Sokurov, el Heredero, por Pablo de Vita en Revista Criterio

En pro de traeros cosas de toda índole sobre los autores que nos interesan, y nos interesarán, recuperamos aquí un artículo de la revista argentina Criterio, de noviembre de 2002, ligada a sectores católicos de la patronal argentina, escrito por Pablo de Vita, a propósito de un ciclo que llevó el cine de Sokurov a Buenos Aires y que hemos rescatado del blog criterio

Sokurov Elegía de Moscú

Semanas atrás el público porteño pudo disfrutar de una interesante presentación de las producciones realizadas por Alexander Sokurov. Este ciclo –raro brillante en nuestra devaluada oferta cultural– fue presentado, lógicamente, en la sala del cine Cosmos. Pantalla que, por otra parte, supiera ofrecer años atrás a un impactante realizador que desafiaba la constante y estúpida censura ejercida por el corporativo gobierno soviético. Era Andrei Tarkosvki, a quien muchos comparan hoy con otro ruso, Alexander Sokurov, calificando a éste (de forma simple pero no del todo errónea) como su heredero.

Para el desmemoriado –la falta de memoria en la Argentina a veces es tan deliberada como la ignorancia– Madre e hijo demostró ante los espectadores de Buenos Aires, y de algunas selectas plazas del interior, que no todo estaba perdido en materia cinematográfica. De esta forma comenzaba a circular entre nosotros el nombre de Sokurov, un habitual de los festivales internacionales europeos, y se constituía con su filme en un éxito en el circuito de exhibición independiente. Pero ¿dónde radicaba el secreto de aquel primigenio deslumbramiento? Quizás en que Madre e hijo despierta emociones ausentes junto a un desprecio por la convenciones del cine y un tema subyacente: todos somos hijos, todas nuestra madres morirán así como nosotros también lo haremos. Entonces… ¿dónde reside el sentido de la profunda negación cuando se manifiesta lo evidente? Sokurov nos dice: “El arte nos prepara para la muerte. En su esencia misma, en su belleza, el arte nos fuerza a repetir ese instante final una cantidad infinita de veces, posee una potencia capaz de conducirnos hacia esa idea. Para que el día que estemos confrontados con la muerte, podamos hacerle frente, deslizarnos en ella sin demasiadas dificultades”.

Quizás como parte de esta preparación, Sokurov ha desarrollado las Elegías. En todos los casos, las elegías tienen relación con la muerte y son consideradas por el director como poemas fílmicos que se apartan de la convencional forma de comprender al documental. Tres de un total de nueve, Elegy of Voyage, Dolce y Elegy of Moscou, fueron presentadas al público argentino. La primera es una frágil ensoñación que comienza con la visita a un monasterio ortodoxo y atraviesa extrañas fronteras para arribar a un país y a un palacio no menos ajenos, el Boijmans Museum de Rotterdam, donde el visitante se sitúa frente al St. Mary’s Square de Peter Saenredam. Dolce, en tanto, retrata al escritor japonés Toshio Shimao, muerto en 1986, su viuda y su hija, en un intento que en esencia se entronca en las reflexiones de Sokurov sobre Japón y el pueblo japonés merced a un monólogo lírico de Miho Shimao, la esposa del escritor. Por último, Elegy of Moscou conmemora al maestro desde la ausencia, desde la casa abandonada por un Tarkovski emigrado, donde la simbología del viaje esta implícita y latente siempre. En todos los casos, el tiempo es el cruel interrogante que se captura desde la conversión del espacio y, citando al guía, “El tiempo y el recuerdo están abiertos el uno para el otro, son como dos caras de una sola moneda” (1).

Sokurov llegó al cine desde un costado particular. Como hijo de una familia de militares, en constante movimiento por la frontera del imperio, su trabajo para la televisión local en la cerrada ciudad de Gorki le posibilitó más de una enseñanza, dado que los años setenta para el universo soviético fueron de total estancamiento y cerrada retórica oficial de la mano de Brezhnev. Su ingreso a la Escuela de Cine de Moscú nunca fue valorado y su tesis de graduación La solitaria voz humana (1978) fue rehabilitada recién en 1986 de la mano de Elem Klimov (Adiós a Matiora) desde su puesto de la Unión de Cineastas Soviéticos.

Stavrogin: “En el Apocalipsis, el ángel anuncia que ya no existirá el tiempo”.
Kirilov: “Lo sé. Eso está dicho expresamente, de forma clara, inequívoca. Cuando todos los hombres sean felices, ya no existirá el tiempo, porque ya no hará falta. Una idea muy cierta”.
Stavrogin: “¿Y donde lo meterán?”
Kirilov: “En ninguna parte. El tiempo, al fin y al cabo, no es una cosa, sino una idea. Desaparecerá en el entendimiento” (2)

El tiempo recobrado

Gracias al Glasnost y a Klimov, la trayectoria de Sokurov pudo despegar y ubicarse como una gran figura, del cine de arte actual junto a Abbas Kiarostami. Puede entonces comprenderse que la distancia temporal, muchas veces alrededor de una década, no hagan mella en el espíritu del realizador. Todo lo contrario, María exhibe dos fechas: 1978 y 1988, donde Sokurov retrata a la campesina que da título al film y vuelve al terruño diez años más tarde para realizar una exploración sobre la realidad indigente de la vida en las granjas colectivas soviéticas, y cómo la enfermedad y el trabajo forzado cruzan esa década de ausencia. Entonces, el tiempo se cerrará como un triste espiral donde la muerte es la única válvula de descompresión y posibilitará otras enseñanzas: “Cuando usted ve un film en una sala, no importa lo que haya pagado de entrada, usted paga en horas de su vida. Una vez atravesada la puerta, es una hora y media de su vida que se escapa de manera irremediable. Ese tiempo no lo recuperará nunca”, señala Sokurov a propósito de la duración de una hora y diez minutos de Madre e hijo. Esas horas de vida perdidas pueden ser un símbolo en cuanto a la duración de Spiritual Voices donde acompaña en largos 328 minutos al ejercito ruso varado en la frontera con Afganistán tras la caída de la URSS. En definitiva, las armas están allí para matar y los largos minutos extraviados bien pueden homologarse a la gran cantidad de vidas perdidas o a la pérdida de tiempo del director en su infancia, cuando paseaba por las bases militares.

En la intencionalidad puesta de manifiesto en su filmografía las cercanías entre Sokurov y el realizador de Sacrificio son más que evidentes, pero así también las diferencias. Tarkovski siempre renegó de la experimentación y Sokurov la constituyó en uno de los pilares de su obra. La reciente presentación en Cannes de Russian Ark (El Arca Rusa) donde construye un film de 90 minutos con un largo y único plano secuencia que recorre el impresionante Museo Hermitage de San Petersburgo para intentar narrar la historia de su país durante varios siglos, habla por sí solo. Otro elemento, el manejo de la concepción del tiempo: como agitación de la sociedad humana, en Tarkovski y como solitario reservorio de las últimas cosas en Sokurov. Una anécdota que sintetiza esta curiosa combinación de intereses se enuncia con Días del eclipse (1988) donde Sokurov, como elemento de experimentación y búsqueda de un estilo, tomó un cuento de ciencia-ficción de los hermanos Strugartski, los mismos que sirvieran a Tarkovski para adaptar aquel Picnic al costado del camino y convertirla en Stalker. Como punto de partida, sin dudas, Tarkovski ha sido un referente. Lamentablemente, en 1986, Tarkovski murió recordando desde el exilio, una vez más, lo bello y lo triste del mundo. Similar visión que Madre e hijo generó en Nick Cave al escribir : “Es una visión de humanidad que llega a hacerse verdaderamente trascendente. Sokurov no se anda con rodeos respecto a la naturaleza trágica de la muerte. Lo que vemos allí no es otra cosa que la pasión, mostrada en tableaux, reflejando ocasionalmente la historia de Cristo. No se trata de la Pasión de la madre doliente, sino la del hijo. No la Pasión del que muere, sino la pasión de quien es abandonado por el que muere”. En definitiva, no nos resignamos a considerar a Sokurov un heredero por todo lo profundo y humano que hay en él; sino por todo aquello que con similar maestría nos brindara Tarkovski. En definitiva, la búsqueda del heredero sólo trata de purificar y hacer menos aciaga la ausencia en este devenir que, seguramente, vivirá mientras exista la imagen y el sonido y la madera y la carne.

Sokurov - Madre e Hijo

Bibliografía:

Tarkovski, Andrei: Esculpir en el tiempo, Ediciones Rialp, Madrid, 1999.

AA.VV.: Alexander Sokurov, en los cuadernillos Fichas de cine 3, ediciones Cinemateca Uruguaya-Banda Oriental, noviembre de 1999.

1. Tarkovski, Andrei: Esculpir en el tiempo, Ediciones Rialp, Madrid, 1999.

2. Cita de Los poseídos de Dostoievski, publicada en 1871-72, en Tarkovski, Andrei: Esculpir en el tiempo (op. cit.).

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