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Yo era un artista, no tenía aún treinta años. Vivía solo la mayor parte del tiempo, en una habitación desordenada.

Mis películas no funcionaban. Escribía guiones para películas que hacía con dos duros.

Conocí a Jean, una actriz de cine que ya no rodaba películas.

Ella se dio muerte.

Una mujer con el rostro de Jean se me apareció en un sueño. (La sala estaba vacía, la puerta abierta. En la abertura de la puerta se podía ver la pared de una iglesia. El rostro del fantasma estaba lívido. El fantasma dijo: “Tengo que irme. Me voy allí, tras esa iglesia. Siempre podrás encontrarme allí.”)

Como en Spirite, de Théophile Gautier, la suicida se aparecía al joven en el espejo y lo arrastraba a la muerte. Jean me llamaba desde el otro mundo…

Pero he aquí cómo se desarrolla en la vida real.

Yo estaba en mi habitación ese día, fumando hachís con la precisión que da la costumbre.

El sol de invierno descendía tras las cortinas. Me quedé dormido vestido. Me desperté y lloré sobre mi almohada, en plena noche.

(“Estoy cansado, cansado… pensaba, de mi vida de solitario”) pero la emoción de ya haber amado y la belleza de mi vida, que yo creía única, me hicieron derramar otras lágrimas y acabé por dormirme.

A mediodía bajé a la calle. Me crucé con Elisabeth, una amiga, que me llevó a casa de una pareja con la que iba a almorzar.

Había comprado un lirio por el camino para ofrecérselo a esa actriz que yo no conocía, a cuya casa me llevaban de improviso. Debía verla de nuevo.

Me citaba con ella en mi habitación, en su casa o en un café.

Miraba por la ventana caer la nieve sobre el patio.

Hice una película con Jean.

Filmaba su rostro. A veces Jean lloraba. Yo me mantenía tras la cámara. Jean era una actriz del Actor’s Studio e improvisaba psicodramas. Yo filmaba solamente su rostro, conservando así en secreto las condiciones del rodaje. Cuando terminé ese retrato llevé a Jean un primer montaje, y la película le gustó. Jean había rodado muchas películas, pero le complacía una película enteramente consagrada a ella. Además, en esta película se puede ver su alma, que era muy hermosa.

Jean escribió un guión: “Y ahora, ya puedo hablar de Aurélia…” Escribía también poemas que fueron publicados. Se identificaba sucesivamente con la Aurelia de Nerval, a la que quería interpretar de forma moderna, y con  Juana de Arco, porque había interpretado la Juana de Arco de los americanos.

Jean tuvo una depresión nerviosa. La hospitalizaron. Los electroshocks que le hiceron sufrir tuvieron una consecuencia trágica.

Yo volvía a pie de los laboratorios de cine que están en los suburbios. Caminaba a lo largo del río. Era el final del verano. Los pescadores se recortaban contra el sol poniente.

Atravesaba el rastro por la puerta de Clignancourt, había terminado una película nueva y respiraba la felicidad de ser libre. Cuando de repente, al azar de una acera, tropecé con la foto de Jean en la primera página de un periódico vespertino: “Jean Seberg se ha suicidado”…

1984

Publicado en Cahiers du Cinéma, septiembre 1991. (Gracias a quién lo tradujese para una ficha de la Filmoteca Española.)

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En diciembre de 2004, para acompañar a una retrospectiva de su obra, la Cinemateca Francesa le ofrecía a Leos Carax la oportunidad de programar una carta blanca. Hoy, con ocasión del estreno de su nueva película en Cannes, recuperamos la lista de laspelículas programada, todas ellas imprescindibles.

Y el mundo marcha
King Vidor
105 min | 1928
con Eleanor Boardman, James Murray, Freddie Burke Frederick, Bert Roach

La petite Lise
Jean Grémillon
78 min | 1930
con Pierre Alcover, Julien Bertheau, Alexandre Mihalesco, Nadia Sibirskaïa

The Struggle
David W. Griffith
87 min | 1931
con Hal Skelly, Zita Johann, Charlotte Wynters, Evelyn Baldwin, Jackson Halliday
Una mujer para dos
Ernst Lubitsch
90 min | 1933
con Fredric March, Gary Cooper, Miriam Hopkins, Edward Everett Horton

Vivimos hoy
Howard Hawks
133 min | 1933
Con Joan Crawford, Gary Cooper, Robert Young, Franchot Tone, Roscoe Karns

Al borde del mar azul
Boris Barnet
70 min | 1936
Avec Elena Kouzmina, Lev Sverdline, Nikolai Krioutchkov, Semion Svachenko

Sólo se vive una vez
Fritz Lang
86 min | 1937
con Henry Fonda, Sylvia Sidney, Barton McLane, Jean Dixo

Nubes Flotantes
Mikio Naruse
123 min | 1955
con Hideko Takamine, Masayuki Mori, Mariko Okada, Isao Yamagata, Daisuke Kato

Flores de papel
Guru Dutt
150 min | 1959
con Guru Dutt, Waheeda Rehmann, Johnny Walker, Mahesh Kaul

Gertrud
Carl Theodor Dreyer
115 min | 1964
con Nina Pens Rode

El soldado americano
Rainer Werner Fassbinder
80 min | 1970
con Karl Scheydt, Elga Corbas, Jan George, Margarethe von Trotta, Hark Bohn, Ingrid Caven

El Diablo, probablemente
Robert Bresson
100 min | 1977
con Antoine Monnier, Tina Irissari, Henri de Maublanc, Laetitia Carcano

France tour détour / Deux enfants
Jean-Luc Godard, Anne-Marie Miéville
300 min | 1977
con Camille Virolleaud, Arnaud Martin, Betty Berr, Albert Dray

Las puertas del cielo
Michael Cimino
219 min | 1980
con Kris Kristofferson, Christopher Walken, Isabelle Huppert, John Hurt

Páginas escondidas
Alexander Sokurov
77 min | 1993
con Alexander Tcherednik, Sergueï Barkovsky, Elizaveta Koroliova, Galina Nikoulina

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El estudio de diseño Atelier Carvalho Bernau Design ha creado una tipografía a partir del rotulado de las películas de Jean-Luc Godard como homenaje por el 80 cumpleaños del director francés. Esta fuente, con versiones para Linux y Windows, y Mac, se recibe por correo gratuitamente después de visitar su página y dejar la dirección para que te la envíen. Nos parece un detalle precioso, así que os dejamos con el link y un pantallazo de su web en la que ya la han utilizado y que está sencillamente muy bonita.

Cumpleaños Godard

http://www.carvalho-bernau.com/jlg/

Isla Correyero

Todos nosotros que debutamos
en la vida con una tara irremediable,
que deseábamos tanto y habíamos
obtenido tan poco, que con tan
buenas intenciones, tan mal
acabamos…Todos nosotros.

- Jim Thompson

Todos nosotros.
Los que nacimos rechazando la política y las leyes.
Los orgullosos.
Los que sabíamos que extraían de nuestra percepción la libertad.

Todos nosotros.
Que crecimos en pueblos y en ciudades aún azules.
Que fuimos incalculables niños instintivos y lunáticos.

Todos nosotros.
Viajeros.
Los que atravesamos la oscuridad del sexo y la habitamos.
Los buscadores de belleza.
Los que probamos las exóticas sustancias y vivimos en el cine y en la noche.

Todos nosotros.
Generación, tribu, conjunto de perdedores que imaginamos que la ruina era el más alto honor.

Todos nosotros.
Los desterrados ahora de aquel grupo.
Los olvidados, los oscuros, los ausentes.
Los abandonados y los destruidos.

Todos nosotros.
Los que ya no soñamos. Los que somos compradores de todo.
Los arrasados por el dinero y por las guerras.

Los que ahora somos impenetrables asesinos blancos.

Los que contemplamos la luna desde el cielo.

Isla Correyero, 1993. Crímenes.

Isla Correyero

- “Crímenes”, libro desaparecido durante casi 20 años está ahora a la venta en versión ebook en la Amazon Kindle Store por un precio de 2’26 € 

The Magnetic Fields en Editorial CONTRA

¿Qué tienen en común las canciones de The Magnetic Fields, los tejemanejes políticos en el fútbol, los lavabos más singulares de Barcelona, las entrevistas de Neil Strauss, la vida del ciclista David Millar, la mirada del periodista deportivo Axel Torres o las letras de Nick Drake? En apariencia poco o nada, se diría que pertenecen a universos opuestos, pero en realidad todos ellos son vasos comunicantes lógicos y naturales en la mente de Didac Aparicio, Eduard Sancho y Jordi Raventós, fundadores y responsables de la nueva editorial barcelonesa CONTRA, una excitante y muy prometedora anomalía en el panorama español que propone el maridaje entre cultura popular, música y deporte, tres ámbitos que gozan de buena salud editorial por separado, cada uno encasillado y bien delimitado en su propia parcela, pero que hasta la fecha nunca habían convivido bajo el mismo techo. “Mi idea inicial era editar libros de cine, pero al venir de ese territorio –la distribuidora Intermedio Films– se me ocurrió que sería más interesante publicar libros de canciones de los grupos que me gustaban. Al proyecto se unieron Jordi y Eduard, que un buen día me dijo: ‘tendríamos que sacar libros de deporte’. Me pareció muy buena idea, algo fresco y desprejuiciado”, explica Aparicio. Para Sancho, esta necesidad respondía al hecho de “en España hasta hace poco no se ha editado bien en el género deportivo. Es cierto que en los últimos años se ha publicado mucho, pero en su mayoría son títulos de consumo rápido y muy coyunturales. Nuestra intención es la de llevar al mercado libros deportivos que tengan calidad literaria, un diseño bonito y una buena traducción y que sean atractivos para el público, le guste o no el deporte”.

Cuando la razón te invita a quedarte en casa a la espera de tiempos mejores antes de embarcarte en aventuras empresariales arriesgadas, CONTRA hace honor a su nombre y desafía cualquier argumento lógico y racional con una apuesta valiente que debe hacer frente a dos grandes escollos. Por un lado, la crisis económica, que a su vez también deriva en la crisis progresiva e imparable que vive el sector cultural. “Si lo piensas mucho no lo haces –confiesa Aparicio. Si te paras a pensar en la crisis y los cambios que se están produciendo en el consumo de ítems culturales da un poco de miedo, pero seguimos pensando que el libro es un formato con mucho recorrido y vigencia”. Por el otro, la necesidad de ir a buscar a un público que hasta el momento vivía fragmentado a ojos del mapa editorial imperante y al que nadie parecía tener en cuenta, como si fuera un pecado experimentar la misma emoción con una canción de Scott Walker, un gol de Maradona, un hachazo de Pantani o un concierto de Bon Iver. “Nosotros vamos a encontrar ese publico, queremos crear ese nicho de mercado que no existe, no nos importa ir a buscarlo, al contrario. Queremos generar esa demanda, que si no existe no es por falta de interés y de posibles lectores, sino porque no existía el producto”, apunta Sancho. Para completar su apuesta, el diseño y la presentación de sus referencias se ha convertido en una obsesión. “Es un tema fundamental para nosotros. Queremos que cada libro tenga su propia identidad, nos interesa especialmente darle un trato personalizado al libro y que cada título sea ejemplar en ese sentido. El objeto tiene que ser un reclamo para comprártelo en papel”.

La editorial debuta en las librerías el próximo 13 de febrero con la publicación de los dos primeros volúmenes de la colección Songbook, una línea que pretende dispensar un trato riguroso y entregado a la obra de algunos de los mejores compositores de la historia, cuando menos aquellos que tienen una importancia manifiesta en los gustos y criterio musical de los responsables del proyecto. Abren la veda dos pesos pesados: Nick Drake y Stephin Merritt, líder de The Magnetic Fields. “De momento Songbook es la única colección de la editorial plenamente definida en el diseño y el concepto, se compone de libros cuadrados, en un formato parecido al de un single, incluso están perforados en el centro, en los que pretendemos elaborar un análisis literario de las que consideramos las mejores canciones de cada artista”, explica Aparicio.

Pink moon, biografía de Nick Drake escrita por el danés Gorm Henrik Rasmussen, complementa la traducción de todo el cancionero del cantautor británico con un evocación apasionada de su vida y obra. Según Aparicio, “es la mejor biografía que se ha publicado de Drake, pero además para nosotros es perfecta porque entra muy a fondo en su universo literario, que es la idea básica de Songbook”. La edición viene prologada por un texto de Nacho Vegas.

Por su parte, The book of love reúne cien canciones de Stephin Merritt, con una extensa introducción del escritor Kiko Amat, a modo de antología amplia y completa sobre su producción en lo que es “una reivindicación obligada y necesaria de un compositor con el que indudablemente estamos en deuda”. En marzo saldrá a la venta Todo el mundo te quiere cuando estás muerto, libro de entrevistas del periodista Neil Strauss, un título que para Aparicioredescubre el género de la entrevista, porque apenas da información musical de los artistas pero consigue retratarlos a todos de forma ejemplar en el cuerpo a cuerpo”.

Y como no solo de música y canciones se nutre CONTRA, en marzo también llegará a las librerías Fútbol contra el enemigo, de Simon Kuper, indispensable recorrido por la relación entre el poder –o el abuso del mismo–, la política, la sociología y el deporte rey: en palabras de Sancho, “representa uno de los mejores ejemplos de lo que es un libro que trasciende lo meramente deportivo, se trata de un excepcional análisis de la cultura y la política que rodea al futbol en todo el mundo”. Para más adelante está prevista la publicación de la autobiografía del portero Robert Enke, de una delirante y cómica guía de los lavabos más particulares de Barcelona, de un prometedor libro del experto en fútbol internacional Axel Torres o de la traducción de Racing through the dark: Rise and fall of David Millar, recomendación efusiva de Eduard: “está escrito por el ciclista David Millar, y es otro libro excepcional sobre la épica del deporte en el que explica en primera persona cómo cae en las redes del dopaje y cómo se recupera… y lo mejor es que se lee como una novela de aventuras”.

Todavía inmersos en los vaivenes de sus primeros pasos de vida, los responsables de CONTRA insisten en la idea de convertir su proyecto en una plataforma para dar voz a la nueva generación de escritores de la piel de toro, pero siempre dentro de los criterios eclécticos de su particular línea editorial. “Lo estamos intentando, una de nuestras obsesiones es la de poder publicar a nuevos talentos españoles, buscar entre la nueva generación de autores, los que están en un momento primigenio y darles la oportunidad. Nos interesa mucho la obra de creación propia”. No será un camino fácil, pero sí apasionante: “En España se edita muy bien… teniendo en cuenta los lectores que hay y el mercado que genera creemos que se publica muy bien, mejor que en otros países europeos como Italia. Sabemos que la competencia es dura, y es por eso mismo que nos preocupa y obsesiona tanto hacerlo todo bien y cuidar hasta el mínimo detalle”.

Nick Drake en Editorial CONTRA

· Artículo original en el diario El País con fotos de los lanzamientos de CONTRA.

La commune - Peter Watkins

El valor del diálogo

Ante libros como éste uno no sabe qué pensar de frases como “Todo lo que no es copia es tradición”. No sé si podría sondear la genial estructura de este Imágenes de la Revolución (Shangrila, 2011) en alguna obra anterior, pero lo cierto es que aquí Israel Paredes y José Francisco Montero han logrado crear un auténtica obra viva a partir de algo tan necesario —y cada vez menos abundante— como es el diálogo.

Cada uno de ellos encargado de reflexionar en sus respectivos textos sobre una obra en concreto que ha supuesto una película emblemática sobre el proceso revolucionario —Israel a través de La inglesa y el duque (L’anglaise et le duc, Eric Rohmer, 2001) y Pepe con La commune (Paris, 1871) (Id., Peter Watkins, 2000) en su punto de mira—, ambos se interpelan, corrigen y matizan, logrando un ente orgánico. Cada uno de ellos invade la parte del otro, punteando los pensamientos ajenos con el suyo propio, evitando así la infalibilidad que supone el texto cerrado y canónico. Su diálogo supone lo más cercano que un lector podría estar de la tertulia de café, siendo espectador privilegiado del duelo dialéctico de dos tipos geniales que saben lo que se dicen y cómo decirlo.

Pero leyendo este libro también acude a la memoria aquella frase célebre de Jean-Luc Godard, que reclamaba que “un travelling es una cuestión moral”. Efectivamente, el cine es tanto fondo como forma. A algunos a veces se nos olvida, y perseguimos la idea de analizar únicamente el valor del argumento, sondeando no sólo la ideología del texto, sino sobre todo la ideología oculta y última del hecho comunicativo, en un alarde de «filosofía de la sospecha» con la que denunciar el espanto del engaño. Aquí, Israel y Pepe ponen en valor la potencia de esa misma filosofía oculta, esta vez transmitida a través de sus formas, de los recursos cinematográficos seleccionados coherentemente por cada uno de los realizadores aludidos. La suya es una labor de desglose, una clase magistral de teoría fílmica donde el cómo es tan importante o más que el qué, donde la técnica condiciona el mensaje, evitando las trampas propias de aquella filmografías ladinas que nos las meten dobladas.

El valor de la convergencia

Sin duda, hablar hoy en día sobre la revolución es toda una osadía. Su concepto está actualmente denigrado, y los soportes del mismo término están plenamente frivolizados, pues incluso el inofensivo hecho de acampar en plazas y parque públicos son elevados a la categoría revolucionaria ante el contraste con el pasivo entorno social en el cual se insertan dichos actos de «rebeldía» —más bien rabieta o pataleta contra entelequias de orden superior e inalcanzables.

La verdadera revolución es un acto radical y desesperado llevado a cabo por kamikazes que nada tienen que perder —y sí mucho que ganar. Por eso, que en el año de publicación de este libro se haya producido un fenómeno llevado a los altares con el pomposo —y falaz— epígrafe de “Spanish Revolution” —que más bien pareciera el spin-off de una de las infumables secuelas de Matrix— parece un verdadero chiste si lo comparamos con aquellos procesos históricos que inevitablemente pusieron patas arriba el orden establecido hasta el momento de su consecución —sin ir más lejos: el hartazgo de los millones de habitantes norteafricanos que, arriesgando sus vidas, durante la primavera del 2011 dieron la patada en el culo a sus deleznables caudillos.

El gran valor de un libro como Imágenes de la Revolución está en reivindicar dos películas que nos hablan sobre dos momentos históricos muy precisos, realizados en sendos espacios tan próximos en el tiempo como afines en sus conclusiones. Y es que tanto La inglesa y el duque como La commune fueron creadas en ese espacio de transición que supuso el cambio de siglo y de milenio, en el seno de una Europa en plena transformación —ideológica, social, política, monetaria, etc.— que pretende alzarse como el paradigmático contenedor de los más universales y eternos valores —heredados, precisamente, de sendos procesos revolucionarios, como fueron las insurrecciones de 1789 y de 1871 en la capital francesa—, pero que reiteradamente son conculcados en nombre de un bien mayor —casi nunca en la dirección del interés público, es decir, de la res publica.

Tanto Rohmer como Watkins —mucho más este último, debido a la vehemente explicitud de su propuesta, dentro de eso que tiende a denominarse como «cine militante»— extienden sobre las épocas retratadas un velo de cercanía para comparar aquel momento con nuestro presente —el de la época en las que fueron filmadas sus obras— y establecer ciertas conclusiones lógicas sobre las causas y sus consecuencias, así como las distintas posiciones sobre las que abordar la degeneración de un bello sueño convertido en pesadilla por obra y gracia de sus propios excesos.

Pero el verdadero valor de todo ello es cómo Israel Paredes y José Francisco Montero se acercan a estos sus respectivos cronistas para establecer el pulso al propio proceso revolucionario del cine, que en manos de estos dos maestros establece en su metalenguaje el cauce idóneo para mostrar la manera más efectiva —verdadera y única revolución— de traer hasta nosotros y nuestro tiempo los decisivos factores de la lucha y la resistencia —otra forma de lucha esta última, de la que tanto se ha abusado, tanto para bien como para mal.

Así pues, este libro está repleto de referencias a nuestros días —como lo están las propias películas escogidas, en el caso de la de Rohmer de forma más velada, mucho más evidente en la de Watkins— para realizar preguntas y que cada uno de nosotros active su parte más dinámica en el contexto de nuestro presente, tomando como punto de partida las sabias reflexiones de los autores de los textos.

El valor de la sincronicidad

Desde hace algunos años mi mentalidad ha cambiado. Ya no soy esa persona racionalista y materialista que un día —durante mucho tiempo— fui. El empirismo de la experiencia me ha hecho comprender que hay cosas mucho más allá de lo visible y lo tangible, energías que se manifiestan ante nosotros de forma tangencial y ante las que hay que estar atentos para poder apreciarlas e interpretarlas. Uno de estos fenómenos es el de la sincronicidad: hechos que convergen en el tiempo de forma aparentemente arbitraria, pero que transmiten en su lectura un mensaje en forma de lección.

Por eso, y aludiendo en este punto a un aspecto hoy en día tan consumado como es el de la «inteligencia emocional», no puedo dejar pasar la oportunidad de destacar dos hechos personales de la vida de mis grandes amigos Israel y Pepe y que están recogidos en una parte de su libro que no es el del texto sobre el que se fundamenta la existencia de este Imágenes de la Revolución. Me refiero a ese segmento muchas veces pasado por alto —por reiterativo y aburrido en la mayoría de las obras— en las que los autores rinden tributo en forma de agradecimientos a todos aquellos que, de un modo u otro, han contribuido a la forja de su trabajo.

Encuentro, pues, en dos frases llenas de emoción, las garantías del éxito de lo que acabo de exponer. Por una parte, que Israel mencione a su madre, Coral, que durante la confección de su texto se enfrentó a una grave dolencia. Y que, por la otra, Pepe dedique su trabajo a su recién nacido hijo Elías, una bendición deseada. Y es que en toda revolución se dan la mano aspectos tan distantes como la vida y la muerte, conviviendo en un mismo espacio y en un mismo tiempo.

Que sus respectivos textos se dediquen a sendas películas que retratan el principio de una pesadilla en forma de destrucción, tiñendo la mirada de desencanto y desesperanza con un trasfondo de resistencia ante la imparable degradación —en el caso de Israel— y el maravilloso nacimiento de una obra colectiva tan llena de esperanza como de ingenuidad —en el caso de Pepe— me parece tan significativo que, viéndolo todo desde este punto de vista, nadie podrá negar que el azar poco ha participado en todo esto.

Queda así claro que hay lazos invisibles que nos unen y nos retratan —a veces a nuestro pesar—, transmitiéndonos el valor de la vida en sus grandezas y en sus miserias —que es lo mismo que decir que en su total complejidad. Las revoluciones personales de estos dos grandes amigos les acompañaron a la vez que escribían —escribir también tiene algo de revolucionario— sus textos sobre dos revoluciones, llenas de semejanzas pero con sus propias idiosincrasias. Unir todo ello y hacerlo de esta forma tan coherente no está al alcance de muchos.

Imagenes de la Revolución - Israel Paredes y José Francisco Montero

· “Imágenes de la Revolución” de Israel Paredes y José Francisco Montero. Editado por Shangrila Textos Aparte. 20 €

· Texto original de Israel de Francisco en Revista Miradas de Cine

La inglesa y el duque - Eric Rohmer

Tengo que empezar agradeciendo a José Francisco Montero e Israel Paredes, los autores de Imágenes de la revolución (Shangrila Textos Aparte, 2011) que aceptaran darme el pie para este texto. Todavía un poco mareado por tener que trabajar sobre un libro como el suyo, turbulento y complejo por representar un choque profundo entre la ideología y su materialización, quise empezar por preguntarles qué importancia consideraban que podía tener en nuestra sociedad la teoría que proponían y, por extensión, una visión crítica del pasado a través del cine.

José Francisco MonteroIntentaré esbozarte una respuesta, pero más que una visión crítica del pasado me interesa una visión crítica del presente (concepto etéreo como pocos, tal como señalo en el texto con la ayuda de Borges (1) ) a través de cómo afrontar la representación del pasado. Respecto a la conexión de estas películas (y sobre todo de La commune) a mí me llamó mucho la atención que, más o menos por las fechas en que estuvo terminado (en marzo), y algo después, una serie de acontecimientos en varios países parecían responder a esa llamada de la película a salir a la calle, a batallar, a levantar “trincheras” (muchas de ellas, no obstante, más tibias de lo que a Watkins, o a mí mismo, nos habría gustado).

Personalmente, me interesa mucho el trabajo ideológico hecho en términos formales, y por supuesto es éste el que otorga a una película, no ya una altura estética, sino también su más profundo posicionamiento ideológico en la sociedad en la que surge. A este respecto, tanto en La inglesa y el duque como en La commune, encuentro esencial la noción de la mirada (o, mejor, de las múltiples miradas que se convocan en estas películas). Concepto trascendental, evidentemente, este de la mirada cuando de cine hablamos (y, en efecto, de cine estamos hablando y hablamos en el libro: detesto los textos rudimentariamente ideológicos, de progresismo superficial y apegados exclusivamente a los contenidos).

Por otro lado, sí es verdad que, aunque pretendiendo analizar y entender estas dos películas en particular, el texto aspira a tener una dimensión más amplia. Por último, no sé si anhelar que nuestro libro “afectara a una forma de entender el cine” no sería esperar mucho por nuestra parte.

[ (1) Se refiere aquí a una cita de Nueva refutación del tiempo, en Otras inquisiciones de Jorge Luis Borges: Me dicen que el presente, el specious present de los psicólogos, dura entre unos segundos y una minúscula fracción de segundo; eso dura la historia del universo. Mejor dicho, no hay esa historia, como no hay la vida de un hombre, ni siquiera una de sus noches; cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto.] 

Imágenes de la revolución es una teoría importante en nuestro tiempo, un tiempo que necesita ser consciente de su estancamiento. Ahora que parece que por fin hemos democratizado incluso lo más difícil de democratizar, que es el tiempo pasado, ya efectivo, nos hemos abandonado a un presente inmóvil. Por supuesto que lo que importa es el presente, pero su ligazón con el tiempo en avance (la remisión de esas imágenes supervivientes que tan bien apuntara Didi-Huberman), es el lastre o la vitamina de cualquier espacio del presente. Imágenes de la revolución apoya una forma de reflexión sobre la Historia que se opone al proceso de desarrollo de una “Versión Oficial” que comenzó hace un par de siglos, con la ilusoria transformación del hombre en ser racional en la época de las revoluciones, con esa “salida de nuestra minoría de edad irresponsable” que apuntara Kant, o quizás incluso antes. Aquella terrible imagen, casi metáfora en que, tras el proceso de reafirmación del poder burgués de finales del XVIII, la Convención rechazó el culto al Dios católico pero impuso el culto a la Diosa Razón (y no a la razón como concepto, sino a la Diosa Razón encarnada en la catedral de Notre Damme de París), demuestra que aquél fue un proceso virtual de liberación, y que nunca seremos animales racionales; que somos, como todos los demás, animales de símbolos. Nuestra mirada sobre el pasado quedó también redefinida en aquella época; en 1769, Voltaire escribió la primera Historia del hombre (hasta entonces sólo existía una Historia de la Soberanía). Pero esto también es un engaño, una redefinición de los símbolos del poder. Porque aquella revolución en que hemos basado nuestro avance último no fue una revolución liberal, en todo caso liberalista. El empresario se encargó de superar la Loi Le Chapelier a través de las corporaciones, las cúpulas de poder se redefinieron y, poco a poco, fuimos trasladando nuestra propia miseria a las Colonias.

Lo que cambió entonces fue nuestra conciencia de transitar un mundo que, -entendimos- nos pertenecía. Así, durante dos siglos y mucho más durante las décadas de implantación y desarrollo de las democracias actuales, hemos convertido el tiempo en un símbolo más de la libertad burguesa. La Historia se ha demostrado catalizadora de sentimientos de la masa, un aparato de poder importante, porque al imponerla se impone también nuestro sistema como un fin, y no como un proceso.

La inglesa y el duque (L’Anglaise et le duc, Eric Rohmer, 2001) y La commune (París, 1987) (íd., Peter Watkins, 2000), las dos películas que trata Imágenes de la revolución, permiten definir una serie de polémicas que han recorrido el siglo XX, y por supuesto, su cine, al referirse a esta comprensión del pasado.

Polémica de la representación

En primer lugar está el conflicto de la representación, que tan bien se entiende en la confrontación de las dos grandes películas que se han hecho sobre el Holocausto nazi: Noche y niebla (Nuit et brouillard, Alain Resnais, 1955) y Shoah (íd., Claude Lanzmann, 1985). Es un conflicto poco definido a lo largo de la Modernidad, formalizado por Rivette en su famosa reflexión sobre el travelling de Kapo pero difícil de trasladar a un tiempo como el nuestro, en que la expresión de la violencia, que es lo que finalmente pone en duda, se ha vuelto tan sintética que no podemos separarla conscientemente de la puesta en escena. En cualquier caso, se entiende bien en las películas de Resnais y Lanzmann, porque ambas ponen en imágenes un hecho fundamental, quizás el más fundamental de nuestra forma de entender el mundo. Y lo hacen de formas absolutamente opuestas, marcando una primera división en la forma de aproximarse a cualquier mirada histórica.

Ambas responden, de una y otra manera, a aquella famosa frase de Adorno: “hacer poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, a veces citada como “después de Auschwitz la poesía es imposible”. Poco después, Resnais evidenciaba su inutilidad al poetizar el campo de concentración nazi como única forma de imponerlo sobre el presente. Porque la poesía, como la mirada histórica, es una aproximación fantasmal, el acto de buscar la forma física de un hecho que no existe. Tendrían que pasar treinta años para que Lanzmann hiciera activa su premisa de “grado cero de representación” (en otro sentido, entiéndase, al término que acuñaron Huillet y Straub y del que luego hablaré).

La de Resnais es una obra palpitante, en que la cámara entiende y explicita el peligro de entrar en Auschwitz pero sabe que, para conseguir sus fines, tiene que recurrir a la representación. Porque, como dice Saenz de Oíza en Un futuro esperanzador: La representación tiene un poder de conmoción mucho mayor que la acción real. Cuando, por ejemplo, se representa la muerte en un teatro, es mucho más emocionante que la muerte en la calle. La de Lanzmann es una obra paradójicamente autoritaria, porque parte de una premisa que quiere negar la posibilidad de acercarse al hecho mismo del Holocausto, que requeriría de un cierto grado de representación, y sin embargo sabe desde el primer momento dónde quiere llegar e impone sus ideas. A pesar de que sus nueve horas de metraje se basan en testimonios claramente influidos por el trabajo de montaje y también por una cierta suficiencia de Lanzmann sobre los entrevistados, el director pretende haberse basado en una forma de realidad pura, reflejando sólo lo que queda de pasado en el presente y obviando así una cualidad básica del cine, que es la de superponer varios grados de tiempo pasado en diferentes niveles de su formalización.

Se trata, en definitiva, de un conflicto difícil de resolver: ¿Es lícito acercarse a la Historia desde su interpretación, desde su calidad subjetiva y, por tanto, representativa?¿Es abyecta la representación, con su inevitable reducción y reformulación del hecho histórico?¿Sólo podemos, como cree que hace Lanzmann, captar la realidad que ha quedado? O, dicho de otra forma: ¿Después de Auschwitz la poesía es imposible o es más necesaria que nunca?

La polémica de la evasión

Una de esas veces en que Godard se equivoca (quizás la más escandalosa) fue aquella en que echó en cara a Straub y Huillet que retrocedieran dos siglos en un momento de extrema pulsión ideológica y deseo de cambio para filmar su Crónica de Anna Magdalena Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, 1968), una obra que tiene cierto paralelismo con La inglesa y el duque (siendo aquí la pintura y allí la música los elementos del intercambio entre pasado y presente).

El retorno al pasado –eso lo entendieron bien los movimientos revolucionarios posteriores a la Comuna de París-, lleva asociados elementos inamovibles, hitos que la ideología es incapaz de sortear. Quizás porque el pasado ya ha existido y ya conocemos sus variables, su reivindicación posee una virtual consistencia que han buscado los movimientos conservadores. Los progresistas, en cambio, han abogado por la ruptura total con esa firmeza histórica. Se entiende bien si comparamos, por ejemplo, la arquitectura utópica de las vanguardias rusas, que rompe con cualquier tradición, y la bestialidad historicista de la arquitectura nazi. Pero, por supuesto, esto no son más que generalidades, y casi son más abundantes las excepciones que las confirmaciones de esta norma. Porque, y aquí el error de Godard, pocas películas se han hecho a lo largo del siglo XX más esclarecedoras de un estado de las cosas, a través de la abstracción de su forma y también de su contenido, que la Crónica de Anna Magdalena Bach. En ella se contiene un verdadero acto de subversión ante la imparable superposición de significados que buscan eliminar la ambigüedad de la Historia, efecto recurrente en la política occidental posterior a la II Guerra Mundial (donde todo tenía un sentido último, definido en términos de dualidad ideológica) y que se entiende bien en muchos ejemplos del cine americanizado de la época. El planteamiento de “grado cero de representación” de Huillet y Straub se convertía entonces en una verdadera forma de militancia, porque hay pocas evidencias tan claras de la mentalidad de una época como su visión del pasado.

En esto aspectos, las de Rohmer y Watkins son dos películas tremendamente exegéticas, porque evidencian la necesidad de replantear (en el caso de La inglesa y el duque, por tratar de la Revolución Francesa, un hecho tan fundamental en nuestra sociedad que se ha convertido en mito) y recuperar (en el caso de La commune, por tratar de la Comuna de París, un hecho silenciado porque no conviene a ninguna forma de poder o reacción) espacios del pasado que han perdido cualquier sentido. Los elementos sintéticos a los que recurren en su puesta en escena se vuelven entonces expresivos de una necesidad de proyectar el pasado en el presente, precisamente anulando su carácter evasivo o romántico. Acuden a la representación porque, hoy más que nunca, es necesario demostrar el salto entre la abstracción del tiempo pasado y nuestra memoria. Son películas de hoy, y sus elecciones estéticas apuntan a un claro diálogo entre tiempos que termina por reflejarnos. Todo esto cobra especial relevancia en una época en que el bombardeo de imágenes está produciendo (por ser demasiada la información y escaso el tiempo para procesarla) una falta absoluta de reflexión. Por suerte, son ya muchos los ejemplos que apuntan a una reacción: Tarantino contándonos en Malditos bastardos (2009) que la II Guerra Mundial no fue como creemos; Bellochio y Assayas contándonos, respectivamente, en Vincere (2009) y Carlos (2010) que detrás de cualquier ideología se esconde la persecución física de una imagen; Ruiz contándonos en Misterios de Lisboa (2010) que los hilos que cosen nuestra identidad están llenos de espacios en blanco, que es imposible alcanzar una definición de nuestra historia; y el propio Godard, sobre todo, dando igual validez a imágenes falsas y reales, de cualquier estética y origen, para hablar del pasado en Film socialisme (2010), alcanzando también su propio “grado cero de representación”. Y no se me olvida que este es el año de El árbol de la vida (Terrence Malick), que ha vuelto a poner en la encrucijada el choque entre la ideología y la representación. Otra película histórica turbia, incómoda, cuya interpretación nos abruma, nos lleva la contraria, y sobre la que tendremos que apoyarnos para alcanzar el futuro.

La inglesa y el duque - Eric Rohmer

· “Imágenes de la Revolución” de Israel Paredes y José Francisco Montero. Editado por Shangrila Textos Aparte. 20 €

· Texto original de Vicente Rodrigo Carmena en la Revista de Cine Detour donde se incluyen una serie de fotogramas seleccionados por Vanessa Agudo.

En el blog tenemos una categoría “Otros” para hablar del trabajo que hacen otras productoras y editoras de cine y la verdad es que la usamos poco. Hoy os traemos un film excepcional, un corto de animación de 12 minutos que es una de las piezas más sensibles y estremecedoras que se han producido en el mundo de la animación en nuestro país. Está escrita por Alberto Vázquez y Pedro Rivero y basada en la novela gráfica  ”Psiconautas” del propio Alberto Vázquez. De alguna manera, sólo de alguna manera, tiene una cierta conexión con el DVD de Raoul Servais que publicamos hace unos meses, concrétamente con la pieza “Sirene” de 1968. Pero verlo vosotros mismos a ver qué os parece.

BIRDBOY de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

Dossier de prensa de la película

Web oficial

Desde los primeros días del cine, los realizadores recurrieron a artistas plásticos en busca de inspiración, lo que tal vez se refleja mejor en la frase “iluminación de Rembrandt“, que usaba Cecil B. De Mille para convencer a algún productor impresionable respecto de escenas particularmente oscuras. Sin embargo, el artista más influyente de nuestra época fue Edward Hopper. Este nació en 1882; tenía trece años cuando por primera vez se proyectaron imágenes en una pantalla y 21 años cuando El gran robo del tren se vio en todo el mundo. El cine sonoro hizo su entrada cuando él tenía cuarenta años largos. Murió en su estudio de Washington Square en 1967, apenas antes del estreno de Bonnie & Clyde.

Edward Hopper_New York-movie 1939 The Museum of Modern Art, New York

Hopper adoraba el cine. “Cuando no tengo ganas de pintar“, decía, “voy al cine durante una semana o más. Me doy una panzada de cine.” El cine le devolvió el cumplido recurriendo a él en busca de inspiración de estilo. El cine negro se convirtió en su gran pasión y en el ámbito en que tuvo mayor influencia. Creó un mundo de soledad, aislamiento y angustia sorda que llamamos hopperesco.

El mentor de Hopper, Robert Henri, creador de la “escuela del basurero” realista, lo alentó a ir al cine y al teatro, y a observar la comunidad. En lugar de ello, Hopper registró el aislamiento de cada espectador mientras esperaba que se levantara el telón o se apagaran las luces. Atrapados por la pantalla o el escenario, se vuelven sobre sí mismos en una sucesión de trabajos inolvidables. Los aguafuertes de Hopper titulados The Balcony (La galería) o The Movies (El cine) presentan dos figuras aisladas que miran una pantalla que no se ve. Su obra maestra, New York Movie (Cine de Nueva York), de 1939, es la imagen de una acomodadora parada bajo una luz lateral de una sala en sombras y constituye la mejor pintura del interior de un cine.

El expresionismo alemán influyó en Hopper durante su paso por París. El aguafuerte Night Shadows (Sombras nocturnas), de 1921, parece el storyboard de una toma cinematográfica de Fritz Lang. Pero lo que más influencia ejerció en él fueron las películas que se filmaban en los grandes estudios de Hollywood de los años ‘30 y ‘40. Al igual que las películas de la era dorada de Hollywood, sus pinturas versan sobre “la ciudad“, pero sobre una idea abstracta y no sobre una ciudad en particular. El voyeurismo es una condición de la vida urbana y del cine, y las pinturas de Hopper espían a la gente en habitaciones sin cortinas. Son momentos de la vida de otra persona, cuadros de una película que no podemos recordar del todo.

Alguna vez Hopper se ganó la vida diseñando tapas e ilustraciones para revistas sensacionalistas que lo obligaban a condensar una historia o un libro en una sola imagen. Según su biógrafa, Gail Levin, pintó su obra más famosa, Nighthawks (Los halcones de la noche), de 1942, luego de leer el cuento ‘Los asesinos‘, de Ernest Hemingway, en el que dos matones llegan a un pueblo para asesinar a un ex boxeador por motivos que no se dan a conocer. En la clásica versión cinematográfica de 1946, Robert Siodmack, el maestro alemán del cine negro, recrea la pintura la pintura de Hopper en blanco y negro. La película usó dos de los típicos lugares de Hopper para representar el miserable alojamiento del ex boxeador y su humilde lugar de trabajo: la habitación oscura de un hotel o pensión donde una persona reflexiona en soledad y la desolada estación de servicio en una ruta, tal como en Gas o en Four Lane Road.

Dos años después, Abraham Polonsky, el escritor de izquierda que pronto quedaría en la lista negra, hacía su primera película, el clásico del cine negro ‘La fuerza del mal‘, de 1948. Después de tres días de rodar en Nueva York, Polonsky llevó a uno de los grandes camarógrafos cinematográficos, George Barnes, a una muestra de pinturas de Hopper y le dijo: “Así es como quiero que sea la película“, y así fue. Barnes volvió a Hollywood y filmó ‘Sansón y Dalila‘ y ‘El mayor espectáculo del mundo‘ para De Mille.

Después de eso, la influencia de Hopper se hizo, conscientemente o no, muy fuerte. ‘Psicosis‘ (1960), de Hitchcock, combinó la siniestra verticalidad de la casa de techo abuhardillado de la primera pintura famosa de Hopper, ‘La casa junto a la vía de tren‘, de 1925, con la horizontalidad chata de sus numerosas pinturas de hoteles. Hopper ejerció gran influencia en las road movies. George Stevens usó esa misma imagen de la mansión abuhardillada aislada en ‘Gigante‘, imagen que luego retomó Terrence Malick en ‘Días de cielo‘. Mucho antes, la misma casa le había inspirado a Charles Addams la residencia de su familia animada.

La principal contribución de Hopper al cine negro fue su forma de presentar esas sombras oscuras en color, el contraste entre la luz y la oscuridad. James Wong Howe, uno de los mejores directores de fotografía de Hollywood, fue uno de los primeros que estudió eso. Cuando el color se impuso en el cine norteamericano y la calidad se volvió cada vez más sofisticada, Howe utilizó sus conocimientos, no en un thriller, sino en la versión cinematográfica de 1955 de ‘Picnic‘, la obra de William Inge que obtuvo un Pulitzer. Muchos planos de la pequeña ciudad de Kansas de la película parecen detalles de una pintura de Hopper y reflejan la sorda desesperación de las vidas de sus habitantes.

Como la fama de Hopper aumentó, las alusiones a su obra se convirtieron inevitablemente en homenajes deliberados. El director Walter Hill, que trabaja con el camarógrafo Philip Lathrop, se basa en sus pinturas en ‘Tiempos difíciles‘ (que transcurre en Nueva Orleans durante la Depresión) y ‘Driver‘ (un thriller negro que transcurre en una ciudad anónima y cuyos personajes son igualmente anónimos). Lathrop ya había a recurrido a Hopper como fuente de inspiración cuando trabajó con John Boorman en ‘Point Black‘ (1967). Más adelante colaboró con Wim Wenders en ‘Hammett‘ (1982), una película en la que la influencia de Hopper era evidente.

Norman Mailer, admirador declarado de Hopper, inició su única película, ‘Los tipos duros no bailan‘, con un montaje de faros y casas de Hopper en la costa de Nueva Inglaterra. Muchos camarógrafos, entre ellos Gordon Willis (responsable de la trilogía ‘El Padrino‘ y de la mayor parte de las películas de Woody Allen), Michael Chapman, John Bailey y Laszlo Kovacs, también son admiradores de Hopper. El gran productor británico Ken Adam reprodujo las pinturas de Hopper Nighthawks y New York Movie cuando trasladó Pennies From Heaven (1981), de Dennis Potter, de la Gran Bretaña anterior a la guerra al Medio Oeste estadounidense durante la Depresión.

En ‘El fin de la violencia‘ (1997), Wim Wenders sorprendió al público con su evocación californiana de Nighthawks. Otro director europeo que trabaja en los Estados Unidos, Sam Mendes, recurrió a Hopper para su thriller de época Camino a la perdición, tanto para los interiores oscuros del filme como para el aspecto desolado del país durante la Depresión. En la última secuencia, la casa junto al lago, aparentemente deshabitada y de una inocencia seductora, se inspira en las pinturas de casas frente al mar o a un lago. Es un engaño, y es Hopper en estado puro.

Edward Hopper intermission 1963

Traducción: Cecilia Beltramo
The Observer (especial para el diario Clarín)

Y nos encanta :) No por buscar premios, sino porque lo pida alguien del público, el mejor público, el que más sabe y el que premia el mejor cine comprando tus películas, siguiéndote en las redes sociales, leyendo lo que les propones para sentir de ese modo este cine del que su edición pretende estar a su altura como arte.

Si queréis leer la entrada de Carlos Escolano está aquí, a nosotros nos ha puesto otra sonrisa en la cara, además de la de todos los días ;)

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