Hacia el sur, de Johan van der Keuken, por Serge Daney (2)

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Viene de aquí.

Pero ir hacia el Sur es, después de todo, perder el norte. Hacia el Sur, la película, es lo más simple y directo que Van der Keuken haya logrado hasta ahora. Se trata de un relato de viajes, de algunas páginas arrancadas a un diario de a bordo, de un travelogue. El cineasta parte de Amsterdam y, dos horas y veinte minutos más tarde, se pierde definitivamente en la multitud del Cairo. Pasa por París, por la Drôme, Roma, Calabria. Aquellos que cruza en su camino y que responden a sus preguntas no tienen nada en común salvo esto: han aceptado su entorno, no quieren otro, quieren quedarse donde están.

En Amsterdam, unos jóvenes se organizan para okupar, se enfrentan a la policía y a la crisis de la vivienda. En París, en el barrio de la Goutte d’or, Ali, disminuido por un accidente de trabajo, vive en una habitación entre sus medicamentos y los cursos por correspondencia. En la Drôme, viejos vendedores de lavanda saben que la lavanda se vende mal pero siguen. En Roma una anciana eritrea cuenta su vida, lo cual no es poco. En Calabria un cura de aspecto testarudo lucha contra el éxodo rural creando un taller de costura. Y luego llegamos al Sur. Última estación: El Cairo. El cineasta se baja. La verdadera película comienza.

Porque he olvidado decir algo: Van der Keuken es un cameraman asombroso. Uno de los grandes. Lleva hasta paroxismos insospechados la pasión del encuadre. Digo bien: pasión. Calvario y éxtasis. El cine, para él, son veinticuatro encuadres por segundo. ¿Remordimientos de fotógrafo? Entre película y cliché, imagen que desfila e imagen detenida, una práctica singular, un poco asfixiante, del cine.

En Egipto, pues, las entrevistas no dan mucho. Se miente fácilmente al hombre de la cámara. Ofuscado, este baja a la calle y se pone a filmar la circulación. Un tren lleno, una multitud en pijama, carretas salidas de un peplum, coches que van al paso, niños sorprendidos, animales azorados, un polvo fino y, entre ellos, más rápido que ellos, el ojo del cineasta. Imágenes sin tema, baño de imágenes, imágenes que han, por fin, perdido el norte. Fantástico.

La cultura de Van der Keuken es la foto y el jazz. Hizo en su día una bonita película sobre Ben Webster (Big Ben) y su músico habitual no es otro que Willem Breuker. Filma como se dice que tocaban Charlie Parker o Bud Powell; todas las notas, sí, pero a una velocidad inaudita. Perdido en la masa del Cairo, Van der Keuken “toca el cine” como se toca el saxofón. Toca todos los encuadres, muy deprisa. Las panorámicas son como la exposición del tema, los desencuadres nerviosos son riffs, le reencuadres son coros, etc. Que se pueda. “tocar” el cine así es algo que sucede a menudo, por culpa de la manera miserable en que la tele utiliza el travelling óptico. El solista tiene que estar en forma. Cuestión de gimnasia.

Hace unos años Van der Keuken me dijo algo que, entonces, me llamó la atención. “Tener que llevar la cámara me obliga a estar en forma. Tengo que tener un buen ritmo físico. La cámara es pesada, al menos me lo parece. Pesa 11,5 kilos, con una batería de 4,5 kilos. En total 16 kilos. Es un peso que cuenta y que hace que los movimientos de cámara no puedan hacerse gratuitamente, cada movimiento cuenta, pesa.

Los grandes cameraman saben mejor que nadie cómo se puede liar a los otros en el rollo de película. Así que para no verse sobrepasados por su amor sin fe ni ley de la filmación, se inventan a menudo una red de seguridad, una regla del juego. Cada uno tiene su manera. Me gusta que para Van der Keuken la moral pase por el cansancio físico. Es una cuestión de desfase entre el tiempo de la palabra y el de la mirada. Hablar lleva tiempo, mirar no. Hay algo diabólico en ese desfase.

Hay que imaginar a nuestro documentiroso del Norte detrás de su cámara un poco demasiado pesada, haciendo preguntas  y filmando las respuestas y al mismo tiempo, tras el visor, hay que imaginarse ese órgano que cualquier cosa excita, que todo distrae, que segrega encuadre como respira, que va demasiado deprisa, que capta más cosas de las que querría: lo cómico involuntario, el vacío, el fetiche fácil, la belleza escandalosa: el ojo inmoral que, literalmente, pasa.

 

(La traducción del la última frase es apresurada y vaga. El ojo “s’en fout”, puede querer decir pasar de todo, pero también, quizás, referirse a la locura, y a saber qué más. Pero el ojo que “pasa” quizás, involuntariamente, también quiera decir algo.)

 

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Serge Daney en Libération, 2 de marzo de 1982. Recogido en Ciné-Journal Volume I.

Johan van der Keuken en Tienda Intermedio DVD. 

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