por ejemplo, la voz en off de Julie, en Je tu il elle, que imagina reclamos a su interlocutor ausente: “Esperé que todo terminara o que algo sucediera… que yo creyera en Dios o que me mandaras guantes para salir al frío”. Esperar que pase algo sabiendo que nada va a pasar. Y seguir esperando. En esa postergación del acontecimiento, cualquier transformación adopta la forma de una interrupción, una ruptura o una explosión. De hecho, en Saute ma ville –el primer cortometraje de la realizadora–, es literalmente una explosión de gas la que permite arribar al final, luego de que la adolescente ha limpiado y ensuciado (ha limpiado ensuciando) todo en la cocina. El caos y el orden se superponen sin que medien nexos causales. O como en Je tu il elle, donde la mujer se desviste para cubrirse con esas mismas ropas o tacha la interminable carta a su amante y luego sucumbe al impulso de clavar las páginas al piso. El gesto tiene dos caras, de exceso y de rarefacción, pero siempre es compulsivo. Idéntico valor tiene la irrupción violenta y silenciosa del asesinato en Jeanne Dielman: nada hacía preverlo. Había muchos datos o había muy pocos. Jeanne comete el crimen con la misma actitud desapasionada con que ha llevado a cabo las tareas de la casa. Ninguna causalidad progresiva: pelar papas, ejercer la prostitución y asesinar son actos nivelados en una misma serie. Privadas de la organización jerárquica de un relato convencional, las imágenes resultan demasiado importantes o demasiado insignificantes. Pero nunca son imágenes plácidas, plenas, satisfechas.

Podría pensarse que la obra de Chantal Akerman demuestra cómo –incluso en los casos más extremos– la narración subsiste, cómo sobrevive aun luego de ser sometida a un planteamiento radical de las peripecias. Sin embargo, también podría pensarse que sus films redefinen completamente la noción de relato: una acumulación de situaciones carente de teleología que se resiste a encadenar las imágenes dentro de una historia (en Hotel Monterrey, News from home, D´Est, Histoires d´Amerique o Toute une Nuit); o bien una estructura de melodrama a tal punto desdramatizada que la sucesión de situaciones triviales revela una causalidad absurda cuando irrumpe el desenlace (en Saute ma ville, Nuit et jour, Je tu il elle o Jeanne Dielman). Organizados sobre un encierro angustiante o sobre una dispersión insoluble, se trata de films cuya progresión no viene dada por la expectativa ante un giro de los acontecimientos sino, justamente, por su capacidad para predecir las repeticiones. En vez de la sorpresa, es la anticipación lo que sostiene la trama: intuir un gesto, saber que sucederá y comprobar que ha tenido lugar. Akerman descubre una dramaturgia de lo previsible: una situación discreta, de muy leve intensidad, cuya estructura se determina a partir de pequeñas variaciones.

Apoyándose en el concepto de schemata (esquemas mentales de saberes, a partir de los cuales el espectador construye hipótesis percepctivas con las que decodifica los sucesos del film en un proceso de ensayo y error), David Bordwell intenta sistematizar los modos en que la narración cinematográfica produce sentidos. Así, el problema de la comprensión se dirime entre la satisfacción o la decepción de expectativas: comprender una narración es poder asignarle alguna coherencia. Pero este enfoque presupone cierta naturalización de formas canónicas a partir de las cuales toda diferencia debería analizarse como desvío. En su dispersión, en su insignificancia, en su ausencia de teleología, los films de Akerman desafían ese supuesto sobre el que parecen articularse otras narraciones más convencionales. Lo que los hace funcionar es un motor diferente al de la mayoría de los films (documentales o argumentales). Porque estas películas se enfrentan al dilema de casi no ser películas, siempre a un paso de ese umbral en el que ya no se justificaría que sean filmadas. Y esto se debe tanto al tipo de materiales a los que recurre como al tratamiento que los informa. En una conversación entre Julie y Jack, Nuit et jour explicita los fundamentos de esa poética:

– En los libros las personas se casan y viven felices y tienen muchos hijos. Ese es el final de la historia.

– Si está al final, es algo hacia donde uno se dirige.

– Y nosotros nos vamos hacia ahí.

– Puesto que seguimos acá.

– Sin embargo podríamos ir a alguna parte.

– ¿Pero adónde?

– Lo sabremos al final de la historia.

– Pero no tenemos ninguna historia. ¿No se dice acaso que un amor feliz carece de historia?

– Sí, es cierto.

– Entonces no tenemos ninguna historia.

– Sí, tenemos una; pero es una historia poco agitada.

Quizás el cine de Akerman consiste en relatos poco agitados. Habría que decir que con eso no se puede hacer una película y, ciertamente, el cine de Akerman es el cine que no puede (no debería) hacerse. La pregunta es: ¿hay ahí un objeto narrable? Al igual que en los textos de George Perec, la preocupación de Akerman radica en cómo interrogar a lo “infraordinario”, cómo describirlo, cómo hacerlo hablar. El desarrollo de un film como Jeanne Dielman trae a la memoria el sueño de Cesare Zavattini: filmar noventa minutos de la vida de una persona en su pura cotidianidad. Sin embargo, en el ideal neorrealista de un film sin argumento, la representación todavía se apoya en la identificación con el héroe (si carácter ejemplar), en cierta finalidad de la narración y, por lo tanto, en su capacidad para revelar una totalidad social. En todo caso, la originalidad del neorrealismo (lo que Deleuze denomina el ascenso de situaciones ópticas y sonoras puras por oposición a las sensaciones sensoriomotrices del realismo tradicional) consiste en el reconocimiento de una fuerte carga significativa en los objetos y en los medios, que dejan de ser funcionales a una determinada acción. La estética de Akerman se acerca más al gesto excesivo e indolente de Andy Warhol: apoyándose en lo literal, los personajes se niegan a la ejemplaridad, las acciones rechazan la sinécdoque y la representación se vacía de todo fin. Es lo que Didi-Huberman llama un objeto tautológico: un volumen sin síntomas y sin latencias.  Eso no quiere decir que en el cine de Akerman no ocurra nada (nada es lo que sucede en los films de Andy Warhol, en Empire o en Sleep, donde la acción dramática ha sido eliminada por completo). No es que no pase nada, no es que no haya nada para ver. Al contrario: hay demasiada información en films como Hotel Monterrey o News from home. La cámara se instala en un vagón de subterráneo o en el ascensor de un hotel para registrar un recorrido en su totalidad. Las puertas se abren y se cierran; un piso, una estación; gente que sube y que baja; alguien mira la cámara sorprendido e intimidado; la cámara viaja, avanza en línea recta o va y viene entre los pisos; las puertas se abren y se cierran; a veces no sube ni baja nadie; a veces sólo las puertas que se abren y se cierran. Eso es todo, pero es demasiado. La cámara fija y el plano extendido proporcionan más información que la necesaria para leer esa imagen. Ese exceso de visibilidad, allí donde lo familiar nunca deriva en lo excepcional, termina por proyectar los detalles hacia el centro de la escena, nivelándolos en una pura superficie difícil de procesar.

Si el cine de Akerman es hiperrealista, es porque instala la imagen en un punto donde resulta imposible decidir entre lo sustancial y el detalle, entre lo concreto y lo abstracto, entre lo literal y lo simbólico, entre lo real y la representación. Ivone Margulies rastrea minuciosamente esa oscilación en los dos linajes de la cineasta durante los años 60 y 70: el structural film, el minimalismo y el hiperrealismo del cine experimental americano (Andy Warhol, Michael Snow) y el antinaturalismo del cine europeo moderno (Eric Rohmer, Robert Bresson, Carl Dreyer). Dice Akerman: <<Cuando se observa una imagen, un segundo basta para obtener la información: “eso es un pasillo”. Pero luego de un rato uno se olvida de que es un pasillo y sólo ve que es rojo, amarillo, líneas. Y entonces regresa como pasillo>>. El sentido es relacional; surge de la capacidad para reconocer lo iterativo en diferentes ocurrencias aisladas, más allá de lo contingente. En los films de Akerman, las cosas y las personas manifiestan una imperturbable resistencia a abandonar su singularidad concreta e inscribirse en una estructura que las resignifique en un nivel simbólico. La realizadora ha dicho que su estilo documental bordea la ficción; de la misma manera, podría decirse que sus ficciones derrapan desde el registro documental. Aunque sin duda hay más que eso. En un documental o en un film de ficción documentales, las cosas suceden independientemente de la presencia de la cámara o bien son puestas en escena para ella, pero siempre porque significan algo. Tienen un valor ejemplar. A veces, en los films de Akerman, no es posible esa certeza. La connotación es aquí una violencia, un forzamiento: más que una segunda dimensión de la imagen, impone una decisión entre dos tipos de imagen que se impugnan mutuamente. Por lo tanto no se trata de una dudosa diferencia entre ficción y no ficción, sino de la frontera entre lo filmable u aquello que no merecería (que no debería) ser filmado.

(continúa aquí)

chantalDavid Oubiña, Filmología. Ensayos con el cine, Manantial, Buenos Aires, 2000

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