Salir de esta (4 citas para Hong Sang-soo), de Pablo García Canga, en Détour

 

Has pasado horas delante de una hoja en blanco, horas delante de la pantalla del ordenador. Has jugado al mahjong y al buscaminas. Has ido vaciando la nevera, todos los yogures que quedaban, el queso, un kilo de zanahorias, las lentejas frías del día anterior. Has pasado horas empezando el texto y abandonándolo. Intentas pensar, pero no hay nada que hacer, no consigues escribir sobre Hong Sang-soo.

Bajas al bar de la esquina. Te tomas una cerveza. Mirarías pasar a las chicas por la calle, pero no pasa ninguna. Te tomas otra cerveza y ves en la tele del bar un partido de la liga francesa. Antes del minuto noventa pagas y vuelves a casa.

Reúnes tus apuntes, apenas un puñado de citas con las que en algún momento creíste que podrías empezar el texto. Cada una de ellas te invitaba a seguir una dirección diferente, todas ellas parecían fáciles y prometedoras. Pero todo resultó un espejismo. No hay nada. Ninguno de esos textos posibles. Está claro, no conseguirás escribir el texto sobre Hong Sang-soo.

Aún así relees las citas. Te concentras. Cruzas los dedos.

La primera era de Eustache. “El cine es pasárselo pipa. No hay ninguna película de Renoir, por trágica que sea, con la que no me lo pase pipa, aunque esté llorando todo el rato”.

En realidad no es que pensases en esta cita para Hong Sang-soo, es que estas últimas semanas la usas todo el rato. Te parece importante. Quizás sea un poco forzado arrancar con ella el texto y, sin embargo, quieres hacerlo. Piensas que lo que más te gusta de las películas de Hong Sang-soo es eso, que te lo pasas pipa viéndolas. No te hacen llorar, o no recuerdas haber llorado con ellas, pero sí te hacen sufrir, te hacen sentir incómodo ante todas las torpezas, ante todas las situaciones confusas y humillantes. Y, sin embargo, te lo pasas pipa. Como con las películas de Renoir, como con las de Eustache, disfrutas con ese se arte de cada detalle, de cada momento, con una complicidad constante que les permite llevarte lejos. Con su mirada atenta a sus actores. Con el cuerpo casi burlesco de algunos de ellos, el de Like you know it all, el de Noche y día, su manera de dar la mano, de coger un cigarrillo, de estirarse. Recuerdas una de tus tres o cuatro definiciones de lo que para ti es un buen actor. Alguien que estás contento de mirar, en el que te fijas con una sonrisa permanente, intuyendo que algo va hacer, que algo va a pasar…

Sí, te gustaría citar esa frase y, sin embargo, dudas y no consigues llegar muy lejos, te empieza a salir una retórica barata. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es pasárselo pipa? Difícil de explicar, difícil de escribir. Quizás sea eso a lo que se refiere Albert Serra en su presentación de los dvd’s, al decir que sentimos que el cine de Hong Sang-soo es muy bueno pero nos cuesta decir por qué, ya que no tiene ninguno de los rasgos distintivos de calidad que definen al cine de autor contemporáneo.

Podrías escribir un texto polémico, Hong Sang-soo contra una cierta tendencia de la calidad contemporánea, pero te faltan ganas.

No, por mucho que te guste será mejor renunciar a esa cita, te lleva a un callejón sin salida.

Pasas a la siguiente, unos versos de una canción de los Magnetic Fields, I think I need a new heart, unos versos que dicen más o menos:

Y digo “huyamos juntos”

Cuando quiero decir “quédate esta noche”

Pero las palabras que quieres oír

Nunca me las oirás decir

Nunca diré “Feliz aniversario”

Nunca diré “Feliz aniversario”

Creo que necesito un nuevo corazón

 

Te parece que los personajes de Hong Sang-soo preguntan a menudo cosas como “¿Qué quieres que diga? ¿Qué se supone que tengo que decir?” Te parece, pero a lo mejor te lo has imaginado, o lo has proyectado, que no saben lo que tienen que decir, que no aciertan con las palabras cotidianas, palabras normales que, sin embargo, son también las palabras mágicas para no meterse en líos. Y como no las conocen, se meten de cabeza en todos los embrollos. Sus palabras no se ajustan a lo que se espera de ellos, a veces son insuficientes, a veces son exageradas. Dicen “vamos a morir juntos” cuando quizás quieren decir “te quiero”.

El chico de la primera parte de Cuento de cine no sólo dice “muramos juntos”, sino que, además, intenta ponerlo en práctica. Pero tú te preguntas si no son las palabras las que han tenido la idea, si no las ha dicho antes incluso de pensarlo, si no son ellas las que guían su voluntad. Las palabras no expresan el pensamiento o los sentimientos, los crean y los sacan de madre.

(Una vez leíste que Hong Sang-soo decía que el punto de partida de sus películas eran a menudo juegos de palabras intraducibles. No sabes lo que quiere decir esto, pero te hace gracia pensar que las películas sean también el fruto de palabras, palabras que preceden al pensamiento, palabras que se le van de las manos.)

Esta incapacidad de sus personajes para decir y hacer lo que se espera de ellos, ¿no los convierte en monstruos? No olvidas esa frase que se dice varias veces en Turning Gate, «Ya sé que es difícil ser humano, pero intentemos al menos no convertirnos en monstruos».

(Pondrías una mano en el fuego, no la tuya, quizás la de tu peor enemigo, quizás la mía, por asegurar que esa frase no es de Hong Sang-soo, sino de algún amigo suyo, y a él le hizo tanta gracia que supo inmediatamente que la pondría una película.)

¿Son las películas de Hong Sang-soo pelis de monstruos? Te encantaría escribir eso, te encantaría empezar el texto con esa frase. Por provocar, pero también porque en el fondo te parece justa. Y porque tú también te sientes un poco monstruo en tu vida cotidiana, incapaz de decir lo que se espera de ti, sintiéndote parte de un juego cuyas reglas desconoces y al que te obligan a jugar.

Piensas en todas esas escenas tan tensas en las que un personaje mete la pata o se pasa de la raya y alguien se le queda mirando y le acaba gritando “¿Es que no tienes educación?”. Mirándolo como un monstruo. Piensas que esa educación que no tienen los personajes es como unas reglas del juego que desconocen. Quien sabe jugar al juego no necesita preguntar las reglas, no sabe ni siquiera que hay reglas, no se le ocurre preguntar qué es lo que hay que hacer, qué es lo que hay que decir.

Sus películas te parecen terribles comedias de monstruos.

Te conmueve y te inquiete en particular el protagonista de la segunda parte de Cuento de cine. Quizás el más frágil de todos los personajes de Hong Sang-soo. Varias veces le dicen que parece ir mejor y, como nosotros lo vemos muy mal, imaginamos que sale de alguna depresión nerviosa, que está convaleciente y lucha por no volver a hundirse. Sientes que su mirada es desesperada, que exige mucho más de lo que puede dar, pero es porque realmente tiene miedo. No te parece extraño que sea en esa película, la de sus personajes más inestables, donde Hong Sang-soo utiliza por primera vez el zoom. Es una idea muy tonta, pero a saber…

Apuntaste las últimas frases del protagonista, después de su visita al hospital, su voz en off dice: «Tengo que pensar. Pensar es necesario. Pensando aclaro las cosas. Debo dejar de fumar. Tengo que pensar, para salir de esta, para vivir mucho tiempo».

(Al copiarlas te has preguntado si este personaje tenía alguna voz en off antes, sólo recuerdas una, muy breve, sin duda tiene otras. Te da la sensación de que la voz en off corresponde sobre todo al personaje de la película dentro de la película. Aunque, claro, el protagonista espectador asegura que el protagonista personaje está inspirado en él mismo. Quizás tenga razón, finalmente.)

Te conmueve la fragilidad de esas palabras dichas en off mientras el personaje camina por la calle, bien abrigado con su plumas, hace frío. Viene hacia cámara. Sale de plano. Queda la calle. Entra la música. Luego los títulos finales. Te intriga esa manera de hacer, al mismo tiempo bressoniana y nada bressoniana.

Pero, sobre todo, te conmueven esas palabras frágiles, ese miedo. Te dejan en la misma suspensión que el final de ese monólogo de Alexandre en La mamá y la puta en el que habla de un café donde a las cinco de la mañana hay gente extraordinaria.

Un café donde un día de Mayo del 68 vio algo muy bello.

«En plena tarde. Había mucha gente y todo el mundo lloraba. Todo un café lloraba. Era muy bello. Había caído una bomba de gas lacrimógeno. Si no hubiese ido regularmente todos los días no habría visto nada de esto. Pero ahí, ante mí, una brecha se había abierto en la realidad.

Es demasiado tarde. No vayamos. Tengo miedo de no ver nada. Tengo miedo. Tengo miedo. No quiero morir».

Las últimas palabras de Cuento de cine te han recordado el ritmo suspendido con el que Jean-Pierre Léaud repite tres veces tengo miedo. Pero esto no deberías ponerlo en el texto, porque no podrás citar ese monólogo sin arrancarte a explicar que durante un tiempo fue para ti una definición del cine. Ir regularmente a un lugar (lugar, persona, amigos, da igual) y ver, esperando que gracias a esa atención se acabe abriendo una brecha  en la realidad. Para ti el cine, cuando tenías más fe en él y en ti mismo, era eso, “una brecha abierta en la realidad” con la que conjurar el miedo, el miedo al tiempo, el miedo a no ver ya nada. El cine se hacía en el filo de ese miedo, gracias él, para poder vivir con él. Algo así pensabas, no lo recuerdas del todo, debías decirlo de otra manera, crees recordar que tenía más sentido, que lo podías dejar más claro.

Da igual, de todas maneras no lo incluirás en el texto que no consigues escribir y para el que finalmente desechas la cita de los Magnetic Fields, te lleva demasiado lejos, parece una indicación para perderse, aunque te da rabia, porque todavía había algo más que decir sobre la canción. En ella el personaje que la canta, ese que nunca sabrá decir lo que el otro quiere oír, oye en la radio la canción misma que está cantando, un estribillo que es al mismo tiempo el suyo y el de la canción de la radio, I think I need a new heart. Y esto te parecía muy apropiado para una película como Cuento de cine, en la que la primera parte resulta ser una película que otro personaje está viendo y cuyas desventuras seguiremos en la segunda parte, convencido el personaje del espectador de que la historia de la película que ha visto está inspirada en su propia vida. También sobre eso podrías haber escrito.

Da igual, tachas a los Magnetic Fields.

Tenías también una de Rohmer sobre Bresson: “No es un maestro, es un modelo”.

Tendría gracia que empezases con esa frase, tú que tienes una camiseta que repite lo que dijo Patti Smith: Who was your teacher? Robert Bresson. No sería tu primera inconsecuencia, así que por qué no cometer otra.

Recuerdas aquellos dos meses que pasaste sin poder escribir ni media escena después de haber visto Una mujer en la playa, de alguna manera la escritura de esa película te había deslumbrado tanto que no conseguías encontrar tu propia voz, tan sólo repetir una pobre imitación de la de Hong Sang-soo. No es que no quisieses escribir de otra manera, es que no lo conseguías. Por suerte, aquello pasó, pero desde entonces eres prudente al ver sus películas, eres prudente con tus entusiasmos.

Intentas saber de qué manera Hong Sang-soo podría ser un modelo y no un maestro, y se te ocurren varias razones. Piensas, claro está, en lo poco que necesita para hacer una película, apenas unos personajes y algunos lugares sencillos. Filmando de manera inventiva y, sin embargo, ajena a los cánones de la belleza formal del cine de autor contemporáneo. Es la justeza del conjunto lo que hace el valor del plano, y no su aparente belleza. Aunque en realidad a ti los planos de Hong Sang-soo siempre te parecen bellos.

Piensas en todos los modelos posibles del cine contemporáneo, que siempre nos apresuramos a convertir en maestros y no en modelos, para poder imitarlos sin recordar que ellos no imitan a nadie. Que si hay algo de Bresson en Hong Sang-soo eso en modo alguno quiere decir que Hong Sang-soo sea bressoniano.

Te preguntas ahora si Hong Sang-soo no es un viejo cineasta de género que se pasó sus tres primeras películas construyendo el género que después practicaría en las siguientes, un género propio y limitado en el cual es libre. Dejando fuera la importancia del tema serio y la aparente belleza formal, en su forma más visible, los dos pilares sobre los que se asienta hoy en día el juicio de las películas, ¿qué le ha quedado a Hong Sang-soo? Piensas: el cine. Piensas: la puesta en escena. El minucioso quehacer del artesano que trabaja con su materia y no con ideas abstractas.

Todas esas cosas piensas, y no es mucho. Es curioso, porque creías que tendrías mucho más que decir a partir de la cita de Rohmer pero en realidad no, no hay nada. Creías que te daría pie a hablar de algún detalle concreto de las películas pero no es así. Te has decepcionado.

La tachas.

Y pasas a la última cita, la última que te queda, de nuevo una canción, esa de Leonard Cohen en la que canta algo así como:

No consigo olvidar

No consigo olvidar

Pero no recuerdo el qué

 

¿Cuántos reencuentros hay en el cine de Hong Sang-soo? A veces su cine te parece un catálogo de reencuentros fallidos. La mujer es el porvenir del hombre parece un tratado sobre el tema. Y también están Turning Gate, Noche y día, Like you know it all, Lost in the mountains… En Noche y día el protagonista se reencuentra en París con una antigua novia sin reconocerla. En Turning Gate el protagonista se enamora de una mujer a la que ya conoció y que ha olvidado. Perseguir a una mujer, no poder olvidarla, no, a esa mujer que no se recuerda.

Sí, la canción de Leonard Cohen te parece que viene muy a cuento de los reencuentros en las películas de Hong Sang-soo y, además, te hace mucha gracia, te parece un chiste. Un chiste que dice algo serio y gracioso. ¿Cuantas veces usa Albert Serra en sus presentaciones de Hong Sang-soo la palabra gracia? Por algo será. Tienen gracia, son como chistes, chistes largos y terribles. Chistes que hacen daño y no por ello dejan de hacer gracia. (Piensas entonces que quizás esta sería una ocasión más pertinente de meter tu frase preferida: “El cine es pasárselo pipa”.)

Te viene a la cabeza otra cita: “Chistes para desorientar a la poesía”. Pero esta cita no la vas a utilizar. Porque has leído poco a Nicanor Parra e intuyes que no tiene nada que ver con Hong Sang-soo y no quieres hablar de algo que desconoces. ¿Pero acaso conoces algo? ¿No? Pues entonces deberías citar ese título, como si lo hubieses leído en una postal en el Quartier Latin, al fin y al acabo, así es como Hong Sang-soo se encontró con la frase de Aragon, la mujer es el porvenir del hombre y, probablemente, Hong Sang-soo no tiene nada más en común con Aragon, simplemente leyó esa frase por casualidad y la recordó, intuyendo que un día la utilizaría.

Deberías utilizarla, porque las películas de Hong Sang-soo te parecen chistes que desorientan al cine contemporáneo, tan poético él, tan bien vestido. Y sus historias amorosas te parecen chistes para desorientar al romanticismo, cosa que agradeces, tan romántico tú. Cuento de cine desorienta mitos: el arte como sublimación de la vida, el ideal femenino (¿Te puedo hablar de mi ideal?), el suicidio romántico como anhelo de pureza.

Aunque quizás tengas razón y sea prudente no utilizar lo de los chistes para desorientar a la poesía, porque también eso te recuerda a Alexandre en La mamá y la puta. ¿Qué tendrás hoy que piensas tanto en Eustache? Recuerdas lo de esa chica que dice que su suicidio le salió mal y Alexandre responde: «Mira, no consigo no tomarme el suicidio en serio, ni más ni menos que la muerte. ¿Cómo explicarte…? Así que háblame del suicidio todo lo que quieras pero si me río del tema es que le tengo mucho miedo».

Apuntas esas frases y enseguida te das cuenta de que no quieres seguir por ahí, porque te harían falta muchos chistes para desorientarte y volver a pisar tierra firme.

Tachas también la cita de Leonard Cohen.

Lo tachas todo. Lo rompes. Lo tiras a la basura.

Piensas: voy a volver a ver las películas y voy a fijarme mucho. Voy a escribir sobre ellas. Sobre cómo están hechas. Esta vez sí. Esta vez voy a hablar sólo de las películas.

Voy a analizarlas. Voy a pensar. Pensando aclaro las cosas.

Enciendes la tele, pones una vez más el dvd de Cuento de cine. Al poco ya te sientes mejor. Sonríes.

Vas a salir de esta.

 

Original en Revista Détour.

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