Je vous salue, Marie!, por John Waters (II)

hailmary04    Viene de aquí

La María de Godard trabaja en la gasolinera de su padre y es aficionada al baloncesto. José es taxista. Antes de que el espectador pueda decir <<el Señor es contigo>>, llega el arcángel Gabriel para vigilar a José (en un plano obsesivamente hermoso de un avión, lo que parece ser la firma de Godard en sus últimas películas). Acompaña a Gabriel su secretaria, una extraña muchacha que se parece a la misteriosa niña de La ruleta china de Fassbinder. Juntos realizan una serie de cosas surrealistas, como atar los cordones de los zapatos de Gabriel a dúo, cada uno con una mano. María, una chica completamente normal, se siente embarazada, imagina lo que se le viene encima y, como es algo que no había previsto, queda desconcertada. José no se ha acostado nunca con María, así que es bastante escéptico cuando Gabriel le explica por qué espera un niño, y no se cree los alegatos de María cuando proclama: <<No me he acostado con nadie>>. <<Por Dios, esto es increíble>>, dice José con cara muy seria. <<Debes haber estado acostándote con tíos con pollas enormes>>. María va al ginecólogo y pregunta: <<¿Las almas tienen cuerpo?>>, y él confirma sus temores. <<Dígaselo a José>>, le ruega María.

María empieza a desvariar un poco a causa de la santidad. Sueña con fragmentos de oraciones y se azota a sí misma en la bañera tratando de librarse de sus deseos impuros. Al menos no tiene vómitos matinales. José también lo está pasando mal. María le riñe por sus tonterías (le lee cosas a su perro y no ha oído hablar nunca de Shakespeare). Gabriel y su secretaria se meten con él por ser un dejado e ir siempre mal vestido. Y lo que es peor, María rechaza todas sus insinuaciones sexuales. <<¿Por qué te repele mi cuerpo?>>, se queja José antes de perder los estribos y empezar a darle bofetadas. Para hacer que se calle, ella finalmente deja que le toque un poco la pierna, sólo un poquito, y supongo que los teólogos deberán debatir si éste fue o no el primer pecado venial de María. <<¿Puedo verte desnuda aunque sea una sola vez?>>, ruega José. <<Sólo miraré>>. María no duerme de preocupación. Después de todo, ella no pidió ser la Virgen María. <<¿Por qué yo?>>, parece que va a chillar en cualquier momento. Finalmente, María cede y permite que José la vea cuando se desnuda, pero nada de magreos, como si llevara puesto un cartel de <<Prohibido tocar>>. José: <<Te quiero>> (tratando de acariciar su cuerpo desnudo). María: <<¡No!>> De repente aparece Gabriel no se sabe de dónde y aparta a José de la tentación gritándole: <<¡Es la ley!>> Todo esto con hermosos planos intercalados de nubes, el sol, la luna, trenes a toda velocidad, y acentuado por una banda sonora experimental sin parangón: insectos, chillidos, viento fuerte; mejor que el sonido Dolby. Finalmente, permiten que José ponga su cabeza sobre el hinchado vientre de María y se resigne con su papel: <<Nunca te tocaré. Ni te abandonaré.>>

María empieza a musitar toda clase de lunáticos monólogos interiores: <<El Padre y la Madre deben follar encima de mi cuerpo, y así Lucifer morirá>>, <<Dios es un vampiro>>, y otras insensateces similares que llevan la pedantería un paso más allá de la hilaridad, hasta culminar en una especie de elocuencia demencial. Continúa asistiendo a esos malditos partidos de baloncesto, sin que parezca importar su creciente preñez, y, como no tengo idea de la clave del simbolismo de esas escenas, me pongo a meditar sobre una noticia que leí recientemente acerca de una mujer embarazada que fue detenida por error en una tienda de artículos deportivos porque sospecharon que había robado un balón de baloncesto y lo escondía bajo su vestido.

No vemos el parto, pero oímos llorar a un niño sobre planos sorprendentes de aviones volando, nieve y, lo más desconcertante, un quitanieves. Corte, y aparece una puñetera vaca. Oímos al preocupado padre de María preguntarle a la nueva madre: <<¿Llamará papá a José?>> <<Así es la vida>>, contesta María con su habitual falta de humor. Y entonces vemos nada más y nada menos que un burro. ¡Un hermoso burro! Encuadrado con todo respeto, el mejor plano de la película. Yo casi me esperaba que dijese con la voz de Chill Wills: <<¡Dios te salve, María!>>, pero, definitivamente, no es esa clase de película.

Cuando por fin se ve al niño, tuve un desengaño. Su cabeza no brilla. No es Damien. A medida que va creciendo hace cosas como meter la cabeza debajo de las faldas de María. <<Está ya muy crecidito para verte las vergüenzas>>, advierte José. El Niño señala a la altura de la entrepierna y pregunta: <<¿Qué es eso?>>, y, lo juro por Dios, María le contesta: <<Un seto>>, lo que debe pertenecer a la misma familia que <<pelambrera>>. Me sorprende que no le envíe a la escuela de Summerhill. <<Aquel que es tu padre puede que te olvide, pero yo estaré a tu lado>>, le dice José. Cuando el Salvador se va de casa, diciendo: <<Tengo que cumplir lo que mi Padre me ordena>>, José pregunta: <<¿Cuándo volverá?>> María responde con lo que debe ser la frase más divertida de la película: <<Por Pascua>>.

El final no tiene desperdicio. María se dirige a su coche en un aparcamiento y Gabriel, al que ella no reconoce, la espera. <<¿Señora?>>, repite varias veces, pero los pensamientos de María están en otra parte. Finalmente, advierte su presencia y responde con aire ausente: <<¿Sí?>>, y él le contesta con reverencia: <<Dios te salve, María>>. Creí estar a punto de levitar en mi butaca. Es la mejor escena en que se nombre el título de una película en un diálogo. Mejor todavía que Taylor y Burton diciendo <<Boom!>> sin razón aparente o Debbie Reynolds haciendo la pregunta cinematográfica del siglo: <<Bien, ¿qué pasó con Helen?>>.

María finalmente enciende un cigarrillo (mucho menos blasfema que Jane Fonda fumando sin parar de manera poco convincente en Agnes de Dios), se pinta los labios, y mientras escuchamos un coro angelical, dice: <<Soy la Virgen>>. La cámara se acerca para tomar un primer plano de los labios de María, lo que resulta una parodia no intencionada de los créditos y carteles anunciadores de The Rocky Horror Picture Show. Fin. Pasen directamente al infierno.

Esta película puede parecer escandalosa, pero no lo es, créanme. Aunque la fotografía es extraordinaria, la interpretación es excelente y el guión está garantizado para hacer sonreír a cualquier católico con sentido del humor, es también muy confusa, una especie de película de arte y ensayo en versión popular. En la mayoría de los filmes de Godard, la mitad del tiempo no tengo ni idea de lo que pasa en la pantalla, algo que me gustaría poder decir de muchas películas de Hollywood. Pero al público en general no le va a gustar. Es el Snuff de los filmes de arte y ensayo; toma el dinero y lárgate antes de que se corra la voz y se proyecten otras obras escandalosas que, como Soy curiosa, obligan a estar sentado un montón de tiempo para comprender el porqué de tanto escándalo.

El filme es reverente dentro de su peculiar estilo irónico. (Algunos representantes de la prensa católica lo han alabado, y, como cabía esperar, ganó el Premio de la Oficina Católica del Cine en el Festival de Berlín). Como ex católico, Je vous salue, Marie! me hizo reflexionar profundamente sobre religión por primera vez en varias décadas. ¿Quién sabe el efecto que puede producir esta película sobre mi espiritualidad? Con tanta gente como hay en el mundo, nunca hubiera creído que fuera Godard el que me tentara para regresar al seno de la Iglesia. Ahora, como mínimo, tengo un respeto renovado por la originalidad y la irracionalidad del dogma de la Inmaculada Concepción. Quizá ya no volveré a indignarme tanto como solía al escuchar historias de infancias traumatizadas por una educación católica, como la que me contó hace poco una amiga mía llamada Mary: durante todo el curso, en el colegio, las monjas enseñaban a las alumnas un misterioso agujero en la pared trasera de la sala de clase. Una a una, las chicas eran conducidas a mirar por él, pero tenían prohibido revelar lo que veían. Cuando finalmente le llegó el turno a Mary, se acercó con aprensión, metió la cabeza, y vio su cara reflejada en un espejo y enmarcada por los hábitos monjiles. Era el aspecto que tendría si se hiciera monja. Me pregunto si la hermana que la acompañaba susurró: <<Dios te salve, María!>>.

¿Es el sacrilegio el único tabú que queda? Ahora que el sexo y la violencia han sido aceptados por Hollywood, ¿es este el único método de aumentar  el número de espectadores que buscan nuevos géneros de cine escandaloso? ¿Habrá una proliferación de películas sacrílegas? ¿Hará Russ Meyer La historia de María Magdalena? ¿Tendrá que vérselas Paul Schrader con los herederos de Judas? ¿Puedo realizar yo la versión estadounidense de Je vous salue, Marie!? Divine estaría fantástica haciendo ese papel, y si algún anticuado gay de entre el público gritase: <<¡Oh, María!>>, podría empezar una nueva forma de rezar, más moderna. ¡Oh, María! ¡Dios te salve, María!

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John Waters, Majareta, Anagrama, 1990. Traducción de Kosián Masoliver Millet.

Jean-Luc Godard en Tienda Intermedio DVD

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