Georges Franju, por Henri Langlois

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Acontece a veces, en el curso de la proyección de un filme antiguo, que una risa irresistible actúa sobre tí como un conmutador. Te hace súbitamente ver la imagen con ojos de otro y, a pesar de toda tu admiración por el trabajo de un realizador, de toda tu admiración ante el arte de un intérprete, una risa loca se apodera de ti porque comprendes que lo que te parece sublime es tan insólito como una aparición de carnaval a la salida de la fábrica Renault.

Acontece también que el azar coloca cara a cara, en la esquina de una calle, a un canapé Duquesa en el escaparate de un anticuario y a un joven obrero. El obrero se ríe del canapé por parecerle grotesco con sus rotundidades, sus entrelazados, sus conchas, y extraño al universo que es nuestro y el suyo.

Su ojo es virgen.

Es esta ingenuidad del ojo, junto a una honestidad total en lo que reside la fuerza de Franju.

Le basta con mirar y captar lo que ve.

Todos los cineastas interpretan, él se contenta con desnudar al objeto, arrancarle el barniz del hábito y revelárnoslo.

Así es como, revolucionario a su pesar, panfletario sin saberlo, descubriendo una realidad que, con todo candor y en todas las ocasiones se esfuerza por restituir a su objetividad, Georges Franju se pasea con la inocencia del pillastre del cuento de Andersen, que veía que el rey estaba desnudo y no se inquietaba por decirlo.

Por eso es el único director insólito de este tiempo.

El único también, después de Vigo, en someter el objetivo a su visión, en quitarle toda participación involuntaria.

La obra de Franju no puede sino entusiasmar a quienes les encanta el poder que da ver a los seres y las cosas tal como son, despojados del blanqueo de la tradiciones y de las convenciones.

No puede sino espantar a los espíritus convencionales que atribuyen a Franju todas las malas intenciones del mundo, que él no tiene. Su obra tiene una profunda realidad, un lirismo, una grandeza y una serenidad hasta en la violencia: porque ve claro, porque su mirar es virgen, porque ninguna influencia exterior, ninguna incertidumbre exterior, alteran nunca el rigor de su maestría, la permanencia de su estilo.

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Recogido en Georges Franju Cuadernos Semanautor en colaboración con Filmoteca Española, 1988,

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