Defensa del cine portugués, por Manoel de Oliveira (2010)

 

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En defensa de los realizadores y de los productores de películas portuguesas en este momento difícil por el que estamos pasando, en defensa de esta buena causa, tengo que decir lo siguiente:

Las películas portuguesas nunca fueron ruinosas para el país y sus gastos creo que estarían entre los más bajos en relación a la mayor parte de los países. Es cierto que el momento es de crisis, pero el cine portugués está lejos de ser motivo de ruina para el país y ello exactamente por lo siguiente:

Cada una de nuestras películas moviliza a un grupo de actores, otros tantos figurantes y un equipo técnico completo.

Este conjunto de contratados utiliza transportes, restaurantes, hoteles, etc., etc. Y toda esta gente, con aquello que gana, hace las más variadas compras con esas pequeñas ganancias de su trabajo, y esto, más allá de los gastos que los propios rodajes están obligados a hacer para producir cada una de sus películas.

Además: todos, sea dentro o fuera de la película, pagan impuestos, y esos impuestos, sacada la cuenta, serán cercanos, si no iguales o superiores, al subsidio que el Ministerio de Cultura otorga a cada una de esas películas. Lo que quiere decir que el Estado viene a cubrir o incluso a recibir más que los subvención que da a cada película.

Y quiero decir además:

Más tarde las películas pasan a ser exhibidas en el país, y muchas veces vendidas a otros países. Algunas de mis películas han ido por el mundo, por cerca de 27 países (y lo mismo les pasará a otros colegas), dando a conocer nuestras expresiones cinematográficas y culturales, toda vez que el cine representa una síntesis de todas las artes. Aparte suponen un refuerzo del lucro de los productores, que es un lucro favorable al país como sucede con los libros, la pintura o la música.

Así como las televisiones nacionales muestran a sus países lo esencial de lo que ocurre en el mundo, el cine nacional divulga la cultura de cada país en el mundo.

Nunca me sentí un “peso” para los gobiernos de mi país. Me limito a hacer mi trabajo, para el que siento que he nacido, lo mejor que sé y puedo, tratando de interrogar los seres, las cosas, nuestra historia y el mundo a través de las películas que tuve el privilegio de realizar. En tiempos de la dictadura, fui a hacer un curso de fotografía a Leverkusen, ofrecido por la Bayer, en sus estudios de Agfa. Luego fui a Munich, donde compré en Arnold Richter una cámara de cine. Puse en una carretilla todo lo necesario de imagen y sonido para filmar en cualquier lugar e hice la primera película en color revelada por la Tobis: O Pintor e a Cidade, que ganó mi primer premio en el Festival de Cork, el Arpa de Plata. Y a continuación filmé yo solo cuatro películas, incluído Acto de Primavera, el único para el cual recibí una ayuda del SNI, por tratarse de una película religiosa para la que tuve como asistente al malogrado António Reis.

Señora Ministra, le ruego que piense bien en los verdaderos problemas que estamos viviendo, de modo que encuentre soluciones eficaces y justas. No pregunte cuánto gana un cineasta que a veces trabaja durante dos años volcado repetidas veces sobre un guión que debe ajustar a los reducidos costes de producción, como fue el caso de algunas de mis películas y en particular del Estranho Caso de Angélica. Nosotros, realizadores, nunca tenemos derecho a ninguna reforma. Cada realizador gana su salario sólo cuando filma, sin garantía ninguna de continuidad. No pregunte cuánto gana un actor o un bailarín. Calculo que sabe que no es mucho y que su gloria futura vendrá a ser morir pobre.

Pregúntese en cambio cuánto percibe el administrador de Lusomondo/Zon, el ratero, aquel que esconde nuestras películas y que desde que tiene un contrato no responde, y que no nos responde ni a nosotros ni a aquellos que quieren ver y mostrar las películas portuguesas.

En este momento difícil pienso sobre todo en nuestros colegas los realizadores más jóvenes. Para ellos, estos recortes son profundamente injustos. Y pienso que, como yo, no podrán sobrevivir sin una Filmoteca Nacional fuerte que pueda enseñarles, hoy y en el futuro, lo que es la historia del cine. No podrán sobrevivir sin un laboratorio de imagen y de sonido como la Tobis, donde hace más de setenta años que hago mis películas. Necesitan una ley del cine que efectivamente proteja el cine portugués. Es preciso que se nos escuche para eso. Ellos, como yo, han vivido hasta ahora en la precariedad y en la inseguridad, sin reforma ni subsidio de desempleo, y sin nunca saber si la película que hacemos será la última. Ellos, como yo, sólo tenemos un deseo: todos aspiramos a morir haciendo películas.

Manoel de Oliveira, realizador.

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