De Beethoven en Duras, por Eric Rohmer (o “la mas proustiana de las películas”)

Un verdadero encuentro como éste, entre un cineasta y Beethoven, es algo excepcional. Sucedió, sin embargo, otra vez, en un espíritu muy diferente.En esta ocasión hablaré menos del Ser que del Tiempo. En el más proustiano de los filmes rodados hasta el momento, India Song, Marguerite Duras introdujo, en medio de los compases de baile que evocaban los años anteriores a la guerra en la embajada de Calcuta, y compuestos para esa circunstacia por el músico Carlos de Alessio, la decimocuarta de las Variaciones sobre un tema de Diabelli. ¿Se trata de una música para cine o de una música dentro del cine? No se distingue claramente, en una obra donde no sólo se trastoca la cronología, sino que los personajes dialogan sin despegar los labios, a cien leguas de la verosimilitud cinematográfica ordinaria.

Lo único real es un piano de cola, negro, admirable, plantado en medio del salón, piano cerrado, piano que sin duda pertenece al presente y cuya presencia resucita las músicas que en él se tocaron, aunque la oposición que hago entre ayer y hoy introduzca una distinción demasiado marcada en la buscada nebulosidad de la película. La autora no se contentó con los tangos y los slows que le proporcionaba el compositor, ni con una lejana música india que da a las vistas tomadas cerca del Bosque de Bolonia una atmósfera exótica muy eficaz. Y , precisamente, la música de Beethoven se utiliza como música ambiental, bastante lejana también, de forma que podría pensarse que la de cualquier músico romántico hubiera servido igual: Chopin, Liszt, Schumann, Rachmaninov, Scriabin.

Pero, en esta búsqueda del tiempo perdido, querer expresar, fuera de la evocación de los bailes, la nostalgia de los años pasados, hubiera supuesto el mismo contrasentido que el de Jacques Coppeau cuando alababa en Proust el “encanto del recuerdo”. A lo que respondió el autor:  “El recuerdo al que doy importancia no es en absoluto lo que se entiende generalmente por ese nombre. La actitud de un diletante que se contenta dejándose encantar por el recuerdo de las cosas en la contraria a la mía”. Del mismo modo que Proust no nos cuenta la evocación de un placer pasado, sino el placer de la evocación del pasado como tal, somos invitados, más allá del encanto anticuado de esos salones, esas balaustradas, ese parque, esos bailes, a confrontarnos con el espectro del Tiempo, impasible, pero activo, monolítico, pero polimorfo, retirado en las profundidades del yo, pero provisto de una existencia objetiva, en sí y para sí. Y para acceder a lo que es a la vez una pura entidad y ardiente realidad, había que pasar obligatoriamente por Beethoven, desde el momento en que un piano se encontraba ahí, reclamando su parte.

Quiero añadir que, si en Godard la imagen y la música sólo se comunican en el más alto nivel de la generalidad del ser como tal, a esta función esencial se añade aquí otra que da lugar a la Stimmung, es decir, al papel pintado. Mientras en Prénom Carmen estaba por encima de los decorados, los gestos, las palabras, la música de Beethoven se tiñe ahora un poco del tono propio de la película y, al mismo tiempo que expresa el tiempo en su generalidad evoca también, detrás de los gritos de los animales exóticos que la atraviesan, el calor de las noches tropicales. Pero esta evocación, no sé por qué tipo de alquimia, nos hace todavía más sensibles a la pura fuga del tiempo. Mientras que en Godard la combinación del film y de la música expresaba su básica incomunicabilidad, aquí una y otro se trasnmiten sus poderes, en beneficio y no en detrimento mutuo. ¿Qué beneficio, se dirá, puede sacar Beethoven? Ninguno, desde luego, salvo el de convencernos, si no lo estábamos todavía por completo, de que su pureza de diamante le resguarda de toda mancha y le hace espejo de nuestros pensamientos más sencillos, nuestros impulsos más elementales. La grandeza de Beethoven consiste en poder desempeñar, también en ciertos momentos, por la sencillez, le neutralidad de su temática, su carácter repetitivo y obstinado, el papel de los gondoleros de Venecia.

Tales ocasiones son raras. Para esta ósmosis entre el film y la música era preciso el concurso de circunstancias que se encuentran aquí reunidas por el tema, el decorado, el espíritu de la narración. Sorprende que la autora no haya tenido consciencia de su extrema singularidad. ¡Qué fallo ocurrírsele más tarde en Le Camion, film de pura reflexión sobre la realización cinematográfica, es decir, privado de todo “clima”, recurrir para sus conexiones a otros pasajes de Diabelli! Mejor hubieran resultado, si de conservar el piano se trataba, algunas escalas de Czerny o alguna obrita del famoso Diabelli, que concibió el tema de las variaciones de Beethoven.

 

Fragmento de Ensayo sobre la noción de profundidad en la música, de Mozart en Beethoven, de Eric Rohmer, publicado por Ediciones Ardora, traducción de Loreto Casado.

Marguerite Duras en Tienda Intermedio DVD. Gastos de envío gatis por mensajeria en pedidos a península. Islas e Internacional a precios reducidos.

Eric Rohmer en Tienda Intermedio DVD. Gastos de envío gatis por mensajeria en pedidos a península. Islas e Internacional a precios reducidos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: