Serge Daney, por Marguerite Duras y Manoel de Oliveira

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El joven Serge con su sombrero negro, Marguerite Duras

Cada noche, mientras duraba Roland-Garros, nos telefoneábamos Serge Daney y yo. Era él el que llamaba. Nunca me dio su número de teléfono. Hablábamos mucho de tenís, inmesamente, duraba horas, debió de durar cien horas y nada de lo que dijimos se ha salvado. Nunca pensamos que pudiese dar para un artículo, por ejemplo. Estábamos enteramente en el placer de hablarnos, él y yo. Sentíamos la misma locura por el tenis, la misma pasión por la vida. Empezábamos por Borg y terminábamos por lo que era Borg, en sí, y respecto a nosotros. Lo que era, en toda su belleza, esa creencia en Borg que era de la misma naturaleza, igual de agotadora, que una creencia en una escritura Borg, en una música Borg, una filosofía corporal, muda. Daney hablaba. Incluso cuando creía callar, hablaba. Cuando yo escribía él hablaba. Yo le respondía. Y desde mi respuesta él volvía a comenzar. Hablábamos pues, a fin de cuentas, el mismo vocabulario, y nuestra profunda amistad era de la misma naturaleza, muy cercana al amor, al amor en la amistad. Por ese amor refractado en Borg, lloré el otro día cuando, discretamente, la noticia de su muerte recorrió la ciudad, como anunciada por él, Daney con su sombrero negro y su larga delgadez de adolescente de siglos pasados.

Hay otro recuerdo entre él y yo. Un día pasó, llegó a mi casa y me dijo: esta vez no hablaré y serás tú la que hables, voy a interrogarte. Lo intentamos. Al cabo de dos horas se levantó, tenía lágrimas en los ojos y me dijo: soy yo el que ha hablado todo el rato y tú no me has detenido . Nos dimos un beso. Reí. Reí. Y nos volvimos a besar, por última vez.

 

Secreto, Manoel de Oliveira

Serge Daney fue de aquellos que se consagraron al cine con cuerpo y alma. No  era tan solo su pasión, que hacía de él uno de los más grandes amantes del cine;no eran tan solo su cultura y su conocimiento afilado tanto de las películas antiguas como de las modernas que se han hecho y se hacen en todo el mundo; no eran tan solo su inteligencia y su fineza penetrante para apreciar las obras y la personalidad de los directores; no eran tan solo su espíritu ecléctico, enciclopédico y abierto, al cine del Norte como al del Sur, al de Occidente como al de Oriente; sino más allá de todo eso, ya admirable en sí, se distinguía por un poder de invención capaz de arrancar de una película, e incluso de un único plano, el secreto más oculto e inesperado, como soprendiendo al cine en el interior del cine, tal y como este inventa a partir de la vida otra vida, sin que nunca sus pies dejen de tocar el suelo.

Adiós, querido Serge, hasta pronto.

Porto, 19 de junio de 1992.

 

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Cahiers du cinéma, número especial Serge Daney, julio-agosto de 1992.

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