The Day He Arrives, por Fernando Ganzo

La Selección Española, que, junto al Barcelona, es el equipo que más placer estético ha ofrecido al aficionado al fútbol los últimos años, tenía una característica muy singular: mientras que hay equipos con los que se disfruta sin darse cuenta de por qué juegan bien, con España sí. Viendo a España, uno puede entender el sentido de cada movimiento, de cada decisión, de cada trazado. Todo sucede ante nuestros ojos y nada hay de subrepticio o de invisible. Puede que tenga que ver con que jueguen juntos con poca frecuencia, pero es así. En un artículo de nuestro nuevo número, Pablo García Canga compara el misterioso esquema de un gol del Barcelona con la técnica de escritura de Ernst Lubitsch. Hong Sang-soo, que ha adoptado un ritmo de dos películas al año, se parece sin embargo más a la selección española: es fácil ver la apuesta de cada escena, lo que se está poniendo en riesgo, lo que viene de secuencias anteriores, lo que es fruto de la ambigüedad del personaje y que emerge tan raro y tan obvio dentro del mismo plano… No hay trampa ni cartón.

En una estructura muy episódica, The Day He Arrives relata la breve estancia de un director de cine en horas bajas en la ciudad de Seúl, que abandonó hace años para irse a vivir en provincias. Con un poco de información previa a cada escena basta para lanzar la invitación al juego: la voz en off del personaje indicando sus deseos, alguna acción que precede a su llegada y que él no ve, pero que determinará lo que suceda a continuación…pero siempre escueto. Albert Serra dijo a la salida de la proyección, y con razón, que, al igual que varias de las últimas de Hong, esta era una película analítica. Y así es: estamos obligados a recorrer constantemente el plano yendo de un rostro a otro, pues los gestos de los actores están llenos de lecturas en base a lo que ya sabemos que es verdad o a lo que creemos que puede ser una mentira, e intentando mientras digerir las brillantes frases con las que se tiran el rollo. Lo importante es jugar, y en cuanto se descubren las reglas, todo es mucho más divertido.

Pero el hecho de que nos ponga en esa situación externa a las acciones no implica un descenso de la identificación que siempre consiguen las películas de Hong, su modo en que parecen hablarnos a nosotros y a nadie más. Tal vez sea porque sólo habla de personajes que se parecen a él. Incluso cuando parecen más despreciables o más tontos. Su cine se parece más a un disco que a un concierto, donde, rodeados de gente, nos damos cuenta de que ese cantante que creíamos un icono secreto, que cantaba sólo para nosotros, lo hace en realidad para una masa informe. Por ejemplo, en uno de los momentos iniciales de la película, el protagonista, borracho, se decide a visitar a una novia con la que no terminó de romper. Ante ella, que parece bastante serena y repuesta de la historia, protagoniza un espectáculo lamentable de llantos y plegarias. Ella, desbordada, se esconde bajo la colcha, y él va detrás. Llega la confusión, y la elipsis. El protagonista ya se está marchando, diciéndole que es mejor que no se vuelvan a ver, que sólo quiere su felicidad, que ni le llame. Será lo mejor para los dos. Atronador egoísmo del que contagia a otro con su estado de ánimo para poder sentirse mejor. Los sms con los que ella inundará su móvil nos recordarán esa situación de la cual hemos visto apenas el principio y el final, pero que comprendemos inmediatamente, pues reconocemos demasiadas cosas al observarla. Hace reír y agachar la cabeza de vergüenza.

Sólo hay tres espacios distintos, seis personajes, en una historia escasos días reducidos a 1h19 de película, pero Hong Sangsoo consigue navegar algo más rápido que la velocidad de crucero del espectador. Vamos haciendo la goma. Obligados a observar cada gesto, cada mentira, e interpretarla (las comidas son tal vez las más frenéticas de todo su cine, las que más basculan, pero también son las menos violentas), al final, mientras el protagonista se pasea por Seúl reencontrando viejos conocidos con los que no pasa más de unos segundos, cuando ya no analizamos y sólo vemos la vida que el protagonista ya no tiene, nos topamos con una sensación de melancolía. Hong, cada vez con más años y más borracheras encima, cae últimamente con mucha frecuencia en ese estado. Como sucedió aquí mismo hace un año con Hahaha (menos precisa, cómica y deslumbrante que esta).

Hong es el cineasta más importante de nuestro tiempo porque nos deslumbra cada seis meses al tiempo que entendemos lo que hace. Sus películas no son objetos de fascinación, sino que siempre dan ganas de que siga la partida. Son el colmo del placer. Su cine, tan evidente, es de esas cosas alegres que dan ganas de hundirse, y de ese tipo de sentimientos nacen cineastas.

En un lugar tan turbio como Cannes, The Day He Arrives recuerda que siempre existe la esperanza de poder hacerse viejo viendo las películas de Hong.

Original de Fernando Ganzo en Revista Lumière.

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