Al Jolson, por Fernando Quiñones

These stills were issued in 1998 as part of Warner Bros. 75th Anniversary    Al Jolson ha muerto. Al Jolson se ha marchado, a su buen estilo americano, dinámico y decidido, con medio dólar de brillantina sobre el pelo planchado y el abrigo elegante de salida de teatro embutiendo su cuerpo rechoncho de gran luchador por la vida. Y debe andar ahora por no sé qué cielos de celuloide y candilejas, enredando sus canciones en las nubes primeras a las que llegan perfectamente las luminarias de Manhattan y Brooklyn. Al Jolson tendrá ahora tiempo más que sobrado para contabilizar su vida. Y su arte. La vida de Jolson fue alegre, desenvuelta, rica. Conoció las penas del suburbio y las mieles de la opulencia. Zapateó sus bailes y dejó oír sus canciones en el café modesto y en el tremendo aparato de los estudios de Hollywood. Alegró con lo que sabía hacer a muchos espectadores de todo el mundo y fue pregonero feliz del cine hablado, este milagro que mueve nuestra pluma.

Bueno, pues en estas cuentas aljosonianas de vida y arte hay mucho y muy estimable material que anotar. Al segundo cifrado no es que le arrendemos mucho las ganancias, pero en realidad no podemos establecer una entera diferenciación entre los dos balances.

Ahora tratamos de recordarle y la verdad es que llenamos las cuartillas sin demasiada añoranza, pero con una bienentendida comprensión. Tenemos todos muy presente a aquel negro de mentirijillas que gangoseaba ante los micrófonos y en los escenarios unas bobotas canciones en las que manifestaba su deseo de volver a su precioso hogar de Carolina, afirmaba no cambiar por nada su chica telefonista del Bronx y proclamaba, con entusiasmo digno de mejor causa, que no hay como el verdadero amor para combatir el dolor de cabeza. Tampoco se nos irá de la memoria así como así la “claqueteante” imagen de Jolson en un lírico fondo de salvavidas y coristas vestidas de sirena o gato. Y muchísimo más cerca tenemos el perfil de su rostro popular, de luchador en borrascosas e inocentes escenas de camerinos y bailes a media luz…

Figura simpática, amable y representativa la de Al Jolson, a falta de otros más delicados matices. Tipo genuinamente norteamericano, mentalidad sencilla y sana, esforzado paladín de un estilo general y agradable, extensivo al señor investigador y al soldado con niñera, surgido y encumbrado de su propio esfuerzo.

Hemos tratado solamente de recordarle. Y la verdad es que ya no hay para más. No nos hemos llenado de mucha añoranza. Pero sí de una comprensión, de una simpatía y de un casi afecto. Palabra.

Fernando quiñones

La Voz del Sur, 5-XI-50. Posteriormente publicado en Celuloide al canto y otros artículos de cine, Alcances, 1999.

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