André Bazin, por Serge Daney (3)

Viene de aquí. 

Nadie sabe qué habría pensado de la evolución de sus jóvenes amigos, ni hasta donde los habría acompañado. Murió antes del momento en que lo que se acepta de un futuro cineasta (el talento y la mala fe, el sentido del momento y las astucias para durar) no convienen ya a un crítico, condenado al papel de testigo imparcial o de árbitro por encima de la melé. En vida de Bazin había habido una  “melé” para que el cine fuese de nuevo considerado como un arte, luego como una cultura de base (fue el papel de los cine-clubs) y para que se importase al séptimo arte el credo literario: “El estilo, es el hombre mismo“. Esa melé es hoy cosa del pasado.

De tal manera que cuando releemos a Bazin es otra cosa la que nos llega. La calidad del su estilo, las precauciones oratorias, el tono medido, todo lo que hace que en su día se hablase a propósito de él de “crítica constructiva” -cosa hoy bien desaparecida. Y lo que nos intriga es que la visión baziniana del cine -inseparablemente ligada al cine como “toma de vistas”- se enfrenta hoy a un estado del cine en el que la imagen no es necesariamente “extraída” de lo real. La imagen electrónica ignora el azogue. Y es por eso que, por el absurdo, sigue siendo actual.

Queda el hombre. “Uno se siente tentado de ver en Bazin, dice Dudley Andrew, página 25, a un ser esencialmente diferente de nosotros, y a sentirse aliviado de que su desaparición prematura impidiese una imaginable colisión entre su inocencia y los compromisos complejos de los años sesenta, en todos los campos que le interesaban.” Y, en la última página, toma prestados a William Carlos Williams los términos de una comparación con San Francisco de Asís, “que enseñaba a rezar a los animales no porque quería llevarlos a Dios sino porque deseaba volverse tan natural como ellos“.

A pesar de ese aspecto “Vida de San Bazin”, el libro de Andrew deja entrever, en los intersticios del itinerario intelectual, un hombre. Que tartamudeaba, amaba los animales, tenía sentido del humor y supo compartir su pasión. Hay momentos conmovedores en el libro. El relato del estreno de Paisa, por ejemplo: “Rossellini había venido de Roma en coche con una copia de la película y Bazin había reservado la gran sala de la Maison de la Chimie para la ocasión. El cineasta habló brevemente, luego la multitud compacta de obreros, intelectuales, antiguos de la Resistencia y prisioneros de guerra vio lo que el crítico consideraba quizás como la película más importante y más revolucionaria jamás realizada. Tuvieron también el privilegio de ver a Bazin llegar a esa conclusión cuando las luces se encendieron y él intentó compartir su emoción. Esta era tal (era la primera vez que veía la película), tras la atroz escena final, que habló de manera casi incomprensible. En particular le fue imposible articular correctamente la palabra “cinéma”. 

Original en Ciné journal, volume II / 1983-1986, Serge Daney

Traducción Pablo García Canga.

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