Jean-Luc Godard hace hablar a Roberto Rossellini

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Un cineasta es también un misionario. (Declaraciones inventadas por Jean-Luc Godard.)

De todos los grandes cineastas, Roberto Rossellini es a la vez el más admirado y el más atacado. Los aplausos que saludaron a escala mundial a Roma, ciudad abierta se hicieron cada vez más raros a medida que las pantallas pasaban Alemania, año cero, Europa 51, Stromboli, o no pasaban La macchina ammazacattivi y Dov’è la liberta?

Así es como La paura salía el año pasado en un miserable cine de barrio mientras que Paisà, no hace tanto tiempo, entusiasmaba al festival de Cannes. Pero, como Sócrates (de quien tuvo el proyecto de filmar la muerte) y San Francisco de Asís (de quién filmó la vida), Roberto Rossellini, abandonado por casi todos, se lanzaba a tumba abierta, sin escuchar ya a nadie, a través de las estrechas puertas de su arte. La humildad y la lógica eran los dos únicos faros que iluminaban este viaje al final de la noche cinematográfica, viaje que le llevó a la cuna de la civilización indoeuropea. Hoy, Roberto Rossellini vuelve de ella con India, una película que es la igual de ¡Qué Viva México! o El nacimiento de una nación, y que prueba que esta estación en el infierno llevaba al paraíso, porque India es bella como la creación del mundo.

La India son quinientos millones de hombres. Más de la cuarta parte del género humano. Me parece que es una bonita cifra. En mi opinión, pues, hay  que conocer la India, o las Indias, como prefieran. Por eso he hecho no sólo una película, sino también varios reportajes en forma de documentales destinados a la televisión. Hoy, los países están apretados los unos contra los otros como sardinas. Se viaja cada vez más. Esto se convierte casi en una banalidad. Dicho de otra manera, la vida de familia se amplía a escala mundial. Por consiguiente, lo más importante es conocer al prójimo. Porque, antes de amarlo, es preciso conocerlo. Me acusan de hacer películas como francotirador. Pero es precisamente para esto: salgo de reconocimiento. Un misionero es ante todo un explorador, un cineasta pues. 

Ante todo, es preciso conocer a los hombres tal como son. Y el cine está ahí para eso, para filmarlos bajo todas las latitudes y en todas las aventuras, desde todos los ángulos, los buenos y los malos. No es por nada que los objetivos de una cámara se llaman así. Hay que tratar de aproximarse a los hombres con objetividad y respeto. No se tiene el derecho de filmar a un personaje horrible con la intención, al mismo tiempo, de condenarlo. Yo no me permito jamás establecer un juicio sobre mis personajes. Me contento con mostrar sus hechos y gestos. Era Balzac, creo, quien a menudo decía al principio de los últimos capítulos de sus novelas: “¡Y ahora los hechos hablan por sí mismos!” E ir hasta el fondo de las cosas no quiere decir nada más que eso. Hay que llegar a ese punto extremo en el que las cosas hablan por sím mismas. Lo que no significa únicamente que hablan por sí solas, sino que hablan de lo que son en realidad. Cuando muestras un árbol, es preciso que te hable de su belleza de árbol, una casa de su belleza de casa, un río de su belleza de río. Y los hombres y los animales también. Un tigre, un elefante, un mono es tan interesante como un gánster o una mujer de mundo. Y viceversa. 

El peligro, hoy, es que uno se plantea falsas preguntas. Se resuelven miles de problemas. Pero ¡ay! son falsos problemas desde el principio. ¿Y por qué son falsos problemas? Porque agitamos a quién más mejor una bandera estúpidamente optimista. Todo marca formidablemente y, al final, uno se da cuenta de que ya nada va. Cuando es lo contrario lo que debería suceder. Un elefante, un tigre, una cobra jamás son optimistas ni pesimistas. Y con los hombres es lo mismo. Para conocerlos necesitaba, pues, acercarme lo más posible a este estado de cosas. Y he ido a la India porque era allí donde pensaba encontrarlo. Habría podido ir al Brasil, a  Siberia, a la Costa Azul o quedarme en Roma. Pero tenía ganas de ir a la India. Después de todo, es nuestra cuna común. 

Sigue aquí…

 

 

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Arts, número 716, 1 abril 1959.

Jean-Luc Godard en Tienda Intermedio DVD.

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