Coloquio en Sicilia, de Elio Vittorini. Fragmento del afilador, 1

 

A continuación, el primero de los dos capítulos con el afilador en Coloquio en Sicilia, de Elio Vittorini, texto adapatado por Jean-Marie Straub y Danièle Huillet en Sicilia! Dos razones para compartirlo: primero recomendar una novela extraordinaria y segundo poder hacerse una idea, comparando texto y escena, del trabajo de adaptación de los cineastas.

 

XXXIII

Todo el camino, abierto sobre el valle, estaba inundado de sol. El afilador centelleaba por la luz en varios puntos de su persona y de su carretón. El negro de su rostro llegaba a mis ojos deslumbrados de sol.

– ¡Afilo, afilo! – gritaba su voz junto a las ventanas del palacio. Era una voz estridente, como sembrada de vidrios y guijarros; observé que era como una especie de grito de algún pájaro salvaje. Se tocaba con uno de esos viejos sombreros que se ven por los campos en la cabeza de los espantapájaros.

– ¿No hay nada que afilar? – preguntó.

Ahora pareció dirigirse a mí. Yo me levanté y me acerqué a su voz atravesando el camino.

-Se lo pregunto a usted, forastero- gritó.

Sus piernas descarnadas eran muy largas; de cualquier modo que se le mirase parecía apoyado en su carretón, dirigiéndolo hacia delante en su ruta.

-¿Ha traído algo para afilar? –me gritó de nuevo.

La ruta de mi viaje comenzaba nuevamente a moverse en mí; busqué en mis bolsillos, primero en uno, después en otro, y mientras buscaba en un tercero porsiguió él.:

-¿No tienes una espada para afilar? ¿Un cañón?

Saqué un cortaplumas. Me lo arrebató de las manos y comenzó a afilarlo furiosamente. Me miraba, negra su cara como por el humo. Le pregunté:

-¿No encuentra mucho trabajo por aquí?

-Ni mucho, ni digno –respondió el afilador. Me miraba siempre, mientras bailaba la pequeña hoja entre sus dedos, impulsada, por el rodar de la piedra. Era joven, risueño. Un tipo simpático, magro, todavía más delgado debajo de aquel viejo sombrero de espantapájaros.

-Ni mucho, ni digno -repitió- Nada que cause placer.

–  Afilará bien los cuchillos. Afilará bien las tijers. –dije yo.

– ¿Cuchillos? ¿Tijeras? –exclamó él-. ¿Cree acaso que todavía existen cuchillos y tijeras en el mundo?

– Tenía idea de ello –dije-. No existen cuchillos y tijeras en este país?

Centellearon, como hojas de cuchillo, los ojos del afilador. Me miraba y de su boca abierta en la cara negra, brotó un poco ronca su voz, intencionadamente burlona.

– Ni en este país ni en ningún otro –gritó-. Recorro muchos países y todos son semejantes. Yo afilo para quince o venite mil almas; sin embargo nunca hallé ni tijeras ni cuchillos.

-¿Qué le dan entonces para afilar si no ve nunca cuchillos ni tijeras?

– Eso mismo les pregunto yo –repuso él-. ¿Qué me entregáis? ¿No me dáis una espada, un cañón? Contemplo sus caras, miro en sus ojos, pero veo que cuanto me dan no puede dársele ni siquiera el nombre de clavo.

Calló. Ahora no me miraba. Se inclinó más sobre su carro, aceleró el pedal, y comenzó a afilar furiosamente, absorto, durante mas de un minuto.

Al fin dijo:

-Causa mucho placer afilar una verdadera hoja. Uno puede lanzarla, y es como un dardo; puede empuñarla, y entonces es como un puñal. ¡Ah, si todos tuvieran siempre una verdadera hoja!

-¿Por qué? –pregunté-. ¿Cree que sucedería algo?

-¡Oh, para mí siempre será un gran placer el afilar una verdadera hoja! –respondió el afilador.

Comenzó de nuevo a afilar con furia, concentrado, durante algunos minutos; después añadió en voz baja:

Pienso algunas veces que sería suficiente si todos tuvieran dientes y uñaspara afilar. Se los afilaría como dientes de víbora, igual que uñas de leopardo… – Me miró guiñándome un ojo: brillaban los ojos en su cara negra. Luego exclamó-: ¡Ah, ah!

-¡Ah, ah! Repetí yo, y mis ojos repitieron también su guiño.

Se inclinó sobre mi oreja y me habló. Yo escuchaba sus palabras pegadas a mis oídos, riendo, diciendo: “¡Ah, ah!” Le hablé al oído; éramos dos que se hablaban al oído y reíamos, y nos golpeábamos la espalda con las manos.

 

 

Coloquio en Sicilia, Elio Vittorini. Traducción Justino Marin. 1969, Plaza & Janés.

Straub y Huillet en Tienda Intermedio DVD. 

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