Pere Portabella. La radicalidad del cine, entrevista por Josep M. Muñoz (II)

Brossa i Portabella Gener 1959

(viene de aquí)

– ¿Qué impresión tuvo de la Barcelona de la posguerra?

– De aquella primera etapa, nada en particular… Vivíamos en la calle Balmes con Travessera de Gràcia, delante de los Escolapios, el colegio al que fui y donde coincidí con Tàpies. Recuerdo los veranos, que pasé en Moià. Estábamos muy cerrados, muy protegidos. Lo que pasaba fuera no nos llegaba.

– Usted ha dicho que tuvo una “una mala educación”.

Tuve una experiencia justo antes de la guerra con los Hermanos de la Doctrina Cristiana, una orden francesa que regía un colegio de Figueres. De los cuatro hermanos, mi madre decidió que tenía que internarme, porque yo iba demasiado a mi aire. Era el segundo hijo y batallaba como un condenado por ser el preferido de mis padres; intenté seducirlos y lo conseguí. A mi madre, que vivió hasta los 97 años, siempre le pregunté, hasta que tuvo alzheimer: “Exactamente, ¿por qué me internaste a mí y no a los otros?” Y repetía eso de que iba a la mía y que además alborotaba a mis hermanos. Mantenía un coqueteo constante con ella. Cuando hablo de la mala educación, me refiero a que el colegio Hermanos de la Doctrina Cristiana era muy duro. Eran represivos, con un catolicismo sólido, a la francesa. Coherente con lo que decía mi madre, yo mantenía una actitud abiertamente beligerante. Durante el fin de semana, sólo nos quedábamos los pocos internos sobre los que la dirección del colegio había aconsejado a nuestras familias que no nos dejaran salir. Mi madre, que debía tener mala conciencia, uno de esos siniestros sábados me vino a ver y me trajo dos merengues, ya que soy muy goloso. En el momento en que me los iba a dar, los tomó al vuelo un cura que estaba con nosotros. Al día siguiente, a la hora de desayunar, los merengues no aparecían. Me levanto, me planto delante del cura y le pido los merengues. ¡La “bronca” fue monumental! No se argumentaba nada, y se castigaba rotundamente, de la peor manera. El castigo que más temía: sábado por la tarde, a la hora del cine, colocado de espaldas a la pantalla y apoyado en la pared frente a todos los espectadores sin poder ver la película, sólo el sonido, que aún lo hacía más duro. De allí me sacó la guerra civil. Esta es la historia. Y no lo recuerdo trágicamente, simplemente me sentía tratado injustamente y no lo soportaba.

Justo después de la guerra fui a los escolapios, que eran absolutamente unos indocumentados, prácticamente analfabetos, salvando alguna excepción. La represión contra los maestros de la república fue muy dura. No pararon hasta eliminarlos o forzarlos al exilio. El panorama era realmente desolador. Lo pasé como pude. La primaria y la secundaria fueron un desastre. Por eso hablaba de pésima educación.

– ¿Cuándo rompe con este mundo tan recluido?

– Mi relación con personas vinculadas a las vanguardias artísticas fue decisiva. Estimularon mi interés y curiosidad. Una mirada crítica, distanciada del mundo que me rodeaba. Como consecuencia de esa experiencia, me comprometí políticamente, por un imperativo cívico y ético, sin militar nunca en ningún partido. No he separado nunca mi actividad como cineasta de la política, porque surge al revés. Es a través de una reflexión sobre lo que significa la aparición del informalismo, la transgresión de los códigos, la negación de la sacralización de la obra de arte como objeto, el conceptualismo, de una manera muy intensa, que afianzó mi mirada crítica sobre el entorno.

– En este sentido, es decisivo su encuentro con el grupo que se había creado en torno a Dau al Set, liderado por Joan Brossa y cuyos miembros tenían la característica común de vivir en torno a la plaza Molina de Barcelona.

– Todos éramos vecinos. En la plaza Molina, Ponç; en la calle Alfonso XII, detrás de donde vivía yo, Brossa. Dos números más arriba, Tàpies, y seis o siete más abajo, Cuixart. Esto nos salvó. Brossa había estado en la guerra, era el mayor. Joan Ponç, intuitivo, potentísimo. Cuixart tuvo un papel diferente. Dejó la pintura durante unos años para dedicarse a hacer estampados en Lyon, y no se recuperó nunca más. De pronto encontré las condiciones para canalizar mis inquietudes. Para mí fue espectacular, como una implosión interna. Encontré apoyo por parte de todos ellos, sobre todo de Brossa y de Tàpies.

– En aquel momento, parece que usted quería ser escultor.

– De todos nosotros, el único que no hacía nada era yo, porque no sé dibujar, ni leer una partitura. Lo único que estuve a punto de hacer eran cuatro esculturas, urbanas. Entonces ya creía que lo importante era la idea, el proceso a partir de la idea, y que el resultado era precisamente el proceso, y que el objeto era secundario, lo que llamó muchísimo la atención de Cirici, mientras anotaba lo que yo le explicaba. Me olvidé, y al cabo de dos o tres años, aparecieron en un libro suyo, donde están muy bien explicadas. Yo estoy encantado porque no las he tenido que hacer: las lees y las ves.

Otra interpretación de la mala educación es que viví protegido en un ámbito social que no se correspondía con la realidad exterior. Vivíamos felices, éramos los más guapos y nos relacionábamos entre nosotros, primos hermanos y amigos de otras familias similares, todos tenían sus casas con jardín y piscina… Yo lo viví como una compensación a lo que había pasado. El azar me hizo coincidir en un territorio con unas personas que para mí fueron básicas.

– ¿Con ellos descubre el cine?

– No. Me estimuló el hecho de vivir mis inquietudes atizando por la curiosidad y el interés de una manera crítica por sumergirme en este mundo tan complejo como apasionante. Perder el temor por lo desconocido y descubrir la aventura como una forma de vida. Esto es lo que hicieron los informalistas y el arte conceptual. Sin sufrir, muy seguro de lo que hacía. La política desde la clandestinidad y el cine desde la marginalidad.

– Usted ha sido de todos modos un realizador intermitente, y hasta hace poco sólo había visto estrenadas en el cine tres películas suyas.

– Me alegro que ahora se reconozca el Vampir aquí, ¡la hice hace 38 años! No ha sido nada duro, porque paralelamente he hecho otras cosas. En 1972 hice Umbracle, en 1976 Informe General y en 1989 Pont de Varsòvia; mientras, formé parte de la Comisión Constitucional del Senado, y eso no lo cambio por ninguna película. Es muy curioso que en mi oficio de cineasta, haber ido a la Documenta de Kassel o estar en el MoMA, no cuenta. El cine ha generado una producción institucional, canónica, y ha creado sus mercados, y unos premios a los mejores, el Oscar, los Goya, el festival de Cannes, etc… Todo eso lo he vivido muy plácidamente desde fuera. Todo empieza porque tuve la suerte de ir a parar a una calle determinada.

(continúa aquí)

03- Portabella,Tapies, Brossa

L’Avenç, nº 339, octubre de 2008.

Pere Portabella en Tienda Intermedio DVD

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