Fragmento del diario de Garrel: Jean Seberg

Yo era un artista, no tenía aún treinta años. Vivía solo la mayor parte del tiempo, en una habitación desordenada.

Mis películas no funcionaban. Escribía guiones para películas que hacía con dos duros.

Conocí a Jean, una actriz de cine que ya no rodaba películas.

Ella se dio muerte.

Una mujer con el rostro de Jean se me apareció en un sueño. (La sala estaba vacía, la puerta abierta. En la abertura de la puerta se podía ver la pared de una iglesia. El rostro del fantasma estaba lívido. El fantasma dijo: “Tengo que irme. Me voy allí, tras esa iglesia. Siempre podrás encontrarme allí.”)

Como en Spirite, de Théophile Gautier, la suicida se aparecía al joven en el espejo y lo arrastraba a la muerte. Jean me llamaba desde el otro mundo…

Pero he aquí cómo se desarrolla en la vida real.

Yo estaba en mi habitación ese día, fumando hachís con la precisión que da la costumbre.

El sol de invierno descendía tras las cortinas. Me quedé dormido vestido. Me desperté y lloré sobre mi almohada, en plena noche.

(“Estoy cansado, cansado… pensaba, de mi vida de solitario”) pero la emoción de ya haber amado y la belleza de mi vida, que yo creía única, me hicieron derramar otras lágrimas y acabé por dormirme.

A mediodía bajé a la calle. Me crucé con Elisabeth, una amiga, que me llevó a casa de una pareja con la que iba a almorzar.

Había comprado un lirio por el camino para ofrecérselo a esa actriz que yo no conocía, a cuya casa me llevaban de improviso. Debía verla de nuevo.

Me citaba con ella en mi habitación, en su casa o en un café.

Miraba por la ventana caer la nieve sobre el patio.

Hice una película con Jean.

Filmaba su rostro. A veces Jean lloraba. Yo me mantenía tras la cámara. Jean era una actriz del Actor’s Studio e improvisaba psicodramas. Yo filmaba solamente su rostro, conservando así en secreto las condiciones del rodaje. Cuando terminé ese retrato llevé a Jean un primer montaje, y la película le gustó. Jean había rodado muchas películas, pero le complacía una película enteramente consagrada a ella. Además, en esta película se puede ver su alma, que era muy hermosa.

Jean escribió un guión: “Y ahora, ya puedo hablar de Aurélia…” Escribía también poemas que fueron publicados. Se identificaba sucesivamente con la Aurelia de Nerval, a la que quería interpretar de forma moderna, y con  Juana de Arco, porque había interpretado la Juana de Arco de los americanos.

Jean tuvo una depresión nerviosa. La hospitalizaron. Los electroshocks que le hiceron sufrir tuvieron una consecuencia trágica.

Yo volvía a pie de los laboratorios de cine que están en los suburbios. Caminaba a lo largo del río. Era el final del verano. Los pescadores se recortaban contra el sol poniente.

Atravesaba el rastro por la puerta de Clignancourt, había terminado una película nueva y respiraba la felicidad de ser libre. Cuando de repente, al azar de una acera, tropecé con la foto de Jean en la primera página de un periódico vespertino: “Jean Seberg se ha suicidado”…

1984

Publicado en Cahiers du Cinéma, septiembre 1991. (Gracias a quién lo tradujese para una ficha de la Filmoteca Española.)

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