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Archivo de la etiqueta: Chantal Akerman

Celebramos que somos 900 en la página de Intermedio DVD en Facebook y lo hacemos con un concurso. Las bases son éstas: hay que elegir un fotograma de una película de Intermedio DVD y publicarla en nuestro muro junto a una dedicatoria a un amigo en esa red social que no nos siga todavía. Vale todo, dedicatorias de amor, de amistad, de bromas o comentarios de arte y ensayo :) Tienen que ser capturas de pantalla que hayáis hecho vosotros mismos con vuestros DVD. No valen fotos cogidas de Google. Queremos ver con qué detalle, con qué matiz os quedáis vosotros. El premio es 2 cofres de Chris Marker, uno para cada uno, y el plazo es hasta llegar a 50 participantes. El premio se otorgará por sorteo, coincidiendo con las 2 últimas cifras del cupón de la ONCE. Y se asignarán los números públicamente con anterioridad. Mucha suerte a todos y a todas y aquí os dejamos la primera tanda de fotogramas y dedicatorias que nos habéis enviado.

La Eternidad y un día - Theo Angelopoulos

- Carlos a Albaentre películas de Angelopoulos y muchos más.”

Collage de Francisca Pageo - Las margaritas - Vera Chytilová

Francisca Pageo a Blanca ”porque además de ser una gran amiga, juntas hemos hecho collages y fotos y hemos creado y nos hemos divertido y nos hemos indignado hasta de una lechuga pisoteada“.

Jean-Luc Godard - Historie(s) du Cinéma

Juan a Raúlcompañero de rodajes y locuras“.

Pedro Costa - En el cuarto de Vanda

Mario a Ivánel espacio con nada“.

Theo Angelopoulos - El Viaje de los Comediantes

Cineuros Sur a Antonio, “El actor ante la cámara…

Jean-Luc Godard - Luchas en Italia

Cristina a Frandescubrir con Marx que cuando las contradicciones se acaban la vida se para y es la muerte“.

Pedro Costa - No quarto da Vanda

Alberto a SilviaLa otra cara de la especulación inmobiliaria.”

Jean-Luc Godard - Todas las Historias

Fernando a Maríapara llevarse el cofre Chris Marker de paseo a tomarse unos garroticos en Beatriz“.

Chantal Akerman - Lá Bas

Zoe a Nurielis ”la mujer que nada“.

Chantal Akerman - Lá-bas

Miguel Ángel Mengo a Josépor el me gusta que te debía a causa de esta película,y por la soledad del que mira“.

La fille dinosaure

Sabel a EvaLa fille dinosaure“.

Eric Rohmer - Perceval el galés

Brian a Pabloa quien, siempre que puedo, me gusta ‘afrancesar’ fílmicamente. Porque Rohmer sintetizó el descubrimiento del amor en este bello plano de Perceval le Gallois“.

Jean-Luc Godard - Une femme mariée

Laura a Carlosporque el maestro Godard siempre nos regala imágenes que valen más que mil palabras“.

Nobuhiro Suwa - M/other

Sergio a Juncalque tiene un ojo y un corazón privilegiados para otros cines y para la vida, y que me acompaña desde hace años, y en especial desde hace cinco meses, en la aventura más grande jamás contada“.

Pedro Costa - En el cuarto de Vanda

Jordi a Andrésquien probablemente agradecería un cofre de Chris Marker“.

Hong Sangsoo - Noche y día

Fernando a Robinsonpor tantos años de generosa amistad, desde las épocas de alegre extravío, siempre deambulando por las calles, yo inquieto pero él con una ingenuidad a prueba de tristezas (y fan absoluto de Marker)“.

Theo Angelopoulos - Paisaje en la niebla

Raquel a Nelsonpreciosa escena final“.

Robert Kramer - Milestones

Librería Masilva a GazmiraElla sabe“.

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Contracampo Enunciación y Punto de Vista

La muerte el pasado 20 de febrero de Francisco Llinás, crítico cinematográfico, activista cultural y fundador de la revista Contracampo, publicación cinematográfica prolongada durante 42 entregas entre abril de 1979 y otoño de 1987, trae al recuerdo la significación de una apuesta editorial hoy aún diluida o poco conocida, en ocasiones mal digerida por las sucesivas operaciones de desmemoria llevadas a cabo sobre el fructífero marco de la etapa de la transición política española en sus vetas más radicales muy y a pesar de su grado de influencia. El carácter especializado de la revista en un ámbito específico que señalaba el predominio de la investigación sobre la mera divulgación e información fílmica, con muchas variantes posibles -obsérvese la diferencia de objetivos, perspectivas o destinatarios con respecto a las otras publicaciones coetáneas o coincidentes en distintos momentos de esa etapa histórica (en especial Fotogramas, Dirigido por…, Cinema 2002 o Casablanca)-, acrecienta las dimensiones de su legado, las satisfactorias ramificaciones de su herencia.

Los ocho años de vida de Contracampo, definidos con excelencia en un texto de Asier Aranzubia -”Vida y milagros de una revista de combate. Contracampo (1979-1987)”-, incluido en el homenaje que Cátedra dedicó en el año 2007 a la revista y a la que nos referiremos más adelante, un estudio pormenorizado que virtualmente exime de cualquiera esfuerzo posterior, perfilan un proyecto colectivo lleno de rigor y ambición, influido por las corrientes de estudio de las que en buena medida la crítica, teoría e historiografía española habían quedado al margen. Es decir, el análisis textual, el estructuralismo, buena parte de los postulados semióticos en boga o el psicoanálisis. Sin embargo, toda la aventura va a aparecer sublimada por la sutil (a veces incluso contundente) e inusitada radicalidad política, que envuelve, define decididamente el conjunto. La perspectiva metodológica tomada en estos años va a enfilar en paralelo y de manera harto coherente el devenir o la trayectoria como teóricos, historiadores, críticos, docentes, programadores e incluso cineastas de muchos de sus colaboradores.

Conviene formular y tratar de responder algún que otro interrogante para sumergirse en esta aventura. El primero delimita el alcance del contexto inmediato y filtra la declaración de intenciones en la que se apoya la particular idiosincrasia del proyecto. Muerto en 1971 su precedente más evidente, Nuestro Cine, ¿con qué tipo de revistas se encuentra o convive Contracampo en su periplo? Por un lado, la vertiente Variety de Fotogramas, la legendaria publicación barcelonesa surgida en 1946, una revista de difusión comercial que miraba (y mira) sin reparos hacia el sustrato industrial y la sociedad del marketing asumido, reportándole ambos aspectos más que importantes ventas y amplia difusión. Por otro, un sector aparentemente más exigente por el que pululan la cinefilia visceral poco dada al experimento de Casablanca, nacida en 1981, con personas como Fernando Trueba y Carlos Boyero como capitanes de la nave, defensores de los restos del New Hollywood, de cierto cine europeo de autor y también preocupados por el cine español; el clasicismo atrabiliario de Dirigido por…, aparecida en 1972 (y aún activa), experta en estudios de obras completas de cineastas, con preceptivos recorridos en orden cronológica; el irregular cajón de sastre que representa entre 1975 y 1980 la experiencia de Cinema 2002.

Otra cuestión esencial viene delimitada por la configuración de los contenidos y los nombres participantes. El núcleo gordo de la revista, el grupo de redacción con algunos de los principales colaboradores, con inesperadas ausencias (Javier Maqua, los hermanos Pérez Merinero, Domènec Font), estaba constituido por profesionales como el citado Llinás, editor-director de principio a fin, Julio Pérez Perucha, Santos Zunzunegui, el musicólogo José Luis Téllez, Juan Miguel Company, Manuel Vidal Estévez, Javier Vega, Jorge Urrutia, Jenaro Talens, Vicente Ponce, Ramón Sala, Joan Batlle, José Vicente García Santamaría, Ignasi Bosch, Alberto Fernández Torres, Jesús González Requena o Manuel Palacio, con la incorporación progresiva en los números finales de jóvenes como Vicente Sánchez-Biosca y Rafael R. Tranche. Todos, prácticamente sin excepción, figuras relevantes en la reflexión fílmica después del cierre de la revista. Todos, sin excepción, implicados en una operación, como bien refleja Asier Aranzubia, de “voluntarismo militante”. Los orígenes, colectivos de guerrilla llenos de erudición, talento y perspicacia como Marta Hernández o la fugaz publicación La Mirada. Los objetivos, preclaros: la voluntad por pelear contra el ensimismamiento tradicional de la crítica (y será el deseo de generar debate, de ofrecer canales de interacción con el lector cómplice el elemento definitorio que más se pronuncia con el tiempo como efecto singular de la existencia de la publicación); la fuerte propuesta edificada de manera multidimensional como una tentativa de intervención en la realidad de carácter no sólo estético sino también sociopolítico, histórico, de ahí la importancia y preocupación por todo aquello que tiene relación con el cine español. La independencia, la fortaleza de un espíritu de disidencia que insólitamente aceptaba la autocrítica colisionan con las líneas generales esbozadas en las otras revistas, marcadas por el comentario impresionista y la obsesión autoral.

El modesto diseño, la cuidada y coherente estructura -una división en secciones que responde al deseo de un sentido organizativo preciso, incluyendo traducciones de autores valiosos (de Barthes a Bazin) y la “Mesa revuelta”, cuña de la actualidad perenne que reúne muchos puntos de interés- o el cambio de formato (a partir del número 34 el modelo revista tradicional se transforma en libro de pequeño tamaño) se vinculan con los contenidos. El cambio de periodicidad en el tramo final, de mensual a trimestral, acentuado en los dossieres específicos que se editan, marca su conversión, como colofón, en revista marcadamente científica, acorralado el presente más urgente por la reflexión elaborada.

Fragmentos de una imagen

Las consecuencias del ideario adoptado y su plasmación, el contingente de escritos, indican las líneas de intervención que se trazan. La comprensión de la agonía del fenómeno del New Hollywood la finales de los años 70, con la sucesión de hecatombes perpetradas por Friedkin, Coppola, Scorsese o Cimino, conducen a un cambio de paradigma que provoca uno de los puntales obsesivos de la revista, la impugnación de buena parte del cine norteamericano, entendido como banal, pueril, impositivo, reaccionario, discurso hegemónico, hecho refrendado en la nueva década con el esplendor del modelo de relato Lucas / Spielberg. La reescritura de la Historia del cine español -el estudio del propio cine, con paseos por el pasado, indagaciones sobre sus retos, desafíos y crisis, es el núcleo que alienta y va a englobar Contracampo- lleva a fomentar autores que desde vías distintas, van de la mítico-poética (Gutiérrez Aragón) a la cómica apegada a las tradiciones culturales españolas (Berlanga, Fernán-Gómez), pasando por líneas políticas de provocativa defensa de la eficacia panfletaria y pretensiones dignamente populistas del malogrado Eloy de la Iglesia, enlazan con la pretensión de análisis más o menos común de los redactores. Nombres como Drove, Viota y Álvaro del Amo, títulos como Después de…, Animación en la sala de espera, Cada ver es, son también alabados en unas páginas que reciben al primer Almodóvar, respetan a Borau, Zulueta, Chávarri o Guerín, mientras que destrozan a héroes de la progresía oficial (Carlos Saura como caso paradigmático).

El número de partida explica la opción tomada: un acercamiento a uno de los grandes frescos documentales de la transición, La vieja memoria de Jaime Camino, o la incorporación de las voces vedadas por el relato oficial; unas amplias consideraciones en torno a la celebración del Congreso Democrático del Cine Español; un artículo sobre el discurso “dogmático” de Hollywood; un análisis textual de Damas del teatro de Gregory La Cava o la rehabilitación de nombres descuidados en el pasado, y sintomáticas reseñas de filmes de Eloy de la Iglesia, Mijail Romm o Arturo Ripstein.

Estas opciones, el compromiso histórico contraído y los cruces con la realidad alcanzan su apogeo con uno de los momentos más célebres, el estudio sobre la representación escénica del golpe de estado del 23-F que se organiza en el número 20. La puesta en valor de autores entonces no tan atendidos en nuestro país de manera tan consistente (Akerman, Delvaux, Oliveira, Bertolucci, Oshima, los Taviani, Syberberg, Berzosa, Raúl Ruiz, Godard, los documentalistas de la RDA Heynowski y Scheumann, Engström y Theuring, Angelopoulos), el aplauso al underground -incluso John Waters- y la revisitación o redescubrimiento de los antepasados con nuevas miradas (Chaplin, Eisenstein, Griffith, Sirk, Ophuls, Lubitsch, Pasolini, Renoir, Ozu, Mizoguchi, Menzies, Biberman, Sternberg, Von Stroheim, Nicholas Ray, Hitchcock, Buñuel) se mezclaban con la exploración por géneros (especiales dedicados al musical, al terror, dos partes a la pornografía) y el tratamiento con carácter monográfico de cuestiones como la televisión, el videoarte, la vanguardia y el psicoanálisis. El último número, nada menos que consagrado a la “Enunciación y punto de vista”, ejemplifica como testamento la reunión de los complejos dispositivos teóricos levantados en toda esta etapa.

Las capacidades de Contracampo y su propia intrahistoria van a contemplar con posterioridad a su desaparición varios hechos esenciales a modo de huellas influyentes, perdurables. Primero, la eclosión de sus tesis sobre la escritura fílmica patria en la emblemática Antología crítica del cine español (1906-1995), editada por Cátedra en 1996 y coordinada por Julio Pérez Perucha, pasando por la regularización de las líneas de investigación emprendidas por publicaciones como Archivos de la Filmoteca y, desde luego, la influencia académica y científica ejercida sobre generaciones de estudiosos. Segundo, el tributo directo, la salida en la misma editorial Cátedra en fechas recientes de una antología de textos de la revista con el título Contracampo. Ensayos sobre Teoría y Historia del cine (2007), edición a cargo de dos de sus artífices, los prestigiosos analistas y docentes Santos Zunzunegui y Jenaro Talens, una obra que recoge algunos de los escritos más significativos y, sobre todo, las líneas maestras de la intervención desarrollada, un paroxismo de la idea de la publicación como objeto de estudio y un reconocimiento de su lugar simbólico, un espacio despejado de la maldita corrección política favorecido, bien es cierto, por el curso de los tiempos, el período histórico que le correspondió vivir.

Contracampo Libro en Editorial Cátedra

· Artículo original de José Manuel Sande en la revista de cine gallega ‘A Cuarta Parede’

Jacques Rancière

Desde el prólogo de Malestar en la estética, usted evoca a modo de elogio la confusión que a su entender define a la estética. ¿Puede aproximarse esta idea a la impureza que a menudo se atribuye al cine?

Por supuesto. La confusión estética es la imposibilidad de definir un arte por una esencia, una técnica o un medio propio. Es lo mismo que entendía Bazin cuando hablaba de la impureza cinematográfica: la imposibilidad de oponer una esencia plástica del cine a una esencia verbal del teatro o de la novela. Pero si a menudo el cine es calificado como un arte impuro es para contraponerlo como un arte deudor de todas las restantes, de las artes supuestamente puras. Por el contrario, yo pienso que el cine revela un destino común a todas las artes. Ninguna de ellas puede definirse por esa esencia propia que algunas teorías quieren oponer al discurso estético, que es considerado como un comentario exterior. Al margen de los modos de visibilidad e inteligibilidad que lo constituyen como tal, el arte no existe. Todo arte es un préstamo ejecutado por un trabajo perceptivo y discursivo obtenido de diferentes tipos de entretenimientos, rituales o ceremonias. Esto significa que su aspecto no artístico es esencial a la identificación misma del arte. Y evidentemente, un arte como el cine está muy bien ubicado para atestiguar esta impureza común a causa de su origen como entretenimiento popular.

El empleo del término impureza en el cine remite a su relación con el mundo, con lo real, lazo de distinta naturaleza al de las artes que le precedieron. Cuando usted recuerda la importancia, en el ámbito de las artes, de una nueva relación con lo trivial, con la materialidad a través del ejemplo de Stendhal que remite a lo sucedido en literatura en el siglo XIX, así como en la música o en la pintura, ¿no está sugiriendo que estas artes se aproximan a lo que el cine será de modo natural?

La impureza no es un privilegio cinematográfico. Los objetos del mundo comenzaron a penetrar en la literatura o en pintura de modo trasgresor y esta trasgresión constituyó la nueva visibilidad del arte que permitió al cine y a la fotografía convertirse en artes. El cine no es impuro porque se pasee por las riberas de los ríos. Antes de que existiese ya se paseaban por allí. Una manguera no está más cómoda en el cine que en un cuadro o en una página literaria. No puede definirse la impureza del cine por su relación con el mundo, o mejor dicho, no hay que definirla por su relación con lo banal, sino como lo indiscernible entre la citada forma de entretenimiento y la forma del arte. Desde ese punto de vista, el cine es importante por haberse convertido en el arte de masas en el sentido en que es el arte de mayor consumo.

También se ha convertido en el arte de lo real, con todas las precauciones asociadas a este término. Pero siguiendo con su ejemplo, en Manet, Stendhal, Varese, hay algo que hace que siempre se diga que es un gesto, un intento, mientras que en el caso del cine, no es necesario intentarlo. Desde el momento en que los Lumière ruedan, filman la realidad. El cine es un arte que se construye automáticamente con la realidad. Si se afirma que el cine fue inventado en 1895 por los hermanos Lumière y no tres meses antes por los hermanos Skladanowsky es debido a que éstos filman teatro frente a los Lumière que filman la salida de una fábrica o la llegada de un tren a la estación.

Es una mirada retrospectiva. En 1900 se pensaba que el cine se convertiría en un arte si se filmaban objetos artísticos. Ahora se piensa que los Lumière inventaron el cine como arte, eligiendo la salida de una fábrica o la llegada de un tren; o se piensa que la fotografía se convirtió en arte cuando los retratos frontales de Paul Strand rompieron con la imitación pictorialista de los efectos pictóricos, porque la ausencia de arte se ha convertido para nosotros contemporáneos en un componente esencial del arte. La fotografía y el cine han hecho más rápidamente el camino recorrido por las otras artes, el camino en el que éstas descubrieron que lo que califica a un arte como tal no es tratar de asuntos nobles sino relacionarse con lo cotidiano y con la impureza. Añadiría que el cine es un atajo extraordinario de un recorrido, de una negociación de la relación ente el arte y sus temas-sujeto, que en las artes anteriores se realizó durante un tiempo mucho mayor. Esto ofrece tanto una visibilidad como una banalidad que tiende a enmascarar el carácter general de esta negociación del arte con la realidad, entendida como lo que es contrario al arte.

Usted afirma que el cine permite un atajo fulgurante respecto de estas cuestiones. Sin embargo en su libro la ausencia del cine es patente en su mayor parte. Hay dos referencias: una estratégica, en la discusión en torno a Alain Badiou para mostrar que el cine puede ser el lugar que revela una especie de contradicción de método, y la otra en el último capítulo, en el que usted se apoya en dos películas (Mystic River y Dogville) pero en el seno de un movimiento más amplio.

Mi libro no tiene por objeto esta negociación entre el arte y sus sujetos, ya hablé de ello en La Fábula Cinematográfica, sino en el modo en que el arte, dentro del régimen estético, definió su propia política. Por ejemplo: cómo en el siglo XVIII se descubrió que una estatua griega mutilada contenía el futuro de una nueva comunidad y qué figuras se tomaron como referencia a partir de esta estatua y esta comunidad. Esta situación definió para las artes tradicionales el imperativo de un rebasamiento, un esfuerzo para convertirse en algo más que arte. El cine no ha tenido que cuestionarse estos problemas, incluso ofrece el ejemplo inverso de una técnica y una diversión que se introducen en el mundo del arte mientras que las artes nobles intentan superarlo.

Su libro sugiere que este rebasamiento del arte está superado e incluso que hemos renunciado a él. ¿Se podría encontrar en el cine de hoy un recorte comparable al que señala entre las obras que aspiran a crear una comunidad y las que aspiran a suscitar rupturas y crisis?

No pienso que sea aplicable al cine, porque nunca fue un arte público, en el sentido del arte del monumento, arte que exhibe el arte, arte que da una visibilidad pública al arte. En su época, Elie Faure lo creyó, pensó el cine como el arte que iba a ser el equivalente de los templos indios o de la pintura mural, un arte del espacio público. Si el cine ha sido un arte de masas, no es en absoluto en este sentido. Nunca fue un arte encargado de exponerse como arte en el espacio público, sino que se encerró en las salas. El cine es el arte que encontró su hornacina. Aunque las revoluciones artísticas hayan podido dejar su marca sobre las imágenes que proyecta, él permanece dentro de su jaula. Nunca ha tenido que cuestionarse el hecho de salir. Existieron momentos de cine militante, comprometido con experiencias políticas, pero existe una relación del exterior al interior, un vínculo propio del arte con su vocación pública que permaneció ajeno a las preocupaciones del cine durante mucho tiempo.

El cine sin embargo ha salido de su encierro en dos direcciones: la primera le lleva hacia el museo y la segunda, con la televisión, el vídeo, el DVD, le introduce en la esfera privada como pasatiempo más que como arte.

Creo que es más complejo. El cine en la televisión sigue siendo considerado como arte, incluso aunque sea como una reproducción frente a la obra original. Esta exteriorización le distingue de la telenovela o del reality show. El cine en el museo puede ser dos cosas: un arte complementario al que se le adjudica un lugar propio, y también el instrumento y el material de una transformación del vínculo tradicional entre el espacio museístico y el arte plástico. Cuando Chantal Akerman instala en pantallas convertidas en lienzos distintos planos grabados de El Otro Lado, pone en marcha un poder de literalización ligado a la autonomía espacial de los elementos de lo continuo fílmico. Se pasa al otro lado, quizás también suprimido por el mismo hecho de no ser identificado en el límite de la pantalla. El cine entra en el espacio de transformación de las artes plásticas. Esencialmente, el cine o el video en los museos manifiestan una transformación de la pintura, más que una transformación del cine.

¿Es esto válido para todas las instalaciones que trabajan con películas existentes previamente?

Sí (…) Es un modo de transformar el espacio de exposición del arte o el espacio público. Los giros de Histoire(s) du cinéma constituyen un continuo fílmico hecho para ser proyectado y no expuesto. La relación entre cine y museo hoy es también una relación de etiquetado cultural de las películas, en concreto en la Filmoteca de Francia (Cinémathèque Française) dentro del marco de una historia del cine. No se va a la filmoteca como a una sala de cine. La filmoteca me parece menos importante para el futuro del cine como arte que el espacio que el cine comercial reserva al cine de autor. Lo que hace visible al cine como arte no es tanto la filmoteca como Wong Kar-Wai o David Lynch colgados de salas destinadas a un público amplio. Sin duda, la filmoteca alberga obras maestras del cine, como el museo las de pintura. Pero ésta lo hace como espacio tradicional de conservación y presentación frente al espacio de los museos, que hoy es un espacio dedicado a las formas de hibridación y transformación de las artes.

En el primer capítulo de su libro, titulado La Estética como Política, usted constata el momento histórico de la ruptura de los tres regímenes que antaño se mostraban ligados a los objetos artísticos, y a los que denomina regímenes ético, representativo y estético. En el instante de la ruptura, la ausencia del segundo (la mimesis) permite la separación del régimen ético del estético originando nuestra relación con las artes. ¿No es esta ruptura la definición misma del paso del clasicismo a la modernidad que tiene lugar en las artes tradicionales durante los siglos XVIII y XIX, con equivalentes en la veloz historia del cine? Ese momento existió, y puede denominarse clásico, pero sabiendo que la definición de clasicismo siempre se establece de manera retroactiva.

Clasicismo tiene dos significados distintos. Por una parte, hace referencia a lo que yo denomino el régimen representativo de las artes: la equivalencia codificada entre los procedimientos artísticos y los efectos verificables de afección de sensibilidades. Aquello que Voltaire codificó en el ámbito del teatro o Roger de Piles en pintura. El equivalente cinematográfico se encontraría en la estética normativa de Zanuck o Selznick. Por otra parte, clasicismo significa un estado de equilibrio entre regímenes artísticos diferentes, principalmente entre régimen representativo y régimen estético. Este es el sentido del clasicismo de Hollywood: un modo de narración fílmica dotada de una cierta suspensión. Porque el cine es representativo por su uso temporal de la narración más que por su inmediatez visible. El primer plano de Centauros del Desierto en el que una mujer sentada de espaldas entre un porche de madera anticipa la llegada de un viajero todavía invisible es al mismo tiempo una perfecta introducción y un sostenido visual que se multiplicará a lo largo de la película. En el cine hay una mezcla original entre una lógica de la mimesis y una lógica de la aisthesis que permite definir momentos en los que la concordancia, la ruptura o la separación entre los dos se manifiesten según modalidades radicalmente diferentes. Por ello, el esquema de una ruptura radical entre dos épocas es todavía más dudoso en el cine que en ninguna otra parte. El cine es un arte que ha avanzado paso a paso mientras el comercio atrapaba poco a poco los avances del arte. Fue necesario mucho tiempo para que el cerrojo de Hollywood se abriese y las rupturas causales, las elipsis narrativas, las mezclas de tiempo o las puntualizaciones sobre lo insignificante que la pintura y el teatro habían hecho suyas desde hacía tiempo se aclimataran al cine. Hoy existe una gramática narrativa moderna estándar: el espectador de Mullholland Drive o de In The Mood for Love la acepta sin más mientras que Selznick o Zanuck habrían afirmado que la visión de estas películas no es posible. Si Godard ha podido hacer las Histoire(s) du cinéma extrayendo planos de la continuidad narrativa otorgándoles nuevas resonancias plásticas, musicales y nuevos significantes es debido a que el cine clásico siempre integró momentos de detención o bifurcaciones posibles en sus intrigas narrativas rectilíneas.

Una particularidad del cine sería su capacidad para integrar en una película, incluso en un mismo plano, clasicismo y modernidad.

No es algo específico del cine. Desde hace dos siglos, la literatura ha aprendido a escribir sus relatos con frases que son átomos de palabra, átomos de silencio. La especificidad del cine es haber podido llevarlo a cabo bajo una forma no experimental, a gran escala, aprovechando su estatus de entretenimiento. Si el cine ha podido negociar ciertas transacciones poéticas entre regímenes de narración y descripción diferentes es debido a que ha podido negociar tranquilamente la relación entre entretenimiento y arte, porque nunca ha sufrido el peso de demandas artísticas, porque ha estado encerrado en un espacio de diversión de masas, ha escapado de la urgencia política que ha conducido a la literatura, a la pintura, al teatro o a la música hasta respuestas globales. Incluso el imperativo industrial que obliga a los directores a rodar guiones impuestos, bajo reglas determinadas, ha otorgado al cine una especie de abrigo para definir una modernidad tranquila. Esto le ha permitido hoy ser un refugio del valor de la autoría.

Durante los años 60, el éxito de la política de los autores coincidió con el gran momento de cuestionamiento del arte. Godard integró los dibujos animados pop o las performances en la transformación de lo continuo cinematográfico, provocando una transformación de la mirada del espectador. El cine tomó sus préstamos del tumulto de las vanguardias o de las exigencias políticas para constituirse en un arte que preserva su identidad incluso a través de la revolución de sus modos de descripción y narración.

A pesar de todo, esta evolución se está realizando de un modo cada vez más discreto. Godard también es un exponente de la misma. El alejamiento de la mimesis origina una fractura en el cine que le ocasiona la pérdida de los beneficios asociados a esta confusión del arte con el comercio y el ocio de masas, la imposibilidad de un producto de masas que siga siendo portador del arte.

Un cierto clasicismo modernizado, que combina la novedad artística con un nuevo estilo de vida se ha desplazado hacia Oriente. Respecto a la discreción de las últimas películas de Godard, tienen como contrapartida la elevación de su autor al rango de representante paradigmático de la modernidad artística y de la conciencia viva del arte.

En el marco de su reflexión, ¿cuál es para usted la importancia del cine hoy en día?

Esta importancia es doble. Por una parte, la imbricación originaria de diversos regímenes del arte en el cine y la relación específica que se establece entre lo que es arte y lo que no lo es me han permitido cuestionar el esquema establecido de la modernidad artística. Para mí, el cine es un arte del que todavía espero alguna sorpresa. Sin embargo, dado que no soy cineasta, ni teórico ni crítico de cine, no puedo sostener ninguna afirmación sobre el destino histórico del cine, no siento ninguna responsabilidad respecto al cine o a una cierta esencia a preservar del cine.

Tras esta conversación y después de la lectura de La Fábula Cinematográfica, se tiene la impresión de que un defecto del cine sería preservarse de las grandes peleas estéticas. Y al mismo tiempo, parece aportar una respuesta alternativa que atraviesa a las artes, entre el gesto de ruptura que abandona lo social y el gesto socializador que abandona al arte. En su bricolaje, el cine parece abrir una tercera vía cuya oportunidad estaría en no hundirse en la pantalla o en el vacío.

Totalmente de acuerdo, pero yo no he hablado de defecto alguno. Preservarse no es ninguna tara, no es una constatación peyorativa. El cine tiene la virtud de llevar a cabo una lograda negociación artística en la medida en que nunca ha tenido obligaciones muy pesadas respecto al destino del arte ni respecto de la política.

Jacques Rancière - Malaise dans l'esthetique

Declaraciones a Emmanuel Burdeau y Jean-Michel Frodon (01.12.04)
Malaise dans l’esthetique. Editorial Galilée, 2004
Publicación: Cahiers du cinéma. Febrero 2005 Num 598
Traducción y adaptación: E.B.

Extraído de http://www.zinema.com/textos/eldestin.htm

El martes pasado el crítico Manuel J. Lombardo publicó en el Diario de Sevilla su lista de las mejores ediciones del año 2011. Nada menos que 5 publicaciones de Intermedio estaban entre las 10 mejores del año, a su juicio. Ya os adelantamos que, pese a ello, no nos alzamos con el primer premio, que recayó en una edición de Versus, “La Torre de los 7 jorobados“, de Edgar Neville, magnífico DVD por el que les felicitamos y que desde aquí queremos recomendar.

La lista de Manuel J. Lombardo es la siguiente:

1. La torre de los siete Jorobados. Edgar Neville. (Versus)

2. Cofre 3º de ‘Straub y Huillet’ DVD’s + Libro ‘Escritos’. (Intermedio)

3. Pack ‘Exilios’. Chantal Akerman. (Intermedio)

4. Los ojos sin rostro. Georges Franju. (Versus)

5. French Can-Can. Jean Renoir. (Versus)

6. Pack ‘Correspondencia(s)’. (Intermedio / MACBA)

7. Cofre Lisandro Alonso. (Intermedio)

8. La morte rouge. Víctor Erice. (Rosebud)

9. Diario de una mujerJean-Luc Godard. (Intermedio)

10. Pack Chaplin-Keystone. (Avalon)

El artículo sigue con una lista de los mejores libros de cine de 2011 de los que también nos hacemos eco ya que puede ser de vuestro interés. Sólo el primero de los títulos tiene una pequeña reseña.

1. Mutaciones del cine contemporáneo. J. Rosenbaum y A. Martin, eds. (Errata Naturae)

Publicado originalmente en 2003, este libro colectivo y de formato epistolar planteaba con visionaria lucidez algunos de los retos de la cinefilia y la crítica de comienzos del siglo XXI,a la luz de las nuevas tecnologías y la reconfiguración internacional de la cultura cinematográfica. Rosenbaum iba a ser el impulsor de una particular correspondencia entre colegas, algunos más próximos al ámbito académico, otros francotiradores desde sus respectivos rincones planetarios, que compartían una misma edad, unas mismas inquietudes (el cine íntimo y minimalista, un cine de los cuerpos), unos mismos gustos y referencias (de Cassavetes a Garrel, de Godard a
Hellman) y unas mismas exigencias y utopías respecto al cine y el ejercicio de la crítica en un momento histórico crucial y cambiante.

2. Historia Mundial del Cine, Vol.1 (Akal)

3. La experiencia fílmica. Imanol Zumalde. (Cátedra)

4. Después del cine. Ángel Quintana. (El Acantilado)

5. Martirologio (Diarios). Andrei Tarkovski. (Sígueme)

6. Mi vida y mi cine. Jean Renoir. (Akal)

7. El pasado es el destino. R. Tranche y S. Biosca. (Cátedra)

8. La revolución es una eztétyka. Glauber Rocha. (Caja Negra)

9. Flujos de la melancolía. Carlos Losilla. (Filmoteca Valencia)

10. Hollywood en la era digital. Esteve Riambau. (Cátedra)

Lisandro Alonso Festival Cine de Locarno 2010

El artículo  completo en la web del Diario de Sevilla.

Todas las ediciones de Intermedio en la Tienda Intermedio. Gastos de envío por mensajería gratis y precio reducido para Islas e Internacional.

Hablaremos de dos autoras que nacidas en el siglo XX, cada una en su terreno, se muestran a sí mismas en personajes femeninos intentando huir de la desidia, la desvitalización, la inmanencia, la inercia, la inhibición, trascendiendo de sus historias ingratas, volcando siempre su vida en su obra. La línea que separa crear y vivir está corroída en ellas y esa forma de arte tan personal provoca una implicación tal en el lector/espectador que este se deja arrastrar.

En ambas su trayecto vital es material para su propia obra artística. Mujeres que viven en un espacio donde la repetición y estar encuadradas es importante, que se comprometen, que tienen una relación extraña con sus madres por ser mujeres, con su propia sexualidad, con la idea de la maternidad más que con la maternidad en sí…. Vivir y contar o contar y vivir. Esa contaminación semántica la asumió Simone de Beauvoir desde joven: “Mi vida sería una hermosa historia que se volvería verdadera a medida que yo me la fuera contando”. Sus obras circulan desde la reflexión (ensayo/documental) hasta la ficción pero esta siempre bañada, si no por su propia vida, por una reflexión sobre ella. Así lo confiesa Simone en Memorias de una joven formal (1958): “Escribiendo una obra alimentada por mi historia me crearía yo misma de nuevo y justificaría mi existencia”.
Esa creación o al menos su intento es lo que pretenden transponer en la historia de sus personajes: ese trayecto vital asumido como cambio, evolución. Más que la ficción, ambas necesitan el ensayo, la memoria, el diario o el documental, porque están en constante búsqueda, en constante investigación cuestionando el estado de la mujer. E incluso cuando se meten de lleno en una ficción, hay muchas aristas llenas de referencias a ese planteamiento de la obra. Es una obra confesional.

Una necesita escribir, la otra filmar; no solo para entender su presente, sino también de dónde vienen. Por eso Chantal realiza D’est (1993) o Là-bas (2006). De ahí la aparición de la familia en ambas. Filmar y escribir es una forma de encontrarse en su presente y de dar voz a su pasado y a otras mujeres que no pudieron o no supieron, como son la madre de Simone en Una muerte muy dulce (1964) y en Chantal donde se suma también la abuela. En una videoinstalación del 2004, To Walk Next to One’s Shoelaces in an Empty Fridge, ella misma y su propia madre dieron voz a su abuela asesinada en Auschwitz leyendo el diario que esta escribió siendo muy joven: “¡Soy una mujer! Por lo que no puedo expresar todos mis sentimientos, mis pensamientos, mis penas. Es a ti mi querido diario donde las confío”. Y ahí está Chantal para darle voz.

Simone de Beauvoir

1. Mujeres en construcción

De nuevo en sus Memorias de una joven formal, Simone escribe: “Lo que yo soñaba era escribir una novela de la vida interior […]. No me hice ilusiones sobre el valor de ese relato; pero era la primera vez que me aplicaba a traducir en frases mi propia experiencia y sentí placer al escribirlo”. Las palabras de Simone revelan un deseo primerizo y que luego, en realidad, llegaría a poner en práctica: una suerte de radiografía de sí misma y la condición que pesa en ella: ser mujer. La génesis de El segundo sexo (1949) fue escribir un libro que de algún modo hablase de ella. Le gustaba ese tipo de ensayo en el que una se explica a sí misma. Y se planteó la pregunta “¿Qué ha supuesto para mí el hecho de ser mujer?”. Lo que consigue Simone con su estilo de reflexión vital es lo que consiguió provocar Río bravo (Rio Bravo, Howard Hawks, 1959) en Serge Daney, tal como él reconoce: obras que te miran como eres tú realmente. Obras que saben más de nosotros que lo que creemos saber de ellas. Pensar la vida. Simone necesita de las palabras, de la reflexión para hacer ver su condición de mujer, su implicación en la sociedad.
Por su parte, Chantal Akerman elige hacer un tipo de cine de exposición más fría, ajeno a la reflexión directa. Su intención primordial no es la de afirmar su posición de mujer en la sociedad, la de hacer un cine, por decirlo de algún modo, “feminista” aunque a algunos les siente mal. Ella rechaza esa definición. Pero en verdad, sin poder negarlo, hace un retrato de sí misma y de muchas mujeres que intentan subvertir su situación. Sus personajes femeninos no monologan (lo hacen los hombres como Daniel en Les rendez-vous d’Anna (1978) y el camionero en Je, tu, il, elle (1976) y cuando ellas hablan, no se explican, sino que dan cuenta de su rutina y nosotros sacamos conclusiones. Con Chantal no ocurre esa involucración por parte del espectador. Se establece una relación de observador lejano. No se adentra dentro de ti, sino que en posición de iguales hay una comunicación en la distancia.

Se trata, en definitiva, de “reconocer” a la mujer: conocer en el otro tal como Simone de Beauvoir hizo consigo misma y así prosigue contándolo en Memorias…: “Mi infancia, mi adolescencia, habían transcurrido sin tropiezos; de un año al otro yo me reconocía a mí misma”. Descubrirse. Y los ejemplos que exponen tanto Simone como Chantal son mujeres que deben hacer ese camino… para reconocerse. Y ese camino lleva a construir una nueva mujer auténtica, cuestionando siempre a la mujer inamovible, en búsqueda de otra cosa. Es lo que también pone en práctica hace Cindy Sherman en otro medio, en las series fotográficas que hizo al principio de su carrera mostrando perfiles estereotipados de mujer. Y ella misma es la actriz de sus fotografías, lo que la emparenta con las dos autoras que venimos abordando. Jeanne Dielman (Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles, 1975) es un extremo, un estereotipo, pues no ha llegado a cuestionarse nada; Anna (Les rendez-vous d’Anna) está en el camino y por eso se siente desarraigada.

Ambas creadoras empiezan reconociendo que el papel que tienen que desempeñar no les cuadra. “Yo sonreía mal, no sabía atraer, ni ser ingeniosa, ni siquiera hacer concesiones”, expone Beauvoir en Memorias…, y se cuestionan por qué existen las diferencias entre sexos. “Papá solía decir: Simone tiene un cerebro de hombre. Simone es un hombre. Sin embargo me trataban como a una chica. Jacques y sus camaradas leían los verdaderos libros, estaban al corriente de los verdaderos problemas; vivían a cielo abierto: a mí me confinaban en una guardería”, continúa. Y a partir de ahí, empiezan a dinamitar dicho rol (Saute ma ville, Chantal Akerman, 1968).

La construcción de una nueva mujer pasa por poner en tela de juicio muchos supuestos hasta entonces inamovibles sobre la esencia femenina y por cuestionar muchas cosas. Esa mujer que agoniza ante la decisión de si traicionarse o no a sí misma aceptando la traición de su hijo al alejarse de sus valores políticos y la distancia con su marido en la vejez ante la indiferencia y la complacencia de este en La edad de la discreción (La mujer rota, 1968) o aquella otra de La invitada (1943) que, ante la incorporación de una tercera persona en su relación de pareja, se interroga sobre los ideales de pareja sin ataduras que siempre había defendido. ¿Para dejar de lado la idea que se tiene de ser mujer hay que dejar de lado ciertos sentimientos?

Este camino lleno de interrogaciones pasa por la soledad, la apatía y la inercia. En La cautiva (La captive, 2000), Ariane se deja planear la vida por Simone, hasta el punto que este decide por ella cuándo acompañarle en la cama y cuándo regresar a la propia. En Les rendez-vous d’Anna, la madre le pide que le diga que la quiere y Daniel que se tumbe sobre él (ella desnuda, él vestido). Se relaciona con el mundo desde la distancia, mediante cartas o llamadas: las que recibe e intenta escribir Jeanne, las que lee Chantal en News from Home (1977), las que escribe a su amor perdido en Je, tu, il, elle o las llamadas que no consigue realizar la protagonista de Les rendez-vous d’Anna o Là-bas, que constituyen el único contacto humano. Mientras encuentran su propio camino, hay cosas que no le importa hacer. Se dejan querer, pero no son las que activan o declaran tal sentimiento.

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre

Este recorrido femenino se manifiesta de modo similar en los cuadros de Edward Hopper. Mujeres solas, desnudas o a medio vestir, en hoteles de paso, asomándose a las ventanas: como hace Anna, que incluso retira las cortinas de en medio -obsérvense los cuadros A Woman in the Sun, 1961) y Morning in a City, 1944), Anna en el tren (resonancias en Compartiment Car, 1938) o sentadas en una cafetería (visibles en Automatic, 1927). Mujeres siempre solas, inmóviles, mirando hacia fuera desde una ventana.

Tanto Chantal como Simone tratan de dejar de lado a la mujer relativa en su obra. La exponen y la combaten. No quieren caer en la inmanencia ni resignarse a una muerte múltiple y fragmentaria. Eso es lo que soluciona Jeanne inconscientemente al final. Jeanne Dielman puede leerse como una película de corte existencialista (ligándola así a Simone de Beauvoir) si nos detenemos en lo singular de la contingencia de un sujeto, la universalidad de su condición, la condición femenina. Aparece la conciencia y la intención de mover algo, después de esa inmanencia que atacaban los existencialistas. Jeanne no asume su posible libertad, no elige ser alguien sino algo, se equipara a las cosas de su casa y cuando aparece un atisbo de deseo, se desestabiliza. Queda clara su posición desde el mismo título de la película: junto al nombre de la protagonista, las señas de su localización física. La inmanencia de Jeanne es tanto elegida como infringida, es fruto tanto de la opresión (ejercida por una sociedad) como de la frustración (provocada por ella mismo). Al final nos demuestra que siempre somos nosotros los responsables de nosotros mismos.

En El segundo sexo Simone de Beauvoir, desarrollando un estudio antropológico, descubre las razones de la inmanencia femenina establecida por el hombre: la maternidad es el objetivo de la mujer junto con el único trabajo compatible, el trabajo doméstico que, por su carácter repetitivo, la condena a la monotonía. Tanto trabajo reiterativo la desgasta sin llevarla a ningún sitio: solamente perpetúa el presente. Anna, que no ha elegido ese camino, circula fuera de él pero en constante vaivén. ¿Habrá un lugar y un espacio nuevo? Jeanne, paradigma de mujer burguesa, viuda respetada y madre solícita, toma el sexo como le han enseñado, como un servicio que tiene que hacer al hombre y no como placer. Junto con las rutinas que han ido alterándose poco a poco, llega el momento del sexo: el hábito también se altera porque parece sentir algo, tiene un orgasmo y lo rechaza. La culpa no la tiene ella, sino el hombre. Por eso permanece tan tranquila después, sentada con la sangre en las manos y la camisa en el salón. El sentimiento de vacío e inutilidad de la vida asomaba cuando se sentaba un momento en el sillón del salón y no pudiendo soportarlo enseguida buscaba entretenerse y se ponía a limpiar. No se relaciona. Su reino y su cárcel son su casa: entra en contacto con los tenderos, con su hermana por carta, con la vecina que solo escuchamos, con los clientes con los que nunca habla. Pero incluso hasta con su hijo son contactos llenos de formalidad y rutina.

Simone de Beauvoir también presenta estos casos. En La invitada, Simone hace reflexionar así a la protagonista: “Todavía podía sembrar aquí y allí en su vida, incidentes imprevistos, talentos nuevos; pero seguiría siendo hasta el final esta vida y no otra; y su vida no se distinguía por sí misma”. En Memorias… expresa: “¿Qué ocurre? ¿Es esto mi vida? ¿No es más que esto? ¿Seguirá esto siempre así? […] Ante la idea de enhebrar sin fin, semanas, meses, años que ninguna espera, ninguna promesa iluminarían, mi respiración se detuvo: parecía que, sin previo aviso, el mundo hubiese muerto. Tampoco sabía cómo nombrar ese desamparo”.

Cuando se intenta dejar de lado esa inmovilidad surgen cuestiones como la sexualidad y la maternidad. En cuanto a la sexualidad, puede que esa nueva mujer que está en construcción, en búsqueda de sí misma se encuentre en otra mujer porque es cierta la incompatibilidad entre hombre y mujer, aunque tal vez todos seamos incompatibles. En Les rendez-vous d’Anna la protagonista le cuenta a su madre, tumbadas en la cama, cómo fue una relación que tuvo con una mujer, que fue fácil, se dejó llevar y eso le gustó y que pensó en su madre (siempre la figura de la madre) y quedan en no decírselo al padre. En La cautiva encontramos una conexión femenina que el protagonista no llega a entender y envidia o, por lo menos, cree que existe: miradas que capta entre ellas, el dúo femenino cantando desde los balcones, la playa con sus amigas en Normandía… Incluso la puta a la que le pregunta si se acuesta con mujeres le contesta que no en el trabajo. En Je, tu, il, elle se emprende un viaje hacia el encuentro con una mujer con la que encaja sexualmente. La mujer es un ser con tantas aristas que no cuadra en las definiciones de un mundo masculino.

En relación a la maternidad, el sujeto masculino es libre, trascendente y creativo y eso quiere también la mujer tanto en una autora como en la otra, pero ¿tiene que ser madre también? Simone de Beauvoir era refractaria al matrimonio y a la maternidad. Con respecto al matrimonio de sus padres escribirá: “Este caso bastaría para convencerme de que el matrimonio burgués es una institución contra natura”. El ejemplo del camionero en Je, tu, il, elle o el de las dos mujeres casadas de Les rendez-vous d’Anna confirman dicha posición. Para que la mujer alcance el estilo de vida del hombre hay que cambiar el modo de vida de los dos. Sus personajes femeninos cuando son madres son como un punto más entre sus obligaciones (Jeanne). Alrededor de Anna surge la cuestión: o le preguntan por esa posibilidad o incluso Daniel le hace presente la idea al decir él que probablemente se cambie a un apartamento mayor por si llega a tener niños. Volverá entonces a ese pensamiento del que Anna está muy lejos: que está cansado de solo trabajar hasta morir, que si fuera mujer se quedaría embarazada y no pensaría en nada más, que le gustaría hacer algo para tener una vida mejor. Parece tener el rol femenino en que la maternidad es la solución. Y mientras, Anna tiene que estar escuchando y manteniéndose erguida ante esas “indicaciones”

2. El pasado/La madre

La figura de la madre es clave en ellas. Bien sea para superarla o compararse con ella, está ahí. Simone de Beauvoir dedicó Una muerte muy dulce a su madre, que nunca fue una figura clave en su educación, ni sentimental ni cultural. Pensaba en ella habitualmente con indiferencia, pero comprendió al final que era un reflejo de ella, que fue una más de las mujeres sacrificadas por la época que le tocó vivir. En un momento su madre enferma, ante la posibilidad de que pase la noche junto a ella en el hospital, le declara: “Tú me das miedo”. Ambas autoras pusieron una gran distancia entre sus madres y ellas, alejándose de lo que representaban. Las dos madres tienen un pasado común de amargura y reclamo a su hija. Esa figura de madre sumisa, que dejaba atrás sus deseos sin rencor pero con pena, que impedía que sus hijas aprendieran a nadar o a montar en bicicleta porque así “hubieran escapado de ella con placeres que ella no compartía”, que “vivió contra sí”, es la madre de Simone de Beauvoir que comprende al final que “no podía hablar de sus dificultades con nadie, ni siquiera consigo misma. No la habían habituado ni a ver claro en ella, ni a utilizar su propio juicio”. En el Monólogo de La mujer rota la protagonista, que es madre y tiene madre, ejemplifica la posición ingrata de estas. Con su hija muerta y su madre acusándola de haberla matado se encuentra perdida porque ninguna posición le gusta. Bien queda ejemplificado en afirmaciones como: “Si una chica se mata, la madre es la culpable; así razonan ellas por odio contra sus propias madres”, “los niños nunca son otra cosa que semillas de canallas”, “mi propia madre es contra natura”.

Chantal Akerman - Women from Antwerp

En Chantal Akerman la figura del padre no aparece: o está muerto (Demain on déménage (2004), Jeanne Dielman) o simplemente se les nombra (Les rendez-vous d’Anna). Sin embargo, la figura de la madre es una figura transversal. A veces ficcionada, a veces mencionada, atraviesa su obra. En su segundo corto aparece la figura de una madre así como en Demain on déménage (2004), pero es sobre todo en Les rendez vous d’Anna donde la imagen en ficción de la madre alcanza su cénit porque la película se puede ver como un retrato ficcional de la misma Chantal cuyo segundo nombre es justamente Anne. Durante su encuentro pasajero, le reclama que le diga que la quiere, le pregunta si tiene a alguien que cuide de ella. Son mujeres con estilos de vida distintos. En News from Home el protagonismo lo toma la propia madre de Chantal mediante unas cartas que manda a su hija, residente en Nueva York. Se muestra su desesperación por estar en contacto con ella, llegando a cierto chantaje emocional. Asistimos a la necesidad de la directora de alejarse de su pasado, de su madre, para construirse a sí misma.

3. El espacio

Simone en sus obras describe los espacios, pero como simples contextos de sus protagonistas. En cambio en Chantal Akerman son muy reveladores. Chantal siempre establece una relación entre el interior y el exterior. Incluso en su fragmento en O estado do mundo (2007) vemos Shanghái mientras escuchamos el hilo musical y las conversaciones de un bar desde el que filma. Siempre alguien observa desde un interior: las observadores suelen ser las mismas Chantal y Simone o, en su caso, su representación (Anna). En Là-bas, ejemplo extremo de la distancia impuesta entre la ventana y el mundo, se ve a sí misma de pequeña cuando miraba por la ventana cómo jugaban otros niños en la calle porque su madre no la dejaba salir. Ahora lo recuerda estando encerrada en un apartamento extraño en Tel Aviv. De nuevo Chantal se descubre. Mira el mundo pero siempre encuadrado, tomando cierta distancia. Tal como quiere que lo veamos nosotros. Enseña el mundo al espectador pero dándole opción, para que no sea una imposición. Lo mismo sentimos con Jeanne, que aunque estemos con ella hora tras hora, la cámara no la sigue, la respeta dándole tiempo para que entre y salga del plano, observándola muchas veces en la distancia con la presencia de marcos que crea el pasillo, las molduras de las puertas… Siempre el espectador es consciente de la construcción tanto por la duración como por esos planos tan frontales y en ocasiones tan simétricos.

Los espacios interiores, siempre tan presentes bien porque se filma desde ellos o porque es lo que se filma, son espacios codificados. Cuando son propios del personaje, le asfixian y si no, son lugares de paso. A veces la misma casa se convierte en un lugar de paso, como ocurre en Les rendez-vous d’Anna. Asistimos a un recorrido con ella por parte de Europa, de hotel en hotel. Cuando finalmente llegamos a su casa, esta parece ser otro hotel, otro lugar de paso, igual de frío, con la misma cama, con la nevera vacía, con la misma incomunicación que cuando está afuera (uno tras otro, mecánicamente escucha los mensajes del contestador y antes habíamos asistido a intentos frustrados de llamadas de teléfono). Incluso el encuentro con Daniel, con quien tiene una relación, sucede en un hotel durante unas pocas horas libres. Los personajes de Chantal, que han dejado atrás algo y están en plena búsqueda, no tienen espacio o lo terminan alterando para que ningún recuerdo, ninguna idea le distraiga. Por eso, la protagonista de Je, tu, il, elle, que es la misma Chantal Akerman, termina vaciando su habitación y dejando solo un colchón.
Bien sea en su ficción o en sus documentales, los apartamentos, cocinas, hoteles son la base para sus personajes. Los espacios permanecen para la cámara antes y después de la intrusión de los seres humanos. Más bien es como si estuvieran incómodos en ellos. Están en un proceso de búsqueda, por lo que no se sienten ubicados. En D’est, por ejemplo, los planos exteriores en un constante travelling contrastan con esos interiores en plano fijo (muchas cocinas), pero guardan en su interior lo mismo: una constante espera. La inmanencia, siempre la inmanencia. Las figuras de esta instalación/documental están siempre esperando en consonancia con la situación social y política de esos países del este y la idiosincrasia de los personajes de la directora. En La-bàs permanece encerrada en un apartamento prestado desamparada y su propio apartamento es invadido en L’homme a la valisse (1983), lo que le sirve para experimentar la sorpresa, la hostilidad, la evasión…

Su primer corto Saute ma ville (1968) constituye un proceso de aniquilación de la asociación “mujer/cocina” a través de una pequeña locura que terminará con ella literalmente al ver que no consigue nada. Todas las acciones típicas de la mujer como cocinar o limpiar conducen, tarde o temprano, a la locura (también Jeanne Dielman nos lo demuestra). Chantal se va encerrando en la cocina tal cual lo está en su espacio Jeanne. Las dos darán por terminado su espacio bruscamente. Es la vía de escape. El título en ambas habla del espacio reducido de la mujer, de la opresión que representa y de la necesidad de superarlo.

4. Pura formalidad

En 1968 Simone de Beauvoir publica dentro de La muñeca rota un “monólogo” que es formalmente parecido al primer corto de Chantal, también de 1968, Saute ma ville. Ambos trabajos además muestran la locura de una mujer. El vértigo del vómito reflexivo con pocos signos de puntuación como una volcada frustración en el texto de Simone lo vemos en el corto con esas imágenes cortadas y las acciones sin lógica de la protagonista junto con una música extradiegética que ella tararea desafinadamente. En Chantal, como es habitual, mediante acciones -nunca diálogos o voz en off- y en tono slapstick y en Simone, todo un vómito dramático de pensamientos de una mujer en caída libre.

Palabra vs. Imagen. Simone es tan visual como la mayoría de los escritores del siglo XX lo son. Su medio es la palabra, rodear la palabra adecuada y no solo encontrarla. Chantal es auténticamente visual. La palabra no es la guía. Lo son los espacios vacíos y los tiempos muertos, que son los equivalentes a las reflexiones de Simone.

Chantal Akerman - Je, tu, il, elle
Si el espacio y el tiempo definen el cine, en el cine de Chantal se sitúan en primer término y adquieren un nuevo sentido para el espectador. Antes nombramos a Edward Hopper al hablar del recorrido vital femenino. Ahora toca de nuevo citarlo porque mirando las imágenes de Chantal Akerman nos pasa lo mismo que cuando miramos sus cuadros: la observación de un espacio cerrado de paso que solo ocupa una figura femenina quieta que implica tiempo. Y ese tiempo convierte el detalle descriptivo en drama. Esas figuras están allí ya tiempo y lo seguirán estando. No son imágenes de un momento fugaz. Chantal construye un tiempo, lo inventa para nosotros simplemente por la duración del mismo porque respeta el tiempo lineal de las historias.
Y el espacio que cede al personaje no se fragmenta para hacer un retrato completo. Sobre el personaje evita hacer cortes. Cede al espectador el derecho a realizar él mismo el retrato con esos planos fijos. El hecho de descubrir que con el tiempo real de grabación, con largas tomas y con decorados mínimos se puede generar suspense y emoción le viene de su herencia formalista de los vanguardistas de los cincuenta y sesenta (Michael Snow, Jonas Mekas). En realidad La chambre (1972) es la heredera más evidente y Hôtel Monterey (1972), su primer experimento con la duración. Pero toda su obra mantiene un mismo espíritu formalista, con una seriedad en las formas sin intervención del director.

Chantal nos muestra todo, pero hace que guardemos una distancia. Esa distancia la evidencian los tipos de planos frontales y simétricos y la presencia de marcos. De ahí la presencia de ventanas, de puertas o molduras. La imagen que guardamos de Jeanne, a pesar de la intimidad que hemos compartido con ella, es la de una mujer traspasando umbrales, enmarcada al fondo por un largo pasillo.

5. ¿Qué nos queda?

Simone de Beauvoir escribe a los sesenta años La edad de la discreción, que al igual que Les rendez-vous d’Anna es una especie de biografía ficcionalizada de ella. Una escritora de la misma edad que la autora, comprometida con su tiempo al igual que su pareja, con el interrogante de saber si podría seguir creando, si podría seguir viviendo a sabiendas de que a lo lejos está la esterilidad mental, la soledad en un mundo extraño que ya no comprendemos y que continuará su curso sin nosotros. Y si no había más proyectos, el vacío: “Me preguntaba cómo se logra vivir todavía cuando no se espera nada más de sí”.

Simone de Beauvoir escribió La mujer rota, donde se inscribe este relato, cuando tenía sesenta años, la misma edad que ahora tiene Chantal Akerman. El personaje de Simone ante las malas críticas oficiales y de amigos de su último libro (de investigación y reflexión, no de ficción) se cuestiona si es ella o es que la vejez impide innovar y busca ejemplos que no encuentra de grandes escritores que escribieran algo que mereciera la pena a partir de esa edad. Simone ya había escrito su obra más importante, pero no por ello dejó de hacerlo y de publicar obras dignas de leer. Chantal, a día de hoy, continúa alternando la ficción (La folie Almayer, 2009) con la videoinstalación (Women in November, 2008) y con proyectos televisivos (filmando a la pianista Sonia Wieder-Atherton). Su interés y el nuestro resisten y siguen.

Chantal Akerman - Women from Antwerp 2

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Diarios filmados, correspondencias, cuadernos de viaje… la obra de Chantal Akerman, una de las cineastas en activo más valiosas de la modernidad europea (junto a coetáneas como Agnés Varda), pertenece a la estirpe de los autores que vuelcan intimidad y rigor cinematográfico en su filmografía -debutó en 1968 con Saute ma ville y ha realizado 45 películas-, con una voluntad creativa que se mueve indistintamente en los territorios de la ficción y el documental, fundiendo ambos registros con asombrosa naturalidad. En su largometraje más (re)conocido, Jeanne Dielman, 23 Quai du Comerse, 1080 Bruxelles (1975), su poética interesada en el estatismo de la cámara y el minimalismo narrativo alcanza su máxima expresión. A lo largo de 200 minutos, la cámara de Akerman escrutina durante tres jornadas el quehacer diario de una ama de casa, interpretada por la musa del cine francés Delphine Seyrig. Seguiría después desarrollando su discurso doméstico, a la vez que inevitablemente político, en obras como Je tu il elle (1976) y Les rendez-vouys d’Anna (1978), si bien aparte de la dedicación al cine íntimo, la actividad de la cineasta belga la convierte en una directora versátil y compleja. A lo largo de los años, su filmografía recorre tanto obras con vocación experimental, como filmes de orientación comercial (Tout une nuit, 1982; Romance en Nueva York, 1996; La Captive, 2000), cortometrajes, documentales y hasta tv-movies.

El cofre Exilios, como si fuera un cuaderno de bitácora, permite seguir la evolución del cine de Akerman a través de los viajes que ha realizado en los continentes europeo y americano de 1992 a 2006, “desplegando los temas del exilio, del racismo, y abriendo su cine a las experimentaciones, por entonces, nuevas, de la videoinstalación”, según explica el crítico Cyril Béghin en el libreto que acompaña la edición de las películas. En Del Este, filmada en 16mm, Akerman emprende una travesía por Europa, de Berlín a Moscú, para registrar en diversos planos fijos el nuevo paisaje y el imaginario descompuesto de los países del Este tras la caída del comunismo. El origen judío de Akerman también es un tema perpetuo en sus intereses creativos, que queda reflejado en Allá, donde la cineasta se encierra en un piso en Tel Aviv, y mientras filma su entorno más próximo elabora reflexiones en torno a su identidad, el acto creativo, recuerdos de infancia y la memoria de la exterminación y del exilio. Este filme mantiene ciertas correspondencias con los Diarios (1973-1983) de David Perlov (Re-voir, Francia), otra figura destacada del cine en primera persona.

Chantal Akerman

El artículo completo en “El Cultural”.

Dispersos a lo largo de década y media y fuera de todo proyecto inicial, los cuatro documentales que se reúnen en este pack conforman una coherente unidad conceptual en su carácter viajero, observacional y político a propósito de algunas de las transformaciones y lacras sociales más determinantes de nuestro tiempo y de cómo el lenguaje cinematográfico puede trabajar las ideas de Historia, memoria y tiempo a partir de la ausencia y de recursos de estilo elementales.

Cineasta capital de la modernidad, Chantal Akerman (Bruselas, 1950) ha desafiado fronteras e hibridado formatos desde su debut en 1968 con el cortometraje Saute ma vie, transitando de la ficción al documental, del ensayo a la videoinstalación, sin que puedan afirmarse con claridad los límites entre unos y otros.

La radical simplicidad del lenguaje de Akerman, cuyo contacto con la vanguardia experimental fraguó un sentido minimalista del tiempo y la puesta en escena en el que priman la composición del encuadre fijo, el plano secuencia o los travellings de larga duración, encuentra en estos cuatro trabajos documentales una significación fuera de toda ortodoxia dentro de los géneros de la realidad.

Del Este (1993) emprende un viaje hacia Europa del Este tras la caída del Muro, atravesando paisajes, rostros y ciudades de Alemania, Rusia, Ucrania y Polonia, de donde es originaria la familia de la directora, judíos supervivientes del Holocausto. Cimentada sobre largos travellings laterales y retratos individuales o colectivos en interiores, calles y arquitecturas urbanas, la cinta propone, en palabras de Fran Benavente, “una inmersión en espacios fantasmales y tiempos detenidos, en una especie de intervalo congelado entre el estupor de la ruina y lo incierto del futuro”. El filme acabaría por transmutarse en una instalación museística en 1995, primer jalón de la estrecha relación que, en el futuro, iba a establecer la cineasta con la esfera del arte contemporáneo.

Sur (1999) se adentra en el condado de Justin, en el sur de los Estados Unidos, un lugar sacudido por el recuerdo del salvaje asesinato de un joven negro. Entre estampas de lo cotidiano y testimonios a cámara, “Akerman observa la superficie idílica de la sociedad rural americana en busca de las huellas y los fantasmas de una violencia inusitada que se hunde en un ancestral racismo“. Un escalofriante y sostenido travelling final por una carretera comarcal es el radical gesto en ausencia para convocar las atrocidades cometidas en el cuerpo de la víctima.

Del otro lado (2002) se sitúa a uno y otro lado de la frontera entre México y Estados Unidos para recoger los paisajes (a cielo abierto) del límite físico (muros y alambradas) y los testimonios de aquellos mojados que han intentado cruzar al Norte y de los familiares que lloran a sus hijos muertos. También los de aquéllos que, en territorio norteamericano, justifican la violencia contra el otro o denuncian las políticas de inmigración. La película también dio origen a la instalación From the Other Side, que pudo verse en Kassel y el Centro Pompidou.

Allá (2006) limita con el ensayo y la autoficción. Encerrada en un piso de Tel Aviv, la cineasta se sitúa físicamente en el lugar en el que las memorias de la exterminación y del exilio están más vivas. Como señala Cyril Béghin, si los campos de concentración rondan, in absentia, la trilogía anterior, se trata ahora de afrontar el gran tema judío, inscrito en la propia biografía personal, de forma directa. Filmando los edificios que puede ver desde su ventana, incorporando su voz como encarnación memorística sobre imágenes de la cotidianidad, este diario “responde por el desvío constante de ese receso depresivo y de visiones sobreencuadradas, sobrefiltradas, que dejan que el pensamiento yerre por un bullicio de imágenes virtuales“.

http://www.diariodesevilla.es/article/cine/1086023/exilios/y/fronteras.html

Chantal Akerman

Cofre “Exilios” de Chantal Akerman 4 DVD 9 + Libreto 36 págs. (texto de Cyril Béghin) – 39,95 euros 

De la revista Blogs & Docs rescatamos este estupendo artículo de Ana Petrus donde una vez más recorremos la biografía de Akerman, pero esta vez imbricada en el argumento de sus películas y en sus declaraciones. Varios de los films editados en el cofre de Intermedio se mencionan y se comentan, haciendo de este artículo un pequeño adelanto de lo que vais a encontrar en nuestra publicación.

Chantal Akerman - Jeanne Dielman

Mi propio estilo de documental que roza la ficción

Chantal Akerman escribió por primera vez acerca de su “propio estilo de documental que roza la ficción” (1) a principio de los noventa en una especie de diario íntimo que la acompañó a lo largo de todo el proceso de creación de D’Est (1993), film en el que acudía a la llamada de sus orígenes judíos de la Europa del Este (2) enfrentándose por primera vez a la compleja tarea de filmar ese paisaje que le era tan extraño y tan familiar al mismo tiempo. En D’Est, la cineasta venía de algún modo a ilustrar la tentativa de destruir la presencia de ese lugar falso, mítico y arquetípico, como muy acertadamente lo ha calificado el artista francés Christian Boltanski (3), ligado al imaginario sobre los orígenes de su familia y que había alimentado la concepción espacial su cine, especialmente en aquellos filmes donde bien el paisaje, bien la experiencia del exilio y la soledad ligada a él, se erigía como verdadero protagonista, desde News from Home (1977) hasta Histoires d’Amérique: food, family and philosophy (1988), pasando por el film de ficción Les rendez-vous d’Anna (1978). Aún así, Akerman no conseguiría desprenderse de ese horizonte donde se hallan sus raíces geográficas y culturales como bien lo demuestran sus películas posteriores Sud (1999), De l’Autre Côté (2002) y Là-bas (2006). En todas ellas, la tarea de filmar el paisaje, o de inscribir los cuerpos de las personas en él, responde a su deseo de colmar solamente a través de la ficción esos huecos dejados por la imaginación gestada durante la infancia. Es quizás por ello que para la cineasta no existe diferencia alguna entre lo narrativo y lo no narrativo. “Creo que es lo mismo”, asegura. “Cuando haces ambos, sabes que se trata de solucionar los mismos tipos de problemas” (4).

Escribir sobre el cine de Chantal Akerman supone no solamente buscar las huellas de su particular Walden, como aquél de Jonas Mekas, otro de los grandes exiliados y buscadores incansables del territorio mítico de la infancia que ha dado la historia del cine, sino que supone enfrentarnos a una creadora extremadamente compleja y poliédrica, sin complejos a la hora de abordar tanto un cine de vocación documental y experimental como otro de orientación comercial, incluso con grandes estrellas en el reparto como es el caso de Un divan à New York (1996) protagonizada por Juliette Binoche y William Hurt. Si tuviéramos, pues, que definir brevemente el cine de Akerman deberíamos referirnos a su constante necesidad de romper y traspasar límites y fronteras en cualquiera de los ámbitos ya sea de la vida, ya sea del propio cine. Bajo su incisiva mirada azul dejan de tener sentido herméticas clasificaciones como (por supuesto) la de los géneros cinematográficos y también la de los géneros humanos, los límites de la trascendencia y la inmanencia, la verdad y la mentira… del mismo modo que su particular forma de mirar el mundo no hace sino dinamitar constantemente los límites de la ética y la moral, la sexualidad y, por supuesto, lo políticamente correcto.

Como destruir las viejas formas de lo femenino

En 1965 Chantal Akerman fue al cine a ver Pierrot le fou de Jean Luc-Godard. Tenía quince años. Quedó tan fascinada por la película que decidió cambiar inmediatamente su vocación de escritora por la de cineasta. Es por ello que, tan solo dos años después, ingresó en la escuela de cine belga INSAS (Institut Supérieur des Arts du Spectacle et Techniques de Diffusion) y que a los dieciocho años dirigió su primera película, Saute ma ville (1968).

El film, de trece minutos de duración y que emana una fuerza extraordinaria, supone la primera manifestación explícita de su deseo de desprenderse de las viejas formas opresoras de lo femenino. Una especie de primera rebelión que, de hecho, anticipa su actitud combativa contra la idea de la mujer como objeto de dominación y figura de la sumisión, y que podemos identificar en toda su filmografía, desde La Chambre (1972) hasta La captive (2000) pasando por Je, tu, il, elle (1975), la obra maestra Jeanne Dielman, 23, Quaid u Commerce, 1080 Bruxelles (1975) o Nuit et jour (1991). En Saute ma ville, Akerman, que también interpreta el papel protagonista, muestra a una mujer en la cocina de su casa quien, de forma progresiva se va obsesionando con la idea de romper el orden establecido, tirando al suelo la comida y las sartenes, saltando y bailando encima de ellas, revolcándose en la harina esparcida…. Un boicot y una rebeldía contra la figura de la ama de casa, en tanto que esclava de sus obligaciones, que enlaza de algún modo con la relación de la cineasta con su madre (”Siempre he tenido una conciencia muy clara de las situaciones injustas, soy incapaz de aceptarlas. Cuando de niña veía a mi madre en casa, hacer todo el trabajo…” ha comentado en alguna ocasión). Aunque en Saute ma ville lo realmente revelador es el final de la película, cuando la protagonista decide abrir el gas de la cocina y hacer explotar su minúsculo mundo. Una secuencia que, lejos de haber sido filmada con trascendencia o con oscuridad, desprende una clara excitación juvenil llena de optimismo. De algún modo, Akerman daba muerte así a las formas de lo femenino que le disgustaban.

A partir de aquí, esa necesidad de destrucción de un tipo de feminidad no deseada se puede vislumbrar en casi todos los personajes femeninos que protagonizan sus películas y, también, en la forma de filmar el cuerpo y la sexualidad de la mujer. En La Chambre, por ejemplo, un cortometraje en 16mm de once minutos de duración, Chantal Akerman muestra, a través de una única panorámica circular tomada desde el centro de una habitación, la masturbación de una mujer que yace solitaria en su cama y que tras el orgasmo se come una manzana. Más allá de subvertir el mito bíblico de Eva, Akerman empieza a convertir el sexo femenino en una de sus grandes preocupaciones creativas. Tanto es así que la imagen de la masturbación enlaza directamente con el larguísimo primer plano final de Je, tu, il, elle donde las dos protagonistas dan rienda suelta a su pasión y cuyos cuerpos enlazados transmiten una vibración y un temblor, al modo como Jean Michel-Frodon (5) definió el cine de Akerman, de una belleza francamente inusual. Sin olvidarnos de la explícita repulsa hacia algunos de los atributos específicamente masculinos, en tanto que obstructores de esa exaltación de la libertad femenina, que trata tanto a través de la protagonista de Nuit et jour, una mujer escindida entre dos hombres, como en La captive, su visión particular de La Prisonnière de Marcel Proust.

Aun así, el cénit de la destrucción del estereotipo de la mujer sumisa llegaría con Jeanne Dielman, un film de tres horas de duración que muestra la monótona vida de una ama de casa, persiguiendo cada uno de los movimientos de su insignificante vida, quien, contra todo pronóstico, asesina a su amante tras haber practicado sexo con él. Un cuchillazo considerado como uno de los momentos más álgidos de la carrera cinematográfica de Akerman y a través del cual la cineasta conseguía una armonía casi perfecta entre el que ya podía considerarse un estilo propio (largos planos estáticos, búsqueda de una frontalidad que incomodara al espectador) y el argumento del film. Cineastas como Gus van Sant no dudaron en reconocer la influencia de ese film en sus carreras: “La forma conceptual consistía en comunicar la realidad de la vida de esa mujer, y eso me influenció enormemente” (6). Cuando Akerman filmó Jeanne Dielmann tenía tan solo 24 años.

El tiempo fluye en horizontal

En 1972 Chantal Akerman se traslada a Nueva York y empieza a experimentar con su forma de filmar los paisajes y los rostros anónimos, sin duda, otra de las grandes preocupaciones creativas que podemos detectar a lo largo de su filmografía. Es una época en la cual pasa mucho tiempo en el Anthology Film Archives donde tiene oportunidad de ver las películas de Jonas Mekas, Michael Snow y Andy Warhol, aunque a menudo ella rechace su influencia directa al sentirse más próxima del cine de Dreyer que a la vanguardia underground neoyorkina y sin que ello interfiera lo más mínimo en su fascinación por la ciudad de los rascacielos.

Ese mismo año rueda Hotel Monterey (1972), un documental mudo a través del cual la cineasta retrata la vida interior de un hotel de la ciudad y donde sienta las bases de su forma de mirar los espacios. Largos planos de las ventanas, las puertas y las habitaciones, lentos travellings que recorren los pasillos vacíos, los rostros de los huéspedes,… todo ello a través de una distancia que muestra el deseo de desvelar las posibles ficciones que se esconden tras las puertas. Akerman también explora la armonía del movimiento vertical del ascensor situando la cámara dentro y dejándola durante largo rato. La cámara sube y baja, y los huéspedes entran y salen en una especie de danza hipnótica y casual que la cineasta perseguiría posteriormente en sus retratos de parajes naturales.

Cuatro años más tarde, Akerman dirige News from home (1976), un documental en el cual retrata la vida de las calles de Nueva York y donde superpone una voz en off que recita las cartas que le envía su madre desde Bruselas. Es sin duda en este también temprano film donde la cineasta pone en juego su concepción orgánica del tiempo vinculado a la exploración horizontal del paisaje a través de esos travellings que seguirán apareciendo en películas tan posteriores como De l’autre côté (2002). Akerman consigue capturar los ritmos de los tempos de la urbe y la armonía de las distintas geometrías que subyacen bajo la apariencia del entorno a través de la dilatación temporal de la horizontalidad, algo que no deja de ser una provocación en una ciudad que, a priori, parecería que debiera haber sido filmada en vertical. Del mismo modo, la cineasta sigue buscando en los gestos de los habitantes de Nueva York algún indicio de ficción, como esa historia de amor intuida en el andén de la estación del metro mientras van pasando los vagones también de forma horizontal.

Aun así, no será hasta el rodaje de D’Est que Akerman decida unir su concepción horizontal del tiempo cinematográfico con la exploración de los rostros de la gente anónima que encuentra en las calles frías y nevadas de la Europa del Este. Personas que a través de su semblante explican la historia de un país, de una nación, de un estado, y cuyos pliegues de la piel expresan las consecuencias de la caída del comunismo. “Preferiría tocar los rostros que deseo filmar” (7), escribe Akerman. Una afirmación que enlaza con la frontalidad a través de la cual captura esos semblantes y que entra en plena sintonía con su perpetua necesidad de incomodar al espectador. “La frontalidad enfrenta al espectador con la realidad, aunque sea dolorosa. Es una forma de escapar de la idolatría de las imágenes”, aseveró la cineasta en 2006 en el transcurso de una conferencia programada en el MICEC (Mostra de Cinema Europeu Contemporani) en Barcelona. Una frontalidad que, de hecho, puede apreciarse desde filmes de ficción como el musical a lo Jacques Demy Golden Eighties (1986) o Nuit et jour (1991), hasta documentales como Histoires d’Amérique (1988) o De l’autre côté (2002). En todo caso, lo que merece la pena destacar de esa frontalidad es como en sus trabajos más próximos a la realidad la cineasta consigue aproximarse al otro sin voluntad alguna de apropiarse de él, es decir, a través de esa distancia tan larga y necesaria pero tan íntima al mismo tiempo. Esa necesidad, al fin, de que las cosas se muestren tal y como son sin abandonar jamás las posibilidades de la sugestión, la imaginación y, por supuesto, la probabilidad de encontrar la ficción dentro del mundo real.

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1) “Me gustaría rodar allí, con mi propio estilo de documental que roza la ficción. Me gustaría filmarlo todo. Todo lo que me conmueva”. Catálogo de la video-instalación Rozando la ficción: D’Est de Chantal Akerman. IVAM, Institut Valencià d’Art Modern, 1996. Pág. 17
(2) Chantal Akerman nació en Bruselas el 6 de junio de 1950, hija de una pareja de judíos polacos que habían llegado a la Europa occidental a finales de los años treinta.
(3) Boltanski, Christian. Histories d’Amérique et D’Est; dentro del catálogo de la exposición Chantal Akerman. Autoportrait en cinéaste, Centre Georges Pompidou/Éditions Cahiers du cinéma, París, 2004. Pág. 202
(4) Catálogo de la video-instalación Rozando la ficción: D’Est de Chantal Akerman; op.cit. Pág. 70.
(5) “(…) Cette capacité à capter une vibration interiéure des matières, un tremble imperceptible des gestes, une lourdeur ou une fébrilité qui font symptômes (…)” Frodon, Jean-Michel. Saute ma ville; dentro del catálogo de la exposición Chantal Akerman. Autoportrait en cinéaste; op.cit. Pág. 172.
(6) Diálogo entre Todd Haynes y Gus van Sant dentro del catálogo de la exposición Chantal Akerman. Autoportrait en cinéaste; op.cit. Pág. 179
(7) Catálogo de la video-instalación Rozando la ficción: D’Est de Chantal Akerman; op.cit. Pág. 39.

Chantal Akerman - Je tu il elle

Chantal Akerman - Je tu il elle 2

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No quisiera condenarla a desplazarse incesantemente y para colmo sin compañía, que de seguro encuentra con facilidad, en el camino o en cualquiera de sus etapas, siempre que lo desea. Pero, la verdad, así la veo, en solitario y en marcha, en la medida en que su trayectoria me parece, cada año más, la propia de un autodidacta que ha empezado pronto a moverse y actuar; en este caso, el de Chantal Anne Akerman, a tomar fotografías y a filmar con cámaras ligeras, apañándoselas con el material disponible. Sola o con el equipo más reducido que ha podido, economizando, eligiendo con intuición y cuidado qué fotografiar. Su objetivo inicial fue, sin duda, mirar a su alrededor y registrar lo que la rodeaba: un cuarto, una casa, una calle, un bar, un aeropuerto, un hotel. Un amanecer, las farolas que se encienden o se apagan en las calzadas, un rostro solitario o una multitud, gente que baila, que calla, que habla, que piensa, que recuerda, que camina. Como los pintores sin dinero para pagarse modelos, se retrató a sí misma, a sus amigos y parientes, a gente encontrada al azar de los viajes que se dejó fotografiar. No actuaban, no representaban personajes. No eran actores, a veces padecían de timidez, y no había guión, sino cuatro ideas, o ninguna todavía entonces, que ya vendría, durante el proceso de rodaje y montaje. Estos seres convertidos en personajes ocasionales por la presencia de la cámara eran, simplemente; quizá no ellos mismos en condiciones normales, sino personas reales y relativamente normales, aunque, eso sí, más o menos conscientes —hasta que se acostumbraban y se olvidaban de la cámara, los que lo conseguían— de ser filmadas.

Se configura así un cine “a salto de mata”, de medios escasos, sin argumento ni pretensiones —aunque sí, a su manera, ambicioso, e inevitablemente personal—, a caballo entre el documental, el diario íntimo (a menudo nada explícito, o silencioso) y las fantasías suscitadas por el entorno, la hora y los sentimientos, sin dirección de actores, más próximos siempre los que desempeñaban tal función a los “modelos” bressonianos, incluso cuando, ocasionalmente, se trataba de buenos o grandes intérpretes, sobre todo actrices como Delphine Seyrig, Aurore Clément y otras. Se trataba, para la directora, creo, más aún que de rodar una película, de buscar una manera de estar allí sin ocupar mucho sitio, de buscar un buen rincón desde donde ver bien sin llamar la atención, sin molestar, y de ganarse la confianza —siquiera la indiferencia— de los filmados. Y de ir así acumulando, poco a poco, sin prisas, materiales para después reflexionar sobre ellos, e irlos sumando, tiempo tras tiempo, rítmicamente, organizándolos sin intervencionismo excesivo, manipulando lo menos posible los fragmentos escogidos, respetando y conservando lo que de realidad en bruto, opaca, se haya colado en las imágenes y por su parte ella, Chantal, haya logrado captar de la verdad cambiante y fugitiva, cazada casi al vuelo entre las meras apariencias y sus reflejos múltiples, un poco al azar de los ritmos y las pausas, de las horas del día y de la noche, de los estados de ánimo que reinaran a uno y otro lado de la cámara (a veces ella estuvo en ambos, como en 1974 en Je tu il elle, saltando de un terreno a otro, un poco a la manera de Chaplin en The Inmigrant, caminando por la frontera, y todavía en 1996 se filmaba a sí misma para la serie televisiva Cinéastes, de notre temps en Chantal Akerman par Chantal Akerman, una de sus piezas más emocionantes).

Son estas unas formas de aprendizaje hoy quizá en desuso —aunque debieran ser las más normales, ya que cada vez es más fácil y barato tanto filmar como viajar—, y que no eran para Chantal Akerman un medio para convertirse en una cineasta “profesional”, sino para tratar de averiguar, casi a tientas y en parte a merced de los azares y la suerte, lo que andaba buscando, sin saber muy bien lo que era ni si llegaría a encontrarlo. Un método “amatorio” o “amoroso” (esos pueden ser también algunos de los significados de “amateur”, actitud o condición que no ha de reservarse al mero y quizá tibio “aficionado”, el amor es algo más fuerte que la afición) de mirar y registrar lo que a uno le rodea, que puede ser, ciertamente, inseguro y arriesgado, que no siempre es “productivo” —sobre todo desde perspectivas economicistas y comerciales ajenas por completo al sujeto activo que mira, escucha y rueda, a veces graba—, pero que puede ser suficiente, incluso satisfactorio, y casi siempre interesante, sobre todo si hay por medio autenticidad, veracidad, sinceridad y talento. Tanto para recordar lo visto y lo sentido como para compartir con otros —amigos o desconocidos— esas experiencias, esos pensamientos, esos estados de ánimo, y tanto durante el rodaje, con los demás partícipes, como después, con los eventuales, quizá no muy numerosos, espectadores. A los operadores de Lumière, diseminados por medio mundo, les hubiera bastado con eso, como le sigue bastando a Chantal Akerman; de no llegar a tiempo a los acontecimientos, ya se ocupaban de hacerlos repetir o de reconstruirlos, como se reconstruye en una investigación la escena del crimen, a partir de testimonios e hipótesis, enjuiciando después con mirada crítica si es plausible o posible.

Lo que es más raro, después de una carrera ya larga y una obra cuantiosa —en los formatos, soportes y metrajes más variados—, y a pesar de haber adquirido, casi sin proponérselo y bastante pronto, una reputación casi aplastante en ciertos ambientes, un renombre notable, al menos entre muchas pequeñas minorías de todos los rincones del mundo, sobre todo a partir de su segundo largo, Jeanne Dielman 23, Quai du Commerce 1080 Bruxelles (1975), es que Chantal Akerman no haya sucumbido a los cantos de sirena de la vanidad y permanezca hoy plenamente fiel a sus comienzos, a sus raíces, a sus primeros pasos, a sus deseos, pese a las muchas vueltas que ha dado el mundo en esos treinta años —37 si nos remontamos a su primer corto—, a lo que ha cambiado el panorama de lo que todavía entonces nadie que no fuera, además de un pedante, un perfecto imbécil, hubiera osado llamar “el audiovisual”, sino, simplemente, el cine, que hoy ya no es mas que un barrio periférico y venido a menos de una metrópolis más amplia y difusa, pero que en 1975 o 1968 aún era el todo, o al menos lo parecía.

Que Chantal Akerman siga siendo una belga errante y parezca siempre una principiante, que lo mismo va a la antigua Europa “socialista” del Este hoy integrado en la Unión Europea que explora la frontera siempre conflictiva entre los Estados Unidos y México, o atraviesa en tren o en coche la Unión Europea, o recala en París, Amsterdam, o Londres, o vuela a Nueva York, Chicago o San Francisco. Y que en todas partes se siente tan en casa, o quizá, mejor dicho, tan poco “en casa”, como en Bruselas. Sigue viajando con cámaras. Ahora quizá sean ambas digitales, y diminutas. Los medios, al aligerarse, se hacen más portátiles, y al abaratarse los costes de uso permiten que los cineastas que aún desean tal cosa —cada vez, al parecer, y muy paradójicamente, menos numerosos— sean más libres, menos dependientes de los productores y menos pendientes de tratar de vender una idea, un proyecto, de tener que intentar seducir con un guión biensonante y ambicioso a una comisión, de hacer creer —conscientes del engaño— que van a hacer ganar dinero a quienes de hecho lo ponen y que por eso, automáticamente, se creen los dueños y propietarios de una obra que ni siquiera entienden, que serían incapaces hasta de soñar o recordar, pero sobre la que quieren opinar e influir, de la que a veces tratan de apoderarse y en el proceso lo que consiguen es dañarla, destruirla o frustrarla.

Pero la libertad y la intemperie, la casualidad y la improvisación, los encuentros y el nomadismo, aunque durante cierto tiempo estimulan, a la larga, normalmente, cansan. Y con la edad casi todos nos vamos haciendo más cómodos, más quietos, más estáticos. Nos movemos menos y actuamos poco, con la excusa de que estamos muy ocupados tratando de recordar, de que “el tiempo de la acción ha pasado, comienza el de la reflexión” —como decía el Petit Soldat godardiano, casi remedando al Orson Welles de The Lady from Shanghai—, y argumentando que es más propio de nuestra edad limitarnos a pensar, o, con el pretexto de que sabemos ya, y ya conocemos esos lugares, y no tenemos nada que aprender, y si acaso nos queda cada vez menos hueco en la memoria y disminuye nuestra capacidad de asimilar lo nuevo, nos vamos hundiendo en el inmovilismo. Pocos siguen descubriendo el mundo con la mirada y una cámara desnuda. Chantal Akerman, en cambio, sí. Sigue siendo (cada vez más) libre.

Chantal Akerman

Chantal Akerman

© Miguel Marías. Escrito en enero de 2005 para el catálogo de la videoinstalación de Chantal Akerman en la Galería Elsa Benítez de Madrid. Reproducido por la Revista Miradas de Cine, Junio de 2007.

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Estimados amigos

Nos complace informaros de que acabamos de poner a la venta nuestra última edición, el cofre CHANTAL AKERMAN “EXILIOS”, 4 DVD + libreto de 36 págs, que recoge 4 films imprescindibles de la cineasta belga.

Os recordamos que los gastos de envío son gratuitos para todos aquellos pedidos peninsulares.

Aprovechamos la ocasión para informaros de que el próximo 11 de octubre tendremos también disponible el cofre CORRESPONDENCIA(S), 5 DVD + catálogo de 408 págs., y del que os adelantamos las características y contenido.

Un cordial saludo a todos

)intermedio(

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