Fragmento Immemory, Chris Marker: el cine/el amor

 

Es esa imagen la que enseñó a un niño de siete años que un rostro llenando la pantalla era de golpe lo más preciado del mundo, algo que volvía sin cesar, que se mezclaba con todos los instantes de la vida, del cual decirse el nombre y describirse los rasgos se volvía la más necesaria y deliciosa ocupación –en una palabra, lo que era el amor. El desciframiento de estos síntomas extraños vino más tarde, al mismo tiempo que el descubrimiento del cine, de tal manera que para este niño que se hizo grande, el cine y la mujer permanecen como dos nociones absolutamente inseparables, y una película sin mujer le es tan incomprensible como una ópera sin música. ¿Por qué este rostro y esta mirada permanecieron desconocidos durante casi sesenta años, he ahí otro misterio?

Evidentemente, al acariciar un gato ya en la segunda escena, Simone Genevoix me había predispuesto favorablemente. Pero nada me había preparado al impacto de ese rostro agrandado hasta las dimensiones de una casa y estoy seguro de que el carácter casi divino de esa aparición tuvo que que ver con el encantamiento. Sin duda es por eso que siento siempre una cierta agresión cuando se utiliza la palabra “cine” a propósito de las películas que vemos en televisión. Godard lo ha dicho muy bien, como suele hacerlo: el cine es lo que es más grande que nosotros, aquello hacia lo que hay que levantar la mirada. Al pasar por un objeto más pequeño y hacia el que hay que bajar la mirada el cine pierde su esencia. Puede conmovernos la huella que deja, retrato-souvenir que se mira como la foto de un ser amado que uno lleva consigo, se puede ver en la tele la sombra de una película, la añoranza, la nostalgia, el eco de una película, pero nunca una película.

Era La Merveilleuse Vie de Jeanne d’Arc, la película de Marc de Gastyne que la Cinémathèque iba a resucitar en 1986 para el asombro de los infortunados que no habían tenido el privilegio de descubrir en 1927 lo que es un flechazo. Un bucle de de Tiempo se cerró cuando esa noche, en el Palais de Chaillot, me senté no lejos de una anciana que fue aclamada por el público: Simone Genevoix.  Y sentí de pronto esa onda de ternura que sobreviene a los antiguos enamorados cuando el azar los hace reencontrarse tras muchos años de separación. Ella sonreía, saludaba, sin saber que a diez metros de ella se encontraba un desconocido que le debía uno de los descubrimientos más preciados de su vida, el de las cosas que hacen latir el corazón.

 

 

Chris Marker. Fragmento del Immemory.

Traducción Pablo García Canga.

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