Vulgarizar la palabra elitista de cine. Apropiación debida. Por ‘Cine sin Autor’

Guy Debord

Los jóvenes de la Nouvelle Vague francesa afirmaban que escribir sobre cine era ya hacer cine de alguna manera. En Toulose, en las últimas semanas, dos compañeras del equipo de Cine sin Autor, hicieron algunas intervenciones en el barrio donde han fijado su plató y están comenzando a interactuar a través de un centro comunitario con diferentes grupos (uno de señoras que hacen comidas para financiarse viajes, otro de chicas que hacen hip-hop, una panadería, una peluquería y otras intervenciones en la propia calle)

La semana pasada probaron abordar a personas, cámara en mano, a las que aparte de explicarles el proyecto les proponían algunas frases cortas elegidas de textos del cine (Vertov, Edison, Glaubert Rocha, Guy Debord).

Hubo gente que alegó estar apurada para no detenerse, pero hubo otra que sorpresivamente se tomaron su tiempo, aceptaron ojear las frases delante de la cámara, eligieron una, la leyeron a veces en voz alta y reflexionaron sobre ella según lo que el texto les sugería. Son los primeros trabajos para un primer documento que piensan devolver sobre el mes de febrero en “La maison de quartier” al vecindario que decida acercarce, un centro barrial donde se hacen diferentes actividades.

Todos sabemos que la reflexión sobre el cine es elitista, se realiza entre entendidos, está encarcelada en reducidos guetos académicos, críticos, televisivos, festivaleros y demás etcs, donde nos encanta poner a relucir nuestros conocimientos de cine entre otros entendidos.

Junto a la pregunta habitual que hacemos: “si usted pudiera hacer una película, ¿cuál sería el tema, cuáles sus escenas, se parecería a algún género, etc?” el hecho de trasladar frases que solo solemos leer los más obsesivos, incluso con lo difícil que se hace en un abordaje repentino, al repasar las grabaciones nos sorprendió ver a gente en la calle explicando su visión sobre el cine. A veces más elaboradas y otras no tanto. Pero era gente dando su opinión.

Hay que poner el tema cine en el debate de la calle, provocar conversaciones sobre el, buscar formas de que la gente pueda soltar la palabra propia que nunca suele decir porque su función espectadora no da espacio para ello.

El primer paso de apropiación es poder hablar de ello, poder expresar lo que realmente pensamos de este oficio. Abordar una realidad en busca de que el cine se convierta en producción y expresión colectiva supone abrir el espacio para el debate de los contenidos y las formas de los propios documentos, pero también plantear momentos y maneras para que la gente pueda reflexionar y generar sus propias ideas sobre la actividad, su uso, su utilidad social.

* * *

Hablamos de frases. “La estética es la forma que toma la fusión aparente del capital y de la vida en las metrópolis”, dice un texto llamado “Bello Infierno” del Comité Invisible, Tiqqun. Es una frase en mitad de un razonamiento que pone de relieve una separación creada, entre la noción de “arte” surgida en el siglo XVIII -según los autores- como “un ámbito especial de la existencia, celosamente distinto de la vida”. ¿La misma separación que Guy Debord diría sobre el espectáculo? “Todo lo que era vivido directamente se ha apartado en una representación” ¿La misma relación que vemos con nitidez si repasamos la historia del cine cuando nos encontramos a esta actividad, la cinematográfica, desarrollada desde su aparición en forma de negocio, necesitada de fuertes inversiones y condicionada de manera determinante por la rentabilidad de su exhibición?

A través de esa estrecha relación entre capital y estética, capital y espectáculo, capital e imágenes… de cine, nos permitimos algunas sospechas que planteábamos hace algunas semanas al hablar de la cultura-chimpancé: ¿Y si todo el audiovisual con el que aprendimos, como humanidad, a ver y oír cine, (representación audiovisual en general), hubieran sido solo las sombras generadas por el dinero? ¿Y si todo el audiovisual que producimos no agrega mas que un remolino a los ojos y ruido a los oídos porque no es más que variación del cine-dinero?

Gran parte del adiestramiento espectador ha sido a base de formas de representación, películas, posibilitadas desde y para el capital que las sostuvo? ¿Agregaremos infinitas piezas audiovisuales al cine que ya era inabarcable, replicándolo al infinito? “El capitalismo audiovisual pasó (ayer) de hacernos consumir imágenes a (hoy) hacernos consumir objetos con qué producirlas”, nos decía una de las participantes de las Jornadas del Medialab el lunes pasado. Es cierto. Tenemos la potencia productora pero quizá nos falta un re-aprendizaje que nos permita escapar del condicionamiento con el que el elitismo productor nos ha ido conformando. Hay que seguir retomando la senda de los desertores de ese Cine-dinero que fueron abriendo surcos a la imagen-negocio y que cortocircuitaron la hipnosis.

La batalla por el imaginario, es, diríamos, reciente. Apenas tiene un siglo. A veces tenemos la sensación de estar inmersos en una polvareda audiovisual en la que nada se discierne. Una especie de pubertad productora. Una ingente cantidad de mensajes de todo tamaño, inabarcables, se nos abre como posibilidad de elección distractiva. No nos facilitaron del todo la capacidad de ver y oír bien cuando un siglo después ya nos pusieron en las manos objetos baratos para producir “audiovisualidad“. ¿Vemos mejor que hace un siglo como humanidad conectada? Si ver bien supone agudizar la capacidad también de “ver con claridad cómo construir mejores mundos”, no parece que un siglo de cine nos haya mejorado demasiado la visión.

El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se ha convertido en imagen” diría Guy Debord en La Sociedad del Espectáculo. Otra vez esa insistencia en que la imagen, el simulacro espectacular de lo que somos, está generada por una acumulación de capital que parece haberlas parido. Como si alguna vez las máquinas de billetes comenzaran también a producir películas.

Cine-dinero. Ocuparon nuestra visión, captaron nuestros oídos. Entusiasmaron nuestra emotividad. ¿Se podría decir que el cine “ha sido la estética audiovisual del capital“? reutilizando la frase del Comité Invisible. ¿Para qué producir más imágenes? ¿Para qué y para quién acumularlas en los depósitos virtuales?

Mil razones habrá que nos lleven a tan inmensa orgía de nuestros dos sentidos. La inteligente consigna godardiana “Filmar para ver” parecía reclamar hace ya varias décadas una especie de detención, de alarma. Filmar como congelación de lo filmado para recién luego ser capaces de verlo al trabajar con el material, al tener que montar, al penetrar en el en busca de sentido. Filmar no significa ver podría enunciarse, recién vemos después. Hoy. Un automatismo de registros incalculables riega el mundo y la red de virtuales películas. Entonces, lentamente deviene el perfil de sociedades de productores de imágenes. Pero quizá sigamos filmando sin ver. La película instantánea sustituye a la instantaneidad de la fotografía, para guardar en el congelador digital, las realidades que activaremos con un click que permitirá volver a verlas y oírlas en una plana pantalla que simula espesor. Dos o tres frases y unas serie de dudas.

Este blog es un blog elitista. Digamos que es todo lo contrario al cine que ponemos en marcha. Esta palabra con que cada semana reflexionamos desde hace más de tres años, no es más que un ejercicio elitista para aclararnos nosotros y poder comunicarnos con un grupo no muy numeroso de lectores que sabemos nos sigue pero que tienen que manejar las mismas claves y los mismos intereses para poder entrar en comunicación con lo que reflexionamos. La casi totalidad de las personas con las que hemos y estamos trabajando procesos de cine, jamás leerán estos textos. Por eso, las primeras intervenciones de las compañeras de Toulouse que comentamos al principio, “sacando de contexto a este tipo de textos”, sometiéndolos a ser leídos en la vía pública, en un bar, a las puertas de un centro, en la boca de un metro, sometiéndolos al rechazo o la misma incomprensión (“no entiendo bien lo que quiere decir”), arroja luces sobre la necesidad de hablar de cine además de hacerlo. De que debemos sin miedo sacar ideas y textos de quicio, ponerlos neuróticos, quitarle su aura, al igual que estamos haciendo con la práctica cinematográfica. Enloquecer al cine, significa sacarlo de sus guaridas y sus castillos donde se produce, para neurotizarlo en medio de la vida diaria, para que se sienta incapaz de mantener su estética, sus formas, sus procedimientos, sus continuidades. Enloquecer el cine es llevarlo a sus extremos y que la palabra que se dice de el, siempre tan solemne o tan glamourosa, la pongamos en boca del común, a pie de calle, para someterla tanto a la reflexión como a la incompresión de cualquier persona. ¿Qué utilidad tiene el cine para usted? ¿De qué le sirve el cine? ¿Qué uso le daría si dispusiera de él? Convertir al Cine en vagabundo y abrir las puertas para unos nuevos usos, una nueva estéticas, unas nuevas operativas, una nueva manera de vivirlo. Entorpecer su insostenible herencia y dependencia aprendida del Cine-dinero.

Nota al pie de desgracia: Estando estos días en Toulouse, nos enteramos del arribo de un enclave Hollywoodiense a esta ciudad, a las afueras, en un antiguo aeropuerto militar en Francazal, donde se erigirá uno de los enclaves de cine más importantes a nivel europeo, sucursal de los Estudios Raleigh. Capital y cine, ¿verdad?, pues ahí una muestra. La guerra por el imaginario en presente.

Guy Debord - Contra le Cinéma

– El Texto original en el blog Cine sin Autor

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