La crítica de la cultura /ejecutada/ por la “política”, un artículo de José Ramón Otero Roko

En los últimos días se han ido sucediendo las noticias en lo que parece un nuevo caso de desmantelamiento del aparato social, cultural e intelectual de la ciudadanía por parte del entramado político-económico en el poder. En este caso el gobierno navarro, en manos de UPN, ha decidido deshacerse de un festival de cine, el Punto de Vista, desde el cual se abordaba de forma crítica la sociedad de nuestro tiempo, merced a su especialización en el cine de no-ficción y documental. Pero aquello que los gestores económicos querían evitar que diese a luz el certamen ya se está produciendo en las últimas horas con una multiplicidad de reacciones en contra de la censura oficial de la muestra.

Punto de Vista era – es – un festival del que puede decirse que sirve como laboratorio de la gimnasia intelectual del público. Un público, y muchas veces una crítica, acostumbrado a los límites de las posiciones testimonialistas, a establecer relaciones anecdóticas entre los actos artísticos, acaso por su propia falta de confianza en el juicio moral de la escritura cinematográfica, y a no manifestar del todo las consecuencias, en el pensamiento, de abordar radicalmente la realidad, pero, en cualquier caso, intuitivamente orientado a la resistencia y a la desobediencia. Si había un caldo de cultivo de forma clara y colectiva, en el ámbito del cine en el estado español, de una crítica cultural combativa, era en este festival, al que se le exigía más, precisamente, porque mostraba obras sustanciales e iba por un camino en el que si se tiene la debilidad de equivocarse, o de tratar de llegar a todos, las comparaciones se hacen odiosas, y el análisis, hecho fuerte en las grandes creaciones, se hace implacable con la falsificación y la suplantación.

La naturaleza del individuo en libertad, de ese ser vivo e inteligente que la industria multinacional trata amablemente de “espectador” de su espectáculo, es necesariamente anárquica y desborda de manera innata los márgenes en los que un gobierno cree que confina una acción cultural a través de las subvenciones y el sistema de nombramientos y vetos a los responsables. Todo eso se desmorona en una sala cuando aparece en la pantalla algo de lo que somos conscientes que es ‘auténtico’. Es tal la fuerza de lo verdadero en la oscuridad, es tal la pujanza de la luz aislada en el medio habitual de la impostura, que el necio se esclarece y el malvado se prepara para iniciar su penúltimo ataque por la espalda. Todo ello le ha pasado al festival, los que ayer prometían en su programa electoral ser generosos con los que no piensan como ellos, hoy se demuestran hábiles censores por la causa económica, cíclica cruzada de la clase dominante sobre la generalidad de ‘les gens’, las gentes. Los que se sentían seguros centinelas de un compromiso personal, sellado durante años en un bonito secreto, hoy se explican cómo pudieron confiar en que los políticos no destruyeran lo que no entendían, o acaso sí lo entendían, conscientes de que el éxito de la cultura en sus dominios convertía en barro sus piernas. La libertad siempre es peligrosa, incluso si no sale de la cabeza de un individuo solo, en una sala oscura y absolutamente quieto durante dos horas.

El “político” tiene demasiado a mano el botón que enciende y apaga la luz de la sociedad como para no pulsarlo con arbitrariedad y haciendo caso a sus instintos más bajos. Lo que descubre su trapisonda, o simplemente le incomoda, se desacredita, se ataca disimuladamente y, finalmente, se ignora. Sus discípulos aprenden rápido y utilizan las mismas artes, actualizadas al contexto simbólico de los mensajes que tratan de apoderarse del intelecto de la gente. Hoy es la causa económica. Que la cultura es “cara” es un recado que suena completamente razonable en los oídos de los que no son capaces de ver quién realmente se ha apoderado de su voto. Ayer la cultura era “conflictiva”. Mensaje igualmente caro a esos oídos sensibles a la suave paz de los cementerios. Mañana la cultura será “innecesaria”, en cuanto descubran que la iniciativa comunitaria, al margen del control político de las instituciones neoliberales, les dispensa de tener que gastar ni un real de lo que se pueden meter en los bolsillos, si los ancestralmente inmutables disponen de medios para hacer sonar sus tambores lejos de las calles que ellos transitan en coche oficial. El instinto, en cualquier caso, es impedir que a la parroquia llegue el disenso, aislar cualquier punto de vista genuino, impedir que el ciudadano sepa que existe lo que ellos olvidan.

La crisis es el momento idóneo para el Poder para relevar la escalada militar por la escalada ideológica en la guerra contra los pueblos de todas las naciones. En la obra de arte donde el ciudadano bienpensante ve una materia sobre la que, precisamente, pensar, el soldado del status quo político-económico distingue la llama de algo que enciende un fuego que no podrá apagar. Quizás no se equivoca, quizás el arte no lleve necesariamente al lugar al que al revolucionario le gustaría que fuesen las cosas, pero seguro que transporta un mundo mejor dentro de sí, suficiente para inquietar al tirano, por segura que sienta su posición cuando sólo puede ser reemplazado en su turno por otro con su misma cualidad moral. “La resistencia es fútil“, “la decisión está tomada“, “da exactamente igual“, porque se sabe representante de nadie convirtiendo a todos en nadie.

Un pueblo, una ciudadanía, una cultura, desarmada de las herramientas que le permiten trascender sus propias fronteras y llegar hasta seres humanos distantes, océanos, continentes, es una cultura que lejos de fortalecerse muere de forma automática víctima de quienes la dominan económicamente. Cuando además los que ejercen de centinelas se sienten miembros de un pueblo menos numeroso, pero más selecto, que es el de los privilegiados, entonces todas las razones para cerrar las puertas esconden la manera de convertir al pueblo en rebaño, y la ciudad en cárcel. Marcharán atrás, porque los que han educado sus ideas con el miedo temen al miedo más de lo que sus contrarios encomiendan al valor, pero confiarán en hacer el suficiente daño como para convertir lo que es de todos en un cadáver, que se pudra a la vista de nadie y que contagie la peste en la parte del pueblo que aún les teme.

Punto de Vista 2011

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