The World, de Jia Zhangke: Todo lo que se desvanece en el aire de Pekín, por Marcelo Scotti

The World, de Jia Zhangke en Intermedio DVD

En Pekín existe un parque temático en el que se encuentran réplicas a escala de las edificaciones famosas de las más célebres ciudades del mundo y de los grandes monumentos: la torre Eiffel y el Arco del triunfo, el World Trade Center, el Big Ben y el puente de Londres, la torre de Pisa, las pirámides egipcias y la esfinge de Gizeh. El parque es enorme, abarca grandes extensiones de verde y de bosques y a las atracciones mundiales se suman espectáculos musicales, teatrales y de cabaret; un modernísimo tren elevado lo recorre para acercar a los paseantes a los lugares de interés. Los visitantes recorren las atracciones sacándose las fotos obligatorias, haciendo los chistes previsibles y mostrando una divertida indiferencia ante lo que El Mundo les ofrece.

El funcionamiento del parque se sostiene en el trabajo de un grupo de hombres y mujeres jóvenes cuyas vidas se entrelazan entre sí y con la naturaleza de las curiosas tareas laborales que el parque exige: guardias, guías, bailarinas y actrices constituyen la fuerza de trabajo detrás de los escenarios visibles. El uso narrativo que Zhangke hace de las estrafalarias instalaciones adquiere una variada polisemia; entre los trabajos un tanto absurdos propios del parque, se recortan sobre un horizonte social y espacial cada vez más irreconocible los perfiles de las figuras humanas, las vidas de hombres y mujeres del montón que zozobran dentro y fuera de un mundo impropio.

La película transcurre en un registro inclasificable. Se traban y se destraban relaciones amorosas, se exploran nuevas amistades, se afirman o se deshacen otras más viejas. Todas las aproximaciones afectivas entre los personajes llevan las marcas de la fugacidad: unas chicas rusas son empleadas como actrices al principio de la película -dicho sea de paso: al emplearlas, el encargado les retiene sus pasaportes-, una de ellas, que no habla palabra de chino, entre gestos, momentos y canciones compartidos, se hace gran amiga de la protagonista; muy poco tiempo después se marcha a Tailandia. Taisheng, novio de Tao, vive un breve romance con Qun, poco antes de que esta viaje a Francia a reencontrarse con su marido, que emigrara tiempo atrás en busca de trabajo. Todos los personajes vacilan entre deseos insatisfechos, necesidades materiales u obligaciones sociales o afectivas entre las que discurren sus vidas, y esa vacilación es la que sostiene la trama. Zhangke no apela a los registros conocidos: ni romance, ni suspenso, ni drama: El Mundo se mueve al ritmo de las emociones comunes de criaturas sin encantos especiales.

Pero al aproximarse a cada uno con una curiosa sensibilidad, el director los construye, los observa y los interroga dotándolos de una carnadura, un espesor y un humanismo infrecuentes o excepcionales en el páramo en el que se ha convertido el paisaje cinematográfico actual. Esto se sustenta en una puesta en escena prodigiosa, que sostiene a lo largo de todo el film la sensación de que Zhangke está filmando personajes e historias de un backstage -en El Mundo no se aprecia un solo escenario que pueda considerarse un hogar a la manera convencional -, esto confiere al film una rara cualidad: los espacios y las emociones están profundamente imbricados. Con el fondo de las falsas figuras de un paisaje fantasmagórico, las relaciones y los diálogos entre las personas cobran sentidos curiosos, risibles, angustiantes, profundos o perversos: entre tan magnas postales globales, un trabajador le pregunta a la protagonista si conoce a alguien que haya viajado “en uno de esos“, refiriéndose a un avión que vuela sobre ellos.

La presencia constante del trabajo es un elemento clave en la mirada del director. No casualmente sus personajes son típicos trabajadores a los que se filma, sobre todo, mientras trabajan. Esta concepción de la omnipresencia del trabajo es inescindible del tipo de aproximación que Zhangke elige para historias y personas y configura un apunte personal del director acerca de la forma de las transformaciones culturales a las que asiste y de las que intenta dar cuenta.

En una de las secuencias de la película, un obrero de la construcción muere en un accidente ocurrido a altas horas de la noche mientras hacía horas extras. Sus padres viajan a Pekín desde el interior; campesinos sin experiencia urbana, reciben la ayuda de una pareja de amigos del muerto, – Tao y Taisheng- pero antes aún de ver el cuerpo son conducidos a una oficina en la que se les entregan tres gruesos fajos de billetes que pagan el seguro de vida del hijo muerto. La postura física, la pausada gestualidad con la que el anciano guarda el dinero entre sus ropas, pero, sobre todo, la mirada indescriptible en la que se mezclan el dolor que no puede pronunciar, el sufrido cansancio y una triste resignación, se constituye en un comentario profundo sobre las varias violencias que se han reunido en la muerte de su hijo. Síntesis aguda de los sentidos humanos del drama de la modernización, la escena demuestra qué preocupaciones sostienen la mirada del director del mundo a su alrededor, pero también da cuenta de una capacidad singular para construir sutiles conmociones en las subjetividades de sus criaturas.

Sin subrayar, sin declamar, sin intentar convencer, Zhangke encuentra un camino personal para representar conflictos de individuos atravesados por los engranajes de un mundo social y cultural que se torna extraño, que los atrae, los devora y los expulsa. De ese extrañamiento entre los sujetos y los escenarios que se deshacen y se reinstituyen constantemente, extrae Zhangke su pregunta sobre el mundo.

Marcelo Scotti

Noviembre de 2006

The World, de Jia Zhangke en Intermedio DVD

Extraído del blog “Cine sin orillas”

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