Eric Rohmer en la fase superior de la emancipación, por Joel de Río

El cinéfilo ávido y desprejuiciado, cuando descubre en retrospectiva la nueva ola francesa, suele deslumbrarse con Truffaut, lo domina el asombro ante Godard, y se siente espoleado intelectualmente por el racionalismo memorioso de Resnais. Pero semejante trío de ases dominan solo la primera partida. Después, nuestro cinéfilo modelo, si le alcanza la tenacidad, deberá enfrentar los retos quizás “menores” que representan Claude Chabrol, Jacques Demy, Agnes Varda, Jacques Rivette y Eric Rohmer. La obra prolija de este último representa un escollo monumental si nuestro cinéfilo considera que el buen cine depende de la anécdota genérica, las estrellas, entretenimiento evasivo y narración aristotélica y heroica.

La filmografía rohmeriana, una lista larguísima en la cual aparecen uno o dos títulos casi todos los años, desde 1950 (cuando se inició en el cortometraje con Journal d’un scélérat), y sobre todo a partir del año boom de la nueva ola, 1959 (año en que debutó en el largo con Le Signe du Lion) llega al espectador como una verdadera provocación a todos sus preconceptos asentados en su inteligencia por el cine comercial. En la mayoría de sus filmes Rohmer registra, con un estilo nítidamente realista, semidocumental, sin atropellos de ninguna índole, y en un perfil dramático muy bajo, las existencias de gente muy normal, como el vecino a quien nunca le dirigimos la palabra pero suponemos parecido a nosotros por la similitud de sus pequeñas alegrías y desdichas. Sus protagonistas acceden a lo excepcional por su afán de conocimiento, o por la insaciable sed de emociones fuertes. En la misma medida en que parezcan más grises, las mujeres y hombres inventados por Rohmer deberán enfrentarse con algún tipo de suceso, o idea, que represente lo absoluto trascendental, lo humanista quintaesenciado, de modo que el cineasta ha construido durante más de cuarenta años, una suerte de épica intimista, de cámara.

Si el cinéfilo consiguió superar sus esquemas mentales, y aceptar al menos tácitamente esas películas de Rohmerdonde la gente habla y habla y no pasa nada“, entonces podrá acercarse a un cine delicado en la formulación de ideas y sugerencias, un cine cuyas claves principales estriban en los largos planos secuencia, que revelan emociones y matices usualmente inadvertidos; las escenas largas de ritmo interno moroso, casi detenido; el minimalismo esencialista del diseño de producción, la parquedad de cualquier recurso espectacularizante; las inagotables alocuciones (nada librescas) de los personajes casi vulgares a fuerza de cotidianos, la prédica siempre pertinente de una ética civilizadora, tolerante, iluminista… porque Rohmer es más que todo un moralista del futuro, un predicador directo y comprensible de lo trascendental puesto en términos que todos los espectadores podemos comprender, si nos aprestamos a ello.

Resueltamente marcado por la llamada politique des auteurs, aquella que consideraba un filme el resultado inalienable de las ideas, obsesiones y personalidad de su director-guionista, Rohmer se contaba entre los fundadores de la influyente Cahiers du Cinema, y fue su editor jefe entre 1956 y 1963. En este último año se inicia la retrospectiva que el Festival le consagra al cabal autor. Y es que justamente ese es el punto de inflexión hacia un cine más filosófico; es el período en que se inicia la etapa de los llamados Seis cuentos morales, que abarcan desde 1963 hasta 1972, incluyen La carrera de Suzanne, La panadera de Monceau, La coleccionista, Mi noche con Maud y La rodilla de Clara, y le confirió al director, y a su fotógrafo Néstor Almendros el raro privilegio de haber creado un estilo y un universo cinematográfico totalmente único e inimitable. Sobre estos mundos recreados en los Seis cuentos morales asegura Rohmer que “tratan menos de mostrar lo que los personajes hacen, que todo aquello que piensan mientras lo hacen; es un cine de pensamiento, no de acción“.

A mediados de los años setenta, a tono con la época, le llegó el turno a dos soberbias y atípicas adaptaciones literarias. La marquesa de O (1976), otra fábula que disfruta las prerrogativas de la sencillez asombrosa, ambientada en la Italia del siglo XVIII. Y a la contemporaneidad volvió en los años ochenta con otra de estas series propuestas, nombradas y delimitadas por el propio Rohmer. Seis filmes integran las Comedias y proverbios (de esta serie veremos La buena boda, Pauline en la playa, El rayo verde y El amigo de mi amiga) y se relacionan con caracteres hiperestésicos, inadaptados, sobre todo mujeres, que de algún modo consiguen al final un sitio bajo el sol, dicho sea en sentido figurado y recto, pues las películas suelen ambientarse en lo más intenso de la luz del mediodía.

En esta etapa, Rohmer opta por los protagonistas muy jóvenes, suele rodar y editar sus películas al tiempo real en que ocurre la historia, gasta muy poco dinero en sus producciones, sus actores apenas los conoce alguien aparte de él mismo, y apenas emplea la música que no provenga de la misma acción de los personajes. En los años noventa inicia y termina los Cuentos de las estaciones, y posteriormente, con más de ochenta años, vuelve a derivar hacia la relectura de la historia y de los géneros. Ha sido odiado y admirado con la misma vehemencia. La izquierda contumaz no le perdona sus afinidades con la metafísica filocatólica; la derecha no quiere reconocerle su fructífera inconformidad librepensadora. Al margen de todo ello, Rohmer continúa engrosando una obra formidable (qué pena si nuestro cinéfilo modelo no lo quiere admitir) y solo se enorgullece, según ha dicho en reiteradas ocasiones, de haber sido, pura y sencillamente, un hombre libre, alguien capaz de hacer cine solo cuando se encuentra en estado de casi absoluta independencia, emancipado por completo de los gustos tiránicos que imponen los públicos mayoritarios, los circuitos festivaleros, los productores, la distribución y la crítica a la moda.

La panadera de Monceau

Este artículo está extraído de Miradas, la revista cubana de cine de la escuela de San Antonio de los Baños, La Habana.

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2 comentarios
  1. Jorge dijo:

    Me duele un poco ver que Éric Rohmer y Jacques Rivette “de repente” están en una segunda categoría respecto a Truffaut, Godard y Resnais. A lo mejor es que las cosas son así y yo no lo sabía… Aunque también cabe la posibilidad de que esa sea la opinión únicamente del que firma, ya que supongo que no se podrán generalizar este tipo de categorizaciones.

    Por otra parte, algo que me lleva sorprendiendo mucho tiempo es la afirmación de que en las películas de Rohmer “la gente habla y habla y no pasa nada” (ya sea formulada de esta manera o de muchas otras, como esa que dice que ver una película de Rohmer es ver crecer una planta). Me sorprende porque, viendo películas de Rohmer con amigos de mi generación (19 años), nunca hemos llegado a pensar nada parecido. Es algo que sólo he visto escrito por personas de generaciones de más edad, y prometo que nosotros nunca hemos llegado a una conclusión parecida sobre sus películas, por eso me duele que en artículos como este, que elogian a Rohmer, se dé por hecho que un cinéfilo parte de ese prejuicio, porque pienso que la gente de mi generación desconoce esos prejuicios, y es quizás perjudicial que se sigan transmitiendo, pues realmente es algo que creo que ya está superado.

  2. Pues das en todo el clavo Jorge. Primero esos comentarios sobre Rohmer se dan en los amargados, en los que renunciaron en el mismo pack a cierto cine y a cierta manera de pensar la sociedad y la vida. No te extrañe que veas que a renglón seguido dicen: “no sé cómo podíamos ver esas películas, los bodrios que nos tragábamos en los cineclubs” y a continuación elogien lo bien que se lo pasan viendo mainstream en casa con sus hijos (menuda educación)

    Ver películas, que podemos definir en la categoría amplia de ‘profundas’, compromete un estilo de vida, un afán de investigación, mucho sentido crítico, una educación del gusto que si triunfa te dura toda la vida y si fracasa arrastras siempre escondiendo la rabia por no ser capaz de disfrutar de ese cine que la intuición te dice que son es el de las más maravillosas creaciones artísticas, pero que tu estilo de vida y las elecciones que tomas te alejan de poder disfrutarlas.

    Lamentablemente, a tus 19 años, aún descubrirás muchas veces que en todas partes lo verdaderamente bueno tiene la dificultad y el handicap de los husos en que la mayoría es condicionada y educada. Bien porque ese mensaje de rechazo se emite porque las neuronas no dan para tanto y se cree en ello, bien porque se asume pensando que la mayoría responde a esos estímulos de esa manera para ellos comprensible y hay que sumarse a la masa o ser devorado. Cine, cines “profundos” decíamos antes, hay muchos, a todos nos llenan algunos. Anticine de masas sólo hay uno, que se filtra, en mayor o menos medida, en la gente que no pelea. Como Rohmer es la belleza descubrirlo a los 19, pero hay que defender el espíritu el resto de la vida para no acomodarse y no volver al rebaño.

    Por último a mi también me planteó dudas esa subdivisión entre dos categorías de cineastas de la Nouvelle Vague. Creo que esas listas y medallas son muy de los críticos de “Las 100 mejores películas de Hollywood de todos los tiempos”. Se mitifica, se cultiva la devoción a la figura, se acepta una clasificación y se anula el sentido crítico. En cualquier caso se trata sólo de su categorización, que quizás se pretende universal, y ahí está el fallo, en aras de hacer el texto más literario.

    Un saludo.

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