Serge Daney, por Víctor Erice (2)

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Viene de aquí.

Al igual que Serge Daney yo viví el cine, por primera vez, en los inicios de una posguerra que el tiempo convertiría en una de las más largas de la historia de este país. Ese teatro de la miseria del que Daney habla yo lo percibí un poco por todas partes, pero, especialmente, en el escenario donde los niños y adolescentes pasábamos la mayor parte de nuestras horas de ocio: la calle. También, en cierto modo, en las salas de cine. Sólo que en aquel entonces, en medio de una realidad bombardeada, no todas las salas eran iguales.

Había algunas donde ese teatro de la miseria aparecía totalmente al desnudo, despojado incluso de las imágenes victoriosas y las voces engoladas que difundían los noticiarios. Salas improvisadas en cualquier rincón, de bancos y asientos desvencijados, equipadas con un destartalado proyector que pasaba una y otra vez  las mismas copias deterioradas, como las que aquellas catequesis de media tarde en la trastienda de algunas iglesias que no veían otra manera de aumentar su infantil feligresía más que bajo la promesa de la proyección gratuita de una película de aventuras. Fue así como, en ocasiones, atraídos sin remedio por un título, mis amigos y yo llegamos a pagar un desmayado tributo de oraciones, jaculatorias y letanías para descubrir finalmente, en medio de la oscuridad, el único fulgor de la jornada dominical: un horizonte lejano, de grandes praderas y rocosas montañas, repleto de promesas, hacia el que poder cabalgar durante un rato en unión de nuestros héroes de leyenda.

Al anochecer, camino de casa, el rito cumplido, un silencioso desconsuelo nos invadía. No sólo era el sentimiento de que el día de fiesta se terminaba, y que un conjunto de deberes escolares pendientes era nuestro único horizonte, sino, sobre todo, una cierta melancolía, una sensación de derrota prematura y resaca, el recuerdo de nuestro pequeño tributo de humillación.

Fue así como empezamos a tener ojos también para percibir, como a través de una grieta, algo de lo que podía existir, escondido en la penumbra, detrás de las grandes elipsis del cine clásico: la otra cara de lo real, lo que Daney llamó “la otra escena”. Primer brote de una conciencia sensible a la sustancial ambigüedad de lo moderno, que ya nunca nos abandonaría, pero que a la vez, pese a todo, todavía nos ofrecía una manera de sobrevivir. Porque de una cosa sí creíamos estar seguros: aquel horizonte lejano, en el que brillaba el sol del futuro, era nuestro sin duda. Entonces, estaba claro, no cabía hacer otra cosa que aprender y aguardar con paciencia nuestra hora.

Esa hora, al menos tal como entonces la soñamos, nunca llegó. El futuro fue poco a poco difuminando sus perfiles, se hizo cada vez más huidizo y borroso según fueron pasando los años. En todo caso, aquel tiempo de los orígenes nos dejó lo esencial: las películas que, en expresión de Jean Louis Schefer, que Daney citaba siempre, “ont regardé notre enfance“; es decir, las películas que “han mirado nuestra infancia“.

Se comprende por qué la cinefilia es una historia de orfandades y de familias elegidas, y por qué igualmente el afán que guía al cinéfilo está presidido, en muchos casos, por una especie de falta, de carencia original. Daney lo ha expresado mejor que nadie: “La vergüenza de haber visto y no haber dicho nada trae consigo el desafío de ver todo, de sostener todo con la mirada, la aceptación de las aventuras más aberrantes del cine. Verlo todo como en un zoo, un todo encerrado con doble vuelta de llave en la caja del cine. Por un miedo retrospectivo a responder en el presente sobre el teatro de la caridad, el niño se dispone a esperarlo todo del cine de la crueldad. Esto ha durado mucho tiempo, y sin duda no acabará jamás.

Daney escribió siempre como si la clave de su propia historia residiera en la suma de las imágenes cinematográficas que había contemplado a lo largo de su vida. Fue trazando así los hitos de un itinerario espiritual que asumía la lección más valiosa, la más secreta también, de los grandes cinestas del pasado. Un itinerario a través del cual el cineasta-escritor alcanzó la madurez de un estilo que recuperaba para la crítica cinematográfica su más alta función poética.

En cuanto al cine -anotó Daney al final de su último artículo publicado en Traficme doy cuenta muy bien por qué lo he adoptado: para que él me adopte a su vez. Para que él me enseñe a palpar incansablemente, con la mirada, a qué distancia de mí comienza el otro.

 

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Texto leído en el homenaje público que, en el mes de marzo de 1993, la Filmoteca española dedicó a la memoria de Serge Daney, en el cual participaron el cineasta norteamericano Robert Kramer, el escritor Miguel Marías y Víctor Erice. Recogido en Archipiélago número 22.

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