Sokurov inédito, por Ángel Quintana en La Vanguardia (2005)

A menudo nos preguntáis por ediciones nuestras que están descatalogadas, adquiriendo, de ese modo, cada una de las copias, la singularidad de una pieza de coleccionista. Hemos de deciros que cuesta tanto que una edición se agote, que todos los que dicen amar un tipo de cine amen también conservarlo en ediciones a la altura de ese amor, que reemprender el camino y volver a llenar de nuevo los almacenes de una colección de films, que costó sangre y sudor que llegaran al público, se hace una labor titánica, a veces infranqueable.

Algunas de las películas de las que habla este artículo han corrido esa suerte. Suerte, dicho sin retórica, porque eso significa que llegaron hasta vosotros como debían, bien editadas, con la imagen perfecta, con las señas de identidad que hacen de ellas un objeto singular, atesorable. Para que eso suceda se conjugan muchos factores, la atención de la crítica, el boca-ojos, la lengua-mirada, el azar de que un artista sea entendido por la inteligencia de su época. Y, sobre todo, salir victoriosos de la pelea contra las rutinas de una sociedad-espectáculo que concibe la imagen como la contemplación de una explosión irrelevante, que sucede al otro lado de un cristal, que representa un otro ideal, más verdadero que la verdad, porque obedece siempre a los deseos más vagos, a los que tienen que recorrer un camino más corto entre la realidad y una pobre fantasía.

Intermedio DVD dibuja cada una de sus ediciones seguramente consciente de que suponen un testimonio de que parte de lo que merecía la pena de la creación de una época pudo llegar a los conciudadanos de un autor, a los contemporáneos de una obra. Esa posibilidad hace que se conviertan los celuloides y los bytes en algo que merece ser tangible, que puede tocarse sin confundirse, que está ahí si mañana se invierten las órdenes de los bomberos y hay que organizar la resistencia. Por si hace falta recordar que una película es algo concreto, especial, y la mejor manera de protegerla y comunicarla es que tenga el sitio que se merece.

Hoy os ofrecemos este artículo, que os habla de algunas películas que ya no podréis comprar, que difícilmente volverán a ser editadas, que están en las casas de algunos de vosotros como una región rebelde.

Madre e Hijo. Sokurov.

En 1997, al proyectarse Madre e hijo de Aleksandr Sokurov en el festival de cine de Berlín, cierta crítica empezó a señalar que había surgido el apéndice de Sacrificio de Tarkovski, que había surgido la película que establecía una continuidad estética respecto a la gran tradición espiritualista rusa. Mediante una serie de imágenes de sofisticado calado pictórico, Madre e hijo nos introduce en un extraño territorio situado entre lo visible y lo invisible, entre la muerte y la vida. La película muestra a un hijo que lleva en brazos a su madre agonizante como si fuera una transformación de la Pietà. En poco más de una hora, la cámara de Sokurov describe los afectos paterno-filiales que se ponen de manifiesto en el momento del tránsito hacia el más allá, mientras elabora una especie de visión panteísta de la existencia que contrapone la agonía de un cuerpo físico al esplendor del paisaje natural que rodea el escenario de la defunción. Madre e hijo sirvió para consagrar en el panorama del cine internacional a Aleksandr Sokurov, cuya trayectoria anterior empezó a ser revisitada y su filmografía -tanto sus elegías documentales como sus ficciones- pasaron a ser consideradas como un hito mayor en el terreno de la creación cinematográfica. A diferencia de la mayoría de países europeos, Madre e hijo nunca fue estrenada en España y no fue seleccionada por ningún festival de cine. El nombre de Sokurov tuvo que esperar al estreno de El arca rusa para empezar a ser considerado como un nombre clave.

La reciente edición en DVD de cuatro películas de Sokurov  -entre ellas Madre e hijo– adquiere la dimensión de auténtico acontecimiento ya que permite penetrar en una parte significativa de la vasta obra de este gran desconocido. Dolorosa indiferencia rodada en 1983 y estrenada en 1987, es una obra primeriza en la filmografía de Sokurov que permite establecer una curiosa reflexión sobre las formas de aproximación que el cineasta ha establecido con la literatura. El punto de partida es la pieza teatral La casa de las penas de George Bernard Shaw, que constituye una especie de crónica sobre la agonía de un mundo frente a los ecos de la primera guerra mundial. Sokurov mezcla la representación apócrifa de la obra de Bernard Shaw con imágenes distorsionadas de archivo, convirtiendo el relato en una especie de pesadilla que funciona como antesala de la paranoia de la guerra. Días de Eclipse (1988) es la primera obra mayor de Sukorov. Su origen se halla en novela de ciencia ficción escrita por los hermanos Arcadi y Boris Strugatski, autores del texto que inspiró Stalker de Tarkovski. En un espacio apocalíptico situado en un remoto territorio de Asia Central, un médico lleva a cabo una investigación sobre la menor propensión de una enfermedad en los niños de comunidades creyentes. A partir de esta excusa, el cineasta describe un mundo inestable marcado por una fuerte crisis espiritual, por el eclipse de una determinada idea política – el filme fue rodado en plena época de la Perestroïka- y por una extraña poética de la separación entre los personajes. Finalmente, Molloch – premiada en el festival de Cannes de 1999-, constituye el primer capítulo de una serie sobre el crepúsculo de los dioses del siglo XX. En Molloch asistimos a una jornada cualquiera de Hitler, en el refugio alpino del Nido del Aguila, donde se reúne con Eva Braun, Goebbles y otros dignatarios del Reich. Sokurov nos muestra la cotidianidad de estos personajes prisioneros de su propia trivialidad. Describe un Hitler obsesionado por la muerte y la putrefacción del cuerpo. Al igual que la figura de Stalin de Taurus (2000) y el emperador Hiro Hito de El sol (2005) lo que le interesa a Sokurov no es la dimensión histórica de los hechos sino la construcción de una cierta poética de la vulgaridad a partir de una visión decadentista de los dictadores del siglo XX. Sokurov parte de lo cotidiano para buscar las raíces del mal. Antes de conseguir el prestigio internacional, Sokurov era una figura clave en el terreno del documental, donde a partir de Maria (1978) convirtió sus exploraciones por lo real en diferentes elegías. De forma paralela creó una serie de ficciones que han acabado bifurcándose en torno a tres temas mayores: el amor, la muerte y Rusia. En el cine de Sokurov, sus héroes no pueden vivir un amor feliz porque este es limitado desde un punto de vista material y entra en contradicción con la dimensión espiritual de los afectos. La muerte no es objeto de una delectación mórbida, sino que es vista como un camino hacia la luz. La vida es para Sokurov un misterio, por lo que la muerte no puede ser sino un paso hacia la luz. De este modo resulta significativa la declaración final de Madre e hijo, cuando el hijo frente al cadáver de la madre declara: “Nos reuniremos… ahí ¿de acuerdo? Donde acordamos. Espérame. Ten paciencia, querida mía…“. La muerte genera la separación del amor, pero es un camino de tránsito hacia otra dimensión, hacia ese invisible del que Sokurov pretende dar cuenta partiendo del mundo físico. Finalmente, la idea de Rusia no responde a un principio cartográfico ni histórico, sino a una idea de la cultura que de forma concéntrica atraviesa todas sus obras tanto documentales como ficcionales. Rusia es un espacio de contrastes infinitos, un mundo que fue clave a finales del siglo XIX, que el comunismo barrió parte de su esencia y sobre el que el cineasta reflexiona con marcada melancolía.

Madre e Hijo. Sokurov.

· Alexander Sokurov en Intermedio DVD

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