De la nocividad del lenguaje cinematográfico, de su inutilidad, así como de los medios para luchar contra él, por Luc Moullet (3)

 

Viene de aquí.

Dicho esto, el lenguaje cinematográfico tiene cuatro cualidades: primera, la claridad con la cual se conoce, gracias al esfuerzo de los investigadores, ha permitido establecer la lista de todas sus figuras, es decir, de todo lo que hay que evitar hacer. Es muy cómodo. Ciertas películas hacen así la crítica del lenguaje cinematográfico, que toman a contrapié para producir efectos sorprendentes. Es el caso de ciertas escenas de Godard, de Hitchcock, que dependen de la mediocridad del lenguaje cinematográfico.

Segunda –se trata de la excepción de la que yo hablaba antes–, los cineastas pueden respetar hipócritamente el lenguaje para hacer que el espectador se confíe y hacen pasar más fácilmente un pensamiento revolucionario, incluso acusando el conformismo social y psicológico de cuyo mismo principio el lenguaje cinematográfico no es más que uno de los reflejos, ofreciendo en ocasiones la propia película como holocausto. Es la línea de los cineastas más o menos anarquistas como Buñuel, Chabrol, Franju. Es la destrucción del lenguaje desde el interior.

Tercera, los cineastas pueden respetar las reglas del lenguaje y crear una obra original pese al lenguaje, por razones exteriores al lenguaje, que ni les añade ni les quita nada. Creo que casi todas las buenas películas guardan reminiscencias del lenguaje cinematográfico. Si les concedemos un valor, es porque presentan menos reminiscencias que las otras, porque éstas tienen poca importancia, porque se hacen olvidar y, sobre todo, porque hay algo más en la película. Nuestra apreciación se sitúa entonces en el dominio de lo relativo y no de lo absoluto: nos gusta porque no hay nada mejor. Esta tercera alternativa tiene una gran ventaja financiera, como parcialmente sucede con la precedente alternativa: asegura la carrera comercial de las películas.

Puesto que, cuarta, el lenguaje cinematográfico tiene sobre todo una ventaja monetaria: como es de fácil acceso para todos, es el principal elemento motor de la industria cinematográfica, que condiciona en parte el arte fílmico. Es por lo que los políticos y los tenderos del cine, los tenderos-políticos y los políticos-tenderos, adoran el lenguaje cinematográfico. Será pues imposible hacer desaparecer el lenguaje cinematográfico e incluso poco deseable: dado que el valor de las películas se establece con respecto a otras películas, es imposible que sobre cien películas haya menos de setenta y cinco malas películas. Más vale que esos setenta y cinco bodrios respeten el lenguaje cinematográfico, que aporta dinero, y no que estén orientadas hacia la mala vanguardia, que no. Esto evita el paro. Lo único que hay que evitar es que se pase lo que pasó en el mundo hace diez años, y que todavía pasa en Alemania, a saber que el noventa y nueve por ciento de las películas sean cine de lenguaje. Porque, en ese caso, el público es llevado al rechazo de todo arte, y de toda nueva forma de cine de lenguaje por lo tanto. La abolición de cualquier renovación, produce la quiebra tanto del arte como de la industria que, de cuando en cuando, tiene necesidad de esta pequeña dosis de novedad que constituye el nuevo escalón del cine de lenguaje, introducido por el arte.

Cada uno de los presentes en esta sala, crítico o cineasta, debe pues emprender una lucha contra el lenguaje cinematográfico, que deberá investir, para mayor eficacia, de una apariencia ofensiva, pero que de hecho es una defensa, puesto que el arte es y será siempre minoritario con respecto al lenguaje.

Los cineastas, en la medida en que no estén constreñidos por las necesidades materiales, deberán rechazar hacer cine de lenguaje; deberán incluso rechazar el doble juego que he evocado, creación desde el interior o desde el exterior del lenguaje, puesto que, al respetar las reglas del lenguaje sin aceptar su espíritu, serán siempre vencidos por aquellos que sí respetan su espíritu, es decir, por los comerciantes, que les machacarán. Los críticos deben estudiar la historia del cine, aprender por ellos mismos y hacer aprender que con el lenguaje cinematográfico pasa como con las religiones: que el lenguaje cinematográfico conocido no es el único que existe o que ha existido, que pertenece a un tiempo y a un lugar determinados, que no se debería privilegiar un lenguaje cinematográfico por lo tanto ni exigir el mismo a la proyección de cada película, que el lenguaje cinematográfico no es más que el fruto de la pereza y de la falta de imaginación. Cada uno de nosotros debe poder gritar bien alto: “¡Abajo el lenguaje cinematográfico, viva el cine!”

 

 

Traducción Manuel Asín.

Jean-Luc Godard en Tienda Intermedio DVD. 

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