La casa de las sombras, por Daniel Domínguez en La Escuela de los Domingos

El cine empezó como una atracción ambulante en una barraca de feria junto a la mujer barbuda, y no eran eran sino barracas los primeros nickelodeones o cinematógrafos, un paralelepípedo elemental y austero con sillas o bancos corridos orientados hacia una pantalla, eso sí, con fachada, marquesina y vestíbulo profusamente adornados con carteles que devenían un trailer -gráfico y en papel- de la película, y la promesa de un viaje maravilloso.

En La montaña mágica, Thomas Mann evoca aquellos primeros tiempos del cine, cuando el protagonista Hans Castorp y su primo Joachim llevan a Karen Karstedt al cinematógrafo de Davos Platz:

Aquella atmósfera viciada que les molestaba físicamente a los tres, acostumbrados a respirar siempre el aire más puro, que les oprimía los pulmones e incluso les mareaba un poco, estaba, sin embargo, llena de vida: cientos de imágenes, de fugacísimos momentos, centelleaban, se sucedían, permanecían trémulos en el aire y se apresuraban a desaparecer sobre la pantalla, ante sus doloridos ojos, al compás de una sencilla música que interpretaba aquella infinita sucesión de fragmentos como una línea que narraba un pasado y que, a pesar de lo limitado de sus recursos, lograba recrear una muy amplia gama de sentimientos y ambientes, desde la solemnidad y la pompa hasta la pasión, el desenfreno o la más sugerente sensualidad.

(…) Cuando la última imagen de la última secuencia se desvaneció, volvió a hacerse la luz en la sala y el escenario de todas aquellas visiones se reveló como una simple pantalla en blanco, el público no pudo aplaudir. Allí no había nadie a quien agradecerle la brillante actuación, a quien hacer salir a escena a saludar con una gran ovación. Los actores que se habían reunido para aquel espectáculo se habían esfumado desde hacía tiempo; no se habían visto más que las sombras de sus hazañas: los millones de imágenes y brevísimas instantáneas en que se habían descompuesto sus acciones para poder captarlas y reproducirlas después cuantas veces se quisiera a una velocidad vertiginosa que, como por arte de magia, las transformaría de nuevo en tiempo, en decurso. El silencio de la multitud después de aquella ilusión era un tanto apático, un tanto incómodo. las manos que no podían aplaudir se encontraban impotentes ante la nada. La gente se frotaba los ojos, mirando fijamente hacia el vacío, sentía vergüenza con tanta luz y anhelaba volver a la oscuridad para mirar de nuevo, para ver de nuevo cómo aquellas cosas pasadas volvían a hacerse presentes desde el principio ilustradas por la música.

Pero la barraca no tardó en transformarse en templo, en catedral o en palacio, donde se conjugaban en el mismo edificio elementos góticos y barrocos con las decoraciones más extravagantes, y por si no bastara los cines cobraban visos de escenografías fantásticas o exóticas, pongamos por caso, pagodas o edenes de sabor oriental o de noches árabes. A esas alturas, ya no sólo iban al cinematógrafo los obreros, sino también los burgueses.

Hasta que el cine se convirtió en los años 30 y 40 en un espectáculo de masas y los cines no necesitaron ya ser otra cosa que cines. La arquitectura se racionalizó y las salas volvieron a su ser: una caja rectangular con las butacas orientadas hacia la pantalla y con una fachada como otra pantalla para llenar de promesas -carteles, cuadros, reclamos luminosos- de otros mundos, las películas. Aún estaban por llegar los drive in y las multisalas, aunque para entonces el cine había dejado de ser el arte popular del siglo XX.

Y los cines se fueron quedando solos. Y las pantallas, esos pasajes hacia otros mundos, acabaron huérfanas de viajeros que convocaran con su mirada las promesas de la casa de las sombras. Los nuevos tiempos eran llegados, curados del anhelo de oscuridad y, quizás por ello, más oscuros y más sombríos. Pero algunos seguimos suspirando por aquellos cines. O sea, recordándolos, es decir, acercándolos al corazón. Echándolos en falta. Haciendo memoria.

El cine es aquello más grande que nosotros; tienes que alzar los ojos hacia él… En la televisión puedes ver la sombra de una película, el rastro de una película, la nostalgia del eco de una pelicula; pero nunca una película, dice Chris Marker en Immemory (1997). Y añade Raymond Bellour: Eso no significa que no puedas llorar delante del televisor, pero se llora en primer lugar en el cine, en su inmensa sombra.

Lo que hemos llorado en la casa de las sombras.

Adams-Theater-Detroit

· Artículo original de Daniel Dominguez en el blog “La Escuela de los Domingos”

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