La música en Godard, por Eric Rohmer

Godard, por su parte, es más bien como el violonchelista que decide por iniciativa propia formar parte del mobiliario urbano. Sus películas, ya lo sabemos, son collages de objetos, paisajes, textos y ¿por qué no?, músicas. Tanto puede figurar una frase de Beethoven como una de Platón o de Raymond Chandler. La música no se utiliza como elemento fílmico adicional. Está simplemente filmada, como pueden estarlo los árboles, el mar o el cielo. Forma parte del mundo. Estas películas no son una injuria a Beethoven, por tomar algunos compases suyos, como tampoco lo son a la nube que encuadran, la ola que delimitan o los ruidos de la naturaleza que aíslan. La música no está detrás de las imágenes y los sonidos de la película, utilizada como truco para darles valor. Está al lado de ellos, compañera ocasional en el curso de sus avatares, condenada como ellos a desaparecer y volver a aparecer según el ritmo de la película y no el suyo.

(…)

Quizás tenga ideas preconcebidas, pero me da la impresión de que la música de la última época de Beethoven está dotada de una fuerza que resiste a todas las poluciones sonoras o visuales, y que sólo ella disfruta de este extraño privilegio. Utilizada de la misma forma, otra música soberana, pongamos el Aria de Bach o la Fantasía cromática de Mozart, hubiera introducido seguramente cierta vulgaridad por el choque entre la elevación de su propósito y la manifiesta trivialidad del de la película. Pero, en los últimos cuartetos, la noción “mundana” de noble y de vil, todavía muy presente en Mozart, desaparece completamente, de forma que si apreciamos y practicamos Beethoven -lo que no fue desgraciadamente el caso de los críticos que juzgaron la película- no podemos sino mostrarnos sensibles a la profunda conciliación que tiene lugar entre la música y lo que sucede en la pantalla. Pues la cuestión que aquí se plantea, como en toda la obra de Godard, con una obstinación provocadora y trágica, no es otra que la cuestión del ser. Los términos en que se enuncia, más bien los de “la dificultad del ser”, no son totalmente beethovianos, pero encuentra en la serenidad y humildad de este movimiento del Cuarteto n 15 la respuesta que no supieron darle ni la gracia de los cuerpos y los rostros, ni el esplendor de los paisajes. En otras palabras, ante esta empresa de negación perpetua que es la película, la música, confiada, tranquila o agitada, afirma constantemente. ¿Qué? Nada y todo: la existencia, la esencia, la idea, la sensación, la belleza, la ternura, la alegría, etc. Es, ante todo, afirmación pura, como lo será, unos años más tarde, la frondosidad de los árboles en Nouvelle Vague. El cine, en Godard y en cualquiera, es un ladrón. Roba a la Naturaleza su belleza. y roba a Dios. ¿Por qué no a Beethoven?

Fragmento de Ensayo sobre la noción de profundidad en la música, de Mozart en Beethoven, de Eric Rohmer, editado por ediciones Ardora, traducción de Loreto Casado.

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3 comentarios
    • Y también, claro está, las Notas del cinematógrafo, de Bresson. Maravillas, como dices.

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